No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 7 #3
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—Gracias por tu voto de confianza —dice con una serenidad que no me creo ni un poco.

—Intento mantener expectativas realistas —replico.

—Qué considerada.

Cassandra observa el intercambio sin intervenir. Sus ojos van de Arthur a mí y de mí a Arthur, como si estuviera intentando resolver un rompecabezas que se resiste a encajar. Entonces entiendo que realmente lo que le molesta no es que Arthur esté acompañado, sino controlar la conversación.

—Debo reconocer que formáis una pareja interesante —dice finalmente.

—Eso nos lo han dicho varias veces esta noche —contesto mientras acepto otra copa de agua de un camarero que pasa junto a nosotros.

—Supongo que nadie lo esperaba —afirma ella.

Arthur suelta una pequeña risa.

—Yo tampoco.

—Al menos estamos todos de acuerdo en algo —añade Cassandra.

Dos invitados se acercan en ese momento para saludar a Arthur y la conversación se dispersa durante unos minutos.

Mientras él habla con ellos, vuelvo a fijarme en Cassandra y descubro que sigue observándonos.

No parece estar escuchando a nadie. Solo está pendiente de nosotros, esperando un gesto, una contradicción o cualquier otro detalle que le permita demostrar que esta historia no es tan perfecta como parece.

Cuando por fin nos quedamos solos, me acerco un poco a Arthur.

—Está intentando pillarnos —murmuro.

—Eso parece —me responde Arthur que sigue observando la sala.

—¿Siempre es así?

—Cuando cree que puede sacar algo de una situación, sí —asiente con la cabeza.

—Empiezo a entender por qué no funcionasteis.

Él deja escapar una carcajada breve y por primera vez desde que empezó el evento parece realmente divertido.

—Eso ha sido bastante directo.

—Llevo toda la noche escuchando a gente hablar durante diez minutos para no decir nada. Necesitaba compensarlo —le suelto y me encojo de hombros.

Arthur vuelve la cabeza hacia mí y me mira directamente a los ojos.

—Gracias.

—¿Por qué? —pregunto frunciendo ligeramente el ceño.

—Porque tú nunca haces eso.

La respuesta me pilla desprevenida, pero, por suerte, no tengo tiempo de buscar una réplica, porque Cassandra reaparece y esta vez no viene sola. Se acerca acompañada de un hombre mayor de pelo canoso que sonríe en cuanto ve a Arthur.

—Precisamente estaba contándole a Richard que sois la pareja sorpresa del año —anuncia Cassandra.

—Eso suena un poco exagerado —digo y me rio un poco echando la cabeza hacia atrás.

—Quizá un poco —admite ella.

Richard se ríe y le da una palmada amistosa a Arthur en el hombro.

—Llevo años intentando que este hombre se comporte como una persona normal.

—¿Y qué tal va la misión? —pregunto.

—Francamente mal.

Arthur suspira.

—Estoy aquí delante.

—Lo sabemos —responde Richard.

—Perfecto.

—¿Ves? —Richard me señala con una sonrisa—. Esto es exactamente lo que digo.

La conversación continúa unos minutos más y Cassandra sigue pendiente de nosotros.

Lo noto en la forma en que interviene, en cómo nos observa cuando cree que no nos damos cuenta y en la sonrisa paciente que no termina de desaparecer de su cara.

Parece convencida de que tarde o temprano cometeremos un error y, entonces, decide ayudarnos a hacerlo.

—Debo admitir que sois muy convincentes —dice mirando directamente a Arthur—. Casi parece real.

La frase cae sobre el grupo con suavidad, pero todos entendemos lo que hay debajo. Cassandra no solo está haciendo un comentario, sino que nos está lanzando un reto y Arthur también lo entiende.

Nuestros ojos se encuentran un instante y después él da un paso hacia mí sin darme tiempo para pensar.

Posa su mano en mi cintura y me atrae ligeramente hacia él antes de inclinarse.

El beso dura apenas unos segundos. Lo suficiente para que cualquiera que esté mirando llegue a la conclusión que esperamos.

No obstante, el problema no es el tiempo, sino que, durante esos segundos, Arthur deja de parecer el hombre más controlado de Manhattan y yo dejo de recordar que esto forma parte de un acuerdo.

Cuando se aparta, su mano permanece un instante más en mi cintura antes de desaparecer y mi corazón, en cambio, da la sensación haberse quedado varios pasos por detrás.

Cassandra se queda atónita al presenciar nuestro beso.

—Vaya —murmura Richard.

—Eso sí que ha sido convincente —añade alguien a nuestra espalda.

Arthur carraspea con suavidad y recupera la compostura impecable que lleva luciendo toda la noche, aunque ahora sé que es exactamente eso: compostura, porque hace unos segundos también lo he notado perder el equilibrio.

Cassandra nos observa a los dos antes de sonreír.

—Tengo que reconocerlo. Parecéis muy convincentes.

Recupero el control justo a tiempo para devolverle la sonrisa.

—Es que Arthur finge muy bien.

Creo que va a dejar pasar el comentario, pero no lo hace. Levanta la vista hacia mí y durante un instante desaparecen las conversaciones, la música y el resto de los invitados que nos rodean.

—No tanto como crees —me escupe Cassandra.

Y ahora ya no estoy segura de qué parte de esta historia sigue siendo una mentira.