12
Arthur
Entro detrás de Laura en la habitación, mientras el botones deja las maletas junto a la pared y se despide con una sonrisa profesional.
En cuanto la puerta se cierra, Laura recorre la estancia con la mirada.
Las ventanas ocupan casi toda una pared, las vistas son impresionantes y el mobiliario parece sacado de una revista de decoración.
No obstante, nada de eso es importante, porque en el centro de la habitación hay una única cama king size.
Laura la mira, después me mira a mí y regresa la mirada a la cama.
—Sigo pensando que has sobornado a alguien —dice señalándome con un dedo.
Dejo la tarjeta de la habitación sobre una mesa auxiliar y niego con la cabeza.
—Empiezo a sentirme ofendido por la poca confianza que tienes en mí.
—Arthur —responde ella soltando una pequeña carcajada—, llevamos semanas fingiendo una relación y acabamos de descubrir que vamos a compartir habitación en otra ciudad. Comprenderás que las coincidencias me empiecen a parecer sospechosas.
—Créeme, si hubiera organizado esto, habría elegido un plan bastante menos incómodo para ambos.
—¿Incómodo para ambos? —repite dejando el bolso sobre una butaca—. Me encanta que intentes venderme esto como un problema compartido.
—Porque lo es.
—Claro —me responde poniendo los ojos en blanco.
—Laura, voy a dormir con un ojo abierto.
Ella se cruza de brazos.
—Eso es ridículo.
—Conozco a tus amigas.
—Mis amigas no son peligrosas.
—Pamela me interrogó durante cuarenta minutos seguidos —le recuerdo.
—Eso fue solo una muestra simpatía.
—Pues miedo me da descubrir cómo será cuando esté enfadada...
Laura vuelve a reírse mientras niega con la cabeza y otra vez aparece esa sensación que llevo días haciendo ver que no existe. Pero me gusta verla reír, mucho más de lo que me conviene.
Una hora después estamos preparándonos para la cena con los clientes.
Yo estoy terminando de ajustarme los gemelos cuando la puerta del baño se abre, alzo la mirada y me quedo inmóvil un instante.
Laura sale del baño arreglándose un pendiente con un vestido oscuro que no tiene nada especialmente llamativo y, aun así, consigue que me olvide de lo que estaba pensando.
Ella se da cuenta inmediatamente.
—No pongas esa cara —dice acercándose al espejo.
—¿Qué cara?
—La que pone la gente cuando descubre que el hotel también tiene servicio de habitaciones.
Apoyo una mano sobre la cómoda.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé, pero estaba improvisando.
—Pues se te da fatal improvisar —niego con la cabeza.
—Acabas de verte obligado a inventar una historia romántica delante de clientes y terminaste contando una versión distinta a la mía —se vuelve hacia mí con una sonrisa satisfecha.
—Gracias por recordármelo.
—Ha sido culpa tuya.
—Mentira —suelto al instante.
—Has empezado tú.
—Porque tú has tardado demasiado en responder —le respondo mirándola a los ojos.
—Eso no funciona así.
—Claro que funciona así.
La observo durante unos segundos, ella me devuelve la mirada y, por un momento, tengo la sensación de que olvidamos por qué estamos discutiendo.
—Tenemos que bajar —le recuerdo mirando ahora mi reloj.
—¡Qué oportuno!
—Intento ser profesional.
—Eso también da miedo.
La cena transcurre mejor de lo esperado o peor, porque todavía no he decidido cuál de las dos opciones prefiero. Porque cuanto más tiempo pasamos juntos, más natural resulta comportarnos como una pareja y eso empieza a ser un problema.
—Así que contadme cómo os conocisteis —quiere saber uno de los clientes mientras deja la copa sobre la mesa.
Laura y yo nos miramos, lo que ya es una mala señal.
—Fue en una cafetería —digo al mismo tiempo que ella responde:
—Fue en una gala benéfica —suelta ella.
Nos quedamos callados a la vez y el cliente parpadea.
—¿Una cafetería? —Laura gira la cabeza hacia mí para preguntarme.
—¿Una gala? —me imita Arthur.
Durante unos segundos intentamos mantener la compostura, pero fracasamos, porque Laura es la primera en reírse y yo la imito inmediatamente.
—Esto ha sido lamentable —admite llevándose una mano a la frente.
—Histórico.
—Te dije que necesitábamos una versión oficial.
—Y yo que era mejor que improvisáramos —me invento.
—Tu plan está funcionando fenomenal.
Las personas sentadas alrededor de la mesa se ríen con nosotros y por primera vez desde que empezó la cena, dejamos de interpretar un papel, porque nuestra risa es real y porque yo llevo toda la noche fijándome más en ella que en cualquier conversación relacionada con el trabajo.
Cuando regresamos a la habitación ya es tarde. Laura se quita los zapatos nada más entrar y los deja junto a la puerta.
—No vuelvo a fingir una historia de amor delante de desconocidos en mi vida —declara mientras se deja caer en el borde de la cama.
—Es una pena, porque estabas mejorando —le respondo mientras me aflojo la corbata.
Ella levanta una almohada con intención claramente amenazante.
—Arthuuuuur.
—¿Sí?
—Ni una sola broma más esta noche.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una amenaza.
Laura deja escapar una sonrisa cansada.
—Estoy agotada.
—Yo también.
La conversación se apaga poco a poco, porque ambos estamos cansados. Laura levanta la vista hacia las ventanas y después vuelve a mirarme.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
Apoyo una mano en el respaldo de una silla.
—Sorpréndeme.
Ella tarda unos segundos en responder.
—Que ya no sé qué parte sigue siendo una mentira.
La frase me impacta más de lo que esperaba, porque llevo días haciéndome la misma pregunta, aunque el problema ya no es la fotografía, ni el acuerdo, ni siquiera que estemos en Boston los dos solos.
El problema de verdad es que me gusta verla aparecer en mi despacho, discutir con ella y la versión de mí mismo que aparece cuando ella está cerca.
—Laura... —digo sin apartar la vista de ella.
Por primera vez desde que hemos vuelto de la cena, ninguno intenta refugiarse en una broma. Ella deja la almohada a un lado y se pone un mechón de pelo detrás de la oreja antes de mirarme.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara? —pregunto apoyándome contra el respaldo de la butaca.
Laura entorna los ojos.
—La que pones cuando llevas cinco minutos dándole vueltas a algo y todavía no has decidido si vas a decirlo en voz alta —me aclara y no puedo evitar sonreír.
—Eso es inquietantemente específico —le respondo.
—Empiezo a conocerte.
—Eso debería preocuparme.
—Créeme, me preocupa bastante más a mí.
La respuesta me arranca una risa breve. Ella también sonríe y durante unos segundos todo parece volver a la normalidad: a nuestras discusiones y a esa forma tan extraña que tenemos de entendernos. El problema es que ya no estamos donde estábamos hace unas semanas y los dos lo sabemos.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —le pregunto sentándome en una de las butacas que hay junto a los ventanales.
Laura gira el cuerpo hacia mí y apoya un brazo sobre la cama.
—¿Hay algo peor que compartir habitación con tu novia de mentira?
—Bastantes cosas —asintiendo con la cabeza.
—Qué alivio. Empezaba a pensar que habíamos tocado fondo.
Niego con la cabeza mientras observo las luces de la ciudad al otro lado del cristal.
—Cuando empezó esta historia pensé que sería fácil.
—¿La relación falsa? —pregunta ella y yo asiento con la cabeza.
—Creí que sería un acuerdo sencillo, unas cuantas fotografías, algunos eventos y después cada uno volvería a su vida.
—Y ahora ya no te parece tan sencillo —concluye.
—No —. Vuelvo a mirarla y ella baja la vista durante un instante antes de volver a levantarla.
—¿Porque la gente se lo ha creído?
—No —niego también con la cabeza.
Ambos nos quedamos callados un momento, hasta que ella finalmente vuelve a hablar.
—Entonces ¿por qué?
Suelto el aire despacio, porque la respuesta resulta más complicada de lo que me gustaría.
—Porque yo también he empezado a creérmelo algunas veces —le digo mirándola a los ojos.
Laura se queda quieta, aunque no parece sorprendida, más bien me da la sensación de que acaba de escuchar algo que sospechaba desde hace tiempo.
—Arthur...
—No hace falta que digas nada —le interrumpo.
—Quizá sí.
—Laura, no estoy intentando ponerte en una situación incómoda.
—Llegas un poco tarde para eso —responde con una sonrisa cansada.
La observación me hace reír y a ella también, aunque esta vez la sonrisa desaparece poco a poco.
—Tenemos que hablar del beso —dice finalmente.
Ahí está, sabía que acabaríamos llegando a ese tema.
—Sí —asiento con la cabeza.
—Llevamos días evitándolo.
—Porque ninguno ha tenido muchas ganas de afrontarlo.
Laura juega unos segundos con el borde de la colcha antes de responderme.
—Sigo pensando que el del evento no era necesario.
—Yo sigo pensando que sí.
Ella pone los ojos en blanco.
—No hablo de ese.
Tardo un instante en entenderlo. Después me apoyo en el respaldo y dejo escapar una risa, aunque sin humor.
—Ah.
—Exacto.
La habitación parece más pequeña de repente.
—Entonces hablamos del taxi —digo finalmente.
—Sí, hablamos del taxi.
Nos observamos durante unos segundos, aunque esta vez ninguno intenta escapar de la conversación.
—No —admito al fin—. Lo del taxi no tuvo nada que ver con el evento.
Laura asiente despacio.
—Eso pensaba.
—¿Y tú? —le pregunto directamente.
—¿Yo qué?
—¿Te arrepientes?
La pregunta sale de mi garganta antes de que pueda replanteármela. Al escucharla, Laura me sostiene mi mirada y cuando me responde, lo hace sin apartar los ojos de los míos.
—No.
Solo dice eso, pero resulta imposible malinterpretarlo, porque no hay dudas ni vacilación, ni excusas.
Aunque lo peor es que yo tampoco me arrepiento.
A pesar de que llevo días intentando convencerme de que aquello fue una equivocación, un impulso o un momento extraño, la verdad es bastante más incómoda, porque la verdad es que volvería a hacerlo.
Me pongo en pie sin pensar demasiado en ello mientras Laura sigue sentada en el borde de la cama.
—Arthur...