Capítulo 39
Alan aminoró la velocidad y giró hacia la derecha. Bajé la ventanilla para que me diera el aire, cuando accedió a un camino de tierra solitario y apartado.
Con la ansiedad que sentía, me dio igual que el coche de mi amigo se llenara de polvo. Ni él ni Eloy abrieron la boca.
Había estado pendiente de todo el trayecto, de todas las calles por las que habíamos pasado y de las carreteras recorridas.
Hacía un rato que llegamos a una zona en la que nunca había estado, por lo que todo era una novedad para mí.
Alan parecía conocerla mucho, porque se movía por ella con la precisión de quien lo hace a diario.
Respiré profundo y apoyé la cabeza en el respaldo, sin apartar la vista del exterior.
Todavía no tenía ni idea de nada. A pesar de mis preguntas, los chicos me pidieron que esperara un poco para hablar cuando llegáramos a nuestro destino. Destino que tampoco tenía ni puñetera idea de cuál era.
Lo único que me habían contado era por qué estaban trabajando juntos, ya que hasta donde yo sabía, Eloy y Alan tenían equipos diferentes. Por lo visto, el jefe de ambos, y de todos los demás, los unió para trabajar en algo muy importante en el que el máximo afectado era Gael.
Esa aclaración me encogió el corazón, por el miedo de lo que podía suponer.
Hasta ahí toda la información que me habían dado y mis nervios, pero, sobre todo, mi cabreo, estaban a un nivel muy elevado.
Alan comenzó a circular más despacio, mientras nos acercábamos a una casa. Me fijé detenidamente en ella.
Estábamos a las afueras de la ciudad, en una parte en la que había mucha vegetación y naturaleza.
—¿Quién hay ahí? —pregunté, cansada de todo—. Claro, ¿para qué vais a hablar?
Soltando un bufido, por no gritar y gastar más energías, me bajé del coche de mala leche en cuanto Alan paró en el lateral de la casa.
Antes de cerrar la puerta con fuerza, escuché el suspiro de mi mejor amigo. Estuve a punto de decirle algo, pero me mordí la lengua.
A pesar de todo, como no me fiaba de nada y continuaba con el miedo en el cuerpo, esperé a que ambos se pusieran a mi lado. En realidad, sabía que no debía preocuparme, porque si no, ni Alan ni Eloy me habrían dejado salir sola del coche.
Comenzaron a caminar y los seguí en silencio, impaciente e intrigada por entrar en la casa. Por si acaso no me separé mucho de sus espaldas, utilizándolas de barrera.
Pero eso me duró poco porque, en cuanto dimos un paso dentro de la vivienda, solté un jadeo y corrí hacia Alonso y Berta. Mis vecinos estaban sentados en el sofá y se levantaron al verme.
Me lancé a ellos, abrazándolos como si llevara muchísimo tiempo sin poder tocarlos.
—Ya está, cariño —me dijo Berta, estrechándome más fuerte entre sus brazos.
—Lo siento —susurré.
Me separé, retirándome las lágrimas.
—No tienes que sentir nada. —Me acarició el pelo Alonso, con cariño.
Asentí y volví a abrazarlos, ahora mucho más calmada.
Había confiado en la palabra de Gael. Le creí cuando me dijo que Alonso y Berta estaban con Nadia y Lucas, pero algo dentro de mí necesitaba verlos para quedarme del todo tranquila.
—A nuestra edad y viviendo estas aventuras —dijo Berta y me hizo reír.
—Pues yo no quiero volver a sentir todo lo que llevo dentro —suspiré.
—Ya ha pasado —me dijo con cariño Alonso.
—No. —Negué con la cabeza—. Yo necesito saber qué es lo que ha pasado, porque me he quedado sin poder entrar en mi piso, sabiendo que había personas dentro. Y no precisamente para limpiármelo.
Le sonreí a Alonso, cuando me miró preocupado.
—Encima, me llevo un gran susto en el piso de Eloy, y, para rematarlo, lo encuentro a él herido.
Berta soltó un pequeño jadeo y Alonso le rodeó la cintura.
—Hemos tenido que huir del edificio en el que vivimos. No sé, sería bueno que alguien me explicara qué mierda está sucediendo.
Elevé las cejas cruzándome de brazos, al mismo tiempo que me giraba hacia Eloy y Alan. Entonces vi por primera vez a Lucas y a Nadia.
Los descrucé y di varios pasos hacia ellos.
—Gracias por ayudar a mis vecinos —les dije emocionada.
—No hay de qué, preciosa —me sonrió Lucas.
Miré a Nadia. Tenía una sonrisa tensa, pero podía ser por muchos motivos que yo desconocía, aunque algo me decía que era porque Eloy estaba herido y Gael, a saber, dónde se encontraba.
—Hola —susurré.
—Nos damos por saludados —me dijo Lucas.
—No he podido verle la herida. Cuando lo he visto, acababa de tapársela a la carrera —me dirigí a Nadia.
Tuve la necesidad de que supiera más detalles. Ella apretó la mandíbula ligeramente y me lo agradeció con la mirada y un pequeño asentimiento.
Berta volvió a reaccionar con otro jadeo por la impresión, al escuchar de nuevo lo de Eloy.
—No es nada —dijo Eloy, quitándole importancia.
—Tú mejor te callas, que los que te conocemos bien ya sabemos lo que significan tus «no es nada» —le habló Nadia con rabia.
—Tiene razón, tío —se dirigió a él Lucas, negando con la cabeza.
Fue la primera vez que vi a Lucas serio, sin rastro de diversión en su tono de voz o en su expresión.
Eloy terminó soltando un suspiro, aceptando lo que decían sus amigos.
Alan le apretó el hombro del brazo bueno, ya que se notaba dónde tenía el daño. El brazo de la herida le colgaba demasiado.
Nadia se acercó a mí y después de darme un beso rápido en la mejilla como saludo, caminó hacia el pasillo y se perdió por él.
—Mmm… —Llamó la atención de todos, Eloy—. Eso significa que la siga para curarme la herida. Os aviso de que tardaremos en volver, ya que necesito quitarle el enfado.
—¿Se ha enfadado porque te han herido? —preguntó Alonso.
—Se ha enfadado porque está loca por él y cuando pasan estas cosas es mejor enfadarse que venirse abajo —le aclaró Lucas.
Su sonrisa volvió a aparecer.
—No estamos actualizados de cómo se comunican los jóvenes hoy día —dijo Berta.
Lucas rio y después se acercó a mí. Me hizo un guiño antes de darme un beso, el que le correspondí al igual que hice con Nadia.
—Espero que sea verdad lo que has dicho de que no es nada —se dirigió Alonso a Eloy.
Él le sonrió con cariño y asintió, antes de ir hacia el pasillo siguiendo los pasos de Nadia. Entonces Alan se acercó a mis vecinos para saludarlos y preguntarles cómo estaban.
—¿Alguien va a contarme algo? —pregunté, agotada de todo.
—Vamos a sentarnos y a ponernos cómodos —comentó Alan.
—Para beber hay agua, refrescos y café. ¿Os apetece algo? —nos ofreció Lucas.
Berta y yo fuimos las únicas en pedirle agua. Alan y Alonso no quisieron nada.
En el salón había un sofá y dos sillones a los lados, por lo que cada uno se sentó donde más le apeteció. Nos repartimos y yo me quedé al lado de mis vecinos. Lucas regresó de la cocina cargado con una botella de agua, varios vasos y una lata de refresco para él.
Llenó un vaso para Berta y otro para mí, antes de sentarse en el único sillón que quedaba libre, ya que Alan había ocupado el otro.
En un momento en el que en la casa solo se escuchaba silencio, de repente escuchamos un grito de Eloy, seguido de varias palabrotas. Alonso y Berta se preocuparon, pero yo no, ya que solo tuve que ver las caras de diversión de Alan y Lucas, y las miradas que compartieron.
Acabé sonriendo y negando con la cabeza. Estaba claro que Nadia estaba vengándose de Eloy por el miedo que le había hecho pasar, y por todo lo negativo que había sentido desde que supo que estaba herido.
Él no tenía la culpa, pero de la misma manera ella no podía controlar sus emociones si las llevaba al límite. Imaginé lo mal que debió pasarlo, hasta que lo vio en persona aquí.
Oír que han herido a la persona que amas, que sangra, no era muy agradable. Y con el carácter que tenía Nadia, si lo mezclaba con estar asustada, de ahí podía salir cualquier cosa.
—¿Alguno sabe cómo se ha hecho la herida? —pregunté, pensativa—. ¿Han sido los que estaban en mi piso?
—Ha sido Gael.
La respuesta de Lucas me dejó sin respiración, directamente. Se me entrecortó y dejé de respirar, mientras miraba a Lucas alucinada.
—¿Qué? —pregunté con un hilo de voz—. No puede ser.
Recordé la expresión de Gael cuando lo sorprendí al abrir la puerta del piso de Eloy y lo que vi reflejado en sus ojos, cuando me dijo que Eloy estaba herido.
—Nada ha salido como teníamos previsto —habló Alan.
Lo miré y vi con claridad que me pedía que me tranquilizara. Tragué saliva.
—¿Por qué Gael disparó a Eloy? —pregunté con un hilo de voz.
Alonso y Berta estaban muy callados e inmóviles a mi lado. Ella con una mano en el pecho y él rodeándole los hombros a su mujer.
—Por el mismo motivo por el que me hirió a mí en el costado.
La confesión de Alan me dejó demasiado afectada como para poder reaccionar. Noté que la vista se me desenfocaba.