8 #2
Y lo peor es que cuando ella vuelve a reírse, empiezo a olvidar que toda esta historia nació de una mentira.
Cuando el evento empieza a vaciarse, Laura aparece a mi lado con el bolso colgado del hombro y una expresión que conozco bastante bien, porque es la misma que tenía al principio de la velada, aunque ahora parece más cansada en lugar de querer escapar.
—Voy a asumir que esa cara significa que ya podemos irnos —dice mientras observa cómo varios invitados siguen hablando junto a la barra.
—Tu interpretación es correcta.
—Menos mal, porque empiezo a sospechar que este tipo de eventos duran hasta que la última persona pierde las ganas de vivir.
—Eso explicaría algunas reuniones a las que he asistido.
Laura deja escapar una risa.
—Qué mundo tan inquietante.
Nos despedimos de un par de personas más antes de abandonar la sala y cuando las puertas del ascensor se cierran, el ruido del evento desaparece por fin. Laura apoya la espalda contra una de las paredes metálicas y exhala lentamente.
—Has sobrevivido —le digo con una sonrisa.
—No gracias a ti.
—Yo te he invitado.
—Tú me has arrastrado.
—Bueno eso solo es un pequeño detalle —le respondo ajustándome los puños de la camisa.
—Arthur, sigues teniendo una relación preocupante con la palabra «detalle».
La puerta se abre en el vestíbulo y poco después salimos a la calle. Pese a las horas, Manhattan sigue despierta. Los coches avanzan por la avenida, los semáforos cambian de color y la ciudad mantiene su habitual ritmo desenfrenado que parece ignorar la hora que es
Un taxi se detiene frente a nosotros y abro la puerta trasera.
—Gracias —me dice Laura antes de entrar.
—Intento mantener mi reputación de novio falso razonablemente educado.
—Pues deja de hacerlo tan bien.
La frase sale de su boca y durante un instante ella misma parece sorprendida y yo también, pero ambos nos esforzamos en disimularlo.
Cuando el taxi arranca, durante unos minutos hablamos de cosas inofensivas.
Del catering, de un invitado que llevaba veinte minutos intentando explicar exactamente a qué se dedicaba sin que ninguno de los que le escuchábamos lo entendiera y del hombre que había saludado a la misma persona tres veces fingiendo que no recordaba haberlo hecho ya las dos anteriores.
Laura se está riendo de una imitación que acabo de hacer cuando de repente se queda pensativa.
—Hay algo que sigo sin entender —suelta aún sonriente.
—Eso reduce bastante las posibilidades —respondo apoyando un brazo sobre el respaldo.
Ella gira la cabeza hacia mí.
—El beso.
Ahí está.
—¿Qué pasa con él?
—Que no era necesario.
—Claro que lo era.
Laura se incorpora un poco en el asiento.
—Arthur, no hacía falta besarme.
—Cassandra estaba esperando que cometiéramos un error.
—Podíamos haber hecho muchas otras cosas.
—Pero ninguna tan eficaz —trato de convencerla mientras niego con la cabeza.
Ella me observa unos segundos y después niega con la cabeza.
—Resulta agotador discutir contigo.
—Lo sé.
—No era un cumplido.
—Eso también lo sé.
—Estoy harta de tus «lo sé».
Laura resopla y vuelve la vista hacia la ventanilla. Durante unos segundos parece que la conversación ha terminado, pero después vuelve a girarse hacia mí.
—¿Para quién era necesario?
La pregunta no tiene nada que ver con Cassandra, ni con el evento, ni con la mentira. Laura mantiene la mirada fija en mí mientras espera una respuesta, aunque por primera vez en toda la noche no sé qué responderle.
—Eso pensaba —dice ella al cabo de unos segundos.
—Estoy pensando —trato de justificarme.
—Mala señal.
—¿Por qué? —pregunto abriendo mucho los ojos.
—Porque cuando tú piensas suele significar que estás buscando la forma elegante de no contestar.
La observo y veo que ella me sostiene la mirada sin ni siquiera pestañear.
—No siempre hago eso.
—Arthur, nos conocemos desde hace una semana y siempre lo haces.
—Eso es injusto.
—No, es preciso.
La palabra me hace sonreír y ella se da cuenta.
—¿Qué pasa? —pregunta arqueando una ceja-
—Empiezas a parecerte a Rita —le digo sonriente aún.
—Eso sí que ha sido ofensivo.
—Lo siento.
—Mentira.
—Un poco.
Ella intenta contener una sonrisa, pero fracasa.
Pero entonces ocurre algo que complica las cosas, porque durante unos segundos dejamos de hablar.
Laura sigue mirándome y yo la miro a ella.
La distancia entre nosotros no ha cambiado desde que entramos en el taxi, pero de repente parece mucho más pequeña.
Mi atención baja hasta su boca solo un momento y cuando vuelvo a levantar la vista descubro que se ha dado cuenta y que tampoco ha apartado los ojos de mí.
Entonces, me inclino un poco hacia ella, mientras permanece inmóvil, después baja la vista y se aparta.
No lo hace de forma brusca ni incómoda, simplemente gira la cabeza hacia la ventanilla y toma aire.
Laura gira la cabeza hacia la ventanilla y toma aire despacio, como si necesitara unos segundos para ordenar las ideas.
Yo vuelvo a apoyarme contra el respaldo y la dejo hacerlo.
No intento acercarme otra vez ni buscar una explicación mejor.
Simplemente me quedo donde estoy mientras el taxi sigue avanzando por Manhattan.
Durante unos minutos ninguno dice nada. Laura observa las luces que pasan al otro lado del cristal y yo miro hacia delante, aunque no podría decir qué calles estamos cruzando exactamente. La conversación se ha quedado en algún punto entre nosotros y esta vez ninguno parece tener ganas de retomarla.
Cuando el taxi se detiene frente a su edificio, Laura recoge el bolso de su regazo y evita mirarme directamente.
—Buenas noches —dice al abrir la puerta del coche.
—Que descanses, Laura.
Ella asiente sin añadir nada más y echa a andar por la acera. Mientras me quedo observándola, no porque espere que se vuelva. Aun así, no entro en el coche hasta que desaparece dentro de su portal. Después, el taxi vuelve a ponerse en marcha hasta que, poco después, llegamos a mi edificio.
Cuando llego a mi casa, dejo las llaves sobre la encimera, me aflojo el nudo de la corbata y me sirvo un whisky.
Después, me apoyo en la isla de la cocina y miro las luces de la ciudad a través de los ventanales.
Aunque pretendía relajarme, no funciona, porque no logro sacarme a Laura de la cabeza.
Doy un sorbo al whisky y saco el móvil, una mala idea, lo tengo claro antes incluso de desbloquear la pantalla.
Aun así, abro nuestra conversación y le escribo.
Arthur:
¿Has llegado bien?
Lo leo una vez, después otra, pero al final lo borro. Sé que parece una pregunta perfectamente normal, pero precisamente ese es el problema. Suena a algo que escribiría alguien que no soy yo. Vuelvo a intentarlo.
Arthur:
Tu amiga Pamela me da miedo.
Lo observo unos segundos y lo borro también. Eso es aún peor. Dejo escapar una risa y apoyo el móvil sobre la encimera. Cinco segundos después, vuelvo a cogerlo con la sensación de que definitivamente he perdido el juicio. Sin embargo, esta vez escribo sin pensar demasiado.
Arthur:
Mañana tenemos brunch
con tu grupo de interrogatorio, ¿verdad?
Lo envío antes de encontrar motivos para no hacerlo y mi teléfono vibra casi al instante.
Laura:Mis amigas no interrogan.
Destruyen.
Su respuesta me arranca una sonrisa.
Arthur:
Eso explica muchas cosas.
Los tres puntos aparecen inmediatamente en la pantalla, pero de repente desaparecen, aunque vuelven a aparecer al instante. Apoyo los antebrazos sobre la encimera mientras espero, hasta que finalmente llega otro mensaje.
Laura:Si sobrevives mañana,
te daré una pegatina.
Me río yo solo en mitad de la cocina, después dejo el móvil boca abajo y me termino el whisky mientras observo cómo brilla la ciudad al otro lado de los ventanales del salón.
Un rato después, mientras voy hacia mi habitación hay algo que no deja de darme vueltas en la cabeza, porque no me preocupa el brunch de mañana, lo que realmente me preocupa son las ganas que tengo de volver a ver a Laura.