Capítulo 41
—¿Sabes algo?
Mi amigo me miró sonriendo, por las veces que le había preguntado en poco tiempo.
—Creo que lo mismo que hace unos cinco minutos o así —comentó Alonso.
Puse los ojos en blanco y me dejé caer en el sofá. La espera se me estaba haciendo insoportable y sabía que no era buena compañera, pero no podía hacer otra cosa sabiendo todo lo que había en juego en otra parte de vete a saber dónde.
Miré la pantalla de mi móvil cuando comenzó a sonar. Lo tenía en la mesa baja y me incliné para cogerlo y descolgar la llamada de mi madre.
—Hola, cariño.
Sonreí.
—Hola, mamá.
—Menos mal que no te despierto. Cuando ha sonado el primer tono, tu padre me ha dicho que era tarde y he estado a punto de colgar —rio y amplié la sonrisa.
—Como ya ves, estoy bien despierta.
—¿Leyendo?
—Sí.
Debía soltar algunas mentirijillas porque no iba a contarle lo que estaba pasando. Mi madre se pondría histérica y no había necesidad.
Todo debe estar saliendo bien , me dije y me repetí en la mente.
—¿Te ha cabido todo el pescado en el congelador?
—Eh… Claro. Pero se me ha quedado lleno.
Pensé en el congelador de mi amigo Eloy.
—Con dos veces que comas lo vaciarás lo suficiente.
—¿Me has llamado por lo del pescado? —le pregunté con diversión.
—Cuelga ya, mujer —le pidió mi padre.
Su voz sonó muy cerca, por lo que debían estar en la cama o en el sofá.
—Ah, no —reí—. Claro que no me llamas por lo del pescado. ¿Cómo se me ha podido olvidar? ¡Me llamas por si Gael ha venido a mi piso! —exclamé sorprendida.
Alonso, Berta y Alan me miraron divertidos. Yo puse los ojos en blanco.
—Has sido lenta, hija —rio mi padre.
—Joder. ¡Mamá!
—¿Qué?
—No me lo puedo creer. Te cuelgo. Ya hablaremos.
—Vale, cariño. ¿Pero está ahí Gael?
—Os quiero —le dije y colgué.
Negué sonriendo, mientras Alan reía al imaginarse la escena en la casa de mis padres. Mi padre debía estar riendo en este mismo momento con las mismas ganas que mi amigo.
Solté un suspiro y me quedé mirando la pantalla en silencio.
—Por ahora todo va según lo planeado.
Me emocioné por las palabras de Alan. Tragué saliva y asentí, con los ojos nublados por las lágrimas.
—Nosotros también tenemos ganas de conocer a ese chico, Gael. No es solo tu madre —dijo Berta y Alonso sonrió de acuerdo con ella.
—Les he hablado a mis padres hoy de él, quería que… supieran lo que me había pasado —susurré—. No sé si he hecho bien. Mi madre se ilusiona muy rápido y yo no sé si…
—Corta esos pensamientos —me pidió Alan.
—¿Les has contado que estás conociendo a Claudia? —le pregunté a Alan—. ¿Qué? Querías que me distrajera.
Me encogí de hombros y él soltó una carcajada.
—¿Claudia? ¿Quién es? —Quiso saber con curiosidad Berta.
—Pues está claro, mujer. Solo tienes que verle la cara —comentó Alonso.
—¿Qué cara tengo?
—De enamorado —respondió con sencillez Alonso.
—¡Ay, que se nos han enamorado los dos al mismo tiempo! —exclamó Berta, llevándose las manos a las mejillas.
—Los tres —rio Alan—. Maya está tonteando demasiado con Lucas.
—¿El que se ha ido con los demás? —preguntó con interés Alonso.
—El mismo.
—Vaya, vaya…
—Las cosas pasan muy rápido —comentó con un guiño Alan.
Miré hacia la ventana, al elegir no intervenir. Me parecía muy precipitado decir que yo estaba enamorada, aunque no lo desmentí.
Sabía que lo que sentía por Gael era demasiado intenso como para ser un tonteo, solo sexo, o algo de menor importancia, pero de ahí a un enamoramiento…
Algo se me removió por dentro ante esa posibilidad y me levanté del sofá.
—Voy a mirar en la cocina a ver qué encuentro. No tengo ni idea de si esta casa es alquilada o…
—Es una segunda vivienda de nuestro jefe —me aclaró Alan.
Sonreí y los dejé solos en el salón. Entré en la cocina y me paré en medio, echando un vistazo rápido.
En la encimera había varias botellas de agua y junto a una cafetera había abierta una caja de cápsulas de café. Por lo demás, todo estaba recogido y no había nada más.
Fui a la nevera para ver si con suerte había leche. Sonreí al confirmar que sí y la saqué, para ir después hacia la puerta.
—¿Queréis un café? Hay leche. ¿O un refresco?
La botella que sacó Lucas continuaba en la mesa, de manera que eso no lo incluí.
—Yo un café solo —me pidió Alonso.
—Yo, como me gusta —se unió Alan.
Berta negó señalando su vaso de agua y le sonreí.
Fui directa al armario donde estaban guardados los vasos, ya que era fácil localizarlos. La puerta tenía una parte de cristal y se veía el interior.
Saqué una taza pequeña y dos de tamaño normal, y encendí la cafetera.
—El azúcar —dijo Alan.
No lo escuché entrar, pero no me sobresalté.
Metí la primera cápsula y coloqué la taza de Alonso.
—¿No vas a decirme nada? —me preguntó.
—Ahora mismo siento que se me han agotado las palabras —dije en tono bajo.
—Estás enfadada conmigo.
Suspiré.
—Estoy enfadada con todo y con todos, Alan. Y dolida. —Hice una mueca—. Pero, por otro lado, lo comprendo todo y lo único que quiero ahora mismo es que acabe por fin la incertidumbre. Que pase el malestar que siento.
Cerré los ojos con fuerza cuando mi amigo se puso a mi espalda y me abrazó. Me agarré a sus brazos, necesitando sentir en él la estabilidad que a mí me faltaba.
—Gael y los demás saldrán bien de esta —me susurró con la barbilla apoyada en mi cabeza.
—Tengo miedo.
—Es normal.
—¿No sabes algo más? —le pregunté con necesidad.
—No.
Hice una mueca y cerré los ojos por sus siguientes palabras.
—El operativo ya ha comenzado y ya no podré saber nada hasta el final.
—Mierda —murmuré.
—Se siente así. Bastante, sí.
—¿Y tus compañeros? —le pregunté por su equipo.
—Están todos en lo mismo, Lía.
—Vale —susurré.
—Vamos a terminar con los cafés para volver al salón. Hablando con Alonso y Berta, se nos pasará más rápido el tiempo.
—Sí.
Preparamos entre los dos los cafés, los nuestros endulzándolos también, y regresamos al sofá.
Cuando le dejé a Alonso su taza delante y Alan colocó las nuestras fuera de la bandeja, les dije que iba un momento al baño. Me fui llevándome el móvil.
Me encerré en el baño del pasillo y me senté en la tapa del inodoro, mirando mi cara en el espejo de enfrente. Se me habían formado unas pequeñas bolsas alrededor de los ojos.
Solté un suspiro y bajé la mirada a la pantalla de mi móvil. Estaba apagada, pero no me importó y continué con la vista fija, mientras pensaba en si hacer o no lo que llevaba rondándome por la cabeza desde hacía rato.
Al cabo de un rato, al final, ganó la opción del sí, por lo que desbloqueé el teléfono y entré en la aplicación de mensajes.
Todavía dudé en el último momento, pero igualmente seguí para adelante. Busqué el contacto de Gael y abrí la conversación vacía.
Iba a ser el primer mensaje que le enviaría, ya que hasta ahora no había querido molestarlo ni hacerme pesada de cualquier manera. No fue Gael el que me dio su contacto, sino Eloy, de ahí que me lo pensara tanto y hasta ahora no hubiera querido dar el paso.
Respiré profundo y comencé a escribir.
Lía: Hola, Gael. Soy Lía. Perdona que te moleste y más en esta noche tan complicada. Yo… sentía que debía escribirte, como si fuera importante.
Lía: La verdad es que estoy siendo un poco egoísta porque soy yo la que necesita escribirte con la esperanza de que me leas en algún momento de la madrugada.
Lía: No voy a alargarme, solo quería decirte que tengas mucho cuidado, por favor. Sé lo que estás haciendo y tengo el miedo dentro. Yo… espero verte pronto y que todo se haya solucionado.
Lía: Confío en ti.
Con los dedos temblorosos agarré mejor el móvil y leí los mensajes que le había enviado. Al final habían sido varios.
Salí de la aplicación y bloqueé la pantalla, para volver a quedarme mirándola fijamente. Tragué saliva y cerré los ojos, dejando salir el aire lentamente.
Ya estaba hecho. Lo mismo había cometido un error, pero dudaba que Gael estuviera pendiente del teléfono en un operativo.
Me levanté con pesadez en el cuerpo y me acerqué al lavabo. Abrí el grifo y me lavé la cara con agua fría. Eso y el café me sentarían bien para aguantar despierta, aunque dudaba que esta noche pudiera cerrar los ojos para dormirme.
Salí del baño para encontrarme de frente con mi amigo Alan. Estaba apoyado en la pared del pasillo, con los brazos y los tobillos cruzados.
Al verme, se apartó y abrió los brazos. No lo dudé ni un segundo para lanzarme encima de él. Alan me acogió en un abrazo protector y yo me dejé mimar, aferrándome a él.