Capítulo 12
Capítulo
P asé por Tazas y Misterios, pero estaba tan lleno que Emilio no iba a poder oírme ni aunque me subiera a la barra, así que me volví a casa.
Eché la llave nada más entrar. Desde que había llegado a Santa Muerta, aquella casita había sido mi fortaleza. Allí siempre me había sentido a salvo y en aquel momento lo necesitaba más que nunca.
Me apoyé un momento contra la madera y me obligué a respirar despacio. Julius se removió dentro de la bandolera, indignado, y soltó un gruñidito que sonó a insulto.
—Perdón —me disculpé—. Perdón, perdón… Ya voy.
Lo saqué con cuidado y lo dejé en el suelo. Se sacudió como si llevase un año entero encerrado, me lanzó una mirada que coqueteaba con el odio y se fue directo a mi habitación con pequeños saltos ofendidos.
La casa estaba silenciosa.
—Papá… —llamé sin mucha convicción.
Nadie respondió. Miré el perchero: la chaqueta de trabajo de papá no estaba. Tampoco sus botas. Suspiré. Estaría en los jardines. El trabajo era el único sitio donde parecía conseguir que el mundo no le pesara tanto, aunque fuera a base de cansarse.
Me dije que era mejor así.
Fui a la cocina y abrí la nevera por pura costumbre. La cerré. No tenía hambre.
Me serví un vaso de agua, lo bebí de golpe y subí a mi habitación. Julius estaba sobre la cama. En cuanto me vio, se dio media vuelta con un bufido.
—Alguien no está de buen humor —suspiré—. Ya te he dicho que lo siento.
Me respondió con otro bufido, este más débil, y una mirada de «Estoy a punto de perdonarte, pero todavía no».
Abrí la bandolera, cogí las copias de la hemeroteca y las extendí sobre el escritorio. Las hojas se deslizaron con ese sonido seco del papel nuevo. El olor químico de la tinta se me quedó pegado en la nariz. Necesitaba releerlas con detenimiento.
—Vamos a ver qué tenemos aquí —murmuré.
Julius se subió a la mesa de un salto, curioso pese a su enfado. Me observó un segundo, se lo pensó y decidió que era más importante seguir haciéndose el indignado. Se tumbó en el teclado del ordenador con la cola enrollada.
Releí el titular del atraco a Fittanny’s. Lo había leído ya en el archivo. Había subrayado las partes más importantes y, aun así, tenía la sensación de que me había dejado algo.
Mis ojos bajaron por el texto.
Dos atracadores. Botín histórico. Pescadores de profesión. De veinticinco y cincuenta y cuatro años respectivamente. Residentes en un pueblo de la costa. Bla, bla, bla.
Clavé los ojos en una línea que antes me había pasado desapercibida. Eran las iniciales de los atracadores.
Las del primer atracador eran G. M. L.
Las del segundo, A. R. T.
Estuve unos instantes con el lápiz suspendido sobre la hoja. Sin reaccionar ante lo que creía haber descubierto.
A.
Me hice con una de las notas del parque y observé la firma: -A-.
Volví al recorte.
A. R. T.
—Ajá —dije en voz alta.
Julius levantó una oreja.
—Vas a tener que moverte, amiguito. —Alcé al hurón y lo puse en mi hombro, su lugar favorito del mundo. No protestó.
Encendí el ordenador, abrí el buscador y tecleé «Fittanny’s atraco A. R. T.». Me salieron resultados de blogs de misterio y de foros de gente que decía tener información sobre el caso. Los ignoré. Si quería rumores, en Santa Muerta bastaba con abrir la ventana.
Probé con el periódico local. La Crónica de Santa Muerta , por supuesto, tenía web. También tenía titulares recientes. También tenía un diseño que parecía hecho en el pleistoceno. Y la hemeroteca sólo estaba accesible en el archivo de la isla. No me servía de nada.
Seguí buscando.
Al cabo de un rato, encontré un enlace que parecía más serio. Un periódico nacional con hemeroteca online, con su buscador, sus filtros y sus cosas bien organizadas.
Encontré una noticia de hacía bastantes años y la abrí. Era breve y en ella se informaba del fallecimiento del preso Antón R. T. a causa de una larga enfermedad.
Continué leyendo.
«… estaba cumpliendo condena por el atraco a la joyería Fittanny’s…».
Vale, vale, vale.
«… el botín nunca fue recuperado».
Ahí estaba. Antón. -A-. Un atraco a una joyería, un botín.
Y Antón había fallecido hacía un porrón de años.
Tal vez ambos ladrones se habían separado por algún motivo, Antón había escondido el botín y había dejado todas esas pistas antes de que lo atrapasen para volver a por él cuando saliesen.
No tenía mucho sentido, pero era lo único que se me ocurría.
Al darse cuenta de que moriría antes de cumplir su condena, le envió a su compañero aquella carta para ayudarle a dar con el botín…
La carta que yo había conseguido la primera noche que me enfrenté al trasgo.
Necesitaba buscar información sobre el otro preso. Tenía que saber si ya había salido de la cárcel. Necesitaba saber su nombre, su…
En ese momento, por el rabillo del ojo capté una sombra. El movimiento, demasiado repentino e inesperado para mi gusto, hizo que me pusiese en pie de un salto y me llevase la mano al pecho.
He de reconocer que también se me escapó un grito.
Cleo apareció flotando, con el flequillo algo revuelto y la expresión de quien viene con un secreto importante.
—¡Ostras, qué susto me has dado! —exclamé—. ¿Puedes llamar a la puerta alguna vez?
—Puedo intentarlo, pero es que se me olvida… Lo siento —se disculpó.
—¿Dónde has estado? No te vas a creer lo que he descubierto en la hemeroteca…
—Tú tampoco te vas a creer lo que he descubierto yo —replicó con tono lúgubre.
Con esa sencilla frase, Cleo había conseguido toda mi atención.
—He ido al parque… —Se rascó la cabeza.
Sabía que ese era su gesto de «Estoy organizando mis pensamientos», así que no le apresuré. Continuaría cuando supiese cómo hacerlo.
—Verás, es que me aburría un montón en la biblioteca. Al salir vi el coche de Diana Roche…, lo seguí. Fue al parque. Y escuché una conversación… Bueno, varias.
—Es muy peligroso, Cleo, podría haberte pasado algo.
—¿En serio? —resopló—. ¿Te has olvidado de que estoy muerto?
—Ah, claro… Perdona… Continúa, por favor.
Cleo se colocó frente a mí, flotaba a dos palmos del suelo.
—Vale. Primero: Roche salió del coche y fue al tráiler de obra, ¿vale? Iba hablando por teléfono.
—¿Qué dijo?
Cleo frunció el ceño, intentando recordar con precisión.
—No lo oí todo. Pero pillé frases. —Bajó la voz e imitó el tono de Roche con una exactitud inquietante—: «Sí. El traje. Esta noche». Luego algo de «que no te vean». Y «Esa cría está muy cerca. Síguela. No quiero sorpresas».
Se me tensó el estómago.
—El traje… —murmuré—. ¿Podría referirse a un disfraz?
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Podría ser…
—Sigue —pedí.
Cleo asintió.
—Luego entró en el tráiler y habló con su socio…
, Max. Estaba allí, sentado detrás del escritorio, parecía preocupado.
Hablaron de ti. —Hizo un gesto con la mano—.
No dijeron tu nombre, te llamaron «la niña».
Primero pensé que podría ser cualquier niña; luego, gracias a mis sentidos fantasmales y a mi maravillosa inteligencia, me di cuenta de que no, de que la niña no podía ser otra más que tú.
—Ya, es que eres un hacha…
—Escucha, Max estaba preocupado, Clau. De verdad. Dijo que era peligroso, que era una locura que volvieras a entrar, que si te pasaba algo…
—¿Y Roche?
Cleo puso los ojos en blanco.
—Roche no estaba preocupada por ti. Estaba preocupada por lo que ibas a encontrar.
Me recorrió un frío breve.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que quería saberlo todo de ti —soltó Cleo—. Lo que hacías, por dónde ibas, lo que tocabas, lo que te llevabas… —Se encogió de hombros—. Todo.
No me hizo gracia.
—Bueno, tendré que ir con más cuidado.
—Y una cosa más… Esto no te va a gustar nada.
—Ah, que lo anterior tenía que gustarme… —resoplé.
Cleo se acercó más a mí y me puso una mano helada en el hombro.
—Diana Roche está planeando una rueda de prensa mañana por la mañana para intentar inculpar a tu padre y a su compañero.
Piensa hacer público que tu padre es… Ya sabes…
, que bebe… Y va a decir que el accidente fue culpa suya.
Con eso pretende inclinar la balanza de la investigación a su favor…
y sacarte a ti de la circulación, claro.
Sentí que el color abandonaba mi rostro y me senté en la silla. O más bien me derrumbé.
—No —fue lo único que conseguí decir. Y con voz demasiado débil.
—Y eso no es todo. —Cleo estaba muy serio, sus ojos reflejaban preocupación. Apoyó una rodilla en el suelo y me cogió la mano.
—¿Hay más?
—Pretende pedirles una indemnización a tu padre y a su compañero por provocar un accidente que ha hecho que se paralicen las obras. Pero no vamos a permitirlo, ¿vale?
Me escocía la garganta y me costaba tragar. El miedo, la tristeza y la rabia se me desbordaron por los ojos. Las lágrimas descendieron por las mejillas, se quedaron colgadas un instante en la barbilla y, después, saltaron al vacío.
—Vamos a impedirlo, Clau. Cueste lo que cueste. En serio. Vamos a hacerlo.
Asentí, aunque no podía dejar de llorar.
Si Roche cumplía su amenaza, no sabía de lo que sería capaz papá, sólo sabía que se hundiría —más todavía—, y eso me aterrorizaba.
Ya había perdido a mamá, no quería perderlo también a él, porque… ¿qué sería de mí?
Papá seguía acudiendo a su trabajo como jardinero a diario, pero todo lo sucedido en el parque estaba mellando su ánimo. Él creía que yo no lo notaba, intentaba disimularlo con sonrisas que sólo adornaban sus labios, pero ya no le llegaban a la mirada.