12 #2
Al escucharla, tengo la sensación de que mi nombre suena distinto cuando sale de sus labios. Me acerco despacio hacia ella, aunque Laura no retrocede.
—Estamos gestionando esto fatal —dice con una pequeña sonrisa.
—No voy a discutirlo.
—Va contra todas las reglas que escribimos —me recuerda.
—También es verdad —asiento levemente con la cabeza.
—Empiezo a pensar que eres sorprendentemente malo siguiendo tus propias normas.
—Agradezco que hayas esperado hasta este momento para decírmelo.
Laura se ríe y esa risa termina de desarmar la poca resistencia que me quedaba. Cuando llego hasta ella, la distancia desaparece por completo.
—Laura...
Ella levanta la vista.
—¿Sí?
Durante unos segundos ninguno dice nada más, porque no hace falta, ambos sabemos perfectamente qué conversación hemos estado evitando desde el taxi y porque, por primera vez, ninguno parece dispuesto a seguir huyendo de ella.
Laura mantiene la mirada fija en mí unos segundos. No parece incómoda ni sorprendida, sino que da la impresión de que está intentando decidir si merece la pena seguir fingiendo que esta conversación no era inevitable. Al final suspira y se aparta un mechón de pelo de la cara.
—Esto va a complicarlo todo.
Me siento a su lado en el borde de la cama, dejando una distancia prudente entre los dos.
—Probablemente.
—Me encanta que esa sea tu respuesta. —Laura deja escapar una pequeña risa y niega con la cabeza—. Ni siquiera intentas tranquilizarme.
—Porque llevamos semanas tomando decisiones cuestionables. Sería raro que ahora empezáramos a comportarnos con sentido común.
Ella se ríe otra vez.
—Ese argumento es horrible.
—Ya, lo tengo claro…
—Lo peor es que funciona.
Durante unos segundos nos quedamos sentados y observando la ciudad a través de las ventanas. Desde esta distancia, Boston parece tranquila, mucho más que nosotros.
—¿Sabes qué es lo que más me desconcierta? —me pregunta al cabo de un momento.
—No, pero tengo curiosidad por saberlo.
Ella se vuelve ligeramente hacia mí.
—Que contigo debería sentirme incómoda, porque discutimos constantemente. Además, me sacas de quicio la mitad del tiempo y aun así... —Se encoge de hombros buscando las palabras—. Aun así, estar contigo resulta fácil.
La observo sin responderle de inmediato, porque entiendo a qué se refiere.
—A mí también me pasa.
Laura arquea una ceja.
—Vaya ¿Acabas de admitir algo sin discutir antes?
—No te acostumbres —le respondo arqueando una ceja.
—Demasiado tarde.
Laura sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.
Lo extraño es que ya ni siquiera me sorprende.
Hace unas semanas cualquier conversación entre nosotros acababa en una discusión.
Ahora, en cambio, seguimos discutiendo, pero por algún motivo también resulta fácil continuar hablando cuando la discusión termina.
Ella apoya las manos sobre el colchón y baja la vista un momento antes de volver a mirarme.
—¿Sabes qué pensaba cuando acepté esta locura? —me pregunta con una pequeña sonrisa.
—Me da miedo averiguarlo —resoplo con una leve sonrisa.
—Pensaba que lo difícil sería fingir delante de los demás.
Asiento despacio.
—Yo también lo creía.
Laura deja escapar una risa breve.
—Y resulta que no.
—No —niego levemente con la cabeza.
—Lo complicado es cuando no hay nadie mirando.
La observo durante unos segundos sin responder, porque tiene razón. Ninguno de los problemas que hemos tenido durante estas semanas ha aparecido delante de clientes, fotógrafos o desconocidos. El verdadero problema siempre aparece cuando nos quedamos solos y dejamos de interpretar un papel.
Laura juega distraídamente con el borde de la colcha antes de volver a hablar.
—¿Te arrepientes de algo?
La pregunta me pilla desprevenido.
—¿De qué exactamente? —pregunto girándome un poco hacia ella.
—De todo esto —me responde encogiéndose ligeramente de hombros—. De la foto, del acuerdo, de la relación falsa, de Boston…
Podría responder con una broma o una respuesta ambigua. De hecho, hace unas semanas habría dicho cualquiera de las dos, pero ahora no me apetece.
—No —admito mirándola directamente.
Laura me sostiene la mirada unos segundos y después asiente muy despacio.
—Yo tampoco.
No hay dramatismo en su voz, ni trata de convertirlo en una gran confesión y precisamente por eso me resulta imposible no creerla.
Nos quedamos observándonos durante un rato más, porque ninguno parece tener prisa por volver a hablar para no estar en silencio.
Laura me sostiene la mirada unos segundos más y después deja escapar el aire lentamente.
—Esto sigue pareciéndome una mala idea —susurra.
—Llevamos semanas especializándonos en malas ideas —respondo a media voz sin apartar los ojos de ella.
La comisura de su boca se curva un poco.
—Esa no es una respuesta tranquilizadora.
—No estaba intentando tranquilizarte.
Laura niega con la cabeza, aunque su sonrisa no desaparece del todo.
Durante unos segundos ninguno habla, porque ya hemos dicho más de lo que ninguno de los dos pretendía cuando entró en esta habitación.
Justo en este momento, me doy cuenta de que la distancia entre nosotros es mínima y de que ninguno parece interesado en separarse.
—Arthur...
Mi nombre parece distinto en su voz, suena más suave y sincero. Levanto una mano despacio y aparto un mechón de pelo de su cara y ella no se mueve.
—Si quieres que pare, dímelo —murmuro.
Ella me observa unos segundos.
—Si quisiera que pararas, ya lo habría hecho.