No entres al parque (Misterio S.A. 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo

E speramos a que cayese la tarde para acercarnos al parque. Si íbamos demasiado pronto, corríamos el peligro de que hubiese gente y, tal y como estaban las cosas, prefería que nadie me viese husmeando por allí.

Cleo flotaba a mi lado con su brillo azul suave, esa especie de halo que siempre le rodeaba y que ya se había convertido en algo rutinario. Si se puede llamar rutina a caminar con un fantasma por una isla que vive del misterio, claro.

—En serio —dijo apretando los puños en el aire—, hoy vamos a petarlo. Vamos a averiguar qué pasa en ese parque.

—Con que no me maten, a mí ya me vale —corregí.

—Eso también podría servirnos.

Iba a contestarle cuando vimos un coche que se acercaba desde el parque. Era uno de esos bonitos y grandes. Negro, brillante y caro. Fue reduciendo la velocidad hasta detenerse a nuestro lado.

Genial. Justo lo que no quería que sucediese.

La ventanilla bajó y nos dejó ver el rostro sonriente y amable de Diana Roche. Max iba a su lado y, como siempre, parecía a punto de morir de un ataque de nervios.

Más genial todavía. Justo las últimas personas que quería que me viesen por allí.

—Claudia, ¿verdad? —saludó.

—Señora Roche —respondí.

—Oh, llámame Diana, señora hace que me sienta muy mayor.

Cleo saludó por costumbre, pero enseguida recordó que nadie podía verlo.

Diana clavó la mirada en mí.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó la mujer.

—Nada, sólo daba un paseo. —Me obligué a sonreír—. Estoy deseando que abran el parque para venir con mis amigas. —Ni yo me creí eso—. ¡Quiero montar en todas las atracciones!

Intenté que mi voz sonase inocente y emocionada, y, por el gesto de satisfacción que se extendió por el rostro de Diana Roche, creo que lo conseguí.

—No tardaremos mucho en reabrirlo, pero, Claudia, ten cuidado. He oído… cosas —empezó con preocupación—. Sobre el parque.

—Vaya. —Alcé las cejas—. ¿Y qué ha oído?

La sonrisa de Diana se estiró un milímetro.

—No quiero parecer dramática. Sólo… ten cuidado. En Santa Muerta se dice que es peligroso. Y aunque no lo fuese, las obras sí lo son.

—No iba a entrar, sólo quería mirar. Pero gracias por el aviso.

Esperé. Ella también. Había una frase escondida, y Diana quería que yo la sacara sola.

No le di el gusto.

—No me gustaría —dijo al fin, más despacio— que te metieras en líos, Claudia. Ya has tenido suficiente con… lo de tu padre y su compañero.

La frase se deslizó con suavidad, pero causó estragos en mi interior.

—Mi padre está bien.

Diana inclinó la cabeza, compasiva.

—Claro. Sólo digo que el pueblo habla. Y cuando habla…, se queda con lo peor. A nadie le interesa la verdad, sólo el chisme.

Cleo soltó un resoplido.

—Llámame loco, pero eso suena un poco a amenaza —murmuró muy bajito.

Inspiré aire despacio. Sentí calor en la cara y apreté los puños para dominarme. No pensaba perder el control delante de esa mujer.

Me obligué a estirar las comisuras de la boca en una sonrisa todavía más amplia.

—Pensaba que no le preocupaba lo que se dijese en la isla. Al fin y al cabo, ha decidido hacerse cargo del parque a pesar de estar…, bueno…, encantado.

Diana sostuvo mi mirada.

—Me preocupa la reputación de tu padre. Ya sabes… —Hizo el gesto de llevarse un vaso a los labios—. Y sería una lástima que todos supieran…

No terminó la frase. No le hizo falta.

La amenaza quedó flotando, limpia y pulida. Muy MUY clara.

—Mira, ya estoy harto, Clau —Cleo resopló.

Su aura se había vuelto casi roja. Estaba enfadado. O, mejor dicho, furioso. Mucho.

Dio un salto y apareció al lado de Diana Roche, en el interior del automóvil. La miró y, con una sonrisa que rozaba la crueldad, apretó el botón para subir la ventanilla.

La mujer abrió mucho los ojos e intentó con todas sus fuerzas mantener su pose elegante y tranquila.

No tuvo ningún éxito. Diana Roche apretó la tecla con intención de bajar de nuevo el cristal.

Por lo visto, no había terminado aún con las amenazas, pero Cleo se lo impidió.

Roche retiró la mano de golpe y, a punto de desaparecer de mi vista, pude ver que se estremecía y leves volutas de vaho se le escapaban con cada exhalación.

Yo sabía qué significaba eso: el tacto de Cleo puede llegar a ser helador cuando él quiere.

Y en ese momento, quería.

—Gracias, señora Roche —grité casi muerta de risa, aunque por dentro me quemaba la rabia—. No se preocupe, tomo nota.

La mujer pareció satisfecha y se recostó en el asiento.

—Eso quería oír. Cuídate.

Otra vez la ventanilla bajó unos centímetros, los suficientes para que volviese a ver la cara de la mujer, pero a medio camino volvió a subir. Antes de que se cerrase, pude escuchar una breve exclamación de enfado, en la que había algunas notas de terror, y un posterior «¡Arranca!».

Cleo apareció a mi lado de repente. Los labios apretados y los ojos convertidos en dos rendijas vengativas, el halo que le rodeaba continuaba rojo, pero ya comenzaba a desvanecerse, a aclararse.

El coche arrancó y se alejó en dirección al pueblo.

Cleo se giró hacia mí.

—Pedazo de… —Movió las manos en el aire, incapaz de encontrar una palabra que no fuera una palabrota.

—Bruja —le ayudé.

—Eso, pedazo de bruja —confirmó.

Seguimos andando. Mi cabeza intentó hacer lo que siempre hacía cuando dolía algo: ponerlo en un cajón y cerrar con llave.

Pero el cajón no se cerró. La frase de Diana Roche se me quedó enganchada en el cerebro.

Más que nada, porque tenía razón, no me gustaría nada que todo el pueblo supiese que mi padre bebe.

Cleo se acercó, como si su presencia pudiera protegerme de todo lo que estaba mal en el mundo.

—Oye —dijo con suavidad—. No la escuches.

—No lo hago.

—Pues tu cara dice otra cosa.

—Ya… Bueno… —Me encogí de hombros—. Es lo que hay.

El parque apareció al final del camino, con la verja torcida, los carteles viejos y las atracciones recortadas contra el cielo gris.

Cleo se detuvo de golpe.

—¿Qué pasa?

Se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio. Giró la cabeza concentrado. Su brillo azul pareció tensarse, como si el aire alrededor se cargara.

—Hay un walkie cerca.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo oigo. Bueno…, no es eso tampoco… —Frunció el ceño, buscando las palabras—. Es como si atrajese la estática… No sé cómo explicarlo. Siento que se acerca.

Cleo alzó la mano un poco más.

Y la escuché.

—¡Sí! ¡Ahí está! —exclamé—. Yo también la oigo.

Luego la bajó.

El ruido desapareció. Cleo me miró y negué con la cabeza.

Lo probó de nuevo: mano arriba, ruido; mano abajo, silencio.

—Vale, creo que soy yo —dijo asombrado—. Parece que atraigo las ondas, que las…, no sé, ¿que puedo controlarlas? Espera, alguien está hablando.

Alzó la mano de nuevo.

Y de nuevo sonó la estática.

Cleo apretó la mandíbula.

—¿Lo has escuchado? —asentí—. No me gusta.

A mí tampoco me hacía mucha gracia.

Si estaba sonando un walkie, es que había vigilantes, y si había vigilantes, colarnos con luz diurna no era buena idea.

—No entramos —decidí.

Cleo me miró sorprendido.

—¿Cómo que no entramos? Pero si…

—No entramos ahora —le interrumpí—. Si oyes el walkie, es que hay vigilantes, y lo último que vamos a hacer es entrar delante de sus narices. Esperamos en el bosque a que se haga de noche y entonces nos colamos.

Cleo se quedó callado un segundo. Luego asintió, aunque a regañadientes.

—Vale. Vale. Ya entiendo. Es una retirada estratégica.

—Eso es.

Nos escondimos en el bosque. Julius corría a nuestro alrededor con actitud de «Por fin, libre». El cielo no tardó en oscurecerse, cargado de nubes. Empezó a llover y paró, y luego volvió de nuevo, indecisa. A mí me venía bien. La lluvia apagaba sonidos y borraba huellas.

Cuando se hizo de noche, salimos. No volví a meter a Julius en la bandolera, mejor que estuviese suelto, por si las cosas se ponían feas. Por supuesto, se encaramó a los hombros de Cleo, pero esta vez lo dejé estar.

Cuando llegamos a la puerta trasera, Cleo se adelantó.

—Voy a echar un vistazo.

Atravesó el metal sin esfuerzo. Se deslizó dentro del recinto y desapareció entre las sombras de las atracciones. Yo esperé fuera con el corazón golpeándome las costillas.

Esperé.

Conté los segundos.

Uno. Dos. Tres.

Cleo volvió al cabo de un rato que me pareció una hora.

—Hay un vigilante —susurró—. Se mueve por la entrada principal. Lleva walkie.

—¿Y el trasgo?

—No lo he visto.

Eso me inquietó más, porque yo estaba segura de que ya estaba allí, esperando agazapado en su escondite, tal y como nosotros lo habíamos estado en el bosque.

Entramos en el recinto del parque.

Cleo flotó un poco por delante.

—Todo OK —susurró.

Avancé.

Caminaba despacio. Aseguraba cada paso antes de darlo y evitaba charcos que pudieran delatarme con un chapoteo traicionero. Avanzaba buscando las sombras, manteniéndome oculta. El viento agitó una lona suelta en alguna parte y el sonido hizo que diese un respingo. No necesitaba más ruidos.

Llegamos al carrusel.

Lo rodeé mientras buscaba algo con el «cabello blanco».

Miré las figuras. Caballos, coches, leones. Caras pintadas, algunas con la pintura levantada. Ojos redondos que miraban a la nada. Me arriesgué a encender la linterna unos instantes tapándola con la mano. Necesitaba ver los colores. Pelajes negros, marrones, dorados… y, al fin, cabellos blancos.

Allí estaba. Un caballo con la crin blanca, sucia de polvo pero blanca. No había otro igual.

—Tiene que ser ese —murmuré.

Cleo asintió. Julius, todavía en su hombro, pareció estar también de acuerdo, porque soltó un bufido suave.

Me agaché junto al caballo. Pasé los dedos por la madera y fui a ciegas, buscando una pista con las yemas: un borde, una tapa, un tornillo distinto…, cualquier cosa. Recorrí el lomo, justo donde la barra lo atravesaba de arriba abajo. Bajé a la barriga y lo encontré.

—Aquí —susurré.

Metí la uña. Nada. Probé con más fuerza. La uña se me dobló y me dolió un montón.

—Genial.

Cleo miró alrededor.

—Viene alguien —avisó.

Se me paró el pulso.

—¿Por dónde?

—Por la derecha. Una linterna.

Apagué la mía a toda velocidad.

Un haz de luz se movió entre los árboles de hierro del parque, pegado al suelo. Un paseo rutinario. Pero el paseo iba directo hacia donde nosotros estábamos.

Me pegué al caballo, intentando hacerme pequeña. El carrusel no ofrecía un buen escondite. Sólo columnas y figuras.