Capítulo 7
Capítulo
A l final la tensión nos pudo y huimos.
Las zapatillas chapoteaban en charcos negros y el aire húmedo me cortaba la cara, y, aun así, una gota de sudor descendía por mi nuca.
Se me escapaba el aire en jadeos cortos, ruidosos, y me odié por ello.
Iba dejando un rastro de ruidos que gritaban dónde estaba a cada instante.
A mi espalda sonaron pasos —pesados, seguros— y una risa baja, rota, con un fondo cruel que prometía dolor.
Me encogí sin poder evitarlo y apreté el paso. Julius mantenía el ritmo a mi lado.
—Más rápido —animó Cleo.
Avanzaba con una ligereza insultante.
No le contesté. Atesoré el aire. Lo necesitaba.
Detrás de nosotros, el trasgo continuaba. Se acercaba.
No sabía cómo lo hacía. Tenía que ser un tipo con un disfraz ridículo. O eso repetía mi parte racional, la vocecita que siempre intentaba rescatarme cuando mi cerebro se convertía en gelatina.
«Es un hombre. Tiene pies. Se cansa. Respira. No es un monstruo».
Pero mientras me perseguía, tenía toda la pinta de ser un monstruo.
El sonido me llegaba en ráfagas: un jadeo húmedo, el crujido de una suela pisando grava y, de vez en cuando, aquella risa despiadada. Como si perseguir niñas en parques de atracciones abandonados fuese la actividad más divertida del universo.
Un destello verde se deslizó por el suelo delante de mis zapatillas.
Estaba cada vez más cerca.
Frené en seco. Mala idea, porque la inercia casi me manda contra una barandilla oxidada, pero también fue lo único que me salvó de cruzar justo por donde la luz se detuvo.
El trasgo no alumbraba al azar.
Me buscaba.
Vale, eso me decía que me oía, pero que no me veía en la oscuridad. Me estaba persiguiendo a ciegas. Tan a ciegas como yo estaba huyendo.
—Por aquí —me llamó Cleo. Señalaba un pasillo entre dos atracciones.
Me metí sin pensarlo. Un pico de metal oxidado me rasgó la piel del brazo. Por supuesto, me tragué el grito de dolor. No podía permitirme delatar mi posición por un arañazo.
La grieta nos escupió detrás de una caseta de tiro al blanco medio derrumbada. El techo colgaba en una lengua de chapa y los muñecos de peluche se apilaban en el interior, polvorientos y olvidados.
Me metí en la caseta y me oculté entre los muñecos. Julius se acomodó a mi lado.
La luz verde se acercó. Primero fue un reflejo en un charco. Luego, una línea que se deslizó por el borde de la caseta. Después, el haz se coló por una rendija y me atravesó la cara.
Me quedé petrificada sin ni siquiera pestañear.
Cleo estaba a mi lado, tan quieto como yo escondido bajo un montón de peluches, como si le hiciera falta. Tampoco susurró ninguna tontería de las suyas. Cuando Cleo se asustaba, no hacía bromas. Y eso era peor que cualquier chillido.
El trasgo siguió de largo.
Me permití un pestañeo. Se me estaban secando los ojos, pero continué inmóvil.
Sus pasos se detuvieron un poco más allá.
El aire se me congeló en los pulmones.
El trasgo se inclinó. La luz verde se metió bajo la caseta, recorrió el suelo, se paseó por delante de mis zapatillas y junto a mi mano pegada a la tierra.
Yo no me moví. Ni un milímetro.
En ese instante, muy cerca, sonó un chasquido.
No venía del trasgo.
Venía del bolsillo de mi chaqueta.
El walkie.
El walkie había decidido que era un momento estupendo para recordarme su existencia con un crujido de estática, como un estornudo en una biblioteca.