No entres al parque (Misterio S.A. 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Capítulo

E ntramos en el parque por la puerta de siempre. Empezaba a acostumbrarme a eso.

Allí estaba, otra vez, el esqueleto enorme del parque. Sus restos.

Julius sacó la cabeza por la solapa de la bandolera y olfateó el aire. Estaba inquieto, no sabía si era porque había olido algo amenazante o porque me notaba nerviosa a mí, que también era posible.

Cleo flotaba a mi lado, más serio de lo habitual.

—¿Seguro que quieres hacerlo así? —susurró—. Quiero decir… por la tarde. Nos pueden ver.

—Intentaremos que no lo hagan —repliqué sin mirarlo—. Necesitamos adelantarnos al trasgo.

Y que Emilio hiciese su parte, claro. Eso también lo necesitaba.

Antes había pasado por el café y le había pedido un favor a Emilio: tenía que estar atento al walkie. Iba a pedirle un favor más cuando entró Mercier en el Tazas y Misterios. Aquello me ahorraba decirle que extendiese el rumor de que por la noche iríamos al parque.

Era la oportunidad perfecta para tender mi trampa.

—Esta noche iré al parque y buscaré pruebas. —Acompañé la frase con un guiño.

Emilio miró por encima de mi hombro y, al ver al policía, captó lo que yo pretendía.

—Ten cuidado, Claudia —dijo—. Es muy peligroso. No creo que debas ir.

Mercier carraspeó a mi espalda.

—Niña, te he dicho mil veces que no conviene escarbar —avisó—. Ni se te ocurra ir al parque. Que no te lo tenga que repetir.

—No, por supuesto —repliqué con la cabeza gacha, como si me hubiese pillado haciendo algo malo.

Justo lo que yo quería. Mercier no iba a perder la oportunidad de contarle a Diana Roche lo que había sucedido en el café.

—Así me gusta, pequeña. Ahora vete a casa y haz cosas acordes a tu edad —zanjó el policía con gesto satisfecho.

Ya en el parque, busqué el bulto del walkie-talkie a través del cuero de la bandolera. Aquel trasto era mi seguro de vida.

—Vamos —dije—. Directos al fotomatón.

Nos movimos rápido pegados a las sombras de atracciones, casetas, maceteros y arbustos descuidados. El parque estaba apagado, pero la luz diurna no ayudaba a nuestro propósito de pasar desapercibidos. Todo cuidado sería poco…, y yo estaba segura de que había cámaras vigilando.

Cleo se inclinó hacia mí.

—¿Y si el trasgo está esperándonos?

—Pues… improvisamos. —Me encogí de hombros—. Mira, la idea es llegar antes que él. Si Mercier ha caído en la trampa, nos esperan por la noche, no ahora. Si la cosa sale mal… No sé, ya se nos ocurrirá algo.

Llegamos al fotomatón.

La cabina era un bulto sombrío con un cartel medio despegado y una cortina que colgaba de su riel convertida en jirones grisáceos. Parecía una tumba con instrucciones.

Entré y miré alrededor. Me arrodillé frente al panel que había debajo de la pantalla. Cleo se agachó también, por pura costumbre.

—Vale —dijo frotándose las manos—. ¿Qué hacemos si está cerrado?

—Lo abrimos.

—¿Con qué?

Saqué mi navaja multiusos.

—Con tecnología suiza.

Cleo sonrió ante el chiste.

Julius saltó de la bandolera al suelo, de ahí al hombro de Cleo y me miró. Juraría que había expectación en su carita peluda.

Comprobé la tapa del panel y vi que le faltaba un tornillo. Separé la tapa con una uña y lo vi: un papel doblado —por lo visto, llegados a ese punto, a -A- se le habían acabado los sobres.

—Ahí está —dije.

Tiré más de la tapa y se partió con un chasquido sordo.

—Mira, al final no nos va a hacer falta nada tan avanzado como una navaja suiza —comentó Cleo divertido.

Cogí el papel y lo desdoblé.

Cómo no, era otro de aquellos acertijos.

—Vale, nos largamos de aquí.

Solución aquí

—A sus órdenes —replicó Cleo con un saludo militar.

Salimos de la cabina y nos metimos en una atracción cercana.

Una especie de tren de la mina o algo así.

El caso es que era un túnel oscuro que serviría a la perfección a nuestros fines.

Vamos, que estaba genial para escondernos.

Allí podríamos resolver la pista con tranquilidad a la vez que vigilábamos el fotomatón.

Nos metimos en el túnel, cerca de la salida, y saqué el papel. En la esquina inferior derecha aparecía la ya familiar -A-.

Cleo miró el papel y resopló.

—Buah, es demasiado fácil.

—¿Tú crees? —pregunté.

Para mí aquello era un compendio de letras y números sin sentido.

—Claro. Mira, hay números arriba y en la primera columna —explicó—. Y luego, en el lado derecho, números sueltos, ¿no?

—Sí, hasta ahí he llegado yo solita…

—Sólo tenemos que encontrar la letra que corresponde a estos números de aquí. —Señaló las cifras que había escritas en el lateral derecho del papel.

—Ya…, pero, por ejemplo, en esta primera cifra, 21, ¿qué dos señala? ¿El de la fila de arriba o el de la columna?

—¿Para qué quieres los ojos, Claudia? ¿No has visto la flecha?

Acerqué la nariz al papel y lo observé con detenimiento unos segundos.

No. No veía ninguna flecha.

—No veo a los indios, voy a ver las flechas… —rezongué.

—Aquí, junto a la firma. —Puso el dedo transparente sobre la dichosa flecha.

Vale, ahora sí tenía todo lo que necesitaba para resolver aquel acertijo. El primer número era el de la fila de arriba; el segundo, el de la columna de la derecha. Saqué mi lápiz de la bandolera y empecé a marcar las letras siguiendo las coordenadas: 2, 1…, era una T; 1, 3…, y ahí estaba la U.

Poco a poco, las letras dejaron de parecer un caos y comenzaron a formar una palabra: « TUNELESCONTROL ».

Bueno, en realidad eran dos: « TÚNELES » y « CONTROL ».

—¿Hay túneles de control en este parque?

—¿Túneles? —Cleo frunció el ceño y se rascó la cabeza—.

No… No recuer… —Su rostro se iluminó a mitad de palabra, sus ojos se abrieron y los labios formaron una sonrisa amplia—.

Sí, sí me acuerdo —se corrigió—. Hay túneles por los que se movían los empleados.

Mi amigo me llevó y me los enseñó. Allí había una sala desde la que se podía controlar todo el parque, molaba un montón.

Y había otra en el edificio principal, pero era como de repuesto.

—Pues creo que es allí donde tenemos que ir —repliqué—. ¿Recuerdas por dónde se entraba?

Meditó unos instantes con la cabeza inclinada como la de un cachorro y después asintió.

—Sí, también recuerdo eso… Sígueme.

Miré el sol, que ya descendía sobre Santa Muerta. No sabía si tendría tiempo de regresar al fotomatón antes de que oscureciese, pero algo me decía que estábamos muy cerca ya del final.

Tomé una decisión.

No sabía si la correcta.

El acceso estaba detrás de una caseta de mantenimiento. Una puerta baja, medio escondida entre matorrales y carteles viejos. Tuve que apartar plantas con la mano. Me arañé un dedo y me lo chupé enfadada con el universo por ponérmelo todo tan difícil.

Abrí la puerta. El olor me golpeó primero.

Un hedor a encierro y moho, a herrumbre y a polvo viejo. Y a algo más, algo podrido. No quería saber qué.

Frente a nosotros se extendía una escalera con peldaños y barandilla de metal. Parecía segura, pero, aun así, descendí con cuidado hacia la oscuridad que había al fondo. A mitad de la escalera, saqué la linterna.

Seguimos por un pasillo con muros de cemento que se ensanchaba y se estrechaba sin una lógica clara.

A los lados, las puertas a vestuarios, sala de descanso y cuartos de baño.

Un poco más adelante vi también lo que parecía una consulta médica y, en algunos tramos, escaleras que ascendían de nuevo hacia la parte visible del parque.

El techo era bajo, lo justo para que un adulto caminase erguido, pero poco más.

Había tuberías, cables, puertas pequeñas, señales de no pasar y carteles con instrucciones y salidas de emergencias marcadas. Era claustrofóbico.

Julius saltó del hombro de Cleo al mío.

No negaré que aquello me hizo sentir bastante bien. Cuando las cosas se ponían feas, prefería estar conmigo. Y eso, en Julius, era toda una declaración de amor.

—No te preocupes —le susurré—. Todo está bien, pequeño.

Mentirle a mi hurón era poco más o menos lo mismo que mentirme a mí misma, porque no sabía qué me daba más mal rollo, si el eco de mis pasos o la idea de que alguien pudiera estar allí abajo, esperándonos.

Cleo, por una vez, caminaba pegado a mí.

—¿Lo oyes? —preguntó. Tenía los hombros tensos y se había detenido en mitad de un paso.

Presté atención. Pude escuchar un golpeteo hueco y continuo. Líquido.

—Es algo goteando, nada más. Supongo que es normal en un sitio así.

Continuamos andando. Giramos. Bajamos otra rampa. En algún momento, el aire se volvió más frío. En un punto, el túnel se bifurcaba. Había un cartel indicador, medio caído, con flechas que ya no apuntaban a nada claro, pero en una de ellas se leía sala de control .

—¿En qué dirección vamos? —preguntó Cleo.

—A la sala de control —dije.

—Ya, pero ¿dónde está? Puede ser hacia cualquiera de los dos lados.

—Ojalá lo supiera —suspiré.

Cogí el cartel e intenté enderezarlo. Si no me equivocaba, nuestro objetivo estaba por el pasillo de la izquierda… Pero, claro, podía equivocarme.

Me la jugué de nuevo y fuimos por la izquierda.

Apenas un minuto después, escuchamos un sonido mecánico, como un motor despertando.

Por supuesto, cómo no.

Podía equivocarme y aquel ruido me decía que lo había hecho.

Algo —no muy lejos— hizo un clac metálico.

Me quedé clavada en el sitio iluminando con la linterna en todas direcciones.

Cleo se giró.

—Eso no lo has hecho tú, ¿no?

—¿Tú qué crees? —cuchicheé.

Julius se pegó todavía más a mi cuello.

Otro clac.

Y después un zumbido breve.

Miré a mi espalda.

Y vi la reja.

Era una de esas automáticas. Una reja de persiana. Estaba a unos metros, habíamos pasado por debajo, pero, al estar alzada, no la habíamos visto.

Del otro lado, una luz tenue se encendió. Una bombilla de emergencia o algo parecido.

La reja empezó a bajar.

—¡No, no, no! —solté, echando a correr.

Llegué a tiempo de meter el brazo, pero no de atravesarla. El metal me golpeó en el antebrazo y tuve que retirarlo con un siseo de dolor.

La reja bajó del todo con un golpe seco.

Estábamos encerrados.

—¡Eh! —grité, olvidándome de lo de ser discreta y no hacer ruido—. ¡¿Quién anda ahí?!

Silencio.

Cleo se me quedó mirando.

—Clau…, eso ha sido a propósito. Aquí no había electricidad.

—Ya… Alguien no quiere que salgamos.

—Yo sí puedo salir. De hecho, puedo salir cuando quiera.

—Ya sabes a lo que me refiero —corté.

Miré a mi alrededor y vi una lucecita roja y pequeña casi pegada al techo. Enfoqué el haz de luz.

Una cámara. Y estaba funcionando.

Vale, eso me daba una idea de lo que estaba sucediendo. Uno de mis dos sospechosos principales, Roche o Max, estaba detrás de aquella encerrona. No podía ser de otro modo.