No entres al parque (Misterio S.A. 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Capítulo

L a noche no se acabó cuando dejamos el parque atrás. Se vino con nosotros, pegada a nuestras suelas. Notaba el sobre en el bolsillo con aquella carta dentro que me pedía atención.

Cleo no paraba de hablar.

Iba a mi lado, a dos palmos del suelo, con la emoción pintada en la cara. Se le notaba la alegría hasta en las cejas. Yo, en cambio, caminaba rápido por el asfalto agrietado, los hombros tensos y el corazón aún en modo acelerado.

—¿Has visto su cara? —dijo por quinta vez—. La luz verde, el walkie… y de pronto suelto lo de «Todas las unidades al parque». Casi se cae de culo.

—Cleo, que casi me mata —le respondí.

—Eso le da más épica —insistió—. Admítelo: ha estado guapísimo.

—¿Guapísimo? Ha estado peligrosísimo —bufé.

—¿Desde cuándo eres tú la persona más prudente del mundo?

En eso tenía razón, así que no contesté.

La mansión de los Van der Haas se veía a lo lejos, enorme, callada, con esa presencia de lugar imponente que siempre te ignora, pero tú te encoges igual en su presencia.

La casita del jardinero, en cambio, apareció al final del sendero, de piedra, con el tejado inclinado y una luz tibia detrás de las ventanas pequeñas.

Abrí la puerta y entré sin hacer ruido.

En casa olía a madera y a jabón. El tictac del reloj se clavó en el aire y, por una vez, ese sonido me calmó. Agradecí aquel pedacito de normalidad.

Papá no estaba en casa. Casi con total seguridad seguiría en el hospital, con su compañero.

Subí a mi dormitorio en el ático, saqué a Julius de la bandolera, dejé el sobre en el escritorio y me senté delante.

Lo coloqué en el centro. No era un simple trozo de papel. Desde que investigaba cosas, me había dado cuenta de que los objetos, muchas veces, no eran sólo lo que aparentaban ser. A veces eran pistas. Y aquel sobre tenía toda la pinta de ser una. Y de las buenas.

Cleo se inclinó por encima de mi hombro y acercó la nariz al sobre.

—Ábrelo.

—Voy.

—Ahora.

—Que sí, que yaaa —alargué mucho la a. Mi paciencia estaba al límite.

Mi mano quedó suspendida sobre el papel unos instantes. Tenía dudas.

Si lo leía de nuevo, sabía que no habría vuelta atrás.

Y papá se estaba jugando mucho.

Inhalé aire hasta que se me llenaron los pulmones y se me hincharon los carrillos.

Lo exhalé y acepté lo evidente: iba a investigar y ya solucionaría lo que viniese. Si es que tenía solución. Pero no iba a permitir que mi padre cargase con las culpas sólo porque a otros les conviniese.

Abrí el sobre y extraje el contenido: una cinta y un papel doblado.

La cinta era de esas anchas y suaves, de las que se usan para envolver regalos caros. Era de un color azul turquesa que casi tiraba al verde agua. Limpio y luminoso.

La giré y en uno de los bordes vi un tres, escrito con rotulador. La tinta se había corrido, absorbida por las fibras, pero el número seguía siendo legible.

Lo observé.

Estaba segura de que ese tres no estaba ahí por accidente.

—¿Eso es un tres? —preguntó Cleo por encima de mi hombro.

—¿Tú qué crees? —espeté.

—Perdón… No lo veía bien —se disculpó avergonzado y dio un paso atrás.

Me había pasado.

Me había pasado muchísimo. No tenía culpa de nada y lo estaba pagando con él.

—No, soy yo quien lo siente… He sido muy borde. No tendría que haberte hablado así.

—No te preocupes, todo está guay entre nosotros. —Apoyó una mano helada sobre mi hombro—. Estás nerviosa por lo de tu padre y lo del trasgo ese… Es normal.

Sonreí, aunque sé que no fue una de mis mejores sonrisas.

Puse la cinta al lado del papel y desplegué la nota. La alisé con la palma de la mano. Parecía una carta normal, pero algo en el texto me chirrió antes incluso de leerlo, del mismo modo que una puerta vieja te avisa antes de que intentes abrirla.

Leí en voz alta:

Si estás leyendo esto es que estoy muerto

Yo c reí que tendríamos más tiempo para hablar

largo y tendido.

La a mbición puede que nos perdiese, pe r o

estamos pagando el precio.

1 p r ecio muy alto

Y t ú saldrás y tendrás una vida.

Yo s oy el que no ganó nada.

Y t e pido que la vivas.

Ya l ejos de ti se despide,

A.

Busca el que tiene el cabello blanco.

Cuando terminé, el ático se quedó en silencio.

Cleo frunció el ceño.

—Qué fuerte. Eso suena a… a despedida chunga.

—Y rara. También es muy rara —dije.

—¿Por qué? —quiso saber Cleo.

—No sé. —Me encogí de hombros—. Está todo escrito más o menos normal y, de repente, aquí hay un 1. Y la manera de expresarse es rara.

Cleo acercó la cara al papel todavía más. Le brillaban los ojos.

—Crees que es un código —dijo—. Y, para que lo sepas, no lo estoy preguntando, lo estoy afirmando.

Asentí.

El mensaje tenía errores y expresiones muy forzadas. Allí había algo más y los dos estábamos seguros de ello.

Puse la cinta azul al lado del texto otra vez. El tres me miró desde la tela con descaro.

—La clave es esto —afirmé con unos golpecitos sobre el número—. Si no fuera importante, no lo habrían escrito en la cinta.

—Vale. —Cleo se frotó las manos y el azul de su silueta se intensificó—. Primer intento: leemos sólo las cosas raras.

—Las cosas raras son todo el mensaje.

—Vale, pues probemos lo obvio, la tercera frase o la tercera palabra de cada frase o la tercera letra de cada palabra y cosas así…

Probé todo lo que sugirió Cleo y nada de nada. Lo único que obtuvimos fueron galimatías sin sentido. El papel se reía de nosotros.

—Me recuerda a cuando intentaba pillar el final secreto de un videojuego —comentó retirándose el flequillo de los ojos—. Tenías que hacer mil cosas absurdas. Saltar tres veces, hablar con un NPC , tirar una piedra…, y te salía una escena. Esto es más o menos eso.

—¿Había videojuegos en los noventa?

Cleo me miró poniendo los ojos en blanco.

—¿En serio, Claudia? ¿En serio? —resopló y empezó a caminar a grandes zancadas por la habitación—. ¡Pues claro que había! ¡Son los noventa, no la prehistoria! —exclamó alzando los brazos.

—Ya… Bueno…, para mí sí es la prehistoria. —Me reí.

Cleo se detuvo sin previo aviso. Miró al techo y se llevó una mano a la frente.

—Cómo no se me había ocurrido… —murmuró acercándose de nuevo a la carta—. ¿Cómo no se me había ocurrido? —repitió cogiéndola entre las manos, algo a lo que todavía no me había acostumbrado.

—¿Qué? —pregunté.

—¡Trevanion! —exclamó y volvió a apoyar el papel en la mesa.

—Trevanion —repetí. Me sonaba el nombre, pero no recordaba de qué—. ¿Eso es un pokémon?

—No sé qué es un pokémon. ¿Es un código? —preguntó sin separar los ojos de la carta.

—No. Es… —Suspiré y me rendí antes de empezar a explicárselo—. Nada, no es nada. No te preocupes.

—Vale… —asintió. Pero yo sabía que no me estaba escuchando.

Saqué el móvil y tecleé «Trevanion» en el buscador. Leí uno de los resultados. Uno que me pareció que tenía sentido en nuestro contexto.

El código Trevanion es un método de esteganografía que consiste en ocultar un mensaje utilizando la posición de los signos de puntuación dentro de un texto.

Solución aquí

Vale, en la criptografía, el mensaje se ve, pero no se entiende. En la esteganografía, el mensaje no se ve. Está camuflado dentro de otro mensaje que parece normal.

Efectivamente, no era la primera vez que escuchaba ese nombre.

—Ah, creo que ya sé a qué te refieres. Leí un libro en el que se mencionaba ese código.

—¿Cuándo? —Ahora, sí, Cleo me miró.

—Papá tenía un libro con códigos y cifrados. Me lo leí un verano, hace mucho, por aburrimiento.

—Me flipa que te aburras y te leas eso —dijo Cleo—. Yo me aburría y llamaba a alguien para salir. O ponía la MTV .

—No sé qué es la MTV .

Cleo abrió la boca escandalizado.

—¡No puede ser! Esto sí que da miedo. Clau, es cultura.

—Yo tengo cultura —protesté—. He leído a Shakespeare.

—Eso es un castigo, no cultura.

Busqué « MTV » en el móvil.

Vale. Era una cadena de televisión con vídeos musicales.

Cleo se quedó mirando la pantalla con fascinación.

—Sigo alucinando con esto —dijo—. En mi época, si querías saber algo, ibas a una biblioteca y te tragabas cinco libros. O preguntabas a alguien. Con ese cacharro… te sale en dos segundos.

—¿Podemos centrarnos? —pregunté. Intenté que el tono me saliera serio, pero en realidad me lo estaba pasando muy bien.

—Sí, sí, claro —replicó Cleo volviendo a prestar atención a la carta.

—Según tú, esto es un cifrado Trevanion, ¿no? —Asintió. Yo cogí la cinta—. Y aquí pone un tres. —Volvió a asentir—. Entonces, lo que tenemos que hacer es buscar la tercera letra detrás de cada signo de puntuación, ¿no?

—Eso es —confirmó Cleo.

Nos pusimos a la tarea.

Fui frase por frase, contando con el dedo. Saqué letras. Las fui apuntando en mi libreta. Sin leer el contenido, sólo contando y apuntando. Uno, dos, tres, letra.

Cuando terminé, miré la fila de letras sueltas.

Al principio parecían migas.

Las escribí juntas.

Y la palabra apareció clara, sin dudas: carrusel .

—Carrusel —dije.

Cleo repitió la palabra en un susurro, con una voz que no le había oído antes.

—Carrusel…

—Esto significa volver al parque.

—Esto significa volver a lo mejor del parque —corrigió él, con una sonrisa rápida—. El carrusel es lo más genial que existe.

—El carrusel es para niños pequeños.

—Ya, pero siempre había música.

Volví al papel. Busqué más.

Y entonces vi una línea al final, separada del resto. Muy pequeña. Una posdata.

La leí: «Busca el que tiene el cabello blanco».

El aire se me quedó atascado en la garganta.

—¿Cabello blanco? —dijo Cleo.

—Eso pone.

Mi mente lanzó ideas con rapidez.

Un muñeco del carrusel con pelo pintado.

Un caballo concreto.

Un personaje del parque.

Un empleado.

Un anciano.

A saber.

Aunque esperaba que la posdata no se refiriese a una persona, porque entonces habríamos acabado antes de empezar.

En el parque no quedaba nadie.

Excepto el trasgo, claro.

Doblé la nota, metí el papel y la cinta en el sobre y lo guardé en mi bandolera. Lancé una mirada a mi corcho de pistas, donde destacaba la página de periódico con el titular de la reapertura del parque. Aquel sobre se le uniría pronto, pero antes tenía que enseñárselo a alguien.

Me tumbé sin quitarme del todo la tensión del cuerpo y Julius se subió y se acurrucó a mi lado.

El carrusel giraba en mi cabeza.

Aquella noche dormí poco.

A la mañana siguiente el cielo se levantó gris. Olía a tormenta de verano.

Me vestí rápido. Desayuné a medias. Papá había vuelto durante la noche, pero no lo quise despertar. Le dejé una nota: «Vuelvo a la hora de comer».

—Vamos, Julius. —El hurón se me acercó—. ¿Quieres ir a pie o en la bolsa?

Me agaché y abrí la bandolera. Julius la ignoró y se acercó a la puerta.

Ahí tenía mi respuesta.

Desde luego, el pequeño traidor se hacía entender.

Cuando salí al jardín, Cleo ya me esperaba, impaciente.

—¿Vamos a volver ya al parque? —preguntó.

Se agachó y Julius le trepó por el brazo hasta acomodarse en sus hombros.

—No. Antes vamos a ver a Emilio —expliqué a la vez que cogía al hurón y lo apoyaba en mi hombro—. No creo que sea buena idea ir de día al parque.

Julius adoraba a Cleo, pero, teniendo en cuenta que nadie más que yo podía ver a mi amigo, lo más sensato era evitar hurones voladores por las calles de Santa Muerta. El animal se acomodó junto a mi cuello con un bufido satisfecho.

Fuimos hasta el local de Emilio. El olor a café y pan caliente me acarició la cara nada más abrir la puerta.

Emilio estaba tras la barra, serio, con la mirada afilada. Había unos cuantos clientes en las mesas junto a las estanterías.

—Vienes con cara de no haber dormido —comentó mientras le servía un café a una mujer. Ella lo cogió, pagó y abandonó el local.

—He dormido —afirmé cuando la puerta se cerró tras ella.

—Por tu cara, se diría que, como mucho, diez minutos.

Saqué el sobre y lo puse sobre la barra.

—Necesito que veas esto.

Emilio no tocó el sobre al instante. Primero lo miró. Ese gesto me gustó. La gente que no se lanza suele durar más. También suele darse cuenta de más cosas.

Saqué la cinta azul con el 3. Luego la carta y el papel donde había escrito la palabra oculta.

—La carta tenía cifrada la palabra «carrusel».

Emilio levantó la vista.

—¿Y eso?

—Lo saqué gracias al tres. Se me ocurrió que podía ser un Trevanion.

—Bien —dijo él sin preguntar qué era un Trevanion. A veces su pasado como detective se le escapaba sin necesidad de decir nada—. ¿Qué más?

Le señalé la posdata.

—«Busca el que tiene el cabello blanco».

Emilio se quedó un segundo quieto.

—Hasta que no vayas, no sabrás qué significa.

Blackwood miró de nuevo la cinta azul. Sus ojos se estrecharon.

—Esa cinta… —murmuró.

—¿La reconoces?

Emilio asintió.

—Sí. Es de una joyería muy famosa en la ciudad: Fittanny’s. Solía pasar por delante cuando vivía allí, antes de volver a Santa Muerta. Ese color turquesa es exclusivo de esa joyería.

Me recorrió un escalofrío seco. Ahí había un hilo del que tirar, pero había cosas más urgentes.

Hice una nota mental para investigar la joyería en otro momento.

—Entonces quien dejó esto… tenía acceso a esa joyería.

—O la robó —dijo Emilio—. O trabaja allí. O trabaja para alguien que compra allí. Hay muchas explicaciones. Tal vez sólo escribieron ese número en lo primero que pillaron.

Cleo soltó un silbido suave.

—Tenemos que investigarla —dijo Cleo a mi lado.

Yo no miré a Cleo. Miré a Emilio.

—Vamos a volver al parque. Al carrusel.

Emilio me sostuvo la mirada.

—Ve con cuidado.

—Eso intento.

—Si necesitas algo… —Sacó el walkie de debajo del mostrador y me lo enseñó—. Ya sabes, estoy aquí.

Asentí en silencio. Con Emilio no eran necesarias muchas palabras para que nos entendiésemos. Guardé de nuevo todo en la bandolera.

—Vuelvo al parque —repetí—. Busco el carrusel. Busco lo que sea que tenga el cabello blanco y listo.

Emilio apoyó una mano sobre la barra.

—Y si ves algo raro, te largas.

—En esta isla, «algo raro» es lo más normal —dije.

Emilio no sonrió.

—Claudia… —advirtió.

Salí del local al cielo lleno de nubes oscuras. Comenzaba a lloviznar, pero eso no me iba a detener.

Cleo se deslizaba a mi lado con la emoción en la cara otra vez.

—Entonces, vamos… —dijo casi cantándolo.

—Al carrusel —terminé.

Esa palabra dejó de ser una pista y se convirtió en una dirección.

Una dirección que nos devolvía al mismo lugar del que apenas habíamos podido escapar la noche anterior.

No me hacía especial gracia, pero era nuestro siguiente paso.