Capítulo 11
Capítulo
L legamos al Archivo de Santa Muerta a media mañana. Julius iba en la bandolera y Cleo caminaba a mi lado con cara de fastidio. La biblioteca no era su lugar favorito del mundo.
—Sabes que la biblioteca no es mi lugar favorito del mundo, ¿no? —dijo.
—Algo me olía, sí —repliqué con un suspiro—. Mira, baja conmigo un rato y, si te aburres, te vas, ¿vale?
—OK. Aunque, en este caso, el condicional sobra. Me aburriré fijo.
El edificio estaba como siempre: biblioteca y archivo compartiendo techo, compartiendo silencio y compartiendo ese olor que no sé cómo describir sin que suene raro. Papel, madera encerada y desinfectante. Una mezcla imposible que para mí ya estaba bien. Me gustaba.
Cleo, en cambio, inspiró y dijo:
—Huele a… a cosas viejas…, a cultura.
—Huele a información —le corregí.
En el mostrador estaba la bibliotecaria de siempre.
Era mayor pero no vieja, de formas redondeadas y suaves.
Los ojos parecían enormes detrás de las gafas de concha marrones que llevaba casi a mitad del puente de la nariz.
A pesar de tener el ordenador delante, leía un libro con gesto de concentración.
Pasaba las páginas despacio, sin doblarlas, casi con delicadeza.
Lucía el pelo recogido en un moño algo caótico que se sujetaba con un lápiz y una camisa verde algo desgastada en la zona de los puños y el cuello.
Me aclaré la garganta para llamar su atención.
—Buenos días —dije cuando alzó la vista para comprobar quién la molestaba—. Necesito consultar los periódicos de 1998 y 1999.
La bibliotecaria apretó los labios y suspiró.
—Necesito ver tu carnet de la biblioteca y que rellenes esto. —Deslizó un papel sobre el mostrador hasta ponerlo frente a mí y señaló un bolígrafo con la cabeza—. Aunque ya lo sabes. No viene mucha gente de tu edad a husmear en los archivos.
Vaya, se acordaba de mí. No hacía tanto que había necesitado consultar la hemeroteca mientras investigaba el caso de la médium desaparecida.
Completé la información de la ficha y se la devolví a la mujer.
—Acompáñame. —Se puso en pie, se ajustó las gafas y caminó hacia las escaleras que llevaban al sótano, donde se encontraban los lectores de microfilms.
Cleo se inclinó hacia mí.