No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 2
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Arthur

La impuntualidad es una forma muy concreta de decirle a otra persona que su tiempo vale menos que el tuyo, por eso la detesto.

No porque doce minutos de retraso vayan a cambiar mi vida, ni porque tenga ninguna urgencia.

Simplemente porque me gusta saber con quién estoy tratando y una persona que llega tarde a una reunión importante sin avisar dice bastante de sí misma.

Levanto la vista del reloj y compruebo que llega tarde doce minutos y treinta y ocho segundos.

Los he contado, no me avergüenza reconocerlo.

El restaurante está prácticamente lleno y oigo varias conversaciones amortiguadas a mi alrededor, mientras los camareros se desplazan entre las mesas.

Al otro lado de los ventanales, Manhattan continúa brillando con su habitual energía, que hace que la ciudad parezca despierta incluso cuando la gran parte del país ya está pensando en acostarse.

Mi posible cliente sigue sin aparecer y cuando mi paciencia acaba de salir por la puerta, mi teléfono vibra sobre la mesa. Es Rita, mi asistente.

Rita:

¿Ha llegado?

Respondo sin pensarlo.

Arthur:

No.

Tres puntos indicándome que me está respondiendo aparecen inmediatamente.

Rita:

Entonces asumo que ya te cae mal.

Arthur:

Lleva más de doce minutos de retraso.

Rita:

Gracias por confirmar mi teoría.

Dejo el teléfono sobre la mesa con la sensación de que Rita trabaja para mí porque disfruta viendo cómo me sacan de mis casillas este tipo de cosas.

Lanzo un suspiro y decido darle unos minutos más de margen al cliente mientras reviso el correo.

Justo en ese momento, oigo como la puerta del restaurante se abre.

No es algo extraño, porque la puerta se ha abierto y cerrado varias veces desde que estoy aquí.

Lo extraño es la mujer que entra, porque parece estar planteándose seriamente darse la vuelta y marcharse.

La observo con disimulo y veo que permanece inmóvil junto a la entrada durante unos segundos mientras observa el restaurante.

Lleva un vestido azul, unas sandalias de tacón y un bolso sujeto contra el pecho.

Además, es rubia y lleva el pelo suelto.

No parece una mujer que venga a impresionar a nadie, sino alguien que se está cuestionando todas las decisiones que ha tomado durante la última semana y eso llama mi atención.

La veo respirar hondo y, después, observa la sala con detenimiento, entonces empieza a caminar.

Es evidente que está buscando a alguien.

Mira una mesa, luego otra, después una tercera y finalmente sus ojos encuentran los míos y sonríe con alivio.

Su expresión me desconcierta, la verdad.

La mujer empieza a caminar directamente hacia mí.

Frunzo ligeramente el ceño, porque estoy seguro de que no la conozco.

Sin embargo, ella actúa como si ella sí supiera quién soy.

Cuando llega junto a mi mesa se detiene, se recoloca el bolso sobre el hombro y me observa durante unos segundos.

Muy pocos se permiten observarme así, porque la mayoría intenta impresionarme y otros tratan de agradarme, pero ella parece estar evaluándome.

—Vale —dice finalmente mientras exhala el aire que estaba reteniendo—. Antes de nada necesito decir una cosa.

Dejo el teléfono sobre la mesa y levanto una ceja mientras la miro.

—Suena preocupante —le digo con los ojos fijos en los suyos.

Ella ocupa la silla frente a mí sin esperar a que la invite a sentarse y apoya el bolso sobre la silla contigua.

—Eres menos rubio de lo que esperaba.

—¿Perdón? —pregunto sin relajar aún el ceño.

—En las fotos parecías mucho más rubio.

La observo, ella me observa y durante un segundo ninguno de los dos añade nada más.

—Aunque sinceramente eso no es lo que más me preocupa —añade.

—Empiezo a sentir curiosidad —le respondo apoyándome contra el respaldo de la silla.

—Tu energía.

—¿Mi energía?

—Si, tu energía —me confirma asintiendo con absoluta convicción.

—No estoy seguro de querer escuchar el resto —suelto a media voz.

—Tienes una energía sospechosamente corporativa para alguien que dijo que adoraba los mercadillos de Brooklyn.

Ah, ya está. La explicación aparece de golpe en mi cabeza. Cree que soy otra persona con la que tiene una cita. Sea quien sea con quien haya quedado, se ha equivocado de mesa y yo debería corregirla ahora mismo. Sin embargo...

—¿Energía corporativa? —pregunto.

Ella se acomoda mejor en la silla.

—Muchísima.

—Eso parece una acusación seria.

—Porque lo es —me responde convencida de lo que dice.

—¿Hay algún método científico detrás? —le pregunto dispuesto a seguirle el juego.

—Por supuesto.

—Explícamelo.

La sonrisa que aparece en sus labios es rápida y divertida.

—Pareces un hombre que utiliza hojas de cálculo para organizar otras hojas de cálculo.

—Eso ha sido extrañamente específico —le respondo echándome ligeramente hacia atrás en la silla.

—Porque tengo talento —me contesta alzando una ceja.

—O porque acabas de inventarte algo.

—Tu cara dice que me estoy acercando bastante.

Estoy a punto de soltar una carcajada al escuchar su respuesta, aunque, por poco, consigo contenerla.

—¿Ves? Ahí está —añade entrecerrando los ojos.

—¿El qué? —pregunto desconcertado.

—La cara —me contesta segura de lo que dice.

—¿Qué le pasa a mi cara? —quiero saber intrigado.

—La expresión de ejecutivo que intenta parecer relajado.

—Eso no tiene sentido.

—En mi cabeza sí —suelta encogiéndose de hombros.

—Empiezo a sospechar que tu cabeza es un lugar peligroso.

—No tienes ni idea —resopla.

Por alguna razón que no entiendo, estoy disfrutando de la conversación con esta chica, algo que me desconcierta por completo, porque no la conozco y, además, yo sigo esperando a mi cliente, por lo que debería aclarar la confusión.

Sin embargo, no lo hago y continúo escuchándola y observándola, mientras intento averiguar qué la hace tan diferente de las personas con las que suelo compartir mesa.

—Ahora te toca responder —me dice inclinándose ligeramente hacia delante.

—¿A qué exactamente?

—A la acusación.

—¿La de las hojas de cálculo?

—No, la de los mercadillos —me aclara.

—¿Y si te dijera que sí me gustan?

—No te creería —contesta haciendo una mueca escéptica.

—Qué injusto —resoplo.

—No es injusto. Es observación.

—¿Y qué observas?

Apoya el codo sobre la mesa y empieza a hablar.

—Que llevas un reloj precioso, una chaqueta que probablemente cuesta más que el alquiler de mi apartamento y tienes cara de que estabas evaluando este restaurante mientras me esperabas.

La miro, ella me mira y por primera vez en toda la semana tengo que hacer un esfuerzo consciente para no reírme, porque esta desconocida acaba de describirme con una precisión irritante.

Una camarera aparece junto a la mesa antes de que pueda responder.

—¿Puedo traerles algo para beber? —pregunta con una sonrisa profesional.

La chica que tengo frente a mí aparta la vista de mi cara para observar la carta que tiene frente a ella. La estudia durante exactamente tres segundos y después la cierra.

—Vino tinto.

La camarera asiente y se vuelve hacia mí.

—¿Y usted, señor?

—Whisky.

Laura deja escapar un sonido de satisfacción. La camarera parpadea y yo también.

—¿Qué significa eso? —pregunto alzando una ceja cuando la camarera se aleja.

—Que tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

—Empiezo a cansarme de esa frase.

—Acostúmbrate.

—Whisky —dice señalando mi vaso imaginario con un dedo.

—¿Y?

—La típica bebida de un hombre que responde correos durante las vacaciones.

—Eso es ridículo.

—¿Lo haces?

—A veces —reconozco mirando para otro lado.

—Gracias por confirmar mi teoría.

Sacudo la cabeza.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Convencida de que tienes razón.

Ella apoya la barbilla sobre la mano.

—No siempre.

—Mentira.

—Vale. Casi siempre —reconoce.

—Eso suena agotador.

—Para los demás, sí —reconoce encogiéndose de hombros,

Su respuesta le sale tan deprisa que no parece preparada, sino espontánea y eso vuelve a sorprenderme.

Estoy acostumbrado a personas que calculan todo lo que van a decir antes de decirlo y ajustan sus respuestas según quién tengan delante.

Ella no parece hacerlo, lo cual probablemente debería resultar peligroso, pero, en lugar de eso, me resulta refrescante.

La camarera regresa con las bebidas y ella espera a que se marche para dar un sorbo a su copa de vino. Luego la deja sobre la mesa y vuelve a estudiarme durante unos segundos. No intenta disimularlo siquiera.

—¿Qué? —pregunta al darse cuenta de que la estoy observando.

—Que llevas todo este rato intentando averiguar qué clase de persona soy.

—¿Y eso te molesta? —me pregunta arqueando una ceja.

—Me llama la atención.

—Es una primera cita. Se supone que tengo que hacer trabajo de campo, ¿no?

—¿Trabajo de campo?

—Claro. Necesito descubrir si eres un hombre normal o alguien que esconde cadáveres en el sótano de su casa.

—Llevamos cinco minutos hablando y ya me has convertido en asesino... La cosa promete —resoplo negando con la cabeza.

—Las mujeres tenemos que pensar en esas cosas —me responde encogiéndose de hombros mientras da otro sorbo a su copa.

—Te aseguro que no escondo cadáveres en ningún sitio.

—Eso es lo que diría alguien que los esconde.

—Empiezo a sospechar que es imposible ganar esta conversación.

—Porque lo es.

—Al menos eres sincera.

—Siempre.

No puedo discutir eso, porque tiene razón.

—¿Ves? —sonríe al detectar mi rendición.

—No empieces.

—Lo he conseguido.

—¿El qué?

—Dejarte sin argumentos.

—Eso tampoco ha ocurrido.

—Ha ocurrido un poco.

La conversación debería haberse agotado hace rato, pero no lo hace y cuanto más tiempo pasa, más evidente resulta que esta mujer no intenta impresionarme, ni hacerse la interesante, ni la sofisticada. Simplemente es ella misma y no recuerdo la última vez que vi algo parecido.

—Ahora me toca preguntar a mí —digo.

—Adelante.

—¿Por qué has estado a punto de huir antes de entrar?

La pregunta la toma por sorpresa, después pestañea, fija la mirada en el borde de la copa y luego vuelve a mirarme.

—¿Tanto se notaba?

—Bastante —asiento con la cabeza.

—Genial —resopla.

—No me has respondido.

Ella suspira.

—Porque las citas son horribles.

—Esa ena afirmación bastante radical.

—¿Lo es?

—Un poco.

—Entonces la reformulo: la mayoría de las citas son horribles.

—Eso mejora mucho tu respuesta —acepto.

—Gracias —asiente apretando los labios.

—De nada.

Una sonrisa pequeña y divertida aparece otra vez en sus labios y, sin saber por qué, me doy cuenta de que estoy pendiente de de cuándo aparece y de cuándo desaparece, algo que no me resulta especialmente cómodo, porque no es propio de mí.

—Mis amigas me obligaron —admite finalmente.

—¿Te secuestraron?

—Prácticamente.

—Eso explicaría muchas cosas.

—Tengo un grupo de amigas que considera que mi vida sentimental necesita intervención—me cuenta sin apartar la mirada del pie de su copa.

—Suena preocupante.

—Lo es.

—¿Y ellas aprobarían esta cita?

—Todavía no han tenido ocasión de evaluarte —se ríe.

—Qué alivio —resoplo.

—No te emociones. Pamela te suspendería por esa chaqueta.

—¿Qué tiene mi chaqueta? —le pregunto bajando la mirada hasta mi americana.

—Demuestra que tienes demasiada confianza en ti mismo.

—Solo es una chaqueta —afirmo con asombro.

—Pamela diría que las chaquetas hablan.

—Tu amiga parece agotadora.

—Porque lo es —sentencia.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Absolutamente.

La facilidad con la que habla de sus amigas hace que pueda imaginármelas.

Entre ellas está la caótica, la sensata, la romántica y la que lo analiza todo.

Por como habla de ellas también me transmite que les tiene mucho cariño y confianza, algo que no muchos tienen la suerte de encontrar en sus amigos.

—¿Y tú? —pregunta de repente—. ¿Tienes amigos que juzgan tus decisiones?

La pregunta me hace sonreír.

—Tengo una asistente ejecutiva.

—Eso no es lo mismo.

—Depende del día —me encojo de hombros.

—No quiero saberlo.

—Probablemente es lo mejor.

—¿Cómo se llama?

—Rita.

—Suena competente —me contesta alzando una ceja.

—Porque lo es.

—¿Y te soporta?

—Sorprendentemente sí.

—Entonces me cae bien.

Me apoyo ligeramente contra el respaldo de la silla mientras la observo y me doy cuenta de que la conversación sigue avanzando sin esfuerzo, sin silencios incómodos y sin necesidad de rellenar huecos.

Simplemente avanza y cuanto más lo hace, más evidente me resulta que me he olvidado del cliente por completo, lo cual debería preocuparme mucho más de lo que lo hace.

—Voy a hacer una confesión —me dice cogiendo la copa.

—Eso suena peligroso.

—Pensaba que ibas a ser insoportable.

—Gracias.

—Es un cumplido —asiente sonriente.

—No estoy seguro de compartir tu definición de cumplido.

—En mi defensa te diré que tu perfil ayudó bastante.

—¿Mi perfil? —pregunto frunciendo el ceño.

—Sí, parecías uno de esos tíos que publican fotos haciendo senderismo para aparentar profundidad emocional.

Se me escapa una carcajada sin conseguir contenerla.

Ella me mira sorprendida y después sonríe sin reservas.

Justo en ese instante, levanto la vista por encima de su hombro y veo que la puerta principal acaba de abrirse.

Un hombre rubio entra en el restaurante, mira su móvil, después observa a su alrededor, vuelve a mirar el móvil y después empieza a buscar entre las mesas.

Lo reconozco inmediatamente. No porque lo conozca, sino porque la situación es evidente.

Ese hombre está buscando a la mujer que tengo frente a mí.

La solución sigue siendo sencilla. Solo tengo que decir la verdad.

Explicarle lo que ha ocurrido y comportarme como una persona razonable.

Pero, entonces, vuelve a sonreír y por alguna razón que todavía no entiendo, decido que cinco minutos más no pueden ser tan peligrosos.