6
Arthur
Laura mantiene el móvil en la mano mientras relee en silencio las condiciones que acaba de escribir. Después, levanta la vista hacia mí por encima de la pantalla.
—Primera regla: no vuelvas a tocarme la espalda si pretendes que piense con claridad después.
Durante un instante me quedo mirándola y ella tarda un segundo en darse cuenta de lo que acaba de decir.
—Olvida eso —se apresura a añadir mientras deja el teléfono sobre la mesa—. Borra esa expresión de tu cara.
—¿Qué expresión? —pregunto apoyándome contra el respaldo de la silla.
—Esa de persona que acaba de descubrir algo interesante.
—No sé de qué hablas.
Laura me señala con un dedo.
—Esa. Exactamente esa.
Tengo que hacer un esfuerzo por no sonreír.
—La regla me parece razonable —le respondo cuando estoy seguro de que no voy a sonreír.
—No estaba buscando tu aprobación —sentencia.
—Me imagino.
Ella deja caer la cabeza hacia atrás y se cubre los ojos durante un segundo.
—Empiezo a arrepentirme de haber aceptado —resopla.
—Ya tardabas en decirlo…
—Han pasado menos de dos minutos —me recuerda.
—Cierto.
—Vale. Si vamos a hacer esto, necesitamos más reglas —me dice incorporándose en la silla y cogiendo su móvil.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo —respondo mientras me acomodo mejor en la silla.
—No te emociones. Esto sigue pareciéndome una idea horrible.
—Y aun así has aceptado —asiento con la cabeza.
—Solo porque sigues utilizando a Maison Lumière cada vez que estoy a punto de mandarte a paseo.
—Sea como sea, me está funcionando —le respondo con una sonrisa.
—No te acostumbres.
Mientras habla, empieza a escribir una nueva línea en la aplicación de notas.
—Regla número dos.
—Nada de besos —digo.
Laura levanta la cabeza tan deprisa que casi se le cae el móvil.
—Pensaba escribir exactamente lo mismo.
—Excelente —sonrío de nuevo, aunque ahora mi sonrisa es aún mayor.
—No pongas esa cara de satisfacción.
—¿Qué cara?
—La de hombre que cree que acaba de ganar algo.
—No he ganado nada.
—Eso está por ver —resopla, anota la regla y vuelve a mirar la pantalla.
—Nada de besos innecesarios —añado.
—¿Existen los necesarios? —pregunta alzando una ceja y después deja el móvil sobre la mesa y cruza los brazos.
—Espero sinceramente no tener que descubrirlo.
—Yo también.
La forma en que me mira me deja claro que sospecha de esa respuesta. Así que decido no profundizar por mi propio bien.
—Siguiente —dice ella.
—Nada de dormir juntos —continúo.
Laura suelta una carcajada incrédula.
—Arthur, eso ni siquiera debería formar parte de esta conversación.
—La experiencia me ha enseñado que las personas hacen cosas extrañas cuando empiezan a improvisar.
—¿Hablas por experiencia personal? —inquiero alzando una ceja.
—No voy a responder a eso —niego con la cabeza.
—Interesante —me responde.
—No lo es.
—Lo es muchísimo.
Niego con la cabeza de nuevo, mientras ella añade la regla a la lista.
—Nada de aparecer sin avisar en mi oficina —continúa.
—Eso parece sospechosamente específico.
—Porque está inspirado en hechos reales —me aclara y se coloca un mechón tras la oreja.
—Solo he venido una vez —le recuerdo.
—Y ya ha sido una vez más de las que esperaba esta semana.
Mientras habla, señala la puerta de cristal de su despacho.
—La próxima vez llamas.
—¿Y si es una emergencia? —le pregunto.
—¿Qué clase de emergencia?
—No lo sé —me encojo de hombros.
—Entonces si no lo sabes, no era una emergencia —me suelta y regresa la mirada a su teléfono.
—Tu lógica es agresivamente eficiente —me recoloco los puños de las mangas de la camisa.
—Gracias —me sonríe.
—No era un cumplido.
—Es igual, lo acepto igualmente.
Laura pone los ojos en blanco antes de volver a escribir. Cuando termina, permanece unos segundos observando la pantalla, después vuelve a levantar la vista, pero veo que esta vez su expresión ha cambiado ligeramente.
—Y nada de manipular situaciones —añade.
La frase se queda sobrevolando nuestras cabezas. Ella deja el móvil sobre la mesa y yo apoyo una mano en el reposabrazos de la silla.
—Eso es bastante ambiguo —le respondo.
—Para ti no —me suelta convencida.
—Yo no manipulo situaciones —le aclaro.
Laura se queda inmóvil durante una fracción de segundo y después empieza a carcajearse con ganas.
—Arthur —dice cuando consigue recuperar el aire—, tienes una empresa que se dedica a las relaciones públicas estratégicas, ¿lo recuerdas?
—Eso no demuestra nada —me encojo de hombros.
—Literalmente te dedicas a influir en la forma en que otras personas perciben las cosas —añade aún sonriente.
—Eso es una descripción muy hostil de mi profesión.
—No, es una descripción bastante precisa de tu profesión —insiste.
—Tú trabajas en marketing.
—No es lo mismo.
—Se parece bastante…
Laura abre la boca para responder, pero se queda pensando y, por primera vez desde que empezó la discusión, parece quedarse sin réplica inmediata. Algo que me resulta sorprendentemente satisfactorio.
—Te odio un poco —murmura finalmente.
—Eso sigue siendo mejor de lo que esperaba oír cuando he entrado por esa puerta —digo señalando la entrada del despacho.
Niega con la cabeza mientras escribe la última regla y sigue discutiendo conmigo, pero ya no tengo la sensación de que esté buscando una excusa para salir corriendo. Después, deja su teléfono sobre la mesa, se cruza de brazos y me mira.
—Sigo pensando que tienes una visión bastante dramática de mi profesión —digo mientras me pongo en pie.
—Y yo sigo pensando que tienes una visión bastante optimista de tu profesión —replica sin moverse de la silla.
Rodeo la mesa despacio, me acerco a la ventana y observo la calle desde esta planta.
—¿Siempre haces eso? —pregunta Laura detrás de mí.
—¿El qué?
—Mirar por la ventana cuando una conversación empieza a ponerse incómoda.
Vuelvo la cabeza.
—¿Y tú siempre analizas a la gente?
—Solo cuando me preocupa.
—¿Te preocupo?
Laura se da cuenta inmediatamente de que ha elegido mal las palabras.
—No te emociones.
—Demasiado tarde —alzo una ceja.
Ella resopla.
—Lo que me preocupa es que pareces incapaz de responder una pregunta sencilla.
—Trabajo con periodistas —me justifico y me encojo de hombros.
—Eso no explica nada.
—Lo explica todo.
Laura niega con la cabeza.
—¿Ves? Otra vez.
—¿Qué? —le pregunto abriendo mucho los ojos.
—Eso —dice encogiéndose de hombros.
—Vas a tener que aclarármelo, porque no sé a qué te refieres.
—Te haces el despistado cuando algo no te interesa —resopla.
La observo durante unos segundos y me doy cuenta de que tiene una costumbre que empieza a resultarme incómoda: escucha con atención y después sigue tirando del hilo hasta encontrar lo que intentabas no decir.
La mayoría de la gente se conforma con la respuesta, ella parece interesarse más por todo lo que no has dicho.
—Quizá tienes demasiado tiempo libre —le suelto.
—Quizá tú estás acostumbrado a que la gente no te lleve la contraria.
—Eso tampoco es verdad —niego con la cabeza.
—Arthur…
—Vale. Un poco —admito.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque acabas de admitir algo.
—No conviertas esto en una costumbre.
Laura sonríe y vuelve a escribir algo en la aplicación de notas.
—¿Qué haces ahora? —quiero saber.
—Añadir una observación.
—No me gusta cómo suena eso.
—«Arthur evita responder preguntas cuando la respuesta verdadera podría ser interesante» —lee en la pantalla de su móvil.
—Eso no es una regla —le recuerdo.
—No, es documentación —me aclara.
—Me preocupa que exista un expediente sobre mí.
—Debería preocuparte mucho más—añade.
Justo antes de que pueda responderle, mi teléfono vibra. Miro la pantalla y veo que es Rita, mi asistente. Al verlo, Laura baja la vista hacia la pantalla y después vuelve a mirarme con curiosidad.
—¿La famosa Rita? —pregunta mientras se recuesta en la silla.
—La única Rita —le aclaro antes de aceptar la llamada —Dime.
La voz de mi asistente me llega tan directa como siempre.
—Por favor, dime que no has olvidado la reunión de las cuatro.
Miro la hora automáticamente en mi reloj y por el rabillo del ojo me doy cuenta que al otro lado de la mesa, Laura observa mi reacción con el interés de alguien que acaba de encontrar una serie nueva en Netflix, que promete bastante.
—No la he olvidado —respondo.
—Has olvidado la reunión —confirma Rita.
—No la he olvidado —le repito.
—Arthur —continúa Rita con paciencia profesional—, llevo siete años trabajando contigo. Sé perfectamente qué sueles decir cuando has olvidado algo.
Laura que está en silencio para escuchar lo que Rita me dice, pese a que no he puesto el manos libres, se lleva una mano a la boca para ocultar una sonrisa, pero fracasa, porque se acaba riendo.
—Llego en treinta minutos —digo mientras le lanzo una mirada de advertencia a Laura.
—Mejor en veinte —añade mi asistente.
—Rita.
—Veinte —insiste.
La llamada se corta antes de que pueda seguir negociando y me guardo el teléfono en el bolsillo.
—Tu asistente me cae bien —anuncia Laura inmediatamente.
—Ni siquiera la conoces.
—Por lo que parece, ha conseguido darte órdenes y sobrevivir para contarlo.
—Eso no ha ocurrido —niego con la cabeza.
Laura se pone en pie y coge su teléfono de la mesa.
—Arthur, acaba de reducir tu margen de maniobra de treinta a veinte minutos y tú has obedecido.
—No he obedecido.
—Sabes que sí —insiste con una sonrisa pícara.
Niego con la cabeza mientras rodeo el escritorio.
—Necesito volver a la oficina.
—Perfecto —responde ella caminando hacia la puerta.
Durante un instante, nos quedamos frente a frente al otro lado del despacho. La negociación ha terminado, las reglas existen y, por tanto, también existe una relación falsa que todavía me cuesta creer que haya aceptado.
—Tenemos otro problema —le señalo.
Laura cierra los ojos un segundo.
—Fantástico. Justo lo que necesitaba escuchar.
—El evento.
Ella vuelve a abrirlos.
—¿Qué evento?
—La presentación de Veridian Cosmetics.
Laura parpadea varias veces.
—¿La de esta semana?
—La del jueves por la noche.
—Arthur...
—Lo sé.
—No, no lo sabes —replica señalándome con el móvil—. Llevamos menos de cuarenta y ocho horas conociéndonos.
—Técnicamente es correcto.
—Y pretendes que te acompañe al evento y finja delante de desconocidos que soy tu pareja.
—Técnicamente también es correcto —asiento con la cabeza.
—Odio esta historia —me dice mirándome unos segundos.
—Lo sé.
—No.
—¿No qué? —alzo una ceja.
—No lo sabes todo.
Apoyo una mano en el marco de la puerta y sonrío.
—Tienes razón.
—Gracias.
—Pero solo en el noventa por ciento —puntualizo.
Laura agarra una carpeta que está sobre una estantería cercana y durante un segundo temo sinceramente por mi integridad física. Pero, por suerte, se limita a sujetarla contra el pecho.
—¿Qué se supone que tengo que hacer en ese evento? —quiere saber.
—Sonreír.
—No me gusta sonreír.
—Entonces solo intentar soportarme —me encojo de hombros.
—Eso también me parece complicado.
—Lo será para ambos, te lo aseguro.
Ella resopla y abre la puerta del despacho.
—Te enviaré toda la información esta tarde —añado antes de marcharme.
—Perfecto —asiente.
—Y también la lista de invitados.
—Perfecto —vuelve a asentir.
—Y algunos detalles sobre la empresa.
Laura se vuelve hacia mí tan despacio que ya sé que no le va a gustar lo que acaba de escuchar.
—Arthur.
—¿Sí?
—Si me mandas un dossier de cincuenta páginas te bloquearé.
—Lo tendré en cuenta.
—Lo digo en serio —insiste.
—Yo también.
Laura niega con la cabeza mientras pone la mano sobre el pomo de la puerta.
—¿Algo más?
La pregunta parece sencilla y no debería necesitar reflexión.
Sin embargo, la requiere. Porque mientras la observo apoyada con la mano sobre el pomo de la puerta de su despacho, algo despeinada, con una carpeta en la otra mano y una mirada que me advierte que es capaz de discutir cualquier cosa durante horas, tengo la incómoda sensación de que acabo de cometer un error bastante complicado de gestionar.
—Nada más —respondo finalmente.
Laura asiente.
—Entonces nos vemos el jueves —le recuerdo.
—Nos vemos el jueves.
Salgo de su despacho y atravieso la oficina mientras varias personas levantan la vista al verme pasar.
Una chica morena me dedica una sonrisa, alguien murmura algo a pocos metros de ella y un hombre de mediana edad gira la cabeza para seguirme con la mirada.
La historia entre Laura y yo ya ha empezado a circular y no me sorprende lo más mínimo que se comporten así.
Según mi propia experiencia, pocas cosas viajan más rápido que un rumor interesante.
Cuando llego al ascensor, vuelvo la cabeza por última vez y veo que Laura sigue junto a la puerta de su despacho observándome desde el otro extremo de la oficina.
En cuanto se da cuenta de que la estoy mirando, arquea una ceja con una expresión que parece decir que sigo siendo un caso perdido y desaparece tras la puerta sin despedirse.
Justo después, las puertas del ascensor se abren y entro mientras intento concentrarme en la reunión que me espera dentro de menos de una hora, pero no lo consigo.
Durante el descenso, me doy cuenta de algo que probablemente debería preocuparme.
A pesar de que llevo años rodeado de estrategias, contratos, clientes, socios y personas que actúan exactamente como espero.
Sé prever una negociación antes de que empiece y suelo saber cómo terminará una conversación mucho antes de que llegue al final.
Sin embargo, Laura no se parece a ninguna de las personas con las que me he cruzado a lo largo de mi vida, por lo que estoy convencido de que ese es el verdadero problema de todo esto.
Porque acabo de meter en mi vida personal y profesional a la única mujer que no tengo ni idea de cómo tratar, ni adivinar cómo se va a comportar.