3 #2
Durante un segundo completo me quedo inmóvil, aunque el restaurante sigue lleno, la música de fondo continúa sonando y los camareros siguen moviéndose entre las mesas, pero yo quiero desaparecer. Convertirme en humo, evaporarme o mudarme a otro estado también me parece una opción razonable.
Miro al hombre que tengo sentado frente a mí, después al que está de pie, vuelvo a mirar al hombre mismo hombre y entonces comprendo lo que ha ocurrido.
He estado cenando con un desconocido. Un desconocido increíblemente atractivo, que me ha dejado llamarlo Louis durante más de una hora y que ahora mismo parece estar luchando contra un ataque de risa.
—Oh, Dios mío —murmuro.
El verdadero Louis frunce el ceño.
—¿Qué está pasando?
—Excelente pregunta —respondo.
El hombre sentado frente a mí se aclara la garganta y eso no ayuda, porque está intentando no reírse.
—¿Tú quién eres? —pregunta Louis señalándolo.
—Esa también es una excelente pregunta —digo antes de que él me responda.
En este momento quiero morirme de verdad, aquí mismo sobre la silla y en medio de este restaurante tan lujoso.
—Pensaba que habíamos quedado —me dice Louis que sigue observándonos al desconocido y a mí con creciente desconcierto.
—Sí, habíamos quedado —le confirmo.
—Entonces... —empieza con gesto de no entender nada y moviendo una mano entre nosotros—. ¿Qué demonios es esto?
La pregunta sería razonable si no fuera porque empieza a sonar molesto y después empeora. mucho.
—La verdad es que no entiendo cómo has podido confundirte —dice Louis mirándome—. Mis fotos son bastante claras.
La frase me hace parpadear varias veces, porque no es lo que dice sino cómo lo dice. Da la sensación de que el problema es mío y de que me está regañando. Y de repente la vergüenza empieza a transformarse lentamente en irritación, muy lentamente, pero lo suficiente.
—Bueno —respondo mientras cruzo los brazos—, técnicamente tú has llegado cuarenta minutos tarde.
—Treinta y siete —me corrige.
—Qué alivio —resoplo.
Louis no parece captar el sarcasmo y eso ya es mala señal.
Arthur, o quien demonios sea el hombre que está al otro lado de la mesa, permanece sentado frente a mí observando la escena con una expresión que empieza a resultarme sospechosamente divertida.
—Las fotos eran claras —repito.
—Exacto.
—Y aun así has llegado tarde.
—He tenido una reunión —se excusa.
—Yo también tenía una cita.
La respuesta sale antes de que pueda detenerla y el verdadero Louis parece ofendido, lo cual me resulta fascinante porque es él quien ha llegado casi cuarenta minutos tarde.
—Bueno, ya estoy aquí.
La frase cae sobre la mesa con toda la delicadeza de una piedra y el hombre con el que estaba cenando tan ricamente baja la mirada hacia su vaso. No hace falta ser un genio para entender que está intentando no intervenir y tampoco para entender que probablemente está disfrutando.
—Qué suerte la mía —murmuro.
Louis frunce el ceño.
—¿Perdona?
—Nada.
—No, creo que has dicho algo —insiste.
—Laura —interviene el verdadero Louis con una calma irritante mientras se apoya con las manos en la mesa—. Creo que está claro que ha sido una confusión.
Lo miro, él me devuelve la mirada y durante un segundo parece estar intentando salvar la situación, pero acto seguido parece querer salvarme a mí. La diferencia es importante y el verdadero Louis vuelve a señalarlo.
—Sigo sin saber quién es este tipo.
El hombre que está sentado frente a mí se gira hacia él y, por primera vez desde que Ethan ha llegado, su expresión pierde parte de la ligereza. No se vuelve hostil ni agresiva, simplemente aparece una seguridad tranquila en su gesto, que hace que el ambiente parezca cambiar ligeramente.
—Arthur Parks.
Louis parpadea y yo también, porque por fin sé su nombre real y creo que le pega muchísimo llamarse así.
Louis, por su parte, parece esperar una explicación, una disculpa o una justificación, pero Arthur no parece estar dispuesto a darle nada de eso.
La espera se alarga y entonces Louis decide seguir a lo suyo.
—Pues vaya situación —suelta.
—Desde luego —respondo.
—Aunque sinceramente sigo sin entender cómo ha ocurrido.
Ahí está otra vez esa forma de decir las cosas y la sensación de que está buscando un culpable y ha decidido que soy yo y eso acaba de cabrearme, porque una cosa es llegar tarde y otra muy distinta es actuar como si estuvieras haciéndome un favor por aparecer.
—Ha ocurrido porque me senté en la mesa equivocada —explico con paciencia—. Después tuvimos una conversación.
—Una conversación de más de una hora —añade Louis alzando una ceja.
—Las conversaciones a veces duran más de cinco minutos —le advierto.
Louis sonríe, aunque no es una sonrisa agradable, pero es la propia de alguien que está convencido de que está siendo encantador.
—Bueno, supongo que eso significa que os habéis llevado bien —afirma Louis.
Su frase podría ser inocente, pero no lo es, lo noto inmediatamente y Arthur también. Porque cuando vuelvo la vista hacia él descubro que está observando a Louis exactamente igual que un tiburón observa algo que acaba de caer al agua.
—Hemos tenido una cena agradable —responde Arthur con tono educado y tranquilo, aunque por alguna razón eso resulta más intimidante que si hubiera levantado la voz.
—¿Entonces qué hacemos? —me pregunta Louis mirándome.
La pregunta me deja desconcertada.
—¿Cómo que qué hacemos?
—Con la cita.
«Ah, claro, la cita… esa cita, la que me apetecía aproximadamente un treinta por ciento hace una hora y que ahora mismo me apetece menos que una extracción dental», me digo para mí tratando de no hacer ni el más mínimo gesto con mi cara.
—Podemos pedir otra mesa —me dice Louis ajustándose la chaqueta.
La idea me produce una reacción física inmediata, mi estómago intenta escapar, mi cerebro empieza a gritar y mi instinto de supervivencia se pone de pie y sale corriendo.
—No creo que sea necesario —le respondo.
—¿Por qué no? —pregunta desconcertado.
«Porque has conseguido volverme a quitar las ganas de conocerte en menos de cinco minutos.
Porque llevas aquí tres minutos y ya me siento agotada.
Porque el hombre al que he confundido contigo me resulta infinitamente más interesante», pienso, pero por desgracia no puedo decir ninguna de esas cosas en voz alta.
—Porque ha sido una noche larga.
—No hemos tenido ni una cita todavía —me responde molesto.
—Técnicamente sí.
—Conmigo no.
Arthur se aclara la garganta, aunque esa maniobra no disimula la sonrisa que amenaza con aparecer en sus labios.
—Eso es cierto —dice.
Le lanzo una mirada asesina que él parece disfrutar.
—Podemos empezar de cero —me propone Louis volviéndose a centrar en mí.
Justo entonces, Arthur interviene con tanta naturalidad, que durante un segundo parece la continuación lógica de la conversación.
—Creo que Laura ya ha tomado una decisión.
Mi corazón se detiene al escuchar lo que acaba de decir.
—No estaba hablando contigo —le dice Louis girándose para mirarlo.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces quizá deberías escuchar lo que Laura te está diciendo —le responde Arthur apoyándose ligeramente contra el respaldo de la silla.
La temperatura de la mesa parece subir varios grados, porque por primera vez alguien está diciendo exactamente lo que yo no tenía ganas de explicar y no me atrevía. Louis vuelve a mirarme, yo respiro hondo y decido ser sincera.
—No quiero otra mesa —le suelto al fin y mi respuesta queda suspendida sobre nuestras cabezas.
—¿En serio? —pregunta finalmente Louis tras varios segundos sin reaccionar.
—En serio —le contesto asintiendo con la cabeza.
—¿Por él?
—¿Qué? —le pregunto abriendo mucho los ojos—. ¿Por él?
Arthur cierra los ojos un instante y pone la expresión más cercana a la resignación que le he visto durante toda la noche.
—Creo que voy a dejar de hablar —comenta.
—Excelente idea —murmuro.
Louis niega con la cabeza y después se encoge de hombros.
—Pues nada.
La forma en que pronuncia esas dos palabras consigue que me sienta culpable durante aproximadamente medio segundo, luego recuerdo que ha llegado cuarenta minutos tarde y la culpa desaparece milagrosamente.
—Que os vaya bien —nos dice y se marcha sin más.
Lo vemos alejarse entre las mesas y salir por la puerta y entonces me dejo caer contra el respaldo.
—Voy a necesitar una nueva identidad —. Arthur se ríe abiertamente esta vez—. Me alegra que alguien esté disfrutando.
—Ha sido la mejor primera cita que he visto nunca.
—No era tu primera cita —le corrijo.
—Técnicamente tampoco era la tuya.
—Tú —le digo señalándolo con el dedo índice.
—Yo… ¿qué?
—Explícame una cosa.
Arthur arquea una ceja.
—Intentaré hacerlo.
—¿Quién demonios eres?
—Arthur Parks —me dice con una sonrisa que aparece lentamente en sus labios.
—Eso ya lo sé —chasqueo la lengua.
—Entonces estamos progresando —asiente con la cabeza.
Entrecierro los ojos y él me sostiene la mirada.
—El hombre equivocado, aparentemente —añade sin rodeos.