9
Laura
Estoy sentada en una cafetería de Tribeca con un café delante, un croissant que todavía no he probado y la desagradable sensación de que he cometido un error de proporciones históricas.
—Todavía estás a tiempo de huir —me insiste Pamela mientras deja las gafas de sol sobre la mesa.
—Gracias por tu apoyo.
—Siempre intento ayudarte.
—Mentira.
—Bueno, intento entretenerme.
Pamela está en la silla de enfrente con la energía de una mujer que ha desayunado cafeína pura. Lleva un vestido amarillo, unos pendientes enormes y una sonrisa que me hace sospechar que lleva planeando este momento desde que apareció la foto de Arthur y yo en Instagram.
A su lado, Kim levanta la vista de la pantalla del móvil.
—¿Está confirmado que viene?
—Sí —asiento con la cabeza.
—Interesante —sentencia Kim
—Cuando tú dices que algo es interesante, siempre suena a amenaza —le hago notar.
—Porque suele serlo.
—Aha, eso explica muchas cosas.
Eve llega en ese momento con una taza de té entre las manos y un jersey color crema que la hace parecer una persona razonable. Lo cual es injusto, porque es perfectamente capaz de destrozarte emocionalmente con hacer ni una sola observación.
—Buenos días —saluda Eve mientras toma asiento y deja la taza de té sobre la mesa.
—Ya veremos —murmuro.
—¿Tan mal estamos? —pregunta Eve arqueando una ceja.
—Pregúntamelo cuando Arthur aparezca por esa puerta —le respondo.
—Ah. Entonces sí estás nerviosa —me contesta justo antes de dar un sorbo a su té.
—No estoy nerviosa —trato de ser convincente.
—Laura —interviene Kim sin levantar la vista del móvil—. Llevas diez minutos mirando la entrada.
Violet aparece la última con una carpeta bajo el brazo, el móvil pegado a la oreja y la expresión de alguien que lleva tres horas trabajando.
—No, las peonías no pueden desaparecer cuarenta y ocho horas antes de la boda —dice mientras se deja caer en la silla libre—. Consigue esas cuarenta y ocho peonías o encuentra otro planeta.
Cuelga y suspira.
—Necesito vacaciones.
—Llevas diciendo eso dos años —comenta Kim.
—Porque llevo dos años necesitándolas.
Violet deja la carpeta sobre la mesa y me señala.
—¿Dónde está?
—¿Quién?
—Laura…
—Yo soy Laura.
—Ya me entiendes —resopla Eve.
—No quiero entenderte —niego con la cabeza mientras hablo.
Pamela se inclina hacia delante apoyando ambos codos sobre la mesa.
—¿Estás nerviosa? —me pregunta.
—No —niego de nuevo con la cabeza.
—Mentirosa.
—No estoy nerviosa —insisto haciendo el mismo gesto con el convencimiento de que como siga así voy a acabar la mañana con un esguince cervical.
—Laura —dice Eve con una sonrisa suave—. Estás sujetando la taza con las dos manos como si alguien fuera a quitártela.
Miro la taza y tiene razón, maldita sea.
—Solo tengo frío —disimulo.
—Estamos en junio —señala Kim.
—Tengo frío emocional —le aclaro.
—Eso no significa nada —protesta Pamela.
—Pues es exactamente lo que me pasa.
Las cuatro me observan a la vez y he de confesar que es una experiencia profundamente inquietante.
—No os pongáis así —le suelto paseando la mirada de una a otra.
—¿Así cómo? —pregunta Violet.
—Como si fuerais un jurado.
—Todavía no hemos empezado —responde Kim.
—¿Ves? Eso es exactamente lo que me preocupa.
Pamela abre la boca para responder, pero no llega a hacerlo, porque en ese momento veo aparecer a Arthur al otro lado del cristal y, por desgracia para mí, mis amigas también.
—Madre mía —murmura Pamela girándose en la silla.
—Pamela.
—¿Qué?
—Compórtate —le ordeno.
—No me conoces.
—Te conozco desde hace doce años.
—Precisamente por eso…
Arthur cruza la calle esquivando a un repartidor y se dirige hacia la cafetería. Lleva unos vaqueros oscuros, una camisa oscuro con las mangas subidas hasta la mitad de los antebrazos y su habitual expresión tranquila que normalmente me pone de los nervios y hoy también.
—Vale —dice Pamela incorporándose en la silla—. Quiero que conste que voy a intentar comportarme como una persona adulta.
—No lo vas a conseguir —afirma Kim.
—Ni de lejos —añade Violet.
—¿Por qué nadie cree en mí? —pregunta Pamela.
—Nos basamos en la experiencia—le recuerda Eve.
Arthur entra en la cafetería unos segundos después, me busca con la mirada y me encuentra enseguida. Luego ve al resto del grupo y por primera vez desde que lo conozco parece dudar un poco, lo justo para que me anime.
—Buenos días —saluda acercándose a la mesa.
—Eso está por ver —responde Pamela mientras le estrecha la mano—. Soy Pamela.
—Arthur —le responde él devolviéndole el apretón
—Ya sé quién eres, te he investigado.
—Eso no me tranquiliza.
—Perfecto —le responde Pamela guiñándole un ojo.
Yo tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme, porque Arthur acaba de llegar y Pamela todavía no ha empezado con su tercer grado.
Arthur ocupa la silla libre a mi lado y apenas ha terminado de acomodarse cuando Pamela entrelaza las manos sobre la mesa con una sonrisa que anuncia problemas.
—Bien —dice inclinándose ligeramente hacia delante—. Empecemos por algo sencillo. ¿Cuáles son tus intenciones con Laura?
—Pamela —la reprendo.
—¿Qué? Es una pregunta normal.
—No, no lo es —le confirmo negando con la cabeza.
—Pues a mí me lo parece —me responde encogiéndose de hombros.
Arthur me dedica una mirada divertida antes de volver la atención hacia mi amiga.
—Mis intenciones son sobrevivir a este brunch.
—Respuesta inteligente —admite Pamela—. No responde a mi pregunta, pero es inteligente.
Kim, que sigue observándolo con la misma expresión que pone cuando cree que alguien intenta venderle algo que no necesita, deja el móvil sobre la mesa.
—¿Siempre respondes así cuando alguien te pregunta algo incómodo? —quiere saber ahora Kim.
—Solo cuando la alternativa es empeorar la situación.
—También es inteligente —reconoce Kim.
—¿Eso ha sido un cumplido? —pregunto sorprendida.
—No, tampoco hace falta que te emociones.
Arthur levanta una mano.
—Empiezo a entender vuestra dinámica.
—Todavía no has visto nada —le informa Violet que está abriendo la carpeta que ha traído consigo.
—Eso no ha sonado tranquilizador.
—Porque no pretendía serlo —le confirma Violet.
Un camarero aparece para tomar nota y durante unos minutos la conversación se desvía hacia cafés, tostadas y una discusión absurda sobre si el aguacate se ha convertido oficialmente en una secta. Cuando vuelve a marcharse, Pamela retoma el interrogatorio exactamente donde lo dejó.
—¿Cuánto mides?
Arthur parpadea.
—¿Perdón?
—Es una pregunta objetiva —añade ella alzando las palmas de la mano.
—Uno ochenta y ocho.
—Interesante —asiente.
—¿Por qué es interesante? —pregunta él frunciendo el ceño.
—Porque Laura siempre dice que la altura no importa.
—Pamelaaaaa —le llamo la atención.
—Solo estoy recopilando datos —trata de disculparse.
—No sé qué significa eso —añade Arthur.
—Nadie lo sabe nunca —le asegura Eve con una sonrisa amable.
—¿Siempre es así? —me pregunta él volviéndose hacia mí.
—Peor, te aseguro que hoy se están conteniendo.
—Eso tampoco resulta muy tranquilizador.
Violet se ríe mientras revisa algo en su tableta.
—¿Sabes qué es lo más preocupante? —le pregunta a Arthur—. Que nosotras ni siquiera nos hemos preparado preguntas.
—¿Y esto qué es entonces?
—Improvisación pura y dura —le asegura Violet.
—Ahora sí que estoy preocupado —le contesta Arthur con cara de circunstancias y la mesa estalla en risas.
Aunque lo peor es que me parece que Arthur empieza a relajarse por cómo se inclina hacia atrás en la silla y en que ya no parece un ejecutivo atrapado en territorio hostil.
Sin embargo, por alguna razón que desconozco, eso me gusta.
—Por cierto —dice Pamela mientras remueve el café con energía—, llevo meses hablando con un chico que se llama Ethan Davies.
—Llevas meses hablando de Ethan Davies —la corrige Kim sin levantar la vista de la taza.
—Porque es relevante.
—No lo conocemos —señala Kim apoyando un codo sobre la mesa.
Pamela se lleva una mano al pecho, escandalizada.
—Yo sí.
—Por teléfono —puntualiza Violet mientras revisa una notificación en el móvil.
—Y por videollamada —añade Pamela inmediatamente.
—Eso tampoco cuenta —sentencia Kim.
Pamela resopla y decide ignorarlas a todas. Después se gira hacia Arthur y le señala con la cucharilla.
—Va a ser una boda enorme en los Hamptons.
—¿La de septiembre? —pregunta Violet levantando la cabeza al instante.
—Esa misma.
—Madre mía —dice Violet dejando escapar un suspiro dramático.
—¿Qué pasa ahora? —pregunta Pamela frunciendo el ceño.
—Nada bueno suele empezar con una boda enorme en los Hamptons —responde Violet antes de dar un sorbo a su café.
—Eso ha sonado ofensivo.
—Porque lo es.
Arthur observa el intercambio de un lado a otro, siguiendo la conversación como quien intenta ver un partido cuyas reglas desconoce.
—¿Siempre discutís así? —pregunta finalmente.
—Esto no es discutir —le explica Eve con una sonrisa tranquila mientras deja la taza sobre el plato.
—¿No? —. Arthur arquea una ceja.
—Esto es desayunar —aclara ella.
La respuesta le arranca una carcajada y ahí es cuando empieza el problema, lo noto inmediatamente. Pamela mira a Kim, ésta mira a Violet y ésta mira a Eve. Mal asunto, porque conozco perfectamente esa cadena de miradas.
—No pongáis esa cara —les advierto apoyando los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué cara? —pregunta Pamela fingiendo una inocencia totalmente impropia de ella.
—Esa —le respondo señalando su cara.
—No sabemos de qué hablas —dice mientras intenta no sonreír.
—Mentirosas.
—Quizá un poco —admite Eve encogiéndose de hombros.
Arthur me observa con curiosidad.
—Ahora soy yo quien quiere saber qué está pasando —suelta Arthur mirándome con curiosidad.
—Créeme —le digo señalándolo con un dedo—, no quieres saberlo.
—Empiezo a sospechar que sí.
—Eso es porque todavía no has aprendido a protegerte —le aclaro.
—¿Protegerme de qué? —pregunta él.
—De nosotras —le responde Pamela, que sonríe de una forma que debería estar prohibida por la ley.
Arthur se queda callado un momento y después mira alrededor de la mesa.
—Ahora sí estoy preocupado.