11
Laura
El problema de hacer la maleta delante de cuatro amigas es que deja de ser una maleta y se convierte en un espectáculo.
—No pienso meter eso —digo arrancando un conjunto de encaje negro de las manos de Pamela.
—Claro que sí —protesta ella intentando recuperarlo—. Lo he elegido específicamente para esta situación.
—¿Qué situación?
—La de compartir habitación con un hombre muy atractivo en otra ciudad.
—No voy a compartir habitación con Arthur. Estaremos en el mismo hotel, pero cada uno en su habitación.
—Todavía no la compartís, pero… —me corrige Pamela.
—No empieces, Pamela.
—Ya he empezado —me responde con una sonrisa de oreja a oreja.
Sentada sobre mi cama, se cruza de piernas y vuelve a lanzarme la prenda, que atrapo en el aire antes de que termine encima de la lámpara. A mi izquierda, Kim levanta la vista de su portátil.
—Voy a decir algo impopular.
—Qué raro —murmura Pamela con una sonrisa.
—Existe un acuerdo —continúa Kim ignorándola—. Existe un motivo profesional para este viaje y existe una probabilidad muy alta de que no ocurra absolutamente nada.
—Gracias —digo señalándola.
—De nada —asiente ella.
—Qué aburrida —dictamina Pamela.
—Realista —le corto.
—Aburrida y realista —sentencia Pamela de nuevo.
Eve, que está sentada en la alfombra revisando opciones de vuelos en su móvil, sonríe sin levantar la vista de la pantalla.
—Yo creo que las dos tenéis parte de razón.
—Traidora —dice Pamela.
—Eso no es ser traidora sino intentar sobrevivir a esta conversación —le aclara Eve.
—Imposible —sentencia Violet, que justo aparece en la puerta del dormitorio con una bolsa de ropa en una mano.
—Por favor, decidme que ya habéis hablado del hotel —añade Eve.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque necesito saber si es bonito.
—¿Esa es tu prioridad?
—Laura, organizo bodas para ganarme la vida. Los hoteles bonitos son una necesidad para mí —me recuerda Violet.
—Tiene un punto —dice Eve.
—No, no tiene ningún punto —me apresuro a decir yo.
—Claro que lo tiene —insiste Eve.
—Que no —empiezo a elevar la voz.
—En cualquier caso, seguimos ignorando el tema importante —anuncia Pamela mientras vuelve a abrir mi maleta como si estuviera inspeccionando pruebas en una investigación policial.
—No hay ningún tema importante —protesto mientras intento recuperar una camiseta que acaba de sacar.
—La ropa interior —añade Pamela sosteniendo una prenda de encaje negro delante de ella.
—¡Dios mío! —exclamo cerrando los ojos.
—Estoy hablando completamente en serio —replica ella sin el menor rastro de vergüenza.
—Eso es precisamente lo que más miedo da.
—Imagina que la vida te sorprende —me responde Pamela agitando la prenda en el aire.
—La vida no va a sorprenderme.
—Laura, la vida lleva semanas sorprendiéndote —insiste ella.
Kim suelta una carcajada desde la silla donde sigue trabajando con el portátil sobre las piernas. Por desgracia, el argumento es mejor de lo que me gustaría admitir.
—No va a pasar nada —repito de nuevo mientras doblo una blusa y la guardo en la maleta.
—Nadie ha dicho que vaya a pasar algo —interviene Eve desde la alfombra, donde sigue revisando mensajes en su móvil.
—Lleváis cuarenta minutos insinuándolo —les recuerdo.
—Porque llevas cuarenta minutos negándolo —responde Eve con una tranquilidad irritante.
—Porque no va a pasar.
Violet deja una bolsa sobre la cama y se gira hacia mí.
—Laura.
—¿Qué?
—¿Le gustas? —me suelta la pregunta de forma tan directa que me quedo mirándola sin saber muy bien qué responder.
—¿Perdona? —acierto a decir finalmente.
—Es una pregunta bastante sencilla —me responde Violet encogiéndose de hombros.
—No lo sé.
—Mentira —interviene Pamela inmediatamente.
—No, no es mentira —niego con la cabeza mientras hablo.
—Claro que lo es. Lo sé yo y ni siquiera paso tiempo con él.
—Tú también crees que las palomas forman parte de una conspiración.
—Una vez —dice Pamela alzando el dedo índice.
—No, fueron tres veces.
—Eso no cambia el fondo del asunto.
Kim cierra el portátil y lo deja a un lado, algo que, sin lugar a duda, es una muy mala señal, porque cuando ella participa activamente en una conversación suele significar que ha llegado a una conclusión.
—Voy a ser objetiva —anuncia.
—Eso nunca acaba bien —murmura Pamela.
—Arthur te busca constantemente —sigue Kim, que ignora lo que acaba de susurrar Pamela.
—Trabajamos juntos —le suelto.
—No —niega Kim con vehemencia.
—¿No? —le pregunto frunciendo el ceño.
—No trabajáis juntos —aclara apoyando los brazos sobre las rodillas—. Técnicamente pertenecéis a empresas distintas. Nadie necesita aparecer tantas veces en la oficina de otra persona.
Abro la boca para responder, pero la vuelvo a cerrar, porque, por desgracia, tiene razón.
—Además —añade Eve levantando la vista del móvil—, cuando habla contigo parece otra persona.
—Eso no significa nada —niego con la cabeza.
—Claro que significa—me responde Eve con convencimiento.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Gracias por esta conversación tan madura —les digo.
—Para eso estamos las amigas —. Pamela sonríe satisfecha.
Mi móvil vibra sobre la cómoda y lo cojo sin pensar, lo que es un error, porque al hacerlo veo el nombre de Arthur en la pantalla. Aunque lo peor de todo es que Pamela detecta mi expresión antes incluso de que desbloquee el teléfono.
—¿Es él? —me pregunta con una gran sonrisa.
—No —le respondo de forma tajante.
—Es él —sentencia Pamela.
—Es él —confirma Eve sin necesidad de mirar la pantalla.
—¿Cómo lo sabéis? —les pregunto en un susurro.
—Porque acabas de sonreír —responde Kim.
—No he sonreído.
Violet me observa con paciencia infinita.
—Laura, te conocemos hace muchos años...
Miro el móvil, después las miro a ellas y cometo el error de leer el mensaje en voz alta.
Arthur:
¿La preparación para Boston sigue bajo control?
—¡Dios mío! —exclama Pamela llevándose una mano al pecho.
—¿Qué? —pregunto desconcertada.
—Habla exactamente como un hombre que organiza las vacaciones en una hoja de cálculo —me responde Pam.
—Eso ha sido sospechosamente específico —le contesto.
—Y probablemente cierto —añade Kim.
Mi móvil vuelve a vibrar con otro mensaje de él.
Arthur:
Empiezo a arrepentirme de haber hecho esa pregunta.
—Me cae bien —dice Pamela volviendo a sonreír.
—Hace diez minutos querías hacerle un tercer grado —le recuerdo.
—Puedo hacer varias cosas a la vez —añade ella.
—Eso también da miedo —le confirmo.
Mientras las cuatro vuelven a discutir entre ellas, bajo la vista hacia el teléfono una vez más y tengo la sensación de que pasar varios días fuera de Nueva York con Arthur ya no me parece únicamente una mala idea, lo que es un problema mucho peor que lo que meta en mi maleta.
Dos días después bajo al portal de mi edificio con una maleta en una mano y la sensación bastante desagradable de que he tomado varias decisiones cuestionables seguidas: la primera fue aceptar una relación falsa con Arthur, la segunda aceptar ir con él a Boston y la tercera no cancelar este viaje después de aceptar la relación falsa.
El portero de mi edificio me dedica una sonrisa cuando atravieso el vestíbulo arrastrando la maleta.
—Buen viaje, señorita Wells —me desea desde su puesto en recepción.
—Gracias, Frank.
Él señala la maleta con curiosidad.
—¿Viaje de trabajo?
—Algo así —respondo ajustándome la correa del bolso en el hombro.
Frank suelta una pequeña carcajada.
—Los «algo así» suelen ser los interesantes.
—Empiezo a sospechar lo mismo —le respondo lo primero que se me ocurre.
Las puertas automáticas se abren delante de mí y al salir veo que Arthur ya está esperando, por supuesto.
Lo encuentro apoyado junto a un coche negro con una mano en el bolsillo del abrigo y un aspecto impecable, propio de un hombre que, como él, probablemente no ha salido nunca de casa con una sola arruga en la camisa.
Levanta la vista en cuanto me ve y entonces sucede algo raro.
Se queda mirándome más tiempo de lo normal y, aunque no es algo muy evidente, yo me doy cuenta.
Porque durante esos segundos no parece estar observando mi maleta, ni pensando en el viaje, ni en ninguna situación incómoda, durante ese momento parece estar observándome a mí y eso me pone bastante nerviosa, aunque no pienso reconocerlo ante nadie y, mucho menos, ante él.
—Hola —saludo y dejo la maleta en el suelo.
—Hola —me responde él sin dejar de mirarme.
—¿Llevas mucho esperando? —le pregunto para romper el hielo.
—Cinco minutos.
—Eso para ti equivale a una pesadilla, ¿no?
—Más o menos… Por suerte, he sobrevivido.
—Eres un valiente.
Arthur sonríe mientras toma mi maleta.
—¿Cuánto pesa esto?
—Lo normal —trato de justificarme.
—Laura…
—Vale. Pamela participó en el proceso —le digo encogiéndome de hombros.
—Ahora tiene sentido.
Abre el maletero.
—No quiero saberlo —resoplo.
—Es lo mejor para ambos.
—Definitivamente.
Subimos al coche un momento después, el conductor arranca y Manhattan empieza a desdibujarse al otro lado de las ventanillas. Durante los primeros minutos hablamos de trabajo, de clientes, de mi propuesta para Maison Lumière, y de una campaña que Arthur considera brillante y yo aburrida.
—No es aburrida —insiste él.
—Es una campaña sobre crema hidratante.
—Es una campaña muy buena sobre crema hidratante —me corrige.
—Arthur, acabas de demostrar mi argumento.
Él niega con la cabeza.
—Algún día aprenderás a apreciar la estrategia.
—Algún día aprenderás a dejar que las cosas pasen sin intentar controlarlas.
—Lo dudo —niega con la cabeza.
—Yo también —asiento.
Nuestra conversación debería quedarse ahí, pero no lo hace, porque cuando dejamos atrás la ciudad y el tráfico empieza a despejarse, el tono cambia sin que ninguno de los dos lo decida.
—¿Siempre supiste que querías dedicarte a esto? —le pregunto.
Arthur aparta la vista del portátil que tiene sobre las piernas.
—¿A las relaciones públicas corporativas?
—Sí.
—No, que va.
—¿No? —le pregunto arqueando las cejas.
—Mi padre quería que estudiara económicas.
—¿Y qué pasó? —le pregunto sorprendida.
—Que yo odiaba la idea.
—Qué rebelde.
—Sí, fue una época complicada.
Sonrío.