Capítulo 1 #2
No pude dar ninguna réplica inteligente —o soltar una estupidez, que es lo que suelo hacer cuando tengo miedo— porque la oscuridad se abrió en un tajo blanco.
Un haz de linterna barrió el camino y me pilló con un pie fuera de la sombra.
Me eché hacia atrás de un salto y me metí en el hueco entre dos cabinas.
Julius se revolvió dentro de la bandolera y dejó escapar un bufido indignado que, en mi cabeza, sonó mil veces más fuerte.
El haz se paró. Muy cerca.
Oí pasos aproximándose sobre la grava y, después, el clic seco de un botón.
El walkie del vigilante chisporroteó con un ruido sucio.
Cleo se encogió en el sitio. La linterna subió un poco y me iluminó la mano.
La retiré a toda velocidad. El vigilante avanzó un par de metros más, despacio, y la linterna recorrió la zona.
Yo no me atrevía ni a respirar. Literal. Ni siquiera Julius se movió. Hasta él sintió la tensión.
Entonces la radio volvió a escupir estática, más fuerte, y el vigilante masculló algo —me sonó a palabrota—.
El haz giró hacia otro lado y el hombre se alejó entre murmullos molestos.
En su camino, se detuvo para comprobar que una tapa estuviese bien cerrada.
Cleo y yo —más yo que él— esperamos ocultos hasta que los pasos se perdieron en la noche y la luz dejó de barrer el suelo. Sólo entonces solté el aire de golpe.
—Vale —dije muy bajo—. Tenemos vigilante. Con toda probabilidad, vigilantes, con ese. Y tú… —miré a Cleo—, tú puedes oír las radios a distancia.
Cleo asintió, todavía serio.
—Eso parece. Ahora el vigilante está lejos y yo sigo oyendo el walkie. Lo oigo como si estuviese a mi lado… Lo mismo es verdad que este parque está encantado.
Bufé y puse los ojos en blanco.
—No existen los parques encantados…
—Ya. Ya sé que no crees en nada de eso, pero… —se encogió de hombros— en este pasan cosas.
Apreté la mandíbula.
«Cosas».
En Santa Muerta la gente utilizaba la palabra cosas como sinónimo de fantasmas, maldiciones y cualquier otra historia rara.
Y yo había jurado no ser gente.
—Era una radio —dije—. Un walkie-talkie. Nada más… ¿No será este? —Saqué de la bandolera el walkie que me había dado Emilio.
—No, ese está apagado. ¿Y, además, por qué lo oigo y tú no? —preguntó Cleo.
—Yo qué sé. Será porque estás muerto.
—Ja, ja, ja. Muy graciosa.
Por el tono, supe que, en realidad, no le había hecho mucha gracia mi comentario.
—Guay, ya no se oye —dijo Cleo poco después.
La noche nos rodeaba, pero yo avanzaba en silencio, pegada a las sombras, fundiéndome con ellas. No me apetecía mucho volver a llevarme un susto con el vigilante.
Un golpe metálico retumbó en la noche.
Me agaché por instinto detrás de una caseta de juegos, una de esas donde antiguamente se tiraban pelotas para ganar peluches. Ahora sólo había cristales rotos y telarañas.
—Cleo —llamé en voz baja—. ¿Ves algo?
Él se inclinó hacia delante. Entrecerró los ojos hasta que se le formaron arruguitas alrededor. Mi amigo parecía entender la oscuridad. Yo, en cambio, sólo veía negro.
—Allí —murmuró, y señaló hacia el centro del parque, donde la estructura de la montaña rusa se recortaba contra el cielo, una línea zigzagueante.
Un resplandor de un verde enfermizo. Leve pero visible.
La luz se desplazaba.
Y no me pareció que fuese un movimiento errático, era intencionado.
—Es… —empecé a decir.
—¡El trasgo! —me interrumpió Cleo emocionado.
—No digas eso —le corté, tan rápido que me sorprendí a mí misma—. No es el trasgo. Es sólo una luz rara.
—Chunga.
—Llámalo como quieras.
—Clau, ¿tienes miedo? —preguntó Cleo con curiosidad.
—Por supuesto que no —resoplé—. Y, aunque lo tuviera, sería perfectamente normal. El miedo a la oscuridad existe por algo: en la prehistoria por la noche te comían… Ya sabes, es evolutivo, adaptativo y todo eso. —Hice un gesto con la mano espantando la idea de que yo tuviese miedo.
Cleo me miró con una mezcla de diversión y algo parecido al respeto.
—Vale, detective —susurró—. ¿Y qué hacemos?
—¿Y por qué susurras tú? —susurré yo también—. Si a ti sólo te oigo yo…
—Ya. Bueno. Yo qué sé. Será por los nervios. —Apretó los labios—. ¿Y entonces? ¿Qué va a ser? —insistió.
Parte de mi cerebro, la parte lógica, empírica, la que siempre encontraba explicaciones, me gritaba: «Claudia, lárgate de aquí ¡YA! ».
La otra, la que desde que llegué a Santa Muerta se dedicaba a resolver misterios, aunque no le conviniese a mi esperanza de vida, me dijo: «Si hay alguien ahí, tal vez nos dé alguna pista sobre lo que está pasando».
—La seguimos —decidí.
Cleo sonrió de nuevo, pero esta vez fue una sonrisa silenciosa, cómplice.
Nos movimos despacio, agazapados, pasando de una barraca a otra.
El brillo verde avanzaba hacia una zona donde los caminos se estrechaban, entre un viejo puesto de palomitas y el lateral de la montaña rusa.
Al acercarnos, vi una silueta. Era alta, pero caminaba encorvada, con los hombros echados hacia adelante y la cabeza, demasiado grande, casi encajada entre ellos.
Nada en su rostro cuadraba. Tenía relieves y huecos donde no debía tenerlos.
No sabía si era efecto de la luz que le impactaba desde debajo de la barbilla o si se trataba, de verdad, de un monstruo salido de una película de terror.
Fuera lo que fuese, no parecía humano. No me extrañaba nada que mi padre lo hubiese descrito como un trasgo, aunque, si me preguntasen a mí, habría dicho que era demasiado alto para serlo.
Yo lo hubiese descrito más como un orco.
O un troll , si bien era demasiado pequeño para ser un troll , ya que estos podían llegar a medir tres o cuatro metros.