No entres al parque (Misterio S.A. 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo

S aqué el sobre que habíamos encontrado en el carrusel. El papel estaba húmedo en los bordes; normal si considerábamos que llevaba todo el día lloviendo.

Lo abrí con dedos torpes.

Dentro había un pedazo de cinta igual que la anterior y un papel doblado.

Lo desplegué.

En la parte de arriba, escrito con letras grandes, había una frase escrita a mano: « el mundo al revés ». Y, debajo, otra frase:

EL MUNDO AL REVÉS

VN VO VHKVQL WV VHGIVOOZ

VNXLNGIZIZH VO XZÑRNL.

Z.

Observé la cinta, pero esta vez no había pistas en ella.

La guardé.

—Vale —resoplé—. O es un mensaje en clave o está escrito en…, yo qué sé…, noruego.

—También podría ser un hechizo… —dijo Cleo divertido.

Ya se le había pasado el susto del todo y volvía a ser él mismo.

—Ya, claro… Mira, vamos a ver si nos centramos, no me apetece que el tipo ese nos pille aquí. Si vuelve, claro.

—También podemos ir a otro sitio —sugirió Cleo—. A casa, por ejemplo.

—Ya y después volver aquí… Porque me da la impresión de que todas estas pistas nos van a traer de vuelta al parque. Si no, ¿por qué alguien las habría escondido aquí?

—Tiene lógica.

—Avísame cuando diga algo que no la tenga, ¿vale?

Cleo rio ante mi impertinencia. Su risa era alegre, contagiosa, y, en un segundo, yo también reía.

—«El mundo al revés» —leí todavía entre carcajadas.

—Me recuerda a Alicia a través del espejo . Me gustaba mucho ese libro.

Se me cortó la risa de golpe.

—Cleo, creo que has dado con algo… Necesitamos un espejo.

Miré alrededor, recordando las estanterías que había visto al pasar.

Salí de la trastienda con mucha cautela, vigilando cualquier mínimo movimiento.

Recorrí los pasillos llenos de recuerdos inútiles y al fin di con lo que buscaba: un expositor con un montón de espejitos de mano, de esos que se llevan en el bolso. Redondos y casi planos.

Eran demasiado horteras, para mi gusto. En la tapa, una calavera me sonreía. Llevaba una especie de sombrero pirata y debajo, en letras rosas, el eslogan: Santa Muerta: La isla más encantada del mundo .

Cogí uno. Estaba lleno de polvo. Lo froté en el pantalón para quitárselo, me daba mucho asco tocar cosas polvorientas. Odio ese tacto.

Al regresar sobre mis pasos, vi, junto a la caja registradora, un expositor con un montón de planos del parque. Cogí uno casi por inercia y lo metí en la bandolera. Nunca se sabía cuándo podía ser útil, sobre todo cuando te perseguía un monstruo.

Volví a la trastienda y atranqué la puerta otra vez.

Puse el papel delante del espejo.

Lo giré.

Lo acerqué.

Lo alejé.

La frase seguía siendo la misma, sólo que ahora la veía duplicada y, sí, invertida, pero igualmente incomprensible.

—No funciona —me quejé. La frustración me mordía por dentro—. ¡Si es «el mundo al revés», debería…, no sé…, arreglarse! ¡Verse del derecho o yo qué sé!

—Igual es el espejo el que está roto —bromeó mi amigo y señaló el marco—. Al fin y al cabo, es de plástico.

—Gracias por el análisis científico, Cleo.

Lo peor era que el peligro seguía allí fuera. Podíamos oír el parque respirando. Podíamos imaginar al ser regresando al local en la oscuridad.

Y nosotros, en una trastienda, peleándonos con unas letras estúpidas. Estaba harta.

—Vale, ahora en serio, ¿me dejas ver la nota? —pidió Cleo.

Se la pasé.

La leyó con cuidado. El pelo le cayó sobre los ojos y se lo retiró con un gesto distraído.

—Esta carta la firma Z —dijo tras unos instantes—. La otra la firmaba A… Pero la letra es la misma que la de la anterior carta.

—¿Qué sugieres? —pregunté, aunque en mi cabeza empezaba a entender lo que quería decir Cleo.

—Creo que el alfabeto está en espejo. La A es la Z, la B es la Y, y así.

—¡Claro! —exclamé—. ¡El mundo al revés!

¡Cómo no se me había ocurrido antes!

En realidad, era bastante sencillo.

Saqué mi cuaderno de la bandolera y cogí el lápiz que siempre guardaba en la espiral metálica. Lo abrí y escribí el abecedario. A continuación, lo copié al lado al revés.