Capítulo 14
Capítulo
S an ta Muerta fue recuperando la normalidad poco a poco tras el escándalo del parque, porque, por supuesto, todo el mundo se enteró de que nunca había existido un monstruo. Todo el mundo supo que era tan sólo un hombre.
Y se supieron más cosas.
Muchas más.
Aquella misma noche presté declaración en comisaría acompañada de papá y del señor Blackwood, los tres sentados frente a Mercier, que en todo momento sostuvo una mueca de fastidio bastante interesante.
—¿Qué hacías en el parque? —preguntó cortante.
—Pues, por lo visto, su trabajo —repliqué.
Papá se mantuvo impasible, pero vi que Emilio disimulaba una sonrisa ante mi impertinencia.
Aquella noche casi me había costado la vida y al policía todavía le molestaba que hubiese resuelto un caso que podría haber resuelto él si hubiese atado cabos.
Tras narrar lo sucedido y cómo había llegado a la conclusión de que el trasgo sólo era un preso fugado de la cárcel, fue mi turno de hacer preguntas.
—¿Cómo se apellidaba el otro preso? ¿El que murió en la cárcel?
Mercier resopló por la nariz y me clavó una mirada afilada.
—No tengo por qué responder a eso.
—Antón R. T. era Antón Roche, ¿no? —continué sin hacerle ni caso—. Diana es su hija. ¿Me equivoco?
Emilio fue más rápido que yo leyendo al policía, que apretó los labios hasta que casi se le pusieron blancos.
—No, no te equivocas, Claudia —dijo el cocinero.
—Lo que todavía no entiendo es por qué Antón creó esa… esa gincana, por llamarla de alguna manera —continué.
Mercier agachó la cabeza y empezó a hablar.
—Sabía que iban a atraparlos. Ese hombre estaba desesperado, planeó el atraco porque estaba enfermo y no le quedaba mucho.
La teoría que se barajó en su momento fue que escondió el botín y creó las pistas para su compañero con la condición de que este le diese su parte a su hija, Diana…
Pero ninguno de los dos confesó nunca. De cualquier manera, aquel caso no lo llevó la policía de Santa Muerta, estábamos demasiado ocupados con el accidente del parque.
Por fin se ordenaba una parte enorme del puzle. Diana Roche no había aparecido en la historia por casualidad. Era la hija de Antón. Y, por supuesto, había crecido sabiendo que existía un botín que nunca se recuperó. Un botín que, según ella, seguía perteneciéndole, como si fuese una herencia.
Su herencia.
Durante los días siguientes, tras interrogar al trasgo y a Diana Roche, fueron saliendo más y más datos a la luz de los que me fui enterando por el sencillo método de ir a ver a Mercier casi todos los días.
El hombre había ido suavizando su trato conmigo y ya apenas suspiraba cuando me veía entrar por la puerta de la comisaría.
Supe que años atrás Diana visitó al cómplice de su padre en la cárcel y que él se negó a ayudarla.
Ella lo dejó correr. Terminó la universidad y se puso a trabajar.
Poco a poco, su fortuna fue creciendo. También su poder.
No le hacía falta el botín, pero lo quería.
Siempre había creído que era su derecho.
Al fin y al cabo, su padre había muerto en prisión por él.
Así que hizo lo único que podía hacer: compró el parque con ayuda de su socio, Max. No era un mal negocio. En una isla como Santa Muerta, con seis meses al año llena de turistas, un parque de atracciones tenía el éxito asegurado.
Y un parque en obras le daba la excusa perfecta para buscar el botín del atraco sin que nadie hiciese demasiadas preguntas.
¿Cómo había averiguado yo que el trasgo era el otro atracador?
Fácil. Cuando tuve todas las pistas que había reunido expuestas en el corcho de mi habitación, un recorte del periódico del día que se anunció la reapertura del parque llamó mi atención.
Al principio no me había parecido relevante.
Resultó que lo era.
A un lado, muy pequeña, la noticia de un preso que se había fugado de la cárcel.
Cuando releí aquel artículo me di cuenta de que las iniciales del preso fugado coincidían con las del otro atracador de la joyería: G. M. L.
Así había averiguado quién era el trasgo.
Mercier llenó las lagunas que me faltaban: había huido de prisión cuando Roche le dijo que iba a encontrar el botín con o sin su ayuda. Él se escapó y llegó a un trato con ella.
Irían a medias.
El disfraz del trasgo había sido una herramienta.
Si la gente de la isla tenía miedo, no se acercarían.
Si corría el rumor, nadie metería las narices.
Era perfecto…, salvo que no habían contado conmigo; en general, me falla el instinto de supervivencia, pero no la curiosidad. Tengo mucha. Muchísima.
También me confirmaron lo que más me dolía.
Lo de Dan no había sido un accidente.
La noche de la caída, Dan vio algo en la noria, trepó para comprobarlo y el trasgo le empujó. No dijo nada porque Roche le amenazó. El hombre estaba aterrorizado. G. M. L. era un hombre violento y temía que le visitase en el hospital, cuando más indefenso estaba él.
Y eso hizo que yo le diese vueltas a un tema.
Si la tragedia en el parque de atracciones había sucedido justo cuando los dos atracadores estaban en él…, ¿no tendrían algo que ver con ella?
Y no pensaba quedarme con la duda.
—Usted llevó el caso de la montaña rusa, ¿no? —pregunté a Mercier en una de aquellas visitas.
—Sí —aceptó él con cautela.
—¿Tomó huellas?
—De todo, pero ninguna coincidía con nadie que tuviésemos fichado —suspiró—.
Mira, Claudia… —sí, ya me llamaba por mi nombre, lo cual yo consideraba un éxito—, no hay un solo día en que no me pregunte si podía haber hecho algo más.
Ese accidente me ha perseguido toda la vida…
, pero nunca encontré pruebas de juego sucio.
—¿Las conserva? Las pruebas que recogió en su momento, las huellas… ¿Las conserva?
—Está todo en los archivos. ¿Por?
—¿Se le ha ocurrido comprobar si coinciden con las del trasgo o con las del otro atracador? Ninguno de los dos estaba fichado cuando sucedió el accidente…
Mercier abrió la boca para decir algo, pero la cerró enseguida cuando comprendió lo que yo insinuaba.
Se puso en marcha. Mi pregunta le había dado una oportunidad de redimirse e iba a aprovecharla.
Menos de veinticuatro horas después, fue él quien me llamó a mí.
—Tenías razón —dijo. Hasta escuché algo parecido al alivio en sus palabras—. Las huellas que tomé en los mandos de la montaña rusa coinciden con las del trasgo.
El hombre terminó confesando lo que había sucedido aquel día. Antón escondería el botín, pero, para ello, necesitaba una distracción. Él intentó frenar la montaña rusa.
Se equivocó.
En lugar de frenarla, la aceleró.
Y con ello provocó la muerte de muchísimas personas.
Fin.
Ahora tenía todas las respuestas.
Ahora podía cerrar aquel caso.
Aquella misma tarde me fui a ver a Emilio al Tazas y Misterios. Cleo iba a mi lado, aunque ya le había avisado de que tendría que estar callado.
Cris apareció poco después en el café. Se quedó en la puerta, mirando a su alrededor.
Sus ojos se iluminaron cuando me localizó.
Se acercó a mí emocionada y me abrazó a la vez que me daba las gracias mil veces.
Me invitó a un batido —de vainilla, por supuesto— y me contó que Dan cobraría la indemnización, lo cual era un alivio hasta que pudiese reincorporarse al trabajo.
Papá llegó a un acuerdo con Max, quien, tras paralizarse las obras del parque por la investigación, cobraría el seguro, con lo que sus problemas económicos estaban solucionados.
Mi padre continuaría en su puesto de vigilante cuando las obras se reanudasen, al igual que Dan, que lo haría cuando se recuperase de sus lesiones.
Max también ayudó a desmontar las coartadas de Diana Roche y aportó las grabaciones de las cámaras de seguridad, algo que ayudó mucho a construir el caso contra ella.
—¿No te mola muchísimo cuando las cosas salen bien? —preguntó Cleo cuando entramos en casa aquella noche.
—Sí, pero estoy deseando descansar de una vez.
—¡Claudia! —llamó papá desde la cocina—. Te ha llegado una carta, está en el recibidor.
Miré la mesita del recibidor y vi un sobre enorme color crema, de aspecto caro y papel grueso.
Cleo me miró divertido.
—¿Y esto? —preguntó.
—Ni idea —repliqué mientras lo cogía—. No tiene remite y va dirigido a la Agencia de Detectives Misterio S. A.
—Ábrelo —pidió Cleo impaciente.
Rasgué el sobre y saqué una cartulina del mismo color que el sobre. Encuadrado por una filigrana dorada, se leía un texto:
—¿Y esto? —pregunté en un susurro.
Cleo me miró con la ceja levantada y una mueca divertida.
—¿Qué decías de descansar?
Suspiré.
Por lo visto, en Santa Muerta, los misterios empezaban a meterme prisa para ser desvelados.