Capítulo 4 #2
Mi padre rio. Fue una risa seca, casi sin ganas.
—Me has dado un susto de muerte.
—¿Y mi hija?
—Está de camino, no te preocupes. Todo está bien. —Hizo una pausa—. ¿Qué viste? ¿Viste algo allá arriba?
—No. No vi nada ni a nadie. —Mi padre se tensó—. Lo mismo me preguntaron Mercier y Diana Roche.
—Sé lo que vi —se quejó mi padre, pero la duda se filtró entre sus palabras.
Dan levantó la mano con esfuerzo.
—No digo que te lo inventes, Robert. Digo que… yo no vi ninguna figura. Ni ningún… trasgo. Lo que noté fue un tirón. En la traviesa. Como si algo… —hizo un gesto con los dedos en el aire— como si algo se hubiera movido.
—¿Un tirón? —repetí.
—Sí. Y… pasos. Cerca. No vi a nadie, pero escuché pasos. Y luego un golpe metálico, me pareció que alguien golpeaba con una barra. Y después, cuando intenté mirar en esa dirección…, perdí el equilibrio.
Mi padre se quedó inmóvil. Su ánimo se desinfló en silencio.
Dan respiró hondo.
—Lo siento, Robert —añadió con algo parecido a la culpa tiñendo su voz—. Sé que tú crees que lo viste. Pero… yo creo que alguien tocó algo.
Ese «alguien» quedó flotando en la habitación.
Al salir, mi padre parecía diez años más viejo.
—¿Ves? —murmuró, casi para sí—. Me van a tomar por loco.
Yo iba a decirle que no. Iba a decirle que su miedo era comprensible. Pero entonces apareció Mercier.
Llegó ocupándolo todo, llenaba el espacio con su presencia.
Era un hombre grande. En todos los aspectos.
Era alto y redondo. El pelo —el que le quedaba, que no era mucho— estaba salpicado de canas en las sienes.
Su piel rosada habría recordado a la de un bebé de no ser por las venitas que se le extendían por la nariz y por las mejillas como pequeñas telarañas rojas.
El policía se situó a mi lado y apoyó una mano en mi hombro.
—Tú debes de ser Claudia —dijo. Mi nombre me sonó a advertencia en su boca—. Ya me han hablado de ti, tienes cierta tendencia a meter la nariz donde nadie te llama.
—Si por meter la nariz se refiere a resolver un crimen que la policía no pudo resolver en su día, entonces sí.
Después de haber puesto punto y final al caso de la médium desaparecida, no pensaba permitir que me hablase así. Al fin y al cabo, de no ser por mí, todavía habría un asesino suelto en Santa Muerta.
Las mejillas redondas y abundantes de Mercier pasaron del rosa al rojo intenso en un instante.
—Claudia… —me recriminó mi padre sin mucho entusiasmo.
El policía resopló. A continuación, miró hacia la puerta de la habitación de Dan, luego a mi padre y después volvió a mí.
—Entiendo que ha sido un susto —dijo con calma—, pero conviene medir lo que se dice.
—¿Lo que se dice? —pregunté, y mi voz sonó más afilada de lo que quería.
Mercier no parpadeó.
—Si tu padre y su compañero estaban en una zona indebida, se puede considerar negligencia. Y si además aparece un relato… peculiar…, la aseguradora puede considerar que hay fraude. Y más cuando… —Hizo el gesto de llevarse un vaso a los labios—. Ya sabes.
Mi padre apretó la mandíbula cuando escuchó las palabras negligencia y fraude, pero no dijo nada.
—¿Nos está amenazando? —pregunté. Aunque estaba claro que sí.
—Os estoy informando de cómo funciona el mundo cuando hay dinero de por medio.
Por el pasillo se aproximaba Diana Roche con una botella de agua en la mano que le ofreció a papá con amabilidad, pero a mí no me engañaba. A veces la amabilidad es el disfraz favorito de la gente que quiere hacerte daño. A su lado estaba Max, de nuevo; miraba alrededor nervioso.
—¿Y tú quién eres? —Me sonrió con dientes perfectos, aunque la sonrisa no alcanzó sus ojos.
—Claudia —repliqué.
—Bueno, pues encantada, Claudia. Yo soy Diana, la jefa de tu padre. —Me tendió la mano, y yo, más por educación que por otra cosa, se la estreché—. Y este es Max, mi socio en el parque.
El hombre también me estrechó la mano, pero fue un apretón débil. Inseguro.
No me gustaba esa mujer. Había algo falso en ella. Además, me ponía muy nerviosa que me hablase como si yo tuviese cinco años. Eso y que, a pesar de la amabilidad y las sonrisas, en su voz había un filo amenazante que me hizo entre poca y ninguna gracia.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Parece ser que tu padre y Dan han tenido un accidente —explicó sin dejar de sonreír—.
Estamos intentando averiguar qué ha sucedido exactamente, porque tu padre nos ha contado algo muy extraño…
Algo sobre un trasgo o algo así… Y no nos convienen cosas raras nada más comenzar las obras, ¿no crees, Claudia?
Y menos cuando tu padre tiene cierto «problema». —Escuché las comillas en su frase.
Y traduje el significado de lo que acababa de decir: sabía que papá bebía y pensaba utilizarlo en su contra si no hacíamos lo que nos dijesen.
Clavé los ojos en ella.
Noté cómo se me calentaban las orejas.
La rabia y el miedo empezaron a correr por mis venas y tuve que obligarme a contenerlas. Juntas hacen que diga estupideces, así que lo mejor era tragarme la respuesta cortante que se había empezado a formar en mi lengua.
Sonreí lo justo para que pareciera educación y me di media vuelta.
Mi padre me siguió en silencio y sólo cuando estuvimos lejos murmuró:
—No quiero problemas.
«Ya los tenemos», pensé, pero no se lo dije.
Dejé a papá en la habitación con su compañero y corrí por las calles hasta el Tazas y Misterios. Tenía que hablar con Emilio, él sabría qué tenía que hacer.
Cuando llegué, el café estaba ya cerrado, pero sabía que Emilio estaría o en la cocina —en la parte trasera del local— o en el piso de arriba, donde vivía, así que rodeé el edificio y me acerqué a la puerta de atrás.
Cuando por fin me abrió —tras llamar con demasiada insistencia—, me dejó pasar sin preguntas.
Me senté en un taburete junto a la zona en la que el pastelero había estado probando una nueva receta. En la estancia flotaba un aroma a caramelo y naranja, dulce y reconfortante.
No había cenado y me gruñeron las tripas.
—¿Has traído un oso contigo? —preguntó Emilio.
—Lo que traigo es a Julius, como siempre. —Dejé salir al hurón de la bandolera—. Y un hambre que me muero, eso también.
Cortó un pedazo de tarta y lo puso en un plato junto con una cucharilla. También me sirvió un vaso de leche.
—Si cuando lo acabes quieres otro, hay más. Siento no tener nada más saludable.
—Yo no —repliqué con la boca llena de tarta.
Cuando acabé, le puse al corriente de todo lo que había sucedido en el hospital. Del relato de mi padre; del de Dan, su compañero; de las amenazas veladas —y no tan veladas— de Mercier y Diana Roche. De todo.
Emilio se limitó a escuchar, a archivar los datos en ese cerebro de investigador que tenía.
—¿Y qué vas a hacer? —quiso saber cuando puse punto y final con un suspiro—. Porque sé que vas a hacer algo, Claudia. Y puede que no sea tu mejor idea.
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. No sé si puedo hacer algo. Ni siquiera sé si creo a mi padre —confesé en voz baja.
—Piensas que… Ya sabes.
—¿Que había bebido? —formulé la pregunta que no se había atrevido a hacer. Él asintió. Lo medité un instante—. No, no lo creo —dije por fin—. Es verdad que papá no suele beber cuando va al trabajo. Es algo que hace por las noches.
—Si vas a meterte en esto…, y sé que por mucho que te diga que no lo hagas, lo vas a hacer —continuó, apoyando los codos en la barra—, lo harás con método.
—¿Método? —repetí.
Emilio se puso en plan manual de instrucciones.
—Hechos y suposiciones —enumeró con los dedos—. Lo que veas y lo que creas. Lo que oigas y lo que te cuenten. Y una regla: no te dejes arrastrar por lo primero que encaje.
Emilio se dirigió a un armario, rebuscó en su interior y sacó un par de walkie-talkies viejos. Eran de esos grandes, pesados. De los que pueden sobrevivir a un apocalipsis.
—Toma —dijo—. Esto aún funciona. Más o menos. Si vas a investigar un parque en obras, lo mejor que puedo hacer es ayudarte, aunque sea a distancia. —Señaló sus piernas, haciendo referencia a su cojera.
Lo miré sorprendida.
—¿Me estás dando un walkie?
—Te lo estoy prestando —corrigió—. Ya me lo devolverás… Y ten mucho cuidado.
Vi a Cleo atravesando la puerta por la que yo había entrado en la cocina. Su gesto me indicó que pasaba algo.
—Voy al baño —anuncié poniéndome en pie.
—Ya sabes dónde es.
Le hice una señal a Cleo con la cabeza para que me siguiese.
—Tengo que contarte algo —dijo Cleo en el pasillo de los aseos.
—Espera —susurré.
Nos encerramos en el baño.
—¿Qué pasa? —cuchicheé. No quería que Emilio me oyese hablar allí dentro.
—He estado en el parque y después en el hospital.
Me tensé.
—¿En el hospital?
Asintió.
—He oído a la mujer esa…
—Diana Roche.
—Esa… y al poli y a otro hombre hablando en la cafetería. Y no te va a gustar lo que he oído…
—Dispara —pedí resignada.