Capítulo 4 #3
—Vale, a ver… No quieren saber qué pasó. Les da igual. Lo único que quieren es seguir adelante con las obras. No quieren titulares, dijeron que era malo para el parque. —Hizo una mueca—. Y también dijeron tu nombre. Ese policía te conoce, sabe que puedes dar problemas, así que pretenden anularte.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—Anularme…
—Sí. Lo dijeron así. Si empiezas a remover las cosas, dijeron que harán público el problema de tu padre… Lo siento.
—Perfecto —murmuré—. Estoy en la lista de cosas que les estorban.
Cleo intentó sonreír, pero no le salió muy bien.
Apreté el walkie entre las manos. Sentí el plástico frío y el peso.
—¿Qué vamos a hacer?
—Tal vez lo único que podemos hacer… —suspiré—. Estarnos quietos.
Tenía que pensar en papá. Y lo último que necesitaba era que toda Santa Muerta se enterase de su problema.
Ahora era sólo un rumor.
Y era mejor que siguiese siendo eso, un simple rumor.
No quería que mi padre perdiese también su trabajo como jardinero de los Van der Haas.
Analicé lo que sabía: Dan había tenido un accidente; no había visto nada, pero había escuchado pasos, lo cual indicaba que había alguien más en la noria con él.
Mi padre sí había visto a alguien. O algo.
La pregunta era: si Dan no había visto a nadie, ¿por qué había subido a la noria?
La lógica me decía que el compañero de papá mentía porque estaba asustado.
Los responsables del parque querían cerrar el caso cuanto antes diciendo que había sido un simple accidente.
Si Dan les contradecía, no cobraría el seguro, así que el compañero de mi padre había decidido mantener el pico cerrado.
Y en medio de todo, papá.
Un hombre que no contaba con demasiados amigos en Santa Muerta porque acababa de llegar a la isla y, además, tenía un problema con el alcohol.
El culpable perfecto.
Salí del baño y fui a despedirme de Emilio. Abrí la bandolera y Julius se metió en ella con un salto.
Cuando salí del café, las calles ya estaban desiertas y las farolas parpadeaban con desgana.
Metí el walkie, que todavía llevaba en la mano, en la bandolera.
—Julius, no lo muerdas —avisé.
Al doblar la esquina, vi a una chica. Tendría unos catorce o quince años. Llevaba el pelo recogido en una coleta mal hecha y la cara marcada por haber llorado. Algo me dijo que había estado esperándome.
Me miró de frente. No había curiosidad en su rostro, sólo había urgencia.
—¿Claudia? —preguntó dando un par de pasos en mi dirección.
Me detuve.
—¿Sí? —pregunté más que confirmé.
Ella respiró hondo y caminó hasta detenerse delante de mí.
—Soy Cris —se presentó—. La hija de Dan.
Noté cómo se me tensaban los hombros.
—¿Qué haces aquí?
Ella apretó los labios. Le temblaban un poco las manos.
—Vengo del hospital. He oído cosas. El policía ese y la mujer, la jefa, creo que van a culpar a mi padre… y al tuyo… Despedirán a ambos y papá no cobrará el seguro…
Mi corazón dio un golpe.
—Vaya —comentó Cleo a mi lado—. Parece que Mercier y Roche van deprisa.
—No pueden hacer eso —dije, pero mi voz no sonó convencida—. No si…
Iba a decir que no podían si los dos hacían lo que les decían, pero no me dio tiempo.
—No seas tonta, claro que pueden —me interrumpió Cris, y la rabia le encendió los ojos—.
Mi padre me ha dicho que lo único que quieren es evitar que paren las obras.
Que el proyecto siga adelante. Caiga quien caiga.
Y han decidido que quienes van a caer son tu padre y el mío. Dirán que fue una negligencia.
Se acercó un poco más, como si lo que iba a decir a continuación fuera un secreto.
—Dicen que tú… que tú investigas cosas. Que eres… detective.
Casi me dio risa. Casi. Porque en su cara no había nada gracioso.
—A veces —admití.
—Entonces hazlo —ordenó ella, y las palabras le salieron atropelladas—. Investiga. Averigua qué pasó. Porque si no lo haces tú, nadie lo hará. Y nuestros padres… —le tembló la voz— no pueden ser quienes paguen.
Recordé la sonrisa de Diana Roche y la calma de Mercier.
Y, de golpe, lo vi claro: primero accidente y, para evitar que paralizasen las obras, pasarían de inmediato a negligencia. No querían la verdad; querían culpables y seguir con sus vidas.
Cris esperó.
Alcé la mirada hasta encontrar sus ojos.
—Vale —acepté.
Fue una palabra pequeña, pero me supo a decisión grande. Enorme.
Estarnos quietos ya no era una opción. Iba a averiguar qué había pasado de verdad. No iba a permitir que hundiesen a dos hombres inocentes.
Y menos si uno de ellos era mi padre.
Cris cerró los ojos un instante y exhaló el aire que había estado conteniendo en los pulmones.
—Gracias —susurró.
Se alejó a toda velocidad. Tal vez de regreso al hospital.
Yo me quedé allí, en la acera, con la noche entera por delante.
Cleo estaba a mi lado, a dos palmos del suelo —no tenía ningún respeto por las más básicas leyes de la física—, con una sonrisa de medio lado.
—Bueno —dijo—. Parece que tenemos un nuevo caso.
—Sí —resoplé, y miré hacia donde sabía que se encontraba el parque—. Y parece que no podemos perder ni un minuto.
Si había una respuesta, iba a tener que dar con ella yo misma.
Esa misma noche fuimos al parque.
Y así fue como nos topamos con el trasgo… y encontré aquel sobre.