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Capítulo 38

Me puse recta. Casi di un bote cuando Gael salió decidido hacia mí.

Me agarró de un brazo y tiró de mi cuerpo hacia el interior del piso de Eloy. Cerré los ojos con fuerza cuando di con la espalda en la pared. El contacto fue más bien suave, por lo que no me hice daño.

—No puedes entrar en tu piso —me susurró.

—¿Cómo?

Abrí los ojos de golpe.

—¿Me tienes miedo? —me preguntó con el ceño fruncido.

—No —contesté rápido.

No tuve que pensarlo y no supe si era un error o no, pero no me arrepentí porque era verdad. Tragué saliva.

—No —repetí—. Pero, como comprenderás, tu actitud y esto no es muy normal. —Bufé—. ¿Puedes apartarte? Me estoy agobiando mucho.

Su mano en mi boca acalló el jadeo que solté cuando me la tapó de repente.

—No hables tan alto. Tienes que esconderte hasta que yo me vaya y mantenerte en silencio.

—¿Qué? ¿Por qué? —hablé muy bajo.

Al no obtener respuestas, continué.

—¿Qué está pasando? ¿Dónde está Eloy?

—Herido en el baño.

Agrandé los ojos.

—Quiero que te quedes con él. ¿Me oyes? No te separes de Eloy. Alan viene de camino, pero no subirá a no ser que vosotros tardéis en bajar. Os iréis con él.

—No entiendo nada —susurré.

—Hay alguien dentro de tu piso. —Jadeé—. No salgas de aquí bajo ningún concepto, oigas lo que oigas. ¿De acuerdo?

Asentí.

—Mis vecinos… Alonso y Berta.

—Nadia y Lucas se han encargado de ellos. Sabíamos que iban a venir y se han anticipado.

—¿Quiénes?

—Ahora no es el momento. Tengo que entrar en tu piso porque me están esperando.

Agrandé de nuevo los ojos.

—¿Tú…?

Me agarró de la cabeza por detrás y se acercó del todo a mí, apretándome contra la pared.

—Confía en mí —me pidió y tragué saliva.

Me besó con fuerza, pero el contacto duró muy poco. Cuando se separó, abrió la puerta y me miró de reojo.

—Tenéis diez minutos para salir de aquí. Es el máximo de tiempo que puedo daros, antes de que los que están en tu piso vengan a este.

Miré alrededor, asustada, siendo por primera vez consciente de cómo estaba el piso de Eloy. Había muchas cosas desordenadas y tiradas por el suelo.

Miré a Gael con sorpresa, pero él no me dijo nada. Apretó la mandíbula y me dejó sola. Se fue del piso cerrando la puerta.

Durante unos segundos no pude moverme. Me había quedado paralizada por la impresión y conforme fue pasando más el tiempo fue peor, porque comencé a enlazar bien todo lo que sabía y conocía.

Solté un pequeño jadeo al acordarme de Eloy y corrí por el piso, hasta llegar al baño de su habitación.

—Eloy… —susurré, haciendo caso de la advertencia de Gael de hablar despacio.

Mi amigo y vecino estaba presionándose una herida en el brazo izquierdo. Se lo había vendado a la carrera, fue muy evidente.

—Lía —dijo mi nombre, desconcertado por verme frente a él.

—Tenemos que salir de aquí —le dije de manera apresurada—. Me he… encontrado con Gael y me ha dicho que tenemos diez minutos antes de que los que han entrado en mi piso vuelvan aquí.

Me giré para mirar su habitación y agrandé los ojos al ver que también estaba todo desordenado y muchas cosas en el suelo.

—Sé el poco tiempo que tenemos, aunque pensaba que solo lo tendría yo. ¿Qué haces aquí?

—¿Venir a mi piso porque vivo en él y es de noche?

—Pero estabas con tus padres y debías haber llegado un poco más tarde —dijo con el ceño fruncido.

—¿Y qué mierda da eso ahora? Joder, joder… —Bufé.

—Tienes razón. Vamos.

Pasó por mi lado y fue al armario, donde se cambió rápido de camiseta y se puso una chaqueta, para ocultar debajo el vendaje y la herida que le sangraba.

Vino hacia a mí y me agarró con delicadeza de un brazo, para tirar de mí. Me dejé llevar, a punto de perder los nervios. Sentía que estaba al borde y que a la mínima estallaría, y no era el momento para que eso sucediera.

—Eloy… —susurré.

—¿Qué?

Lo hice parar en el salón, mientras miraba de reojo hacia la puerta.

—Yo… ¿Puedes guardarme en el congelador el pescado que me han dado mis padres?

Tragué saliva.

Me miró con una mezcla de cariño y de ternura, antes de asentir. Me quitó la bolsa de la mano, lo que no fue fácil porque se me habían quedado los dedos agarrotados de lo fuerte que la agarraba, y corrió a la cocina para meterlo todo en el primer cajón que abriera del congelador.

Yo no pude apartar la mirada de la puerta entornada, con miedo de que en cualquier momento alguien la empujara de golpe.

Mi amigo me encontró así y volvió a agarrarme para llevarme con él.

Nos paramos al lado de la puerta y al cabo de unos segundos en silencio y pegados a la pared, Eloy abrió despacio mirando hacia fuera.

—Está despejado —susurró—. Vamos a correr hacia la escalera. ¿De acuerdo? Nada de ascensor.

—Vale. Escalera —repetí.

—Cuando bajemos unas plantas y estemos alejados, volvemos a hablar.

Asentí.

Abrió un poco más la puerta y me pidió que corriera lo más silenciosa posible. Lo hice, sintiendo cómo el corazón estaba a punto de salírseme por la boca del ataque de nervios que tenía.

Eloy me siguió de cerca, protegiendo mi cuerpo con el suyo, y cuando conseguimos llegar a la escalera, la bajamos muy deprisa. Por suerte llevaba las deportivas, porque cualquier otro calzado hubiera sonado con cada pisada y nos habría delatado.

No paramos hasta que llegamos a la primera planta del edificio, donde Eloy me agarró de la mano y cambió nuestra dirección. Nos alejamos de la escalera y justo cuando lo hicimos, escuchamos alboroto más arriba.

Nos miramos. Mi mirada fue de preocupación, pero Eloy no me dio tiempo a que me venciera el miedo. Se dirigió hacia la parte que quedaba olvidada del edificio, donde pocas veces recordaba que había una escalera de emergencia.

Por suerte, quedaba al lado contrario de nuestras terrazas. Eloy abrió la ventana que daba a esa zona y manipuló la escalera, hasta que la dejó segura para bajar. Me ofreció la mano para subirme de lado y con cuidado, pero con prisa, me quedé de pie al inicio de la escalera.

Esperé a que Eloy hiciera lo mismo. A él pareció no costarle esfuerzo, a pesar de que estaba herido. Cuando se aseguró de dejar cerrada la ventana, bajé detrás de él.

Al llegar a la calle, las piernas me temblaban mucho y a punto estuve de caerme, al tropezarme con mis propios pies. Gracias a Eloy mantuve el equilibrio.

—Espera —me pidió, al llegar a la esquina del edificio.

No fui capaz de hablar. Las palabras no me salieron.

Eloy me rodeó los hombros con el brazo que no tenía herido y tiró de mí, apretándome a su cuerpo. De esa forma caminamos como si fuésemos una pareja.

—Alan está esperando —me dijo.

Miré con desesperación hacia la carretera, para localizar a mi amigo, y tragué saliva en cuanto lo vi dentro de su coche. Estaba parado en el espacio de un vado, hacia donde fue directo Eloy.

Alan, al verme con él, agrandó los ojos con sorpresa y miedo.

Al llegar al coche Eloy me abrió la puerta trasera y entré rápido, seguida por él.

—¿Qué mierda…? —comenzó a preguntar Alan, pero se quedó callado al mirar hacia el edificio.

—Larguémonos de aquí —le pidió impaciente Eloy.

No tuvo que decírselo dos veces. Alan salió del vado y se incorporó a la carretera. Resbalé en el asiento y cerré los ojos, totalmente sin fuerzas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Alan.

—Lía ha venido antes de lo que esperábamos, pero todo ha ido bien.

—¿Y Gael?

—Siendo testigo de cómo ponen patas arriba el piso de Lía. Después volverá al mío con los otros.

—¿De qué va todo esto? —pregunté sin poderme contener por más tiempo—. Eloy… —Jadeé—. Gael es el hombre que vi intentando abrir la puerta de tu piso, al que pillé y me amenazó con…

—Con una barra de labios tuya, sí —terminó por mí.

Agrandé los ojos.

—¿Lo sabías? —alcé la voz.

—Lo supe después de tu explicación y de pasar esa noche en tu piso.

Solté un bufido.

—¿Por qué hizo eso Gael? ¿Por qué ha hecho lo de hoy? —Quise saber, impaciente.

Necesitaba encontrar respuestas lógicas, antes de creer en las mías al pensar en lo peor. No podía ser. No quería.

—Y no se os ocurra decirme esa mierda de que no podéis contarme nada —les advertí cabreada, señalándolos—. Quiero saber qué narices tiene que ver Gael en todo lo que ha pasado hasta ahora y también… saber si está y estará bien. Alan, Eloy…

Dije sus nombres con la voz temblorosa y ambos me miraron con comprensión y con lástima, pero no por tenerme pena, sino por la amistad que nos unía y por lo afectada que estaba.

En un principio me importó una mierda preguntar por mi piso y lo que estaba pasando en él.

A eso llegaría más tarde, porque lo principal para mí era saber cosas de Gael.

Era todo un misterio que necesitaba descubrir, ya que no habíamos tenido tiempo para hablar sobre nosotros para conocernos poco a poco…

Ni durante el fin de semana en su casa del bosque, en la que no pudo estar hasta el último momento, ni a principios de esta semana, cuando me sorprendió en mi despacho. Pocas palabras necesitamos en ese último encuentro, porque el de hacía un rato no quería sumarlo a nuestra historia.