10 #2
La discusión debería resultar divertida y durante unos segundos lo es.
Laura intenta rodearme para llegar a la puerta justo cuando yo me aparto en la misma dirección.
Los dos nos detenemos a la vez y acabamos mucho más cerca de lo que esperábamos.
Ella levanta la cabeza para mirarme y yo bajo la vista y nos damos cuenta de que la distancia entre nosotros apenas existe.
Noto su perfume y, por la forma en que se queda quieta durante un instante, tengo la sensación de que también es consciente de lo mismo.
Lo peor es que me recuerda que esto sigue siendo una idea terrible.
—Creo que acabamos de demostrar algo —dice Laura sin apartarse.
—¿El qué?
—Que tu despacho es ridículamente pequeña.
—Mi despacho mide cien metros cuadrados —le respondo mirando a mi alrededor.
—Entonces el problema es otro —me contesta, aunque ninguno de los dos se ríe.
Laura mantiene la mirada fija en mí unos segundos más antes de negar lentamente con la cabeza.
—No me gusta esta conversación —dice mientras cruza los brazos.
—Curiosamente, yo estaba pensando lo mismo —respondo apoyándome en el borde de la mesa.
Ella suelta una pequeña risa sin humor.
—Claro. Porque las dos veces que hemos estado a punto de hablar en serio, has encontrado la manera de desviar el tema.
—No sé si eso era una crítica o una acusación —comento arqueando una ceja.
—Llámalo experiencia —me suelta encogiéndose de hombros.
No digo nada más y me aparto para dejarle paso, lo que ella aprovecha para dirigirse hacia la puerta.
—Tengo trabajo —dice mientras recoge la carpeta.
—Yo también —respondo siguiéndola con la mirada.
—Perfecto. Entonces hagamos algo revolucionario y comportémonos como adultos durante unas horas —me contesta al abrir la puerta y apoyando una mano en el marco.
—Eso suena agotador —resoplo.
—¿Ves? Ese es exactamente tu problema —suelta girando la cabeza hacia mí y poniendo los ojos en blanco.
—¿Cuál de todos? Porque la lista empieza a ser larga.
—Que conviertes cualquier conversación incómoda en una broma antes de que llegue a alguna parte.
Durante un instante me quedo observándola y ella me sostiene la mirada. Después sale al pasillo y la puerta se cierra detrás de ella. Justo después, me quedo solo en el despacho con la mirada fija en el lugar donde estaba hace unos segundos con la certeza de que tiene razón.
La reunión que tengo a continuación se alarga más de lo previsto y la siguiente tampoco ayuda, porque también dura más de lo que esperaba. Cuando por fin consigo volver a mi despacho, ya es media tarde y llevo varias horas saltando de una conversación a otra sin tener ni un respiro.
Estoy revisando unos informes cuando veo movimiento al otro lado de las paredes de cristal.
Es Laura sola en una de las salas de reuniones pequeñas con varios documentos extendidos sobre la mesa porque prepara la reunión con Maison Lumière.
Evidentemente, yo debería seguir trabajando y dejar de buscar motivos para cruzarme con ella, sin embargo, cinco minutos después estoy entrando en la sala con una excusa bastante patética.
—Necesitaba esta pantalla —digo señalando el monitor de la pared mientras cierro la puerta detrás de mí.
Laura levanta la vista de los documentos que tiene delante y me observa unos segundos.
—Mentira —me suelta.
—Ni siquiera me has dejado explicar la historia.
—Arthur, hay pantallas sin utilizar por toda la planta —replica apoyándose en el respaldo de la silla.
—No exactamente. La de la sala cuatro lleva semanas estropeada.
—Eso no mejora tu argumento —me responde alzando una ceja.
Dejo la carpeta que he cogido para tener algo en las manos y me siento frente a ella. Laura me mira y descubro esa expresión que ya le he visto otras veces, la que aparece cuando sabe que estoy diciendo una tontería, pero quiere escucharla igualmente.
—¿Te aburres mucho cuando trabajas? —pregunta dejando el bolígrafo sobre los papeles.
—No.
—Entonces explícame esto.
—No puedo.
—Al menos eres honesto —me contesta con una sonrisa.
Durante unos segundos ninguno habla y veo cómo se acomoda en la silla y cruza los brazos mientras me estudia con atención.
—¿Qué quieres? —me pregunta finalmente.
—Hablar.
—Eso sí que es preocupante —resopla.
—¿Por qué?
—Porque normalmente haces todo lo posible por evitarlo.
—Eso es injusto.
—No, es bastante exacto.
Resoplo y ella sonríe con evidente satisfacción, el problema es que la conversación resulta fácil, mucho más de lo que debería.
—¿Sabes qué es lo peor? —me pregunta inclinándose ligeramente hacia delante.
—Sorpréndeme.
—Que empiezo a entenderte un poco.
Apoyo un brazo sobre la mesa.
—Eso sí que me preocupa.
—Lo imaginaba —me contesta mientras juega distraídamente con el bolígrafo antes de señalarme.
—Todo lo conviertes en algo que resolver.
—No todo —niega con la cabeza.
La frase sale de su boca antes de que pueda frenarla y parece darse cuenta, porque baja la vista hacia los documentos y tarda unos segundos en continuar.
—Quiero decir que analizas todo —le aclaro.
—¡Ah! Eso es distinto.
—No tanto.
Nos quedamos observándonos al otro lado de la mesa y después del taxi y después del beso, la distancia que nos separa parece mucho más pequeña de lo que realmente es.
—Laura...
Ella levanta la vista inmediatamente.
—¿Qué?
Abro la boca para responder y descubro que no tengo una respuesta decente preparada, porque lo que realmente quiero decir tiene muy poco que ver con trabajo y bastante más con el hecho de que me gusta verla aparecer en mi despacho.
Por suerte, el teléfono vibra sobre la mesa.
Cuando miro la pantalla veo que es una llamada desde Boston.
—Arthur Parks —respondo.
Escucho durante unos segundos mientras Laura me observa desde el otro lado de la mesa.
—Entendido —respondo finalmente asintiendo con la cabeza—. Envíame todos los detalles.
Cuando cuelgo, dejo el teléfono sobre la mesa y Laura arquea una ceja.
—No me gusta esa cara.
—¿Qué cara? —pregunto.
—La de hombre que acaba de descubrir que alguien quiere complicarle la semana.
—Es una descripción sospechosamente específica.
—Empiezo a conocerte —me responde poniendo las manos en la cintura.
Me apoyo contra el respaldo de la silla.
—Tenemos un problema.
Laura suspira teatralmente.
—Últimamente dices mucho eso.
—Porque últimamente aparecen muchos.
—¿Y ahora qué pasa?
—Boston.
Ella frunce ligeramente el ceño.
—¿La ciudad?
—Sí, espero que siga siendo la misma —le vacilo.
—Arthur.
—Tengo un viaje de trabajo la semana que viene.
—Vale —asiente.
—Y el cliente espera que vaya acompañado.
Laura tarda apenas un instante en entenderlo.
—Ah.
—Sí.
—¿Y?
—Exactamente.
Se reclina en la silla sin apartar la vista de mí.
—Supongo que vas a negarte.
Mi respuesta debería ser inmediata y también lógica. Sin embargo, lo primero que aparece en mi cabeza no es una razón profesional para rechazar el viaje, sino Laura en Boston conmigo.
—Arthur —insiste al ver que no respondo.
Levanto la vista y veo que sigue esperando.
—¿Vas a negarte?
La pregunta sobrevuela nuestras cabezas unos segundos, aunque el problema es que ya conozco la respuesta.
—No, todavía no.
Laura me observa unos segundos y arquea una ceja. Por la forma en que me mira, tengo la sensación de que acaba de llegar a una conclusión que no le hace ninguna gracia.