4
Arthur
—¿Estás riéndote?
Laura me lanza la pregunta desde el otro lado de la mesa con los brazos cruzados y la expresión propia de quien acaba de descubrir que ha dedicado una cena entera al desconocido equivocado.
Sería inteligente negarlo y pedir disculpas con seriedad. Por desgracia, sigo encontrando la situación demasiado divertida.
—No —respondo mientras dejo el vaso sobre la mesa.
—Arthur —me dice ladeando la cabeza y sin dejar de mirarme—. Tienes cara de estar riéndote por dentro.
—No sabía que eso tuviera una cara concreta.
—La tiene. Es la tuya ahora mismo —sentencia Laura.
Me obligo a mantener el gesto neutro, aunque tiene razón. No me estoy riendo de ella, sino de la sucesión absurda de acontecimientos que ha convertido una cena de trabajo fallida en la conversación más entretenida que he tenido en semanas. Sin embargo, Laura no parece apreciar la diferencia.
—Sabías que me había equivocado —dice, inclinándose hacia delante—. Lo has sabido desde el primer momento.
—Desde el tercero, quizá.
—Eso no ayuda.
—Me lo imagino.
—Y aún así decidiste permitir que te llamara Louis durante una hora —me recrimina.
—No ha sido una hora exacta.
—Arthur…
—Han sido cuarenta y ocho minutos, aproximadamente.
Laura abre la boca para decir algo, pero la cierra al momento y mira hacia el techo del restaurante con una paciencia que parece estar llegando a su límite.
—No puedo creer que estés intentando defenderte contando los minutos —resopla.
—No me estoy defendiendo, solo estoy siendo exacto.
—Eso es mucho peor —me responde negando con la cabeza y cogiendo su teléfono de la mesa—. Voy a tener que explicar esto a mis amigas.
—Eso parece grave.
—No tienes ni idea.
—No te creas, tengo cierta capacidad de deducción —le vacilo un poco.
Ella me mira por encima de la pantalla.
—Mis amigas son capaces de organizar un comité de crisis por un emoticono mal usado.
—Entonces quizá deberías omitir algunos detalles.
—Pienso contarles que me dejaste hacer el ridículo.
—No hiciste el ridículo. Solo te sentaste en la mesa equivocada —añado—. Eso no es hacer el ridículo.
—No. Hacer el ridículo fue quedarme.
—Eso fue una elección discutible, pero bastante acertada.
—¿Ves? —señala mi cara con el móvil—. Otra vez. No estás arrepentido.
—Te he pedido disculpas —le recuerdo.
—Con el tono propio de quien volvería a hacer lo mismo si se volviera a encontrar en la misma situación —me dice con una precisión irritante.
Me levanto, dejo la tarjeta sobre la bandeja de la cuenta y recojo mi chaqueta del respaldo.
—Quizá deberíamos marcharnos antes de que Louis decida volver para pedir una segunda oportunidad.
Laura se pone de pie de inmediato.
—Por fin dices algo sensato.
—Intento dosificarlo.
—No te preocupes. No pareces en peligro de abusar.
La acompaño hacia la salida mientras ella escribe con rapidez en el móvil.
Sus dedos se mueven sobre la pantalla con energía y con un ritmo frenético.
Al llegar a la puerta, un camarero nos despide con una sonrisa y Laura murmura algo sobre no volver a pisar un restaurante con hombres rubios ni aplicaciones de citas de por medio, aunque hago como si no la hubiera escuchado.
El aire de Manhattan nos recibe cálido y cargado de vida.
La acera está llena de gente que sale de cenar, taxis detenidos junto al bordillo, música escapando de un bar cercano y conversaciones mezclándose con el ruido del tráfico.
La noche tiene una electricidad urbana que convierte incluso una esquina cualquiera de Tribeca en un escenario donde todo parece estar a punto de suceder.
Laura se detiene junto a la fachada del restaurante y noto que su teléfono vibra varias veces.
—Tus amigas —deduzco.
—Mis juezas —dice apartándose un mechón de la cara y abre el chat.
Intento no mirar de forma descarada. Pero sostiene el teléfono con tan poca prudencia que algunos mensajes aparecen directamente en mi campo visual.
Pamela:NECESITO DETALLES.
Kim:Define situación complicada.
Eve:¿Estás bien?
Violet:Pamela seguro que está hiperventilando.
Veo que les responde con el ceño fruncido.
Laura:Mi cita no era mi cita.
La reacción de las amigas llega al instante.
Pamela:¿CÓMO QUE TU CITA NO ERA TU CITA?
Kim:¡Explícate!
Violet:Sabía que había que verificar el sitio exacto.
Eve:Laura, cariño, respira.
Laura bloquea el móvil y se lo guarda en el bolso con rapidez.
—No has visto nada, ¿no? —me pregunta al ver que estaba demasiado cerca de ella.
—Solo algún nombre de quién te escribía —trato de restar importancia a lo que he leído realmente.
—Pamela es peor de lo que parece.
—Eso ya parece bastante.
—No la subestimes. Una vez consiguió que un camarero nos cambiara una mesa solo porque dijo que la planta decorativa que teníamos a nuestro lado nos estaba juzgando.
—Empiezo a respetarla —digo inclinando la cabeza hacia un lado.
—Mejor que no le des alas.
Sonrío al escucharla mientras empezamos a caminar.
La ciudad avanza a nuestro alrededor y, por alguna razón, ninguno de los dos se despide.
Laura debería estar enfadada y yo debería volver a casa y revisar los correos que no he respondido durante la cena.
Sin embargo, seguimos caminando despacio por la acera.
—Voy a pedirte una cosa —me suelta de repente.
—Adelante.
—No vuelvas a fingir que eres mi cita.
—Lo tendré en cuenta —asiento con la cabeza.
—Eso no suena a promesa —me dice girándose hacia mí para mirarme.
—No suelo prometer cosas que no dependen solo de mí.
Ella se detiene y cruza los brazos antes de mirarme.
—Esa frase es exactamente el tipo de frase que diría un directivo acostumbrado a salirse con la suya.
—Creía que ya habíamos superado lo de mi energía.
—No. Eso va a acompañarte toda la vida.
Estoy a punto de contestar cuando una voz femenina pronuncia mi nombre desde la terraza de un local cercano.
—Arthur.
Me detengo, porque, aunque no queramos, el cuerpo acaba reconociendo algunas voces antes incluso que la mente. Laura percibe el cambio, porque su expresión pasa de la diversión al interés en cuestión de un segundo.
Cassandra, mi exnovia, se acerca con una copa en la mano y un vestido diseñado para parecer casual sin serlo. Camina con paso seguro, sonríe al llegar y fija la atención en Laura incluso antes de detenerse junto a nosotros.
—Cassandra —digo a modo de saludo y gesto serio.
—Qué sorpresa verte por aquí —responde ella mientras sus ojos recorren a Laura con rapidez—. No sabía que estabas acompañado.
Laura me mira esperando que la corrija, que le explique que todo esto es una confusión y que ella no tiene nada que ver conmigo.
Probablemente debería hacerlo, sobre todo porque ya hemos tenido suficiente con el episodio de Louis, pero Cassandra conoce a varios clientes importantes y una mujer a mi lado proyecta una imagen mucho más cómoda para mí que la verdad.
Así que me quedo callado y Laura tarda exactamente dos segundos en comprender que no pienso arreglar el malentendido.
—Laura —se presenta ella, alargando la mano con educación.
—Cassandra —responde mi ex mientras acepta el saludo—. Encantada.
El intercambio es breve y completamente educado.
Cassandra sonríe, Laura le devuelve la sonrisa y ambas se comportan exactamente como se espera de dos mujeres que acaban de conocerse, pero llevo años conociendo a Cassandra y sé reconocer cuándo está evaluando a alguien.
Por la forma en que Laura la observa, sospecho que ella también lo ha notado.
—Espero que disfrutéis de la noche —dice Cassandra antes de regresar hacia la terraza.
Cuando desaparece entre la gente, Laura se gira lentamente hacia mí.
—No me lo puedo creer —suelta a media voz.
—Puedo explicarlo.
—Eso es lo que dicen los hombres justo antes de ofrecer una explicación totalmente inventada.
—No siempre —niego con la cabeza.
—No soy tonta…
—Es mi ex —le aclaro.
—Eso ya lo había entendido. Incluso antes de que intentara despellejarme con la mirada.
—Cassandra conoce a varios clientes importantes y…
—Ajá.
—Algunos creen que mi vida personal proyecta una imagen poco humana.
Laura parpadea.
—Perdona, ¿acabas de decirme que me has usado para parecer humano?
—La frase pierde matices cuando la resumes así.
—Yo diría más bien que la frase gana claridad cuando la resumo así.
—No he dicho que fueras mi pareja —le explico.
—Tampoco has dicho que no lo fuera.
Tiene razón otra vez y el hecho de que eso moleste no mejora mi posición.
—Lo siento —digo.
—No pareces sentirlo —me responde Laura después de observarme durante unos segundos.
—Siento que te haya incomodado.
—¡Qué específico!
—Intento ser preciso —me encojo de hombros mientras hablo.
—Pues te aconsejo que intentes ser menos irritante. Quizá te resulte más útil.
Una carcajada se me escapa de la garganta antes de que pueda contenerla. Laura entorna los ojos, pero la comisura de su boca se mueve apenas lo suficiente para delatarla.
—Te debo una copa —digo señalando una terraza abierta a pocos metros.
—No —niega con la cabeza.
—De acuerdo —me encojo de hombros.
—Una —dice ella sin mirarme después de que demos dos pasos.
—¿Una copa? —pregunto incrédulo después de que me haya dicho que no segundos antes.
—Una sola. Para compensar el uso no autorizado de mi persona como accesorio emocional en tu vida corporativa —me suelta de carrerilla.
—Acepto las condiciones —le contesto con una sonrisa.
—No pongas esa cara —me ordena.
—¿Qué cara? —le pregunto frunciendo el ceño.
—La de hombre que cree haber ganado.
—No creo haber ganado.
—¡Mentira! —se gira para gritarme.
Cinco minutos después estamos sentados en una mesa alta junto a la ventana de un bar pequeño, con el murmullo de la calle filtrándose por la puerta abierta mientras es de noche en Manhattan. Laura sostiene una copa de vino y me observa por encima del borde.
—Entonces, Arthur Parks, hombre equivocado, usuario de mujeres ajenas para parecer humano, ¿a qué te dedicas exactamente? —me pregunta antes de dar un pequeño sorbo a su copa.
—Tengo una empresa que se dedica a las relaciones públicas estratégicas —le explico a qué se dedica mi empresa.
—Eso suena a manipular gente con presupuesto —me responde alzando una ceja.
—Bueno… Yo prefiero llamarlo gestionar narrativa —le cuento encogiéndome de hombros.
—Claro. Mucho más tranquilizador —asiente con la cabeza.
—¿Y tú?
—Marketing creativo.
—Eso suena a manipular gente con colores bonitos.
Laura se ríe antes de poder evitarlo.
—Vale. Punto para ti.
—Me lo guardo.
—No te acostumbres —me vacila.
La conversación sigue avanzando con una facilidad que empieza a resultar incómoda.
Laura pregunta poco, pero observa mucho, mientras yo respondo menos de lo habitual.
Ninguno cuenta gran cosa sobre sí mismo y, aun así, tengo la sensación de que estamos prestándonos más atención de la recomendable para dos personas que se han conocido por accidente hace apenas unas horas.
Cuando salimos del bar, la acera está bastante más llena de gente que antes.
Un grupo atraviesa la calle delante de nosotros y, por puro instinto, apoyo una mano en la parte baja de la espalda de Laura para guiarla entre la gente.
El contacto dura apenas un instante, pero ella se tensa ligeramente antes de seguir caminando con normalidad.
Retiro la mano de inmediato, aunque la sensación permanece ahí.
Justo en ese momento, noto que mi móvil me vibra en el bolsillo.
Lo saco mientras seguimos avanzando por la avenida y encuentro una notificación de Instagram de Cassandra.
Abro la publicación y descubro una fotografía tomada desde lejos en la que aparecemos Laura y yo caminando frente al restaurante.
No hay nada especialmente comprometedor en la imagen, pero tampoco parece casual.
Vista desde fuera, da la impresión de que compartimos algo más que una conversación.
El texto que acompaña a la foto es breve: «Qué alegría encontrar caras conocidas en Manhattan».
—¿Qué pasa? —pregunta Laura al notar que me he detenido.
Se acerca ligeramente para mirar la pantalla y, antes de que pueda responder, entra un nuevo mensaje.
Rita:
Dime que esa mujer es tu novia.
Laura lo lee por encima de mi hombro. Después levanta la vista hacia mí y, por la expresión que aparece en su cara, tengo la sensación de que esta vez no va a conformarse con una explicación rápida.