No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 10
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Arthur

Cuando entro en el despacho después de la primera reunión de la mañana, dejo el portátil sobre la mesa y mi atención se detiene, otra vez, en una fotografía que llevo años sin guardar.

No sé muy bien por qué sigue ahí, porque ni siquiera me gusta.

La imagen tiene más de veinte años y en ella aparece mi padre sonriendo delante de un panel lleno de patrocinadores, mi madre posa a su lado con su habitual elegancia y yo estoy en medio de los dos con una corbata que odiaba y una expresión que ya entonces dejaba claro que prefería estar en cualquier otro sitio menos ahí.

Desde fuera parece una fotografía familiar, de las que la gente coloca en marcos y muestra orgullosa cuando habla de sus hijos.

Sin embargo, la realidad era bastante menos entrañable, porque mi padre dedicaba más tiempo a sus empresas que a cualquier otra cosa y mi madre dominaba el arte de cambiar de tema antes de que una conversación se volviera incómoda.

Nadie levantaba la voz en casa, ni discutía y, por supuesto, tampoco montaba escenas.

Aprendimos a convivir unos con otros manteniendo las distancias para no complicarnos la vida.

Unos minutos después entro en la sala tres y me queda claro que la reunión no tiene nada que ver con presupuestos, ni con campañas, ni con nada por el estilo.

Rita está sentada en uno de los extremos de la mesa, Robert está sentado junto a la ventana y dos representantes del departamento de marketing revisan unos documentos cuando llego.

—Vaya —digo mientras me siento—. Por las caras que tenéis, sospecho que esto no me va a gustar.

Rita deja la carpeta sobre la mesa.

—Qué observador.

—Cuando entro en una sala y tú pareces satisfecha, sé que voy a salir perdiendo.

Ella sonríe y Robert, uno de mis socios, junta las manos sobre la mesa.

—Antes de que empieces a protestar... —empieza Robert.

—Mala señal —respondo yo a media voz.

—Déjame la una frase.

Me acomodo en la silla y hago un gesto para que continúe.

—La percepción pública de la empresa está mejorando.

—Eso suele ser bueno —le contesto asintiendo.

—Desde luego.

—Entonces, ¿por qué estamos todos aquí? —pregunto a Robert.

La directora de marketing intercambia una mirada con Rita y tengo la sensación de por dónde va a ir esta reunión y no me gusta nada.

—La gente está respondiendo muy bien a tu nueva imagen —explica finalmente la directora de marketing.

—No tengo una nueva imagen —añado negando con la cabeza.

—Claro que la tienes.

—No —insisto.

—Arthur —interviene Rita apoyando los codos sobre la mesa—, llevamos dos semanas analizando datos y, créeme, la tienes.

Me paso una mano por la nuca.

—No me va a gustar lo que me vais a decir, ¿verdad?

—Probablemente no —me contesta Rita.

—Perfecto —ironizo y observo cómo la directora de marketing abre un informe.

—Los clientes te perciben más cercano —continúa la directora de marketing.

—Qué horror —resoplo.

—Más accesible.

—Eso continúa sin ayudar.

—Más humano.

Rita se tapa la boca para ocultar una sonrisa, pero fracasa.

—Rita —le digo mirándola de reojo.

—Lo siento —susurra.

—Mentira —le respondo negando con la cabeza.

—Un poco.

Robert intenta mantener la seriedad, pero tampoco lo consigue.

—¿Queréis comportaros todos como adultos durante cinco minutos? —les pregunto.

—Lo intentamos —responde Rita—. Pero nos lo estás poniendo difícil.

—¿Por qué?

Ella me observa unos segundos.

—Porque llevas años evitando parecer una persona normal y ahora resulta que una foto cenando con Laura consigue más que tres campañas de comunicación.

La frase cae en mitad de la mesa como una bomba y tengo la sensación de que nadie parece dispuesto a suavizar su efecto.

—Esto no es una campaña —les recuerdo.

—Lo sabemos —dice Robert.

—Entonces dejad de hablar como si lo fuera —insisto.

—Ese es precisamente el problema —interviene la directora de marketing—. La gente no lo ve así.

Me apoyo contra el respaldo de la silla y empiezo a arrepentirme profundamente de haber aceptado aquella copa después del restaurante.

—Estamos recibiendo comentarios muy positivos —continúa ella—. Los clientes hablan de estabilidad.

—¿Estabilidad? —pregunto frunciendo el ceño.

—Y también de cercanía —añade ella.

—¿Y eso tiene algo que ver con Laura?

—Todo —me confirma.

La palabra me resulta extrañamente molesta, porque sé que es cierta.

—No me gusta esta conversación —suelto.

—A ninguno nos gustaría sabiendo que el resto tenemos razón —dice Rita.

—Empiezo a recordar por qué nunca te ascendí.

—Porque ya mando sin necesidad de tener un cargo mejor —me responde con convicción.

Robert se ríe y yo cierro los ojos un segundo.

—Necesito un café —digo a media voz negando con la cabeza.

—Necesitas aceptar que esto está funcionando —me corrige Rita.

—Eso tampoco va a ocurrir.

La reunión continúa unos minutos más, aunque ya nadie intenta convencerme de nada, porque todos saben que he entendido perfectamente el mensaje.

Cuando por fin termina, recojo mi carpeta y me pongo en pie.

—Arthur —me llama Rita antes de que llegue a la puerta.

—¿Qué? —pregunto al girarme hacia ella.

—Solo una curiosidad —empieza a decir inclinando ligeramente la cabeza.

—Me arrepiento de no haber salido corriendo de esta sala hace un rato —resoplo.

—¿Te molesta la situación o te molesta que empiece a importarte? —me pregunta con su agudeza habitual.

La sala entera se queda observándome, aunque yo no le respondo y simplemente salgo, porque cualquier respuesta que diera empeoraría bastante mi mañana.

Cuando regreso a mi despacho, descubro que Rita ha tenido la amabilidad de dejarme tres minutos de tranquilidad o cuatro, si soy generoso. Así que cuando estoy respondiendo correos llaman a la puerta.

—Pasa.

La puerta se abre y aparece Laura con una carpeta contra el pecho. Lleva unos vaqueros oscuros, una camisa blanca remangada y el pelo recogido en una coleta. No sé por qué me fijo en ese detalle, pero lo hago.

—Hola —me saluda al entrar.

—Empiezo a pensar que vienes aquí más que algunos empleados.

—Qué forma tan bonita de darme la bienvenida —me contesta alzando una ceja.

—Solo intentaba ser amable —le respondo negando con la cabeza.

—Pues sigue practicando —me suelta y no puedo evitar sonreír.

Laura cierra la puerta detrás de ella y se acerca al escritorio.

—Traigo las propuestas para Maison Lumière.

—Eso explica tu carpeta, ¿no?

—También explica por qué llevo tres noches durmiendo poco —me dice clavando la mirada en mis ojos.

—Eso no estaba incluido en el informe.

—No, pero todavía conservo algo de dignidad profesional y me preocupo por hacer bien mi trabajo.

Deja la carpeta sobre mi mesa y se sienta frente a mí. Abro el documento y las primeras páginas bastan para confirmar algo que ya sospechaba: es muy buena en su trabajo y eso complica algunas cosas.

—¿Qué? —pregunta Laura después de unos segundos.

—Nada.

—Esa respuesta nunca augura buenas noticias —resopla.

—Solo estoy leyendo —le informo.

—También estás poniendo cara de estar pensando.

—No sabía que existiera esa cara.

—Existe —me confirma.

—¿Y cómo es?

Laura se acomoda en la silla antes de responderme.

—Pareces alguien que está intentando resolver un problema matemático que le resulta irritante.

—Eso es sospechosamente específico —le respondo alzando la vista de los documentos.

—Porque llevo días observándote.

—¡Qué inquietante!

—Ahora sabes cómo me siento cuando apareces por sorpresa en mi oficina.

Decido no discutirle eso y sigo pasando páginas con la sensación de que sus propuestas son incluso mejores de lo que esperaba. Laura permanece al otro lado del escritorio observándome con una paciencia que no le había visto hasta ahora.

—¿Vas a decir algo? —me pregunta finalmente.

—Sí —asiento con la cabeza, aunque sin alzar la vista de los documentos todavía.

—Perfecto.

—Me gusta —alzo la mirada para fijarme en su expresión.

Ella parpadea.

—¿Ya está? —pregunta con gesto de sorpresa.

—¿Qué esperabas?

—No lo sé… Una crítica, una queja, un comentario insufriblemente corporativo…—resopla.

—Puedo inventarme uno si te hace ilusión —le vacilo.

—No, no hace falta —. Cierra la carpeta y se levanta—. Bueno. Entonces me marcho.

—Tan rápido.

Laura entrecierra los ojos.

—¿Eso era una pregunta?

—No estoy seguro —le suelto con ganas de ponerla un poco nerviosa.

—No empieces —me advierte.

—Has empezado tú.

Ella resopla, niega con la cabeza y después señala hacia la pared de cristal de mi despacho.

—¿Siempre hay tanta gente observando?

Miro en la dirección que indica y veo que dos empleados apartan la vista inmediatamente.

—No nos estaban observando —miento.

—Claro que sí.

—Bueno, quizá un poco —acepto.

—Arthur, una de esas mujeres acaba de fingir que estaba leyendo una planta.

La observo y no puedo evitar sonreír.

—Eso ha sido gracioso —le suelto tratando de contener mi sonrisa.

—Gracias.

—No se lo diré a nadie.

—Aprecio tu discreción.

Me pongo en pie y rodeo el escritorio, porque necesito llevar unos documentos a una sala de reuniones del otro extremo de la planta.

—¿Adónde vas? —me pregunta al verme coger la carpeta.

—A una reunión.

—Qué inesperado.

—Sí —le respondo encogiéndome de hombros.

—Tu vida resulta apasionante.

—Sí, a veces yo también me sorprendo.

Ella sonríe y durante unos segundos nos quedamos mirándonos.

Estamos más cerca de lo habitual y los dos parecemos darnos cuenta al mismo tiempo.

De repente, el recuerdo del taxi y del beso vuelven a mi cabeza de golpe.

Laura aparta la vista un instante y cuando vuelve a levantarla, tengo la sensación de que algo ha cambiado.

La conversación sigue siendo la misma, pero la sensación ya no lo es.

—Sigues pensando que el beso era necesario, ¿verdad? —me pregunta finalmente.

—Sí.

—Increíble —resopla negando con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque eres incapaz de admitir que te equivocas.

—No me equivoco tan a menudo —insisto.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que se equivoca mucho.