No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 5
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Laura

Lo primero que veo al abrir los ojos es el techo de mi dormitorio, lo segundo mi móvil y lo tercero es que he cometido un error gravísimo, porque he mirado mi teléfono solo despertarme.

La pantalla muestra dieciocho mensajes sin leer.

Mientras observo la pantalla veo que aparecen dos más.

Cierro los ojos otra vez y durante unos segundos valoro seriamente si lanzar el teléfono al otro lado de la habitación y mudarme a otro continente.

La idea tiene bastantes ventajas, pero, por desgracia, conozco a mis amigas y sé que si desapareciera, Pamela contrataría un detective privado para que me buscara hasta debajo de las piedras.

Resoplo y me incorporo en la cama. Mi pelo parece haber desarrollado personalidad propia durante la noche y mi cerebro sigue intentando procesar el hecho de que ayer tuve una cita con un hombre equivocado, rechacé al hombre correcto, terminé tomando una copa con el hombre equivocado y ahora internet parece convencido de que tengo novio.

Todo muy normal. Lanzo un hondo suspiro y abro el chat. Un error, gravísimo, lo sé.

Pamela:

SIGO ESPERANDO EXPLICACIONES.

Kim:

He dormido y sigo confundida.

Violet:

Yo también.

Eve:

Buenos días.

¿Has procesado ya lo que pasó

o seguimos en fase de confusión?

Pamela:

HE VISTO LA FOTO.

Pamela:

TODAS HEMOS VISTO LA FOTO.

Pamela:

¿POR QUÉ NADIE ME HACE CASO

CUANDO DIGO QUE SIEMPRE

PASAN COSAS RARAS?

Me dejo caer contra el cabecero y resoplo. Pamela lleva años convencida de que el universo genera acontecimientos absurdos exclusivamente para entretenerla. Por desgracia, las pruebas empiezan a respaldar su teoría.

Abro Instagram y a ahí está la foto. En ella aparecemos Arthur y yo caminando por Manhattan.

Es una imagen tomada desde el ángulo adecuado a una distancia prudencial y desde la peor perspectiva posible.

Parecemos una pareja, aunque no una pareja apasionada digna de protagonizar una película romántica, pero sí una pareja de esas elegantes que salen a cenar una noche cualquiera y vuelven a casa hablando de los planes para el fin de semana.

La imagen resulta tan engañosa que hasta yo me planteo si recuerdo mal lo que pasó.

Mi teléfono vuelve a vibrar.

Kim:He ampliado la foto.

Violet:Tia, me das miedo.

Kim:Lo sé.

Pamela:¿ES GUAPO EN PERSONA?

Eve:Pamela, por favor.

Pamela:¿QUÉ?

Eve:Todas sabemos que sí.

Pamela:Pero quiero confirmación oficial.

Antes de que pueda responder aparece otro mensaje, aunque no del grupo y mi estómago se encoge inmediatamente. El mensaje es de Mark y solo ver su nombre, en mi cuerpo sigue produciéndose una reacción física que me molesta reconocer. Abro el mensaje.

Mark:

He visto la foto.

¿Estás saliendo con alguien?

Eso es todo. Solo dos frases que no tienen nada de agresivas, ni ofensivas, ni nada especialmente importante y, pese a eso, me quedo observando la pantalla durante varios segundos.

Porque sé por qué me altera. No quiero volver con Mark ni remotamente, porque me engañó durante meses, me hizo sentir insuficiente durante años y dos semanas después de dejarme ya estaba viviendo con otra mujer.

Así que no lo echo de menos en absoluto, pero lo que odio es descubrir que todavía tiene capacidad para alterarme solo con dos frases.

Pamela siempre dice que superar a alguien y dejar de reaccionar a alguien son cosas distintas y empiezo a sospechar que tiene razón. Lo cual me fastidia muchísimo porque Pamela utiliza tener razón como deporte. Así que cierro el móvil, porque necesito un café, incluso más que una ducha.

Una hora después estoy en la oficina intentando concentrarme en una propuesta para un cliente, mientras finjo que no he leído tres veces más el mensaje de Mark.

La oficina ocupa una planta diáfana en un edificio en Tribeca compartida con otros creativos.

Hay música de fondo sonando en algún lugar, una compañera diseñadora discutiendo por teléfono con un proveedor y alguien intentando convencer a una impresora de que coopere.

Es decir, una mañana completamente normal, hasta que la puerta de cristal de mi despacho se abre, levanto la vista y me encuentro a Arthur Parks entrando en mi estudio con dos cafés en la mano.

—No —balbuceo mientras Arthur se acerca.

—Buenos días para ti también —me saluda con una sonrisa.

—¿Cómo has encontrado mi oficina? —le pregunto con los ojos muy abiertos.

—Internet es una herramienta fascinante —me responde moviendo las cejas de forma cómica.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Tu agencia tiene página web —me cuenta.

—Eso sigue sin tranquilizarme.

—Te he traído café —me dice dejando uno de los vasos sobre mi mesa.

—¿Intentas sobornarme? —quiero saber alzando una ceja.

—No, todavía no.

La palabra «todavía» debería preocuparme y lo hace, porque conozco a la perfección esa expresión. Es la propia de un hombre que ha venido con un plan y los hombres con planes suelen acabar convirtiéndose en problemas.

Arthur se sienta en la silla que hay frente a mí al otro lado de mi mesa con absoluta tranquilidad. Como si aparecer por sorpresa en la oficina de una mujer a la que conoció por accidente hace menos de veinticuatro horas fuera algo perfectamente razonable.

—¿Qué quieres? —le pregunto arrugando el entrecejo.

—Negociar —me suelta mirándome fijamente a los ojos.

«Ahí está, lo sabía», me digo para mí intentando que no se me note en la cara.

Arthur cruza una pierna sobre la otra y observa el estudio con curiosidad.

—No me gusta cómo ha sonado eso —digo mientras rodeo el vaso de café con ambas manos.

—¿Lo de negociar?

—Lo de aparecer aquí después de haber convertido mi vida en un episodio propio de una comedia romántica.

—Técnicamente eso fue un esfuerzo conjunto.

—No intentes repartir responsabilidades.

—Lo intento todo.

Ahí está otra vez esa manera de responderme, que consiga que quiera discutir y sonreír al mismo tiempo, algo que me cabrea profundamente.

—Habla —le ladro.

Arthur apoya los antebrazos sobre las rodillas y por primera vez desde que ha aparecido lo noto realmente serio.

—La foto está circulando más de lo que esperaba —empieza a decir.

—También está circulando más de lo que yo esperaba —admito.

—Cassandra tiene bastante influencia en ciertos círculos.

—Empiezo a odiar a esta tal Cassandra —resoplo.

—No eres la única, créeme —asiente con la cabeza.

—Eso suena bastante sincero —le contesto alzando una ceja.

—Suelo serlo de vez en cuando.

Lo observo durante unos segundos y veo que lleva un traje oscuro, que se adapta a su cuerpo como un guante.

Bajo ese traje lleva una camisa de color blanco perfectamente planchada y un reloj que parece bastante caro.

Sin duda, Arthur tiene el aspecto de un hombre que probablemente tiene reuniones sobre cosas importantes incluso antes de haber desayunado y, aun así, ha venido hasta mi despacho a hablar conmigo.

—¿Qué quieres exactamente? —le pregunto mirándole a los ojos.

Arthur exhala despacio.

—Quiero proponerte algo.

Ya ha soltado la típica frase que precede a las malas ideas.

—No —niego también con la cabeza.

—Todavía no te he contado de qué trata.

—No hace falta —me echo hacia atrás en la silla.

—Escúchame al menos treinta segundos —me ruega.

—Veinticinco —le regateo.

—Treinta —insiste.

—Veintisiete —le regateo más.

—Eres imposible —resopla.

—Eso es algo que me dicen mucho —le digo con una sonrisa satisfecha.

La comisura de su boca se mueve levemente y después continúa.

—Necesito suavizar mi imagen durante unas semanas.

—¿Perdona? —inquiero alzando una ceja.

—Hay un cliente importante… —empieza.

—Eso no explica nada —le corto.

—Mi vida personal se ha convertido en tema de conversación.

—¿Tu vida personal? —le pregunto con incredulidad.

—Bueno… La ausencia de ella, más bien —me aclara.

—¿Me estás diciendo que alguien quiere contratarte menos porque trabajas mucho? —le pregunto mirándolo fijamente.

—Resumido de forma cruel, sí.

—Eso es ridículo —resoplo.

—Bienvenida al mundo corporativo.

—Sigo prefiriendo el mío.

—Lo imagino —asiente con la cabeza.

—¿Y qué papel se supone que tengo yo en esta locura?

—La foto ya existe y la gente ya está haciendo suposiciones. Así que me sería muy útil no desmentirlas —me suelta sin rodeos mientras me sostiene la mirada.

Tardo exactamente dos segundos en comprender lo que acaba de decir y tres en indignarme.

—No —le suelto de forma instantánea.

—Laura, por favor —me pide echándose hacia atrás el pelo con ambas manos.,

—No.

—Déjame terminar —insiste.

—No quiero que termines —niego con la cabeza.

—Pero si apenas he empezado.

—Eso es lo preocupante.

Arthur se reclina en la silla y me da la sensación de que parece un hombre negociando una fusión empresarial, mientras yo parezco una mujer a punto de lanzarle una grapadora.

—Entonces lo que me propones es ¿Fingir que salimos juntos? —le pregunto incrédula.

—Sí, pero solo durante un tiempo.

—Eso no arregla nada —resoplo.

—Lo sé.

—¿Sabes qué es lo peor?

—No, pero tengo la sensación de que voy a descubrirlo igualmente gracias a ti.

—Que ni siquiera pareces avergonzado de estar proponiéndome esto —le suelto.

—No te estoy proponiendo que nos casemos, ¿eh? —se apresura a aclararme.

—Gracias por tu moderación —le respondo con sarcasmo.

—Intento ser razonable.

—¿Razonable? Arthur, te has presentado sin avisar en mi oficina para sugerirme una relación falsa. ¿Te parece que eso es ser razonable? —le pregunto con indignación.

—Cuando lo explicas así...

—Lo estoy explicando exactamente como ha ocurrido.

Arthur guarda silencio un momento y después hace algo inesperado.

—Mark te escribió.

—¿Cómo sabes eso? —le pregunto mirándolo fijamente.

—Porque lo dijiste anoche.

—No dije nada —le aseguro.

—Cuando viste su nombre en el teléfono.

Mierda, lo había olvidado. Solo fue una reacción mínima, pero parece que Arthur se dio cuenta.

—Bueno, pero eso no es asunto tuyo.

—Tienes razón —asiente.

—Entonces no lo conviertas en algo que no es —resoplo.

—Lo que voy a decir tampoco te va a gustar —insiste.

—Qué sorpresa —le contesto sarcástica.