No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 3
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Laura

Hay varias razones por las que una mujer puede sentirse atraída por un hombre: la sonrisa, la conversación, la inteligencia, la capacidad de escuchar, la forma en que la mira.

Sin embargo, yo estoy empezando a descubrir una nueva: la absoluta y desconcertante habilidad de Louis para llevarme la contraria.

Apoyo los codos sobre la mesa mientras niego con la cabeza.

—Sigues sin convencerme.

Él deja el vaso de whisky junto al plato y arquea una ceja.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre los mercadillos.

—Otra vez —resopla.

—No voy a dejarlo pasar.

—Empiezo a sospechar que te tomas este tema muy en serio.

—Porque me gusta tener razón —le confirmo.

—Eso me ha quedado claro.

Una sonrisa amenaza con escaparse de mis labios, la reprimo, pero fracaso.

Además, él la ve aparecer, lo sé porque me deja ver la suya inmediatamente después.

Mal asunto, muy malo, porque hace una hora estaba convencida de que esta cita iba a ser un desastre y ahora estoy sentada en un restaurante elegante de Manhattan discutiendo con un desconocido sobre mercadillos de Brooklyn divirtiéndome más de lo que podría haberme imaginado.

La situación merece una reflexión profunda, pero por desgracia para mí, Louis sigue hablando.

—Voy a confesarte algo —empieza.

—Eso suena interesante.

—Jamás he pisado un mercadillo de Brooklyn.

Abro mucho los ojos.

—¡Lo sabía!

Él se ríe.

—Pero tampoco he dicho que me gustaran.

—Tu perfil lo decía.

—Mi supuesto perfil dice muchas cosas —admite.

Hay algo extraño en la forma en que responde. No sabría explicar por qué. Solo siento una especie de diversión escondida detrás de algunas de sus frases, como si estuviera observando una película que solo él puede ver.

Antes de seguir analizándolo, la camarera aparece para tomar nota de los platos.

Así que aprovecho para coger el móvil, lo que es un grave error, porque veo que el chat de «Decisiones cuestionables» tiene cuarenta y siete mensajes sin leer y eso que solo ha pasado una hora desde la última vez que miré el teléfono.

Pamela:¿LAURA, SIGUES VIVA?

Kim:Si no responde es porque ha encontrado el amor.

Violet:O porque está escondida en el baño.

Eve:Apuesto por el baño.

Pamela:Necesitamos actualizaciones,

fotos y alguna prueba de vida.

Levanto la vista del móvil y veo que Louis me observa.

—¿Amigas?

—Peor.

—Eso parece preocupante.

—Llevan intentando controlar mi vida sentimental desde hace años.

—¿Y cómo va el experimento?

—Todavía no han conseguido que me case con nadie.

—Entiendo que lo consideran un fracaso.

—Absolutamente —asiento y él se ríe de nuevo.

Dios, debería ser ilegal que un hombre resulte más atractivo cuando se ríe.

—Déjame adivinar —dice apoyando un brazo sobre la mesa—. Ahora mismo están exigiendo información sobre nuestra cita, ¿no?

—Y también fotografías —añado.

—Eso sí que es inquietante.

—Tú no las conoces —resoplo.

—Por el bien de mi tranquilidad mental, quizá sea mejor que continúe así.

Le hago una foto sin avisar ni pensar y el clic suena. Él parpadea y yo también, por lo que acabo de hacer.

—¿Me has hecho una foto?

—Sí —asiento con la cabeza.

—¿Debería preocuparme?

—Probablemente.

—Eso no es muy tranquilizador.

Abro el chat, adjunto la imagen y Pamela responde al instante de que termine de enviarse.

Pamela:OH.

Kim:OH.

Eve:OH.

Violet:Joder, ahora entiendo por qué no contestabas.

Cierro el móvil inmediatamente y no pienso compartir lo que han respondido mis amigas con él ni muerta.

—La expresión de tu cara me preocupa —comenta.

—Es una reacción normal —le respondo tratando de restar importancia.

—No lo parece.

—Mis amigas son incapaces de comportarse como personas adultas funcionales —le aclaro.

—Empiezo a entender por qué te caen bien.

Lo dice con tanta naturalidad que se me escapa una carcajada y ahí está otra vez esa sensación de estar relajándome, de olvidar que esto es una cita y de que incluso hace apenas veinticuatro horas no quería venir.

La conversación sigue avanzando sin esfuerzo.

Saltamos de Nueva York a trabajos absurdos, de eso a primeras citas, después a historias vergonzosas y resulta que Louis tuvo una compañera de universidad que intentó venderle suplementos alimenticios durante una cena romántica.

Yo le cuento que una vez salí con un hombre que se pasó cuarenta minutos hablando de criptomonedas.

Por lo que ambos nos damos cuenta de que estamos de acuerdo en que la humanidad necesita menos aplicaciones y más sentido común.

—No entiendo cómo sobrevivimos todavía como especie —digo mientras doy un sorbo al vino.

—Puro optimismo.

—Yo apostaría por pura suerte.

—Sí, esa también es una teoría sólida.

La conversación vuelve a detenerse unos segundos porque ambos estamos sonriendo.

Pero entonces ocurre algo peor: me fijo realmente en él, pero no de pasada, ni como al principio cuando intentaba decidir si era un asesino.

Ahora lo observo de verdad y veo que tiene los hombros anchos, la mandíbula marcada, los ojos claros, la forma en que me presta atención cuando hablo, cómo me sostiene la mirada y, sobre todo, la manera en que parece completamente seguro de sí mismo sin necesidad de demostrarlo.

Mal asunto, porque el atractivo físico es manejable, pero lo complicado aparece cuando además te gusta hablar con alguien y Louis está empezando a gustarme bastante.

No obstante, hay algo profundamente injusto en descubrir que una cita está funcionando cuando habías invertido una cantidad considerable de energía en convencerte de que iba a ser un desastre.

Porque entonces ya no puedes refugiarte en el cinismo, ni en las excusas, ni en la comodidad de pensar que todos los hombres interesantes existen únicamente en series de televisión y novelas románticas.

—Parece que estás pensando mucho —me dice inclinándose ligeramente hacia delante, mientras la camarera rellena nuestras copas.

—Eso nunca es una buena señal.

—¿Para quién? —me pregunta.

—Para mí.

—Qué tranquilizador.

—Te prometo que es peor dentro de mi cabeza.

—Empiezo a sospecharlo.

Su mirada permanece fija en mí mientras habla.

Parece interesado en lo que digo, aunque la conversación haya derivado hacia temas tan apasionantes como la vez que un cliente insistió en que una campaña publicitaria necesitaba transmitir «más energía de unicornio».

La mayoría de las personas fingiría atención durante treinta segundos, pero él incluso me pide ejemplos.

—Sigo pensando que lo de la energía de unicornio merece un estudio científico —comenta.

—Sigo pensando que deberías pasar una semana trabajando con clientes con trabajos creativos.

—Prefiero correr tres maratones seguidos.

—¡Qué cobarde! —exclamo.

—Realista —sentencia él.

Una sonrisa se instala en mis labios y la conversación continúa moviéndose con una facilidad que empieza a resultar peligrosa.

Hablamos de Nueva York, de los barrios que más nos gustan y de las pequeñas obsesiones que desarrollas cuando llevas años viviendo en una ciudad que nunca parece detenerse.

Resulta que los dos odiamos los grupos de turistas que se paran en mitad de la acera y que ambos creemos que encontrar una mesa libre para desayunar un domingo debería considerarse deporte olímpico.

—Voy a decir algo impopular —anuncio.

—Eso siempre termina bien.

—Times Square está sobrevalorado —suelta y se lleva la copa a los labios.

—Valiente —le suelto.

—Gracias —responde después de dar un trago.

—También coincido con eso.

—Lo sabía.

—Aunque sospecho que acabas de ganarte algunos enemigos.

—Estoy dispuesta a asumir el riesgo.

Me observa unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Tienes una confianza preocupante para alguien que lleva una hora juzgándome.

—No te estoy juzgando —le aseguro.

—Me acusaste de utilizar hojas de cálculo recreativamente.

—Porque sigues pareciendo capaz de hacerlo.

—Eso va a perseguirme toda la noche, ¿verdad?

—Probablemente —asiento con la cabeza

La risa que escapa de su garganta al escucharme, consigue algo que me resulta bastante irritante: hace que quiera volver a escucharla.

Aparto la mirada hacia la ventana para disimular.

Fuera, la ciudad sigue brillando bajo la noche de verano.

Los coches avanzan por la avenida, la gente entra y sale de restaurantes, una pareja discute junto a un semáforo y un repartidor atraviesa la calle sobre una bicicleta eléctrica.

Nueva York siempre parece estar contando cien historias al mismo tiempo y sin saber muy bien por qué, razón, esta noche la mía no está resultando tan mala.

—¿Sabes qué es lo raro? —le pregunto mientras vuelvo a mirarlo.

—Ilumíname…

—Pensaba que iba a pasar toda la cena buscando excusas para marcharme —admito.

—Y sin embargo sigues aquí.

—Y sin embargo sigo aquí —asiento con la cabeza un instante y hago el gesto propio de alguien que escucha algo que le gusta.

—Eso es porque tus expectativas eran lamentables —dice finalmente.

—Mis expectativas eran realistas —le corrijo.

—Qué forma tan elegante de insultarme.

—Ni siquiera te conocía.

—Ahora me conoces un poco más.

—Sí, un poco más.

La frase queda suspendida entre nosotros durante un momento y no resulta incómoda, lo incómodo es descubrir que me gusta cómo suena.

Estoy a punto de decir algo cuando una voz masculina aparece a mi espalda.

—Perdona.

Parpadeo y mi sonrisa desparece. Miro hacia arriba y veo que un hombre rubio estña de pie junto a nuestra mesa. Tiene el móvil en una mano y una expresión confundida en la cara. Después me mira, luego a Louis, para después vuelve a mirarme.

—¿Laura?

Mi estómago se desploma directamente hasta el suelo.

«Oh. Oh, no. No. No, no, no», me digo para mí.

El hombre rubio baja la vista hacia su teléfono y después vuelve a mirarme.

—Soy Louis.