No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 7 #2
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—Trabajo en relaciones públicas. Convencer a la gente forma parte de la descripción de mi puesto.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, que sigas pareciendo sospechosamente satisfecho contigo mismo.

—No estoy satisfecho —me dice convicción y sin dejar de mirarme.

—Mentiroso sería una palabra muy fea para utilizar en nuestro primer evento oficial.

Arthur se ríe por lo bajo y, durante un instante, parece menos un ejecutivo impecable y más un hombre, algo mucho peor para mí. Después me ofrece el brazo. Yo primero miro su brazo y después lo miro a él.

—¿Esto es necesario? —le pregunto arqueando una ceja.

—Vamos a entrar como una pareja —responde con paciencia.

—Podríamos entrar como dos personas que han tomado una serie de decisiones muy cuestionables.

—Eso resultaría menos convincente —me dice aún sin mover su brazo.

—Pero más honesto —añado con convicción.

—Esta noche no hemos venido a ser honestos —me responde inclinando ligeramente la cabeza mientras me sostiene la mirada.

Su respuesta me llega tan tranquila que me fastidia reconocer que tiene razón.

—Empiezo a odiar que siempre tengas una respuesta preparada para todo —resoplo.

—No siempre —contesta haciéndose el interesante.

—Mentira.

—La mayoría de las veces.

—Eso ya me parece más creíble.

Aun así, apoyo la mano en su brazo y noto que el tejido de la chaqueta es suave bajo mis dedos y el calor que desprende atraviesa la distancia entre nosotros con facilidad. Arthur baja la vista hacia mi mano un momento antes de empezar a caminar hacia la entrada.

—Por cierto —dice mientras avanzamos entre los invitados que esperan para entrar.

—¿Sí?

Él vuelve la cabeza hacia mí.

—Estás impresionante.

Y de repente me cuesta mucho más recordar la respuesta ingeniosa que tenía preparada y, en lugar de eso, aprieto un poco más los dedos sobre su brazo.

—Gracias —digo, y la palabra me sale más baja de lo que pretendía.

Arthur no sonríe y eso empeora la situación, porque me mira como si hubiera escuchado perfectamente todo lo que no le he dicho.

El interior del edificio confirma inmediatamente una teoría que llevo años desarrollando.

Las personas ricas adoran las superficies brillantes, porque por todos lados hay cristal, mármol, arreglos florales que probablemente cuestan más que mi alquiler mensual, hay camareros de un lado a otro con bandejas de champán y grupos de personas manteniendo conversaciones sofisticadas sobre temas que parecen importantes pero que, escuchados con atención, resultan sospechosamente parecidos a hablar del tiempo.

Arthur me guía entre la gente con una tranquilidad que me resulta irritante. No parece buscar dónde ir, ni parece preguntarse con quién hablar. Simplemente avanza como si el lugar le perteneciera y hubiera nacido sabiendo qué hacer en situaciones como esta.

—No pongas esa cara —murmura mientras saluda a una pareja que pasa a nuestro lado.

—¿Qué cara? —le pregunto sin borrar la sonrisa de mis labios, porque sé que nos están mirando.

—La de quien está calculando rutas de escape —me dice a media voz.

—Siempre calculo rutas de escape —murmuro.

—Eso explica muchas cosas.

—Es una costumbre saludable.

—Yo la llamaría más bien… preocupante.

Un hombre de unos cincuenta años se acerca a Arthur con una sonrisa profesional.

—Arthur. Me alegra verte.

—Igualmente, David —responde él estrechándole la mano.

David gira la cabeza hacia mí.

—¿Y tú debes de ser Laura?

La pregunta me hace parpadear. A pesar de que Arthur me había advertido de que algunos asistentes ya habían visto la fotografía de Cassandra, escuchar mi nombre en boca de un desconocido me sigue resultando extraño.

—La misma —respondo con una sonrisa en los labios.

—Encantado —me dice dándome la mano.

—Igualmente.

David vuelve a mirar a Arthur.

—Empiezo a pensar que la famosa foto era real.

—Depende de qué parte de la foto te lo pareciera —contesta Arthur con absoluta naturalidad.

El hombre se ríe y yo también y durante los siguientes veinte minutos descubro algo que no esperaba: Arthur es realmente bueno en esto.

No me refiero a hablar, porque eso ya me lo había dejado claro, sino a conseguir que otras personas se sientan cómodas, recordar nombres, conectar conversaciones y a saber cuándo intervenir y cuándo dejar espacio.

El hombre que apareció en mi despacho para proponer una relación falsa parece muy distinto al que se mueve por esta sala que se muestra mucho más relajado, seguro y peligroso. Por lo que empiezo a entender por qué tanta gente confía en él.

—Estás observándome otra vez —dice Arthur cuando por fin conseguimos quedarnos solos junto a una mesa alta.

—Estoy intentando descubrir si tienes un hermano gemelo —. Acepto una copa de agua de un camarero antes de responderle.

—¿Tan mal me conoces?

—Te recuerdo que la versión que conocía hasta esta noche se dedicaba a provocar a desconocidas en restaurantes.

—Aquello fue una situación excepcional —trata de quitarle importancia.

—No, aquello fue una decisión cuestionable.

—También —acepta.

—¿Siempre eres así en los eventos? —le pregunto apoyando una mano sobre la mesa.

—¿Así cómo? —pregunta arrugando levemente el entrecejo.

—Así de… encantador.

Arthur arquea una ceja.

—Eso ha sonado casi como un cumplido.

—No te emociones —niego con la cabeza.

—Lástima.

—Sigo pensando que eres desesperante —le digo mirándole a los ojos

—¿Ves?, eso ya me resulta más familiar y propio de ti.

—Arthur —le llama una mujer elegantemente vestida que se ha acercado hasta donde estamos.

La forma en que pronuncia su nombre me hace girar la cabeza y la mujer rubia y perfecta me sonríe.

—Sophie —saluda Arthur.

—Hacía tiempo que no te veía acompañado.

La mujer me observa con curiosidad.

—Tú debes de ser Laura.

Empiezo a sospechar que la mitad de Manhattan conoce mi nombre.

—Eso parece —asiento con una sonrisa educada.

—Encantada —se acerca a mí para darme un beso en la mejilla.

—Igualmente —yo le correspondo al beso.

—Me gusta —sentencia Sophie dirigiendo una mirada divertida hacia Arthur.

—Gracias, supongo —responde él.

—No hablaba contigo.

Me río antes de poder evitarlo y Arthur cierra los ojos un segundo.

—Esto se está convirtiendo en una tendencia preocupante —me susurra.

—¿El qué? —le pregunto.

—Que la gente me ignore para hablar contigo.

—Quizá porque soy más simpática.

—Eso no admite discusión.

La conversación continúa y, contra todo pronóstico, empiezo a relajarme. No porque me sienta parte de este mundo, pero Arthur tiene una habilidad extraña para conseguir que el resto desaparezca cuando habla contigo. Además, cuando estamos juntos, la mentira resulta sorprendentemente sencilla.

Horas después, mientras conversamos con otro grupo de invitados, Arthur está contando una anécdota completamente inventada sobre una supuesta discusión nuestra en una librería de Brooklyn.

—No ocurrió así —intervengo.

Arthur se gira hacia mí.

—Ocurrió exactamente así —insiste él con una sonrisa.

—Arthur, estabas convencido de que el libro era una novela romántica.

—Porque tenía una pareja abrazándose en la portada —añade.

—Pero era un libro de cocina —me invento.

—La portada era confusa.

—La portada tenía una tarta.

—Una tarta muy romántica.

Las personas que nos rodean estallan en carcajadas y Arthur me señala con la copa.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que pasó.

—Estás mintiendo delante de testigos.

—Estoy contando una versión creativamente optimizada.

—Eso es mentir.

—Eso no es más que estar acostumbrado a trabajar en relaciones públicas.

—Gracias por confirmar todas mis sospechas.

La gente vuelve a reír y lo peor es que yo también empiezo a divertirme de verdad, sin fingir, ni mostrar nada que realmente no es. Quizá por eso no veo a Cassandra hasta que ya está prácticamente delante de nosotros.

La conversación se enfría inmediatamente, porque Arthur también la ha visto. Lo noto, aunque no cambia de expresión, solo deja de sonreír.

Cassandra se detiene frente a nosotros con una copa de champán en la mano.

—Qué sorpresa encontraros juntos otra vez —nos dice con una sonrisa que parece amable, al igual que su tono de voz, aunque ninguna de las dos cosas lo son.

Arthur deja la copa sobre una mesa que tenemos cerca antes de responder.

—Buenas noches, Cassandra.

Ella asiente ligeramente sin apartar la vista de mí. Nos observamos durante un instante con educación. Sin embargo, tengo la sensación de que es ese tipo de educación, que la gente utiliza cuando quiere clavarse cuchillos, pero sin mancharse las manos.

—La foto tuvo bastante éxito —comenta Cassandra mientras juega distraídamente con el tallo de su copa.

—Eso parece —respondo con una sonrisa educada.

—No imaginaba que las cosas fueran tan rápidas.

Arthur se mueve unos centímetros a mi lado, aunque ni se acerca, ni me toca, pero noto igualmente su gesto.

—Tampoco imaginaba que una fotografía pudiera generar tanto interés —contesta él.

—Las personas siempre encuentran interesantes ciertos cambios —le responde una Cassandra sonriente.

—¿Cambios? —pregunto.

—Arthur no suele sorprender a nadie.

—Qué triste debe de ser vivir así —comento antes de beber un pequeño sorbo de agua.

La sonrisa de Cassandra se mantiene en su sitio, aunque noto una pequeña tensión en la comisura de sus labios.

—No parece que te resulte aburrido —comenta mientras sostiene la copa entre las manos.

—Todavía es pronto para saberlo —respondo encogiéndome ligeramente de hombros.

A mi lado, Arthur gira un poco la cabeza hacia mí.