No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 9 #2
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—Bien —dice Kim asintiendo con aprobación—. Empiezas a aprender.

El camarero vuelve con los platos y durante unos minutos la conversación se concentra en cuestiones mucho más importantes, como proteger las tostadas de Pamela de la propia Pamela.

—¿Por qué tienes siempre tanta hambre? —le pregunta Violet mientras aparta una cesta de bollería de su alcance.

—Porque tengo una personalidad muy activa.

—Eso tampoco tiene sentido —dice Kim.

—Mi vida es un acto de fe constante —insiste Pamela.

—Empiezo a entender muchas cosas sobre ti —me dice Arthur girándose hacia mí.

—¿Por qué sobre mí?

—Porque eres amiga de ellas por elección.

—Eso es injusto.

—No, solo es una observación.

Antes de que pueda responder, el teléfono de Kim vibra sobre la mesa. Ella mira la pantalla y su expresión cambia lo suficiente para que todas lo notemos.

—¿Qué quieres? —pregunta directamente después de descolgar y sin levantarse de la mesa.

La persona al otro lado responde algo que no alcanzamos a escuchar.

—No, no voy a cambiar de opinión.

Otra pausa y Kim se reclina en la silla.

—Entonces llama a Bruce Hill y dile que te lo explique otra vez.

La reacción es instantánea.

—Me da igual que no te guste Bruce Hill.

Otra pausa.

—No, lo que te molesta es que tenga razón.

Kim cuelga y deja el móvil sobre la mesa.

—Ha sido intenso —observa Arthur arqueando una ceja.

—Era un cliente —explica Kim.

—No parecía demasiado feliz.

—Los clientes rara vez lo son —sentencia ella.

—¿Y quién es Bruce Hill? —pregunta Arthur.

—Un abogado insoportable.

—¿Y aun así lo recomiendas?

—Precisamente por eso. Los abogados agradables suelen dar miedo.

—No sé si eso es razonable —le responde Arthur asintiendo lentamente.

—No lo es —admito.

Mientras tanto, Eve ha sacado el teléfono para mirar una notificación y la veo leer un mensaje, después varios más y justo después su sonrisa desaparece.

—¿Qué pasa? —le pregunta Pamela que es la primera en darse cuenta.

—Nada.

—Tía... —insiste Pamela.

—De verdad. Nada.

—¿Es Connor? —le pregunta Pamela tras observarla unos segundos.

Eve levanta la vista y con eso le responde.

—Madre mía —murmura Violet.

—¿Qué quiere ahora? —pregunto.

—No lo sé —dice Eve bloqueando la pantalla—. Supongo que hablar.

—Qué concepto tan innovador. Podría haberlo intentado antes de romperte el corazón.

—Pamela —le corto.

—¿Qué?

—Así no ayudas —le suelto negando con la cabeza.

—Estoy ayudando muchísimo —insiste Pam.

Eve termina sonriendo a pesar suyo.

—Solo es un mensaje.

—Los mensajes nunca son solo mensajes —dice Kim mientras corta un trozo de tostada.

—Eso ha sonado inquietante.

—Porque es verdad.

Arthur permanece callado mientras nosotras hablamos, solo nos observa con atención.

—Por cierto —dice Violet cerrando por fin la carpeta que lleva arrastrando toda la mañana—. Si sobrevivo a este mes, pienso emborracharme durante una semana.

—¿Problemas? —pregunta Arthur.

—La boda más importante de mi carrera —le cuenta ella.

—Eso suena bien.

—Suena bien hasta que descubres que hay novecientos invitados, cuatro familias enfrentadas y una novia que cambia de opinión tres veces al día —resopla Violet.

—Eso ya suena peor —le responde Arthur inclinando la cabeza hacia un lado.

—Mucho peor —añade ella.

—¿Y si sale bien? —pregunta Eve.

Violet se encoge de hombros.

—Si sale bien, probablemente consiga los contratos que llevo años persiguiendo.

—Entonces saldrá bien —le responde Arthur asintiendo con la cabeza y con una pequeña sonrisa en los labios.

—¿Siempre tienes tanta confianza en todo lo que dices?

—No —niega con la cabeza-

—Miente —intervengo.

—Gracias por tu apoyo —dice él girándose hacia mí.

—Para eso están las amigas.

—Tú no eres una de tus amigas.

—Todavía no hemos decidido eso —afirma Arthur.

—Vale. Esa ha sido buena —dice Pamela tras soltar una carcajada.

Arthur se lleva una mano al pecho.

—Voy progresando.

—No te emociones —le advierte Kim.

—Otra vez esa frase.

—Te acostumbrarás.

La conversación continúa entre bromas, interrupciones y cambios constantes de tema.

Hasta que en algún momento, Pamela empieza a contar una historia absurda relacionada con Ethan Davies y una videollamada desastrosa.

Más tarde Violet recibe tres llamadas seguidas sobre flores.

Después Kim discute con otro cliente y Eve termina sonriendo por algo que le ha enviado Connor, aunque intenta ocultarlo.

Todo sucede al mismo tiempo. Todo es un absoluto caos, pero funciona.

Mientras escucho a Pamela discutir con Kim sobre si una persona puede enamorarse por videollamada, levanto la vista y descubro que Arthur está observando la mesa y no a mí.

Nos mira a todas y percibo algo extraño en su expresión, pero que desaparece en cuanto se da cuenta de que lo estoy mirando, pese a eso lo he visto y creo saber lo que era.

No parecía desconcierto, sino algo mucho más parecido a la nostalgia.

Dos horas después, la mesa parece el escenario de una pequeña catástrofe. Hay tazas vacías, platos sucios, servilletas arrugadas y una discusión abierta sobre si Pamela debería o no conocer la contraseña de Netflix de Ethan Davies cuando todavía ni siquiera se han visto en persona.

—Por supuesto que debería conocerla —insiste Pamela.

—Eso da miedo —dice Arthur.

—Gracias —asiente ella con la cabeza.

—No era un cumplido —niega él.

—¿Ah, no? —pregunta Pamela con el ceño fruncido.

—Empiezo a entender por qué os lleváis bien —comenta Kim mirando en mi dirección.

—Eso ha sido ofensivo para ambos.

—Era mi intención.

Pamela consulta la hora en su móvil y se levanta de la silla.

—Tengo que irme.

—¿Tienes trabajo? —pregunta Eve.

—Tengo una videollamada con Ethan.

—Dios nos ayude —murmura Violet.

—No seáis envidiosas.

—No es envidia —responde Kim mientras coge su bolso—. Es preocupación preventiva.

Poco a poco la mesa empieza a vaciarse. Violet recibe otra llamada relacionada con la boda y sale prácticamente corriendo de la cafetería.

Kim se marcha cinco minutos después, prometiendo demandar verbalmente a media ciudad en las próximas horas.

Eve es la última en levantarse, pero antes de hacerlo, guarda el móvil en el bolso y suspira.

—¿Todo bien? —le pregunto.

—Sí. Solo necesito pensar algunas cosas —me responde dedicándome una media sonrisa.

Eve se inclina para abrazarme y después repite el gesto con Pamela antes de despedirse del resto.

—Ha sido interesante conocerte —le dice a Arthur.

—No estoy seguro de si eso es bueno o malo —le responde él con una media sonrisa.

—Ya lo descubrirás —le contesta Eve y desaparece por la puerta.

Cuando por fin nos quedamos solos Arthur y yo, la cafetería parece extrañamente tranquila.

—Bueno —digo mientras me pongo la chaqueta—. Has sobrevivido.

Arthur deja unos billetes sobre la mesa y se pone en pie.

—Por poco… —resopla.

—Exagerado.

—Laura, una de tus amigas ha intentado averiguar mis intenciones, otra ha analizado mi comportamiento, una tercera ha evaluado mi capacidad para mentir y la cuarta ha conseguido que me preocupe por un hombre llamado Connor al que ni siquiera conozco.

—Ahora que lo dices en voz alta, ha ido bastante bien, sí —digo con convicción.

Arthur se queda mirándome.

—Sois aterradoras.

—¿A que sí?

Salimos a la calle y el sol de mediodía ilumina las fachadas de Tribeca, mientras las terrazas empiezan a llenarse de gente. Caminamos unos metros sin prisa mientras el ruido habitual de Manhattan vuelve a envolverlo todo.

—Hablo en serio —dice Arthur metiéndose las manos en los bolsillos—. Tus amigas dan miedo.

—Eso es porque todavía no las conoces bien.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—Probablemente no.

Arthur niega con la cabeza, divertido.

—No entiendo cómo sobrevives.

—Llevo años de entrenamiento —le explico.

—Se nota.

Sonrío y entonces mientras le miro de reojo noto que vuelve a quedarse pensativo.

—¿Qué? —le pregunto.

Arthur tarda un momento en responder.

—Nada.

—Mentira.

—No te miento.

—Entonces dilo.

Él exhala despacio antes de encogerse ligeramente de hombros.

—Solo estaba pensando que tenéis algo bonito.

Su respuesta me sorprende.

—¿El qué?

Arthur mira hacia delante mientras seguimos caminando.

—Eso.

—«Eso» no explica nada.

—Vuestra relación.

Lo dice sin ironía y sin ser una de esas respuestas rápidas que suele utilizar cuando quiere esquivar una conversación.

—Os cuidáis mucho unas a otras —añade—. Incluso cuando os estáis atacando.

Me río.

—Es nuestra forma de demostrarnos cariño —le cuento.

—Ya me he dado cuenta —asiente con una media sonrisa.

—La verdad es que somos un desastre —confieso.

—No.

La respuesta llega tan deprisa que me hace girar la cabeza hacia él y veo que me sostiene la mirada unos segundos.

—No sois un desastre.

Algo en su expresión hace que la broma que estaba a punto de decir desaparezca, porque ahora entiendo lo que he visto antes mientras observaba la mesa. No era nostalgia exactamente, sino que estaba mirando algo que él no tiene y le gustaría tener.

—Son mi familia —digo finalmente.

Arthur asiente, pero tarda un poco más de lo normal en apartar la mirada. Un momento lo bastante largo para que me quede pensando en él mucho después de que nos despidamos en la siguiente esquina.