Capítulo 2
Capítulo
S anta Muerta es una isla. Y eso, cuando hay «noticias», se nota. Es complicado que alguien se quede sin saber qué pasa, porque las novedades se extienden como un virus en un espacio cerrado.
Y es lo que sucedió aquel día.
Primero me di cuenta de que pasaba algo por los gestos. Luego, por los corrillos demasiado juntos, los cuchicheos, las miradas de temor y por esa manía colectiva de retirar la mirada cuando, entre murmullos, alcanzaba a escuchar la palabra «parque». La pronunciaban con sabor a palabrota.
Aquella mañana me bastó casi con salir a la calle para entender que el pueblo había amanecido con una noticia clavada en la mente.
Igual que cuando se te queda una espina de pescado en la garganta, pero con un titular.
Y eso que yo no leo los periódicos. Como cualquier adolescente, no he tocado un periódico de papel en mi vida.
—¿Qué pasa? —pregunté, aunque no se lo preguntaba a nadie en concreto.
Cleo apareció a mi lado como siempre: sin abrir puertas, sin hacer ruido, con esa sonrisa de chico que acaba de acordarse de un chiste y el flequillo tapándole los ojos.
—¿No lo hueles? —dijo, aspirando el aire como si pudiera oler las noticias—. Hoy huele a… a…
—¿A cotilleo? —le ayudé.
—¡A regreso! —corrigió indignado—. ¡Hoy huele a regreso!
Yo todavía no lo sabía, pero Cleo me llevaba un par de pasos de ventaja. A veces hacía eso y a mí me molestaba bastante.
—¿Vas a soltarlo ya o prefieres seguir jugando a las adivinanzas? —Torcí la boca en una mueca de fastidio.
—¿Que suelte qué?
—¿Que qué es lo que regresa? ¿Qué está pasando? —Me impacienté—. ¿Por qué está todo el mundo tan raro?
—Ah… Eso. —Se retiró el flequillo de la cara y me miró con una sonrisa—. ¡El parque de atracciones!
—¿Hay un parque de atracciones en Santa Muerta? No tenía ni idea…
—Antes sí, pero tuvo que cerrar en algún momento…, ¡porque van a reabrirlo!
—¿Y cómo te has enterado? —quise saber.
—Bueno, ya sabes… A veces, cuando duermes, me dedico a pasear por la isla… Me entero de cosas. Es bueno para el negocio.
—¿El negocio?
—Nuestra agencia de detectives, Misterio S. A. —aclaró con los ojos muy abiertos—. ¿Es que se te ha olvidado? ¿Cómo quieres que resolvamos misterios si no sabemos lo que pasa en Santa Muerta?
—No es que hayamos resuelto nada épico desde que abrimos. —Me encogí de hombros—. Lo único que hemos hecho ha sido averiguar quién destrozaba el jardín de la señora Duval…
—Alguien tenía que pararle los pies a ese mapache… ¡Y fuimos nosotros! —zanjó con tono triunfal.
Al pasar por la plaza vimos un cartel pegado en la fachada del ayuntamiento, torcido, con cinta adhesiva que se despegaba por las esquinas:
rueda de prensa. anuncio oficial.
restauración y reapertura del antiguo
parque de atracciones.
—Lo van a arreglar —susurró una mujer a otra cuando pasamos a su lado. El tono no me pareció muy alegre, más bien parecía asustada.
—Ay, ¿es que nadie se acuerda? —respondió la amiga sacudiendo la cabeza—. Ese parque está encantado. Más valdría que lo dejasen estar.
La plaza se iba llenando, la rueda de prensa estaba a punto de comenzar y nadie quería perdérsela. Aquello parecía un desfile de rostros asustados y caras largas. Justo lo último que esperarías ante lo que se suponía que era una buena noticia.
Y, en mi mundo, un parque de atracciones siempre era una buena noticia.
Sobre todo, en una isla que vivía del turismo…
Y de los farsantes de lo sobrenatural, claro, porque en Santa Muerta había todo un negocio montado alrededor de los fantasmas, las casas malditas y los tours del terror…
Y eso sin contar a médiums, brujas, adivinos y cosas así.
Mientras se llenaba la sala del ayuntamiento para la rueda de prensa, Cleo parecía estar de cumpleaños.
—Me acuerdo de la canción del carrusel —dijo, y empezó a tararear un ritmo ridículo, aunque muy MUY pegadizo—. Y del nombre del trenecito. Y de la caseta donde vendían algodón de azúcar… ¡Y de la fuente con el pez que escupía agua!
Yo lo miré de reojo.
—¿Te acuerdas de todo eso así, de golpe? —murmuré vigilando que nadie me viese hablar «sola». No podía olvidar que, por aquello de ser un fantasma, sólo yo veía a Cleo.
Se encogió de hombros, feliz.
—Sí, me acaban de venir todos esos recuerdos a la cabeza. Era uno de mis sitios favoritos de toda la isla. —Soltó un suspiro—. Es como si algo me hubiese hecho clic en el cerebro.
A mí el parque no me producía ningún clic, lo que me producía era muchísima curiosidad.
La reacción del pueblo no era normal. No era la típica resistencia a un cambio, no era simple superstición. Era miedo real, viejo, pegajoso. Un miedo que no nacía de la nada.
Algo había pasado en ese parque.
Y yo quería averiguar qué.
La rueda de prensa comenzó con el pitido estridente de un micrófono al acoplarse.
El público se encogió con un murmullo molesto y miradas afiladas.
Un hombre con la camisa demasiado planchada —de esos que parece que no sudan nunca, ni en agosto— subió a la tarima y se situó delante de un pequeño atril.
El alcalde de Santa Muerta. A su lado se colocó una mujer rubia y elegante.
Abrazaba una carpeta blanca con un logo azul y lucía una sonrisa profesional.
Detrás, un hombre que parecía nervioso, con gotitas de sudor en la frente; imaginé que cortesía del calor veraniego.
Y más atrás todavía, como una sombra con forma de uniforme, estaba el jefe de policía, el padre de mi amiga Glenda.
Ella y Laura eran las únicas amigas que había conseguido hacer desde que había llegado a Santa Muerta, pero se encontraban ambas en un campamento al que yo, por supuesto, no había podido ir.
Otro policía subió al escenario y se quedó junto al alcalde y la mujer sonriente. Yo no tenía ni idea de quién era, aunque no es que me importase mucho.
El alcalde presentó a sus acompañantes. El policía se llamaba Mercier y era el segundo al mando en Santa Muerta.
La mujer era Diana Roche, directora de la empresa que iba a restaurar y reabrir el parque de atracciones.
El hombre nervioso se llamaba Max algo, no me quedé con el apellido.
A continuación, habló de inversión, de creación de empleo, de seguridad, de «poner en valor el patrimonio» y de esas cosas que se dicen y que suenan a discurso prototípico.