8
Arthur
Estoy hablando con Ben, uno de los directivos de Veridian, cuando veo a Laura al otro lado de la sala.
No la busco o al menos eso es lo que me digo.
La realidad es que llevo toda la noche localizándola sin esfuerzo entre decenas de personas.
Da igual dónde esté, porque la acabo encontrando igualmente.
Ahora mismo está junto a una mesa alta hablando con dos mujeres del departamento de marketing.
Gesticulan, se ríen y, por la forma en que la conversan, parece que Laura ha conseguido algo que no suele ocurrir en este tipo de eventos: que la gente deje de hablar de trabajo durante cinco minutos.
—Arthur.
La voz de Ben me devuelve a la conversación.
—Perdona —digo girándome hacia él—. ¿Por dónde íbamos?
Ben apoya una mano en su copa y sonríe.
—Por el momento en que te distraías mirando a tu novia —me dice el riendo.
—No es mi novia.
—Claro.
Lo observo unos segundos.
—Ahora me acuerdo por qué dejamos de reunirnos en persona… Por correo electrónico no podía verte la cara cuando mentías —me dice Ben con complicidad.
—No estoy mintiendo.
—Entonces estás perdiendo facultades —niega con la cabeza divertido.
—Gracias por tu apoyo.
—Para eso están los amigos.
Ben termina su copa y se aleja hacia otro grupo antes de que pueda responderle.
En cuanto desaparece, vuelvo a mirar hacia donde estaba Laura hace unos minutos, lo cual es un error por mi parte, porque sigue en el mismo lugar y porque en ese momento levanta la vista y nuestras miradas se cruzan.
Laura arquea una ceja con una leve sonrisa y yo niego ligeramente con la cabeza, porque no tengo ni idea de qué otra respuesta espera de mí.
Ella sonríe y después vuelve a la conversación.
—No seas raro —escucho la voz de Rita a mi lado y al girarme, la encuentro con una copa de vino en una mano y una expresión que conozco muy bien.
—Buenas noches para ti también —la saludo.
—Llevas observándola desde hace media hora.
—Exageras...
—Arthur —dice ella girándose completamente hacia mí—, llevo siete años trabajando contigo. Sé cuándo estás analizando un contrato, cuándo estás planeando despedir a alguien y cuándo intentas fingir que algo no te afecta. Esta es la tercera categoría.
—No sé de qué hablas —me encojo de hombros.
—Claro que lo sabes —insiste siguiendo la dirección de mi mirada y encuentra a Laura en menos de dos segundos—. Ah.
—¿Ah qué? —le pregunto mirándola de reojo.
—Ahora entiendo por qué esta noche pareces menos concentrado.
—Estoy perfectamente concentrado —le aseguro con una convicción que no siento.
—Has olvidado tres veces el nombre del director financiero de Veridian esta noche.
—Solo una —le contradigo.
—Tres —insiste y decido ignorarla, aunque Rita sonríe con la satisfacción de quien sabe que ha ganado una discusión antes incluso de empezarla.
—Me cae bien —dice finalmente.
—¿Laura?
—No. El camarero de la esquina.
La miro y veo que pone los ojos en blanco.
—Claro que Laura, ¿quién si no? —resopla.
—Solo la conoces desde hace una hora.
—Y tú desde hace cuatro días.
—No veo la relación —le respondo y me encojo de hombros.
—Precisamente ese es el problema.
Antes de que pueda responder, Rita me da una palmada en el brazo y se aleja entre los invitados.
Resoplo y justo después vuelvo a cometer el mismo error.
Miro otra vez hacia Laura y veo que ahora no está hablando con las mujeres de marketing, sino con un hombre alto con traje gris y sonrisa ensayada.
Laura mantiene una expresión educada mientras lo escucha.
Asiente un par de veces y sonríe cuando corresponde, pero ya empiezo a reconocer ciertas cosas de ella como cuando se está divirtiendo o está siendo amable, como ahora mismo.
El hombre continúa hablando y Laura vuelve a asentir.
Entonces él señala discretamente hacia mí con la copa y aunque no sé de qué están hablando, soy capaz de leerle los labios y saber que ha dicho la palabra «novio».
Laura gira la cabeza hacia mí y me encuentra observándola. Después vuelve a mirar al hombre.
—Algo parecido —adivino que le responde con una sonrisa.
No debería importarme su respuesta, ni tampoco gustarme. Sin embargo, mientras ella vuelve a la conversación y el hombre parece aceptar su explicación, descubro que la palabra «novio» me resulta sorprendentemente agradable para formar parte de una mentira.
El hombre del traje gris continúa hablando unos minutos más con ella, mientras Laura mantiene la sonrisa educada que utiliza cuando intenta ser amable sin dar demasiada confianza.
Asiente de vez en cuando, hace algún comentario y consigue que él se ría varias veces, aunque resulta evidente que la conversación le interesa bastante menos a él que a ella.
No sé por qué sigo observándolos. Bueno, sí lo sé… Simplemente no me gusta, aunque tampoco tengo ningún motivo razonable para que no me guste.
—Arthur, ¿sigues con nosotros?
La pregunta llega desde mi izquierda. Me giro y descubro que uno de los directivos de Veridian me está mirando con una mezcla de paciencia y resignación.
—Depende de la conversación —respondo.
—Estamos hablando de previsiones para el próximo trimestre.
—Entonces definitivamente no.
Las risas a mi alrededor alivian mi despiste y la conversación continúa unos minutos más. Intento concentrarme e incluso participo: comento un par de cifras, respondo algunas preguntas y consigo aparentar que estoy prestando toda mi atención al asunto, aunque no estoy seguro de engañar a nadie.
Cuando por fin la conversación termina, aprovecho la primera oportunidad para alejarme del grupo.
La sala sigue llena. Hay invitados repartidos junto a las mesas altas, camareros cruzando de un lado a otro y gente intercambiando tarjetas con una intensidad, que hace pensar que están negociando tratados internacionales en lugar de productos cosméticos.
Mi mirada encuentra a Laura casi de inmediato, aunque ahora ya no está hablando con el hombre del traje gris.
Ahora está junto a una de las terrazas interiores con una mujer que reconozco enseguida: Janice Moore, la directora de marketing de Veridian.
Una persona inteligente, directa y bastante poco paciente con los idiotas, por eso me sorprende verla riéndose.
Reduzco ligeramente el paso al acercarme y escucho el final de la conversación.
—...y entonces me dijo que necesitaba espacio para encontrarse a sí mismo —cuenta Laura levantando una mano mientras habla—. Dos semanas después ya vivía con otra mujer, así que imagino que se encontró bastante rápido.
Janice suelta una carcajada.
—Eso ha sido terrible.
—Lo sé. Llevo años perfeccionando el trauma para convertirlo en anécdota.
—Te felicito por el resultado —le contesta Janice.
Laura sonríe y da un pequeño sorbo a su copa.
—Gracias. Ha requerido mucho trabajo y una cantidad poco saludable de conversaciones con mis amigas.
—Las amigas suelen ser más útiles que los terapeutas.
—Mis amigas son más agresivas que los terapeutas.
Janice vuelve a reírse y después su expresión se suaviza un poco.
—Espero que ya no sigas culpándote.
Laura baja la vista hacia su copa unos segundos antes de responder.
—Ahora no. Al principio sí.
Janice frunce ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Laura se encoge de hombros.
—Porque cuando alguien te engaña, durante una temporada acabas preguntándote qué tenía la otra persona que no tuvieras tú.
La frase me resulta desagradable por el hecho de que la diga, porque no encaja con la mujer que he conocido durante estos días, que es una persona capaz de discutir conmigo durante una hora sin ceder un centímetro, ni con alguien que ha entrado esta noche aquí convencida de que no pertenecía a este mundo y ha tardado veinte minutos en conquistarlo.
Janice le toca brevemente el brazo.
—Espero que ya sepas que el problema no eras tú.
Laura sonríe, esta vez de verdad.
—Ahora lo tengo claro, aunque me costó un tiempo llegar ahí.
Decido intervenir antes de seguir escuchando una conversación que claramente no me corresponde.
—¿Estoy interrumpiendo?
Laura gira la cabeza hacia mí.
—Depende —dice inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Traes una razón convincente para aparecer justo ahora?
—Una regular.
—Entonces probablemente sí.
Janice se ríe y me señala.
—Me cae bien.
—Lo siento mucho —responde Laura inmediatamente.
—Gracias —añado yo.
Janice niega con la cabeza.
—No te estaba hablando a ti.
—Eso empieza a convertirse en un patrón.
—Porque te lo has ganado.
Laura intenta disimular una sonrisa, pero fracasa. Cuando Janice se marcha para reunirse con otro grupo, Laura vuelve a mirarme.
—¿Escuchando conversaciones ajenas otra vez?
—Solo he escuchado dos frases —trato de justificarme—. Tres como mucho.
—Eso no mejora la situación.
—Depende de las frases —le respondo encogiéndome de hombros.
Ella pone los ojos en blanco y da otro sorbo a su copa.
—¿Te estás divirtiendo? —le pregunto.
Laura parece pensarlo de verdad antes de responder.
—Sorprendentemente sí.
—Suena casi como un cumplido.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Ella resopla.
—Eso tampoco era un cumplido.
—Ahora sí que te creo.
Durante unos segundos observamos a nuestro alrededor.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunta Laura de repente.
—Sorpréndeme.
—Que empiezo a entender por qué eres bueno en tu trabajo.
—Eso ha sonado a cumplido —le digo con un amago de media sonrisa.
—Lo era.
—Gracias por tu sinceridad.
Laura me señala con un dedo.
—No te acostumbres.
—Tomo nota.
Ella baja la mano y me estudia durante unos segundos.
—¿Siempre haces esto? —me pregunta mirando a nuestro alrededor.
—¿El qué?
—Conseguir que la gente termine contándote cosas que no pensaba contarte.
Su pregunta me hace sonreír.
—Creo que eso dice más de la gente que de mí.
—Bonita evasiva.
—Gracias.
—Era una crítica, ¿eh? —. Laura niega con la cabeza—. Eres agotador.
—Y aun así sigues aquí —le respondo sin dejar de sonreír.
—Porque firmé un acuerdo horroroso.
—Esa sigue siendo mi explicación favorita.