Capítulo 3
Capítulo
L es di las gracias y me alejé con sus palabras todavía rebotándome en la cabeza.
No dijimos nada hasta que no las perdimos de vista.
—Vamos al Tazas y Misterios. Ahora.
Los ojos de Cleo se iluminaron.
—¿Batidos y tarta?
—Y ya que estamos, a ver si conseguimos algunas respuestas —añadí—. Pero esta vez, compórtate, por favor. No quiero que Emilio crea que estoy loca.
Cleo hizo el gesto de cerrarse la boca y tirar la llave.
—¿Le vas a decir en algún momento que existo?
—No lo sé, Cleo —suspiré—. Es que no es fácil explicarlo… Pero no creas que no lo he pensado.
Todavía no se me había olvidado la vez que había estado en la cafetería y Cleo me había hecho enfadar hasta que le grité… Y, claro, el señor Blackwood me miró como si me faltase un tornillo.
Pasé muchísima vergüenza.
No obstante, mi amigo tenía razón, tarde o temprano tendría que contarle a alguien que Cleo existía, y mi amigo y mentor, Emilio Blackwood, era el mejor candidato.
Laura y Glenda estaban descartadas, por lo menos hasta que no volviesen del campamento al que se habían ido desde que nos dieron las vacaciones de verano.
Papá… Bueno, me hubiese encantado contárselo, pero se preocuparía demasiado y le entristecería pensar que no estaba cuidándome bien. Y cuando papá se preocupaba y se ponía triste, bebía.
Bebía mucho.
Papá llevaba preocupado y triste desde que mamá había muerto.
Fue eso lo que hizo que perdiese su trabajo en la universidad y que tuviésemos que mudarnos a Santa Muerta. Aquí encontró un trabajo de jardinero en la mansión de los Van der Haas. Y, dado su estado, eso era lo mejor que le podía pasar… Por lo menos hasta que se recuperase y dejase el alcohol.
Yo me aferraba a la esperanza de que eso sucediese. A veces, es lo único que queda: esperanza. Aunque, hasta el momento, no había visto ninguna mejoría en él.
Cleo tarareaba una canción mientras yo caminaba. No sabía si lo hacía porque estaba contento o porque necesitaba llenar con ruido aquel silencio raro que se había instalado en el pueblo.
Empujé la puerta del café y me sumergí en mi sitio favorito de Santa Muerta.
Me gustaba todo de aquel lugar: su olor a libros antiguos, café y pasteles; los sofás y sillones desparejados; las mesitas de madera desgastada; la barra al fondo del local con sus taburetes de cuero; y, por supuesto, los libros.
Filas y filas de estanterías repletas de novelas de misterio, ensayos y cualquier otra cosa escrita que tuviese que ver con la investigación.
El local estaba especializado en ese tipo de literatura.
El Tazas y Misterios era mi segunda casa.
Y Emilio Blackwood, su propietario, se había convertido, tras aquel primer caso de la médium desaparecida, en mi mentor.
En el local sólo había un cliente. Esperaba a que Emilio le diese su café para llevar. Cuando salió, me acerqué a la barra.
—Me preguntaba cuánto tardarías en pasar por aquí —comentó Emilio.
—¡Hola, Emilio! —saludé a la vez que trepaba a uno de los taburetes—. Ya sabes por qué vengo, ¿no?
—¡Hola, Emilio! —repitió Cleo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿No es por mi batido de vainilla?
Emilio me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. No sé si alguien que no lo conociera habría notado ese segundo. Yo sí, porque yo sabía cosas.
Sabía que Emilio Blackwood no era sólo el propietario de un café con libros, tartas y galletas caseras.
Emilio había sido un detective de los de verdad.
De los que salen en los periódicos. De los que resuelven casos que otros ni siquiera se atreven a nombrar.
Luego se retiró. Tuvo un accidente, no sé muy bien qué sucedió.
Se rompió algo —una pierna, las dos o una parte de la vida— y regresó a su ciudad natal.
Una isla que vendía misterios y fantasmas como si fuesen recuerdos de las vacaciones.
Él no sabía que yo lo sabía. Y, de momento, prefería que siguiese siendo así. Aquel era mi refugio en Santa Muerta y no quería estropearlo.
Era mi secreto favorito. Después del de Cleo, claro.
—Vengo por una cosa —dije en tono casual, como si no se me notasen las preguntas en la cara.
—Siempre vienes por una cosa —contestó Emilio apoyando los codos en la barra—. ¿Lo de siempre?
—Sí. El mejor batido de vainilla del universo. —A mi lado, Cleo sacudió la cabeza, pero no dijo nada.
Mi amigo estaba convencido de que la vainilla era el sabor más aburrido e insulso del mundo y mi debilidad por ella le hacía cuestionarse mi buen juicio.
—Sabia elección —replicó Emilio. Se giró, cogió un vaso alto y, después, añadió sin mirarme—: ¿Y qué te trae hoy a mi humilde establecimiento, además de mis sabrosos batidos?
Ahí estaba. La pregunta. Concisa. Concreta. Emilio siempre preguntaba lo que quería saber. Sin rodeos ni relleno.
Yo bajé un poco la voz, aunque en el local sólo estábamos nosotros.
—El parque… ¿Qué puedes contarme del parque abandonado?
Emilio siguió moviéndose tras la barra, ocupado en la bebida sin mirarme apenas. Aun así, le conocía y sabía que mi curiosidad no le había pillado por sorpresa.
En el fondo, me molestaba un poco ser tan previsible para él.
—He visto el cartel —dijo.
—¿Por qué está la gente tan nerviosa? —quise saber.
Emilio apoyó el vaso en la batidora y, antes de encenderla, me miró.
—¿Qué sabes, Claudia?
Apreté los labios.
—La gente habla de maldiciones… Y ya sabes que eso a mí me parece una tontería.
Emilio soltó un resoplido suave.
—La gente habla de lo que puede nombrar. Y hay cosas que cuesta nombrar. —Se tomó un segundo—. No están felices con la decisión —dijo al fin—. Para ti no es más que un parque de atracciones. Pero lo que pasó allí… todavía no lo han olvidado.
Yo me incliné un poco hacia adelante.
—Sé que hubo un accidente y que muchas personas perdieron la vida, pero no sé nada más.
Emilio bajó la voz por primera vez.
—Fue eso. Poco más.
—¿No hubo una investigación? —preguntó Cleo a mi lado.
—¿No hubo una investigación? —repetí en voz alta.
—Sí la hubo, pero no duró mucho. Determinaron que había sido un fallo de los frenos y cerraron el caso. —Suspiró—. Fue hace muchos años. Tú ni siquiera habías nacido, pero así es la memoria. Hay cosas que no se olvidan y aquel accidente es una de ellas.
—¿Recuerdas el año?
Miró al techo y se llevó la mano a la barbilla.
—Sería en 1998 o 1999… Más o menos. Yo estaba todavía en la ciudad.
—Claro, por eso no lo recuerdo. Yo ya estaba muerto —comentó Cleo y se sentó en un taburete a mi lado.
Cleo había muerto, según lo que había averiguado, en 1997.
—¿Y el parque cerró por el accidente? —pregunté.
Emilio asintió.
—Sí. De un día para otro. La isla aprendió a vivir sin él. Muchos perdieron a alguien aquel día.
Me fijé en las estanterías llenas de misterios. En los libros, los crímenes siempre tenían un culpable. En la vida real, a veces no.
Las cosas malas suceden porque sí y no hay explicación.
De eso sé bastante.
—¿Y cuándo empezaron los rumores de que estaba maldito?
—Poco después. Ya sabes, en esta isla todo lo está. Y el parque no iba a ser menos. —Vio mi cara y alzó un dedo de aviso—. No… Claudia, no tengo ni idea de cómo empezaron ni de quién los inició. Ya te he dicho que en esa época todavía no vivía aquí, así que no lo sé.
Resoplé y, al hacerlo, dejé caer la pregunta sin llegar a formularla.
Encendió la batidora. El ruido llenó el café unos segundos. Me dio un descanso. Un respiro. Tiempo para ordenar lo que acababa de escuchar.
Cuando la batidora se apagó, Emilio me sirvió la bebida con un gesto lento.
—Hoy Mercier ha dicho que «no conviene escarbar». —Hice el gesto universal para las comillas—. ¿A qué crees que se refería?
Emilio apoyó el vaso delante de mí.
—Mercier fue el encargado de la investigación —replicó—.
Me imagino que los propietarios del parque lo apremiaron para que cerrase el caso cuanto antes y así poder abrir y seguir con el negocio.
Supongo que había prisa por pasar página —añadió mirando un punto fijo más allá de mí—.
Y cuando hay prisa, se barren cosas debajo de la alfombra.
No siempre por maldad. Puede ser por miedo o por conveniencia.
Y, a veces, es simple ineptitud. No es que Mercier haya sido nunca un policía brillante.
—¿Y tú qué crees? —pregunté demasiado rápido.
Emilio me lanzó una mirada que, en él, significaba «Da igual lo que yo crea».
—Claudia, los nuevos propietarios no son los mismos, así que no creo nada. —Se encogió de hombros.
Yo apreté la pajita hasta casi romperla.
Me sonó el móvil.
Papá.
—Hola, papi —contesté con tono alegre.
Siempre que me llamaba, yo contestaba con una alegría exagerada. Supongo que para que no se preocupase por mí.
La conversación fue breve. Me había llamado en un descanso porque quería contarme algo.
Algo que a mí no me hizo ninguna gracia.
—Mi padre ha aceptado un trabajo extra en la obra —solté cuando papá cortó la llamada—. Dice que necesitamos el dinero.
Emilio no bromeó. Se limitó a mirarme entrecerrando los ojos.
—¿Y tú qué piensas?
—Creo que no debería trabajar en una obra… Es peligroso —solté—. Él… —Me detuve, nunca lo había dicho en voz alta. A otra persona. Y eso lo hacía más real—. Él no está bien.
Emilio asintió despacio.
—Tu padre está triste —dijo—. Y cuando alguien está triste, intenta no pensar. El trabajo ayuda.
Negué en silencio. Se me habían quedado todas las palabras atascadas en el pecho.
—Tú no lo entiendes. No es sólo que esté triste. Él… bebe —confesé por fin.
—Lo entiendo mejor de lo que crees.
Emilio no apartó la mirada.
—¿Lo sabías? —pregunté con voz débil y los ojos fijos en el suelo.
Si hasta Emilio, que había visto a mi padre sólo en un par de ocasiones, sabía que mi padre tenía un problema con la bebida, ¿quién más lo sabía?
—Se rumorean cosas, Claudia… Este es un pueblo pequeño. Lo siento.
—Ya…
Emilio apoyó una mano en la barra.
—No eres responsable de tu padre. —Hizo una pausa antes de continuar—.
Su problema no tiene nada que ver contigo —dijo muy suave—.
Investiga todo lo que quieras por la isla, pero no intentes controlar a tu padre.
Él ya es mayorcito y tú no puedes cargar con eso.
Hay ayudas para gente con problemas como el suyo…
Y sabes que los dos podéis contar conmigo, ¿no?
Me molestó porque tenía razón. Y cuando alguien tiene razón y tú lo sabes, es la peor clase de molestia.
—Gracias —murmuré, y di un sorbo al batido.
Al salir del Tazas y Misterios, el calor me golpeó como una bofetada de fuego. La isla seguía con su vida —turistas rumbo a la playa, niños con helados, bicicletas—, pero bajo la normalidad había algo tenso. Algo incómodo. Algo a lo que nadie quería enfrentarse.
En casa encontré a papá en la cocina, apoyado en la encimera con una taza entre las manos.
—¿Qué tal tu día? Yo he ido a la rueda de prensa —dije a modo de saludo, y papá alzó la vista.