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Capítulo 42

Gael

—Enhorabuena. Ha sido todo un éxito.

Acepté la mano de uno de los jefes de equipo y asentí.

—Gracias por la ayuda y el apoyo —le dije.

—Ha sido un placer. —Me hizo un guiño, antes de irse.

Me quedé solo, en medio del gran jardín que no pensaba volver a pisar jamás.

—¡Te atrapé! —exclamó Nadia, abrazándome por la espalda.

Sonreí de medio lado y me giré con un brazo levantado, para abrazarla bien.

—¿Cómo tienes la pierna? —le pregunté.

—Sobreviviré.

—Me dejas mucho más tranquilo con esa afirmación —hablé con diversión.

Nadia rio.

—¿A qué estás esperando?

Busqué su mirada.

—No me mires así. Ya eres libre, ahora de verdad. Nada te impide correr hacia Lía.

—Ahora iré.

—Estaba muy nerviosa y preocupada.

—Me hago una idea. —Asentí—. ¡Eloy!

—¿Sí? —me preguntó caminando hacia nosotros.

—Llévatela al hospital tal —le pedí.

—A tus órdenes, jefe —me dijo con diversión.

Nadia soltó un grito cuando Eloy se agachó para cogerla.

—¿Qué haces? ¡Bájame! ¡Vas a hacerte daño en el brazo!

—Si te estás quieta, todo estará bien. Vamos al hospital y así nos atienden a los dos.

Se alejaron discutiendo y continuarían de la misma manera cuando llegaran al hospital. Ambos necesitaban que los atendieran, a Nadia la habían herido en una pierna.

Silbé hacia Lucas. Estaba hablando con varios compañeros del operativo. Señalé a mi espalda, indicándole que me iba, por lo que levantó el pulgar hacia mí.

Alguno de los chicos lo llevaría a la casa del jefe. Caminé cojeando, pero lo mío no era nada grave que necesitara asistencia rápida. Al día siguiente iría al médico, por ahora me urgía muchísimo más otra cosa.

Fui directo a mi moto, despidiéndome de todos los que me encontré a mi paso. El operativo había salido genial y en las caras de todos había una gran sonrisa, aunque también agotamiento.

Habíamos conseguido ponerle punto final a la mierda que durante un tiempo me marcó demasiado. Ya era historia, lo que me parecía todavía irreal. Después de tanto tiempo y tantos altibajos…

Pasé la pierna por encima de la moto y me quedé sentado. Busqué la llave en el bolsillo delantero del pantalón y la dejé puesta en el contacto.

Cogí el móvil para hacer lo que ya había hecho varias veces, entrar en la conversación que había iniciado Lía y leer sus mensajes, de nuevo.

Los leí varias veces, sonriendo de medio lado, antes de guardarme el teléfono y arrancar para ir a la casa.

Al circular en la moto y al ser de madrugada, hice el recorrido en tiempo récord. Poco me importaron las señales de tráfico, siempre y cuando no hubiera pasos de peatones cerca.

Igualmente, a estas horas era raro ver a alguien por la calle y los pocos vehículos que había no daban problemas.

En cuanto llegué frente a la casa, me bajé rápido, de la misma manera que dejé asegurada la moto, y caminé hacia la puerta.

Abrí despacio, con la llave de repuesto que me dio Lucas, y cerré mucho más despacio al ver a una mujer preciosa dormida en el sofá.

Lo siguiente que vi fueron los ojos de Alan, ya que había una lámpara encendida al fondo del salón. La luz era muy tenue.

Alonso y Berta debían estar descansando en una de las habitaciones con cama.

Caminé despacio hacia Alan y él, con cuidado de no despertar a Lía, se levantó del sofá para darme un fuerte abrazo.

—Me alegro mucho de verte, tío —susurró.

—Gracias.

—Ya he hablado con Lucas y con mis compañeros, me lo han explicado todo.

—Estupendo, porque estoy que no me mantengo en pie.

Negué con la cabeza.

—Te has hecho daño en una pierna —dijo con el ceño fruncido.

—Y en más partes, pero sigo entero. —Le hice un guiño.

—Ve a descansar.

—Sí. Me la llevo.

Me acerqué a Lía.

—Toda tuya.

Sonreí de medio lado, mientras le pasaba un brazo por detrás de las rodillas y el otro por la espalda.

—¿La llevo yo?

—Es el último esfuerzo que voy a hacer. Tranquilo, estoy bien —susurré.

Me incorporé llevándome conmigo a Lía. Ella se movió un poco y como si notara el cambio, me pasó los brazos por el cuello y escondió la cara en mi pecho.

—Buenas noches. Descansad.

—Igualmente, Alan. Gracias por todo.

Caminé hacia el pasillo y no me paré hasta que llegué a la última habitación.

Justo cuando iba a cerrar la puerta, Lía entreabrió los ojos, más dormida que despierta.

—Gael… —murmuró.

—Hola —susurré.

Agrandó los ojos, al despertarse de golpe.

Lo primero que hizo fue abrazarme con más fuerza y esconder la cara en mi cuello. La sujeté pegada a mí.

—Shhh… Ya ha pasado.

Cerré con cuidado y caminé hacia la cama, donde la dejé.

Lía se acercó a la mesita de noche para encender la luz y su expresión se cubrió de preocupación.

—Estoy bien. Son pequeños cortes.

—He notado que cojeabas —dijo mirándome las piernas.

—No tiene importancia, sino no estaría de pie todavía.

Me incliné hacia ella y la agarré de la nuca.

—Gracias por escribirme —susurré sobre sus labios—. No te imaginas el subidón que me ha dado al leerte en medio de tanto caos.

Sonrió.

No la dejé hablar, la besé como llevaba deseando hacer desde hacía mucho tiempo. Lía se agarró a mi camiseta con fuerza, tirando de mí hacia ella.

—Necesito una ducha rápida —le dije, apoyando la frente en la suya.

—Vale —susurró.

Fui al baño con la mochila que uno de los chicos trajo para mí y entré en el baño. Me giré hacia la puerta cuando volvió a abrirse para darle paso a Lía.

Cerró tras de sí y se acercó a mí.

—Déjame que te ayude —me pidió.

No le contesté, pero me quedé frente a ella para que hiciera lo que quisiera.

Abrió el grifo, para dejar el agua correr hasta que saliera templada, y me quitó la camiseta. Levanté los brazos para ayudarla y después, observando todos los golpes y pequeños cortes que tenía en el cuerpo, me quitó el pantalón, los calcetines y las deportivas.

Me acarició la rodilla de la pierna con la que me había visto cojear al venir al baño y, por último, me quitó el bóxer. Se levantó rápido y me ayudó a entrar en la bañera.

Este momento era mucho más que si hubiera sexo de por medio. Tuve claro desde el principio que era mucho más importante por lo que significaba.

Lía me pidió que me sentara en la bañera, ya que por altura no llegaba a todo lo que quería. Lo hice, me senté y me enjabonó el pelo. Mientras me lo lavaba, tuve los ojos cerrados durante todo el tiempo y después, una vez lo enjuagó, me levanté para que me pasara la esponja por todo el cuerpo.

Lo hizo con mucha delicadeza, cuidado y mimo. Ambos ignoramos mi erección, ya que yo no pude apartar la mirada de ella, concentrado en cómo estaba cuidándome.

Al terminar, me secó de la misma manera que me había lavado. Salí de la bañera y me senté en el borde, para que me pasara otra toalla por el pelo.

Cuando terminó, abrió mi mochila y me dio un bóxer, un pijama y las zapatillas. Me lo puse todo y ella eligió una camiseta mía para dormir con ella. Cuando se quitó la ropa y se la colocó, ambos volvimos a la habitación para tumbarnos en la cama.

Hasta que no estuvimos cómodos y abrazados, no habló.

—¿Cómo estás?

—Estaré perfecto dentro de poco. No te preocupes.

Apretó un poco más su brazo alrededor de mi pecho.

—Lo sé todo. Me lo han explicado. Incluso lo de la herida de Alan.

—Me lo han dicho. Espero que lo comprendieras todo.

—Sí —susurró, haciéndome sonreír.

—Si hubiera sabido la primera vez que te vi que terminaríamos así… —comenté.

—Tampoco es tan raro, ¿no? Fue rápido, pero…

—No ha sido nada raro —la corregí—. Hay algo que nadie te ha dicho, pero que todos saben. Incluso Alan. Él ya se llevó la sorpresa hace años, una tarde en la que, hablando del pasado, nos quedamos los dos sorprendidos. Ahí fue la segunda vez que supe de ti.

—¿Cómo? —preguntó extrañada.

Apoyó la mano en mi pecho y su barbilla en ella. Desde esa nueva posición me miró con atención.

—La primera vez que nos vimos éramos muy jóvenes.

Agrandó los ojos.

—En el pueblo de tus abuelos. Estabas con ellos y con tus amigos Alan y Maya.

—¿Qué dices?

—Yo era el que acompañé a la casa de tus abuelos al elegido por Maya para perder la virginidad.

Soltó un pequeño jadeo y se sentó de golpe sobre sus talones, mirándome con mucha sorpresa.

—¿En serio? No puede ser.

—Y tan en serio.

—¿Ese amigo…?

—No es nadie de los que conoces. Hace muchos años que dejé de tener trato con él —le aclaré.

—Ah. Porque si no, a Maya le daría algo. —Se tapó la boca y sonreí—. Qué fuerte.

—Así se quedó también Alan. La segunda vez que nos vimos tampoco la recuerdas.

Frunció el ceño.

—Chocaste conmigo en el camino que llevaba al hospital. Hablabas por teléfono.

Soltó un jadeo.

—Por lo visto es verdad lo que me dijiste cuando te acorralé contra la puerta de tu piso, lo de que eras muy mala recordando caras, voces y demás —dije con diversión.

—Joder. Eras tú.

—Sí —le confirmé serio—. Quería ver a Alan después de lo que le hice, pero al final preferí que los demás, y él mismo, me dijeran cómo estaba.

No quise complicar la situación, a pesar de que tenía muchas de estar con él.

Tendría que haberse quedado en el hospital después de la primera intervención, en vez de pedir el alta para que no se enteraran las personas fuera del entorno de su trabajo.

—Es muy cabezota. Quiso irse y se fue —suspiré—. Siento que no pudieras verlo.

—Ya…

Hice una respiración profunda.

—Así que ya ves… El destino ha jugado bien con nosotros, poniéndonos en el camino cuando no tocaba.

—Gael…

—Escúchame —le pedí serio.

—¿Qué? —susurró.

—Ahora que toda la mierda que me perseguía se ha acabado, a partir de ahora ya no tengo miedo de hacer mi vida y de meterte en ella.

Tragó saliva, emocionada.

—Te quiero en mi vida, Lía. No puede ser un error la atracción y el deseo que siento por ti, desde que te vi.

Lo sentí de joven, en el pueblo de tus abuelos, cuando te vi en pijama y recién levantada en el rellano de la escalera.

Y antes también, porque coincidimos durante días por el pueblo, en muchos sitios.

Aunque en aquel momento no le di importancia a lo que sentía.

¿Cómo iba a hacerlo? Ahora, en el presente, todo se ha intensificado y aclarado.

—Yo también te quiero en mi vida y lo quiero todo contigo.

Sus palabras fueron como un bálsamo para mi corazón y entonces todo cobró un nuevo sentido.

La atrapé entre los brazos cuando se echó encima de mí, con cuidado, y le correspondí al beso con la misma intensidad que ella me dio. Durante unos minutos no pudimos dejar de besarnos, hasta que notó mi intención.

—Esta noche no —me dijo, acariciándome los labios—. Quizás cuando despertemos, según estés. —Me dio un beso rápido en los labios—. Ahora tienes que descansar. Es lo prioritario.

Así era, lo necesitaba más que nada. Se tumbó enredando una pierna entre las mías y abrazándome por el pecho.

—Además —susurró—. Tú lo has dicho, a partir de ahora tenemos todo el tiempo del mundo.

—No lo dudes, preciosa —le susurré, apretándola a mí.

Cerré los ojos, agotado realmente, pero sintiéndome en la gloria con Lía sobre mí.