5 #2
—Pero si tu ex cree que sigues esperando a que cambie de opinión, esta situación probablemente le haga replantearse algunas cosas.
Aprieto los labios, porque odio que diga eso y odio todavía más que una parte de mí entienda a qué se refiere.
—No necesito demostrarle nada a Mark.
—Perfecto.
—Perfecto —repito.
—Entonces no debería importarte.
Lo fulmino con la mirada.
—Acabas de manipular la conversación.
—Trabajo en relaciones públicas estratégicas, te lo recuerdo —me responde alzando las cejas de una manera que me repatea.
—Lo sé y empiezo a considerarlo una enfermedad.
Por primera vez Arthur se ríe abiertamente y lo peor de todo es que el muy desgraciado tiene una risa bonita y eso tampoco ayuda.
—No necesito fingir ser la novia de nadie —le dejo claro.
—No he dicho novia.
—¿Qué diferencia hay con lo que has dicho?
—Las palabras importan —puntualiza con un tono que me revienta.
—Dios mío —resoplo mirando hacia el techo.
—¿Qué?
—Hablas exactamente como esperaba que hablara alguien que cobra por convencer a la gente.
—Laura, si no quieres hacerlo, no lo hagas —me dice inclinándose ligeramente hacia delante.
Su frase me descoloca, porque no parece que me esté presionando, ni manipulando, ni siquiera que estemos negociando. Suena, simplemente, sincera.
—Pero... —continúa.
—Sabía que venía un «pero» —bufo.
—Tu agencia lleva meses intentando entrar en la cuenta de Maison Lumière.
Me quedo inmóvil, porque ahora sí tiene toda mi atención. Maison Lumière es una marca de cosmética de lujo, que la mayoría de agencias de marketing de la ciudad lleva persiguiendo años para conseguir.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque son clientes nuestros.
—Eso sí es asunto tuyo.
—Lo es.
—Sigue hablando —le pido y me cruzo de brazos muy despacio.
—No puedo darte la campaña —me responde manteniendo la calma.
—Ya me lo imagino.
—Ni puedo prometerte nada.
—También lo sé.
—Pero puedo conseguir que, al menos, les presentes una propuesta.
Mi corazón da un pequeño salto, porque esa oportunidad es muy importante y Arthur lo sabe.
—Pero no sería un favor —le dejo claro.
—No —niega también con la cabeza.
—Ni sería regalarme trabajo.
—Claro que no —niega otra vez.
—Solo me permitiría tener acceso directo.
—Exactamente, eso es —asiente ahora y yo le odio un poco por haber encontrado el único argumento capaz de hacerme escuchar su propuesta.
Durante unos segundos me dedico a observarlo, porque hay algo profundamente sospechoso en Arthur Parks. No es solo que aparezca de la nada en mi oficina para proponerme una relación falsa, sino que parece convencido de que todo tiene solución si dos personas se sientan a negociar.
—¿Te das cuenta de que esto es una locura? —le pregunto.
—Sí.
—¿Y aun así has venido?
—No tenía nada que perder —me dice echándose el flequillo hacia atrás.
—Eso tampoco es tranquilizador.
—No pretendía que lo fuera.
—Necesito que entiendas algo —empiezo a decirle apoyando la espalda contra la silla.
—Te escucho.
—No soy actriz —le recuerdo.
—Eso lo tengo claro —me explica.
—Ni tengo experiencia fingiendo relaciones.
—Yo tampoco.
—Eso no me hace sentir mejor.
—Lo imaginaba.
Resoplo mientras Arthur da un sorbo a su café con una calma irritante. Justo en ese momento, mi móvil vibra varias veces.
—Son ellas, ¿verdad? —pregunta Arthur.
—Siempre son ellas.
Pamela:¿SIGUES VIVA?
Llevamos cuarenta y tres minutos
sin noticias tuyas.
Violet:¿Calculas el tiempo?
Eve:Madre mía cómo estamos…
Pamela:NO ES EL MOMENTO DE JUZGARME.
Arthur intenta mirar la pantalla, pero aparto el móvil de su vista.
—Ni se te ocurra leer los mensajes —le advierto acercándome el teléfono al pecho.
—Solo sentía curiosidad —me responde encogiéndose de hombros.
—La curiosidad mató al gato.
—Y a mí me parece que tus amigas habrían interrogado igualmente al gato.
—Probablemente —asiento con la cabeza, antes de volver a leer los mensajes.
Pamela:¿ESTÁS CON ÉL?
RESPONDE CON UNA PALAbrA.
O CON UN EMOTICONO.
O PARPADEA DOS VECES.
Cierro el chat por salud mental.
—Definitivamente me caen bien —dice Arthur.
—No las conoces —le respondo.
—He leído tres mensajes y ya me parecen muy divertidas.
—Eso es porque tú no eres el objetivo habitual —resoplo y pongo los ojos en blanco .
Arthur sonríe y descubro que cuando sonríe parece menos inaccesible, menos ejecutivo y menos unhombre que probablemente tiene reuniones con nombres aterradores en una agenda perfectamente organizada por una asistente personal, lo cual no mejora nada.
—Supongamos que aceptara esta idea absurda.
—Supongamos —contesta apoyando las manos sobre mi mesa.
—¿Cuánto tiempo duraría el teatro?
—Unas semanas —me responde seguro de su respuesta.
—¿Y después?
—Después seguimos con nuestras vidas y cada uno por su lado —añade con convicción
—Ya tenías pensado todo esto, ¿no? —pregunto sorprendida por la locura que me propone.
—Bastante —asiente.
—Eso también me preocupa —resoplo.
—Me imagino…
—¿Todo te lo imaginas? ¿Todo lo sabes?
—¿El qué?
—TODO.
—No.
—Pues deja de decirlo —resoplo.
«Dios, este tío es agotador… aunque también es divertido y eso es aún peor…», me digo para mí y me levanto de la silla, porque necesito moverme. Camino hasta la ventana y observo la calle. Tribeca hierve de actividad. Hay gente entrando y saliendo de las tiendas, repartidores, turistas perdidos…
—¿Qué ganarías tú con todo esto? —pregunto sin girarme.
—Que la historia siga siendo sencilla —me contesta con tranquilidad.
—Eso suena muy a relaciones públicas —afirmo y me giro hacia donde está.
—Porque lo es —me responde y me mira a la cara.
—¿Y qué gano yo? —inquiero alzando una ceja.
Arthur tarda un momento en responderme.
—Una oportunidad profesional real.
Asiento lentamente.
—¿Y la versión no profesional?
Él guarda silencio unos segundos y cuando vuelve hablar, noto que el tono de su voz ha cambiado ligeramente.
—Que Mark deje de tratarte como si siguieras siendo una posibilidad para él.
Su frase se me clava en medio del pecho y lo odio también por eso, porque tiene razón, pero no sobre Mark, sino sobre mí y la rabia que sentí ayer al ver el mensaje de mi ex y por cómo sigo permitiéndole continuar en mi cabeza cuando ni siquiera quiero volver a verlo.
Arthur sigue observándome, aunque no parece satisfecho ni orgulloso, solo está esperando mi respuesta.
—Odio esta conversación —le suelto.
—Lo sospechaba —asiente.
—Odio que tengas argumentos razonables —añado apretando los puños.
—Eso también lo sospechaba —aprieta los labios después de hablar.
—Y odio que aparezcas con café para manipularme.
—Eso sí que no lo sabía —suelta sorprendido.
Me quedo callada unos segundos y después cojo mi móvil.
—¿Qué haces? —quiere saber arqueando una ceja.
—Tomar una decisión —le contesto con seguridad.
—Eso parece prometedor —me responde con una media sonrisa.
—No te emociones.
Abro la aplicación de notas, la misma que utilizo para campañas, apuntar ideas, preparar presentaciones y ahora también, por lo que parece, para organizar este tipo de locuras…
—¿Laura? —me pregunta observando lo que hago con mi teléfono.
—Calla un momento —le ordeno y empiezo a escribir.
Él espera y cuando termino, dejo el móvil sobre la mesa.
—Acepto —afirmo alzando la mirada hasta su cara.
—¿Aceptas? —pregunta con gesto de sorpresa.
—Pero con condiciones —puntualizo antes de que se emocione.
—Por supuesto que hay condiciones —asiente.
—Muchas —añado.
—Empiezo a preocuparme —inclina la cabeza para un lado.
—Mejor que lo hagas —le respondo con seguridad.
Arthur se acomoda en la silla y da un sorbo a su café.
—Escuchemos esas condiciones.
Cojo mi teléfono, me aclaro la garganta antes de hablar y leo la primera línea.
—Primera regla: no vuelvas a tocarme la espalda si pretendes que piense con claridad después.
Por primera vez desde que ha entrado en mi oficina, Arthur parece quedarse sin respuesta y eso, sinceramente, compensa gran parte de esta situación.