Capítulo 4
Capítulo
E l primer día de obras tendría que haber sido un espectáculo. En Santa Muerta, ante la reapertura de un parque de atracciones abandonado —y, según todos, encantado—, lo normal habría sido que, ya puestos, algunos se organizaran para sacar tajada del miedo.
Me extrañó que no hubieran instalado ya tres carpas a la entrada para que los trabajadores limpiasen sus energías y, de paso, se llevasen un par de velas aromáticas y un amuleto protector.
Pero no.
Ese día, por una vez, parecía que el parque estaba siendo tratado como lo que era: chatarra. Obra. Andamios. Planos. Unas personas con cascos y otras con carpetas.
El periódico local se había hecho eco del comienzo de la remodelación sin incluir ningún tipo de aviso esotérico en plan «Hay que dejar descansar lo que está dormido» o alguna tontería así.
Algo me decía que la empresa constructora había dado instrucciones claras sobre lo que se podía y lo que no se podía publicar, aunque tampoco tenía manera de probarlo.
Y no es que tuviese ningún interés por hacerlo, ya que nos poníamos.
Lo cierto era que, tras el día del anuncio, me daba bastante igual lo que sucediese en las obras, lo único que me preocupaba era que mi padre trabajase en ellas.
Comenzaba a anochecer y papá hacía ya un rato que se había ido al parque.
Cleo y yo estábamos en mi habitación.
Él, tirado bocabajo sobre la alfombra —aunque flotaba un poco por encima de ella—; y yo, sentada en la cama. Leíamos cómics. Yo, uno de mis favoritos, uno en el que Batman resolvía casos de misterio. Era superantiguo, pero a mí me encantaba.
Cuando me dio hambre, bajé a la cocina. Mi padre me había dejado la cena en el horno. Sólo necesitaba calentarla…, cosa que, por supuesto, no hice. Soy de esas personas a las que cuando les da hambre, les da MUCHA hambre.
Encendí la televisión con el mando, no porque yo fuese mucho de ver la tele, que no lo era, pero a papá le gustaba cenar con el murmullo de las noticias de fondo y ponerlas ya era un acto mecánico para mí. Como una especie de ritual que se repetía noche tras noche.
Me senté a la mesa y empecé a zampar como si llevase dieciocho días sin comer. Cleo se había acomodado en una silla frente a mí y me observaba con algo muy parecido a la envidia en su rostro.
Lo entendía. Creo que, si estuviese muerta, lo que más echaría de menos sería comer.
Y a papá.
Y a Glenda y a Laura, claro.
Y a mi amigo Emilio, el dueño de mi café favorito del universo… Y sus batidos de vainilla, ya que nos poníamos.
En fin, si estuviese muerta iba a echar de menos un montón de cosas.
Sacudí la cabeza y seguí disfrutando de mi cena.
Poco después, Cleo cogió el mando del televisor —con alguna dificultad, aunque cada vez era más sencillo para él— y subió el volumen.
—¿Ese no es tu padre? —preguntó señalando la pantalla.
Separé la mirada del plato casi con fastidio. Cleo tenía que estar equivocado. No podía imaginarme qué podría pintar mi padre en las noticias.
Casi me atraganté con la cena cuando vi que Cleo tenía razón.
Ahí estaba mi padre, en la pantalla, con un micrófono que parecía un cucurucho de helado de un rojo vibrante delante. Hablando.
En una tira del mismo color que el micrófono, situada en la parte baja de la pantalla se leía lo siguiente:
exclusiva santa muerta tv: accidente el primer día de obras
Se me cayeron los cubiertos de las manos. Chocaron contra el plato con un repiqueteo de porcelana y metal estridente y molesto, pero apenas lo escuché. Buscaba mi móvil con desesperación.
Intenté marcar el teléfono de papá, pero el temblor me lo impidió. La escena se repitió un par de veces. Estaba tan nerviosa que era incapaz de marcar.
—Si dejas el teléfono en la mesa —pidió Cleo con voz tranquila, casi un murmullo—, creo que podré ayudarte.
Hice lo que me había pedido. Él se inclinó sobre el teléfono y comenzó a pulsar teclas en la pantalla. Durante todo el proceso tuvo el ceño fruncido y los ojos entrecerrados.
Por fin escuché el tono de llamada. Le lancé una mirada de agradecimiento a mi amigo y él me devolvió una sonrisa satisfecha.
La llamada se cortó sin que mi padre contestara.
Apreté la rellamada y esperé de nuevo.
A la tercera, descolgó.
—¿Papá? —pregunté antes siquiera de que él pudiese decir nada.
Al otro lado no hubo saludo. Sólo su respiración agitada.
—Papá, ¡no me cuelgues! Ni se te ocurra colgarme —avisé—. ¿Estás bien? He visto las noticias.
—Claudia… —dijo tras una pausa. Su ansiedad se me contagió a través de la línea. Apreté el móvil con fuerza—. Ha pasado algo. En el parque.
—Lo sé, lo sé… ¿Qué… qué ha pasado? —balbuceé.
—Dan… Mi compañero… —Se oyó un murmullo de voces detrás de él, gritos y órdenes cruzadas—. Dan se ha caído. Desde la noria. Creo que se ha roto la pierna. No lo sé, no lo sé…
Yo me puse en pie sin darme cuenta.
—¿Estás con él?
Yo ya subía a mi habitación a por la chaqueta.
—Sí. Viene una ambulancia. Está todo lleno de gente. La señora Roche está aquí. Mercier también. Y… —Mi padre bajó la voz—. Claudia, yo he visto… He visto algo.
Cerré los ojos un segundo.
—Papá, ¿qué…?
—Una luz —insistió, atropellándose—. Verde. Y una figura extraña. Se movía de una manera peculiar. Parecía un trasgo o algo así… Hija, te digo la verdad… Y luego… el golpe… y Dan…
Su voz se quebró. A mi padre no se le quebraba la voz a menudo. Eso me asustó más que lo que me estaba contando.
—Escúchame —dije, obligándome a sonar estable—. ¿Vas a ir al hospital?
—Creo que sí… Voy a ir con él en la ambulancia.
—Vale. No cuelgues. Dime qué hospital es.
Cuando corté la llamada, miré un instante el cómic abierto sobre el suelo. Batman desenmascaraba al criminal. Yo, en cambio, tenía una sirena en la cabeza y la sensación de que alguien acababa de empujar el mundo fuera de su sitio.
Cleo ya estaba de pie y a mi lado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Un accidente en el parque —respondí mientras me ponía la chaqueta—. Me voy al hospital.
Cleo ya estaba atravesando la puerta. Yo le pisaba los talones.
—¿Tu padre está bien?
—Sí, es su compañero… Pero me dijo no sé qué de una luz verde y un trasgo… Cleo, ¿y si…? —Me detuve en lo alto de la escalera.
Mi amigo se giró a toda velocidad unos escalones más abajo.
—Ni se te ocurra terminar esa frase, Claudia —me interrumpió. Su gesto era serio. Mucho—. Vayamos al hospital y salgamos de dudas.
Bajé las escaleras sin pensar demasiado, porque cuando piensas demasiado, te haces preguntas que no quieres responder todavía.
El jardín aún conservaba la calidez del sol. La luz se retiraba y las sombras empezaban a derramarse sobre el césped y los setos. La temperatura hacía que el ocaso se quedase pegado a la piel. Era la clase de anochecer que debería venir con un helado, no con ambulancias.
De camino al hospital, Cleo apareció a mi lado y luego se desvaneció un par de veces, inquieto.
—Voy a acercarme —dijo de pronto.
—¿A dónde?
—Al parque —respondió—. Si tu padre dice que ha visto una luz verde…, quiero saber si la veo yo también.
—Cleo…
Pero ya se había ido.
Las puertas automáticas se abrieron y el hospital me tragó con su luz blanca. Julius se removió en la bandolera —sí, por supuesto que lo había llevado conmigo—. Avancé por los pasillos con las suelas de mis zapatillas rechinando contra el suelo pulido y brillante.
A lo lejos vi a Mercier.
Y si el policía estaba allí, mi padre no tenía que estar muy lejos.
Fui hacia él. Casi bloqueaba el pasillo con su cuerpo redondo e inmenso.
Intentó detenerme, pero aproveché una camilla que doblaba la esquina y me escurrí por el hueco.
Lo dejé girando detrás con la agilidad de un transatlántico.
Un par de pasillos más allá encontré a mi padre, en una silla de plástico.
Papá tenía las manos entrelazadas y no me miró hasta que estuve delante de él.
Cuando lo hizo, lo noté pequeño. Como encogido.
Mi padre siempre había sido un hombre grande, no de altura, sino de presencia.
Un excatedrático que hablaba de libros como si fueran personas.
Un jardinero que cuidaba plantas con ternura y dedicación.
Esa noche, sin embargo, parecía alguien que se hubiera quedado sin palabras. Sin motivos ni razones.
—Papá, ¿estás bien? —Me senté a su lado y lo abracé.
—Sí, cariño, yo sí…
—¿Cómo está tu compañero? —pregunté.
—Le han puesto calmantes —dijo mi padre, y su voz sonó ronca—. La pierna…, se ha roto la pierna. Dicen que… que tienen que operarle. La señora Roche y Mercier ya le han interrogado.
Se frotó la cara con las manos.
—Papá… —empecé, y él me miró como si ya supiera lo que iba a decir.
—No había bebido —dijo demasiado rápido.
Ahí estaba. La vergüenza antes que el miedo.
—No he dicho eso.
—Lo sé —susurró—. Pero ellos lo van a pensar. Todos lo van a pensar.
Me removí incómoda en la silla y ella protestó por mi peso.
—¿Qué pasó? —pregunté despacio—. Cuéntamelo. Con calma… Por teléfono no te he entendido muy bien.
Mi padre tragó saliva.
—Dan vio algo en la noria y quiso subir a comprobarlo. Intenté detenerlo, no me parecía buena idea… Es peligroso. Aun así, subió. Estaba revisando la traviesa cuando algo apareció a su espalda. Yo… yo estaba abajo. Y entonces… —cerró los ojos— entonces vi la luz.
—¿La luz verde?
Asintió.
—Y algo o a alguien. La forma no parecía humana. Más… —buscó la palabra y no la encontró— más bajo. Como si estuviera agachado, aunque sus piernas parecían normales. Se movía de una manera extraña. Encorvado, o tal vez tenía una joroba. No lo sé… Empujó a Dan…
Antes de que mi padre pudiera seguir, se acercó un enfermero y nos indicó la habitación de su compañero.
El hombre estaba con la pierna inmovilizada, la cara pálida y una bolsa de suero colgando como un adorno de navidad en un árbol de metal. Pero cuando nos vio, sus ojos se enfocaron. Y eso ya era algo.
—Robert —dijo, y su voz fue más fuerte de lo que esperaba.
—Estoy aquí —respondió mi padre.
Dan apretó los labios. Miró a mi padre y luego a mí.
—¿Cómo te encuentras? —quiso saber papá.
—Como si me hubiese caído desde un quinto… Pero podría haber sido peor.