No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 7
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Laura

Existe una diferencia importante entre prepararse para una cita y prepararse para fingir una relación delante de un lugar lleno de personas ricas y entrenadas para sonreír mientras te juzgan el vestido, la sonrisa, los zapatos, el peinado y hasta por respirar.

La primera opción puede tener algo de emoción.

La segunda implica que cuatro amigas invadan tu apartamento con vestidos, zapatos de tacón, maquillaje, vino y opiniones que nadie ha solicitado pero que todas consideran esenciales.

Mi salón parece una boutique después del primer día de rebajas.

Hay vestidos colgados de la puerta del dormitorio, cajas abiertas junto al sofá y tantos pares de zapatos de tacón sobre la alfombra que empiezo a sospechar que algunas han venido andando con alguno de ellos solo para tener más opciones entre las que elegir.

Pamela está en medio de todo el caos con un vestido negro en las manos y la expresión de alguien que cree estar salvando mi vida, mi reputación y quizá también la industria del romance contemporáneo.

—No pienso ponerme eso —anuncio desde el sofá mientras señalo el vestido con el café que llevo media hora intentando beberme en paz.

Pamela lo levanta un poco más, como si estuviera presentando una prueba irrefutable ante un jurado.

—Claro que sí. Si vas a fingir que sales con Arthur Parks, al menos deberías entrar en ese evento provocando algún tipo de daño.

Kim, sentada en una de las banquetas de la cocina con el portátil abierto, levanta la vista por encima de la pantalla.

—Conviene recordar que esto es un acuerdo y no una venganza.

—Kim, cariño —dice Pamela sin apartar la mirada de mí—, a veces ambas cosas pueden convivir.

Eve se ríe desde la encimera, sobre la que se ha sentado con una copa de vino y una serenidad que ya querría yo para mí ahora mismo.

—Yo solo digo que Laura lleva dos días diciendo que todo esto es profesional y, aun así, ha rechazado tres vestidos por parecer demasiado profesionales.

—Porque una cosa es ir elegante y otra salir de casa sintiendo que he tomado una decisión cuestionable antes incluso de llegar al evento —respondo, dejando el café sobre la mesa.

Violet aparece desde mi dormitorio con una funda negra colgada del brazo y el gesto concentrado de quien ha organizado suficientes bodas como para no temer a una mujer al borde del colapso.

—Pruébate este —me suelta con seguridad al llegar a mi lado.

Miro la funda, después a Violet y, de nuevo, otra vez a la funda.

—No —digo de forma tajante.

Violet deja la funda sobre el respaldo de una silla y cruza los brazos con una calma que me preocupa.

—Ni siquiera lo has visto.

—Precisamente por eso —asiento con la cabeza.

—Te va a quedar espectacular —afirma mi amiga con rotundidad.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé porque tengo ojos, criterio y menos miedo que tú.

Pamela señala a Violet con el vestido que aún sostiene.

—Me encanta cuando se pone en modo profesional.

—A mí me inquieta —murmura Eve antes de dar otro sorbo a su copa.

Kim asiente sin apartar las manos del teclado.

—Es eficaz, pero inquietante.

Diez minutos después estoy en mi dormitorio, metida dentro del vestido de Violet y reconsiderando si nuestra amistad debería continuar o no.

Lo peor es que tenía razón. El vestido es negro, sencillo y mucho más elegante de lo que esperaba.

No tiene brillos, ni cortes excesivos, pero se ajusta a mi cuerpo de una manera tan perfecta, que me hace quedarme inmóvil frente al espejo mientras me miro.

Me marca la cintura, deja los hombros al descubierto y consigue que parezca una mujer capaz de entrar en un evento de lujo sin preguntar primero dónde está la salida de emergencia.

Cuando salgo al salón con él puesto, las cuatro se callan y su silencio me confirma que estoy perdida.

—Madre mía —suelta Pamela llevándose una mano al pecho.

—No empieces —le advierto, señalándola con un dedo.

—No puedo. Es físicamente imposible —añade ella.

Eve deja la copa sobre la encimera y me observa de arriba abajo con una sonrisa mucho más suave.

—Estás preciosa.

Eso, viniendo de Eve, me impacta más que cualquier grito desgarrado de Pamela.

—Gracias —murmuro, tirando un poco del bajo del vestido, porque necesito hacer algo con las manos.

Violet aparece detrás de mí y me aparta los dedos de la tela.

—Deja el vestido en paz o te ato las manos —me susurro al oído.

—Eso no suena legal.

—Soy organizadora de bodas. He hecho cosas peores con novias nerviosas —me cuenta ahora con un tono de voz normal y mirando al espejo para observarme de arriba abajo desde cierta distancia.

Kim cierra el portátil por fin y me dedica una mirada evaluadora.

—Arthur va a reaccionar.

—Arthur no va a reaccionar —respondo demasiado rápido.

—Eso ha sonado a miedo —afirma Pamela con una sonrisa de oreja a oreja.

—Eso ha sonado a realismo —la corrijo.

—No, eso ha sonado a que esperas que reaccione —dice Eve, bajándose de la encimera.

—No espero nada de Arthur Parks salvo que me mande un dossier de cincuenta páginas y me diga que lo memorice en menos de diez minutos y que no me queje porque es breve —insisto.

Violet me empuja con suavidad hacia la silla del tocador.

—Siéntate. Voy a maquillarte antes de que sigas hablando y te arruines la piel por puro estrés.

Le hago caso, porque discutir con Violet cuando tiene una brocha en la mano parece una mala decisión.

Cuando estoy sentada, coloca una mano bajo mi barbilla para orientarme hacia la luz de la ventana y empieza a extender la base con la concentración de una neurocirujana.

Mientras tanto, Pamela se acomoda en el borde de la cama, cruza las piernas y me observa con una sonrisa.

—Necesito una respuesta sincera —anuncia, señalándome con el dedo.

—No —respondo inmediatamente.

—Todavía no he preguntado nada —protesta Pamela llevándose una mano al pecho.

—Solo me intento proteger.

Pamela sonríe aún más.

—¿Te gusta?

Cierro los ojos mientras Violet sigue trabajando sobre mi cara con movimientos suaves y precisos.

—No.

—Mentira —dictamina Pamela sin dudar un segundo.

Abro un ojo para mirarla.

—Pamela.

Ella se inclina hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.

—No me gusta. Me irrita —le aclaro.

Kim levanta la vista del móvil desde la puerta del dormitorio y arquea una ceja.

—Eso no responde a la pregunta de Pam.

—Me cae bien a ratos. Eso es todo —insisto mientras trato de mantener la cabeza quieta para no arruinar el trabajo de Violet.

—A ratos —repite Pamela con una sonrisa satisfecha—. Interesante elección de palabras.

—No saques conclusiones raras.

—Ya es tarde para eso —se ríe Pamela.

Eve, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados, me observa durante unos segundos antes de intervenir.

—A veces los ratos son el problema —dice con tranquilidad.

—Gracias por esa aportación tan inquietante —murmuro.

—De nada —responde Eve encogiéndose de hombros.

Violet da un paso atrás para examinar su trabajo y niega con la cabeza.

—¿Sabéis que maquillar a alguien es mucho más difícil cuando cuatro personas la están interrogando al mismo tiempo?

—Es por una buena causa —replica Pamela.

—¿Cuál? —quiere saber Violet alzando una ceja.

—El cotilleo —sentencia Pamela y las demás se ríen.

No respondo, porque Violet me inclina la barbilla hacia un lado y porque, por desgracia, Eve acaba de acercarse demasiado a una verdad a la que no quiero enfrentarme.

Una hora después, cuando bajo del taxi frente al edificio donde se celebra el evento de Veridian Cosmetics, recuerdo por qué acepté todo esto y empiezo a odiar a Arthur de nuevo por haber encontrado la única forma de convencerme.

El lugar es realmente elegante. Es un edificio de cristal y acero, y tiene una entrada amplia iluminada con discreción y un flujo constante de personas que parecen haber nacido sabiendo qué hacer en cada momento.

Yo, en cambio, estoy pensando en si debería sujetar el bolso con una mano o con las dos para parecer menos preparada para huir.

Empiezo a caminar hacia el punto de acceso y veo que Arthur me espera junto a la entrada.

Lo veo antes de que él me vea y me fijo con detenimiento en su traje oscuro, en su postura impecable, en que tiene una mano en el bolsillo y una tranquilidad irritante propia de un hombre que parece acostumbrado a cualquier sitio caro y exclusivo.

Me fijo que está hablando con una mujer de pelo corto y vestido blanco cuando gira la cabeza y me ve.

Entonces, se detiene, aunque no demasiado, porque él no es un hombre que se permita grandes reacciones en público, pero yo lo noto.

La conversación que tenía con la mujer vestida de blanco queda interrumpida y observo cómo sus ojos descienden por mi vestido y vuelven a subir hasta mi cara con una rapidez casi educada, aunque no lo bastante rápida.

Al ver lo que acaba de hacer un puño de nervios se instala en mi estómago, mientras sigo mirándolo y veo que se disculpa con la mujer con la que estaba conversando y empieza a caminar hacia mí.

—Laura —me saluda cuando llega hasta donde estoy.

Su voz me parece más grave de lo habitual o quizá soy yo quien la escucha de forma distinta después de verlo quedarse inmóvil al verme aparecer.

—Hola —respondo intentando no sonreír demasiado—. Te advierto que sigo sin entender cómo me convenciste para hacer esto.

Arthur me observa durante un instante y observo cómo sus ojos recorren mi cara con una atención que me pone nerviosa.

—Técnicamente todavía puedes salir corriendo.

—No me tientes —le advierto señalándolo con un dedo—. He estado a punto de hacerlo tres veces desde que me he bajado del taxi.

—¿Solo tres?

—Arthur, desde que he salido del taxi no han pasado ni dos minutos —le informo.

—Es una media preocupante.

Resoplo y niego con la cabeza, porque lo peor es que me está haciendo reír justo cuando necesito recordar que todo esto es una mala idea.

—¿Siempre consigues que la gente haga cosas absurdas o soy un caso especial?