Capítulo 37
—Hola, cariño.
Le sonreí a mi padre y le devolví el beso que me dio.
—Ya veo que ha ido bien con Ramón —comenté con diversión.
Mi padre rio, subiendo a la encimera las dos bolsas en las que el vecino le había metido parte de la pesca que había hecho hoy.
—Madre mía —dijo mi madre, al entrar en la cocina.
—A mí no me miréis —hablé riendo—. Todavía me queda pescado del que me disteis la última vez.
—¿Todavía? —se sorprendió mi madre.
—Pues sí. Comencé por las piezas más pequeñas, pero es que las grandes son muy grandes y las congelé enteras.
Me encogí de hombros.
—Cada vez que abro el congelador y las veo, al final me decanto por cualquier otra cosa.
Mi padre rio vaciando el contenido de una de las bolsas en el fregadero.
—Hoy la mayoría son de una especie de tamaño mediano —comentó.
—Qué buena pinta —dijo mi madre, a su lado.
—Bueno, si es así, me llevo unos cuantos —acepté—. Pero no os emocionéis.
—Tu padre te los va a preparar para que te los lleves listos para solo congelarlos.
—Tu padre —dijo él, mirando con diversión a su mujer.
—Por supuesto. Esto es cosa de Ramón y tú.
—Pues bien, que te los comes. —Arqueó una ceja él, sin perder la sonrisa.
—Hombre, no se van a echar a perder. Ya que los tenemos, hay que gastarlos —rio.
Mi padre negó con la cabeza y comenzó a limpiar las piezas de pescado. Tenía mucha habilidad con ello y lo hacía muy rápido, y, aunque mi madre quisiera, no le dejaría limpiarlos a ella porque comenzaba a quitarles de aquí y de allá, y al final no quedaba nada de los peces.
Por lo que lo anterior había sido todo en broma.
—Cariño, ¿te quedas a cenar? —me preguntó mi madre.
—No. Me iré dentro de poco.
—Pero es de noche y viernes.
—Prefiero venir mañana a comer, o mejor el domingo. Mañana lo decidiré porque hoy estoy cansada y quiero llegar cuanto antes. Me he pasado a veros porque tenía ganas, pero no con la intención de quedarme.
—Si estás cansada, puedes irte cenada y una cosa menos que tendrás que hacer —insistió mi madre.
—Melisa… —La llamó mi padre, a modo de advertencia.
—Vale, vale… —suspiró.
Le sonreí antes de darle un beso en la mejilla.
No les había mentido; hoy había pasado un día muy pesado y a sumarle, estaba que la semana había sido muy lenta y bastante intensa de trabajo. Pero era justo decir que tenía muchas ganas de llegar a mi piso por si a Gael le daba por aparecer.
Desde que me sorprendió en mi despacho no nos habíamos vuelto a ver. Eso fue el primer día de la semana y estábamos a viernes. Tampoco sabía nada de él, pero algo me decía que esta noche del viernes era buena para que me diera otra sorpresa.
Nuestros momentos eran contados y no quería desaprovechar el poco tiempo que estuviéramos juntos. Me estaba acostumbrando a algo que no creía posible, pero Gael lo merecía, aunque eso no quitaba que a veces me entristeciera de repente o me afectara de diferentes maneras en mi carácter.
—Papá, mamá, tengo algo que deciros —solté sin pensar.
—Ay, Dios mío, Víctor, que la niña se ha quedado embarazada y no conocemos ni al padre —jadeó mi madre.
Mi padre, que al escucharme había dejado de limpiar el pescado y estaba medio girado hacia mí, arqueó las cejas hacia mi madre.
—¿Qué? —le preguntó ella.
—Quieres hacernos el favor de no sacar tus conclusiones precipitadas y dejarla hablar —le pidió mi padre, calmado.
Con un simple intercambio de miradas, él supo que lo del embarazo no era cierto.
—Cuéntanos, hija. Vamos a apoyarte en todo —me dijo seria.
Mi padre y yo sonreímos.
Esperé a que él se lavara las manos y cuando se acercó a nosotras secándoselas, continué.
—A ver, no es nada importante. Me refiero a una noticia impactante como lo del embarazo o que me ha tocado la lotería. Y tampoco sé si irá bien y para adelante, pero quiero que lo sepáis ya porque forma parte de mi vida.
—Todo lo que tenga que ver contigo nos interesa —dijo mi padre.
—He conocido a un hombre. Se llama Gael y es amigo de Alan y de Eloy. De hecho, también es policía y son compañeros.
Me encogí.
—¡Oh, qué buena noticia! —se ilusionó mi madre.
—Sí.
—¿Te lo presentó alguno de los chicos? —preguntó mi padre.
—Más o menos. Lo conocí el fin de semana pasado, el de la escapada a la casa en medio del bosque. Gael era uno del grupo.
—¿Y qué más? —quiso saber mi padre.
Le sonreí porque era siempre el primero en darse cuenta de las cosas. Pero esta vez no supe qué decirles.
—Nada. Solo eso. Quería que lo supierais por mí, nos salga bien o mal.
—¿Por qué va a salir mal? No puedes ir con esos pensamientos desde el principio.
—Solo está siendo sincera y realista —le dijo mi padre.
—Pero es que cuando se nos mete en la cabeza que algo va a ir mal, acaba saliendo mal. A eso me refiero —se quejó ella.
—Te hemos entendido, mamá, pero papá tiene razón. Solo el tiempo dirá cómo va todo.
—Eso está mucho mejor —me sonrió ella, haciéndonos reír a mi padre y a mí.
—A partir de ahora no empieces a preguntarme por él. —Señalé a mi madre—. Por su trabajo ahora mismo está muy liado y no sé ni cuándo volveré a verlo.
—Ya te lo ha dejado claro —intervino mi padre—. No la agobies —le pidió, haciéndome un guiño a mí.
Se lo devolví y después volvió frente al fregadero, para continuar limpiando el pescado.
—Mira estas piezas, a ver si quieres más —me pidió.
Me bajé del taburete de la isla, la rodeé y me puse a su lado.
—Para mí sobra. Yo no tengo tanto espacio en el congelador —le dije.
—Vale, pues te meto estos en una bolsa de congelación y así los metes directamente en el congelador cuando llegues.
—Vale, pero ya lo hago yo.
Fui al baño a lavarme las manos y cuando volví a la cocina, saqué las bolsas y comencé a meter las piezas por separado.
Mi madre nos dejó solos un momento, cuando le sonó el teléfono en el salón.
—¿Te hace feliz estar con él? —me preguntó sin mirarme, concentrado en lo que hacía.
—Sí —contesté sin dudar.
—Pues entonces no hay más que hablar.
Sonreí y apoyé la cabeza en su hombro. Él me dio un beso en el pelo.
—Ahora, como te haga infeliz, créeme que no me importará que sea policía y tenga un arma.
Solté una carcajada.
—No esperaba menos de ti, por eso eres el hombre de mi vida —dije con diversión, pero al mismo tiempo era una gran verdad.
Nos miramos y nos sonreímos.
—Venga, no pierdas más el tiempo aquí. A ver si va a verte al piso y no estás.
No me sorprendió que adivinara uno de los motivos por los que quería irme.
Lo abracé teniendo cuidado de mantener las manos en alto, para no mancharlo de pescado.
—Te quiero —le susurré, antes de darle un beso en la mejilla.
—Yo también, cariño —me devolvió el beso.
—Pero bueno, ¿y yo qué?
Reímos cuando apareció mi madre.
Se unió al abrazo y cuando nos separamos, volví al baño a lavarme las manos. Cuando regresé junto a ellos en la cocina ya tenía las bolsas individuales para congelar dentro de una bolsa.
Con ella en una mano y el bolso colgando, me despedí de ellos con más abrazos y besos.
—Mañana por la mañana os digo si vengo a comer o si lo dejamos para el domingo, ¿vale?
—Claro. Disfruta del viernes por la noche como mejor venga —me pidió mi padre, con un guiño.
Salí de la casa de mis padres yendo directa a mi coche. Normalmente, el trayecto durante el día lo hacía en unos quince minutos, pero esta vez tardé menos porque ya comenzaba a oscurecer y me encontré con muy poco tráfico para ser viernes.
Una vez estacioné en mi plaza, subí en el ascensor hasta mi planta. Comprobé que no tenía ningún mensaje ni llamada perdida en el móvil, aunque tampoco esperaba encontrarme con nada.
Alan y Maya sabían que esta noche quería estar tranquila en el piso, por si aparecía Gael, por lo que de mis amigos no sabría hasta la mañana siguiente en la que habíamos quedado para desayunar.
Al salir al rellano de mi planta caminé distraída hacia mi puerta, buscando las llaves en el bolso. Y fue justo cuando estaba a punto de meter la llave en la cerradura, cuando la puerta del piso de Eloy se abrió y me giré sonriendo hacia él.
Solo que no me encontré de cara con mi vecino y amigo, sino con la persona que me hubiera encantado que picara a mi piso, no al de enfrente.
Gael se quedó paralizado al verme y cuando me fijé en su ropa negra, y en cómo le quedaba, algo hizo clic en mi cabeza.
—Fuiste tú al que hace tiempo pillé intentando entrar en ese mismo piso, el que me acorraló contra la puerta —dije con la voz aguda por la sorpresa.
Solté un jadeo porque su expresión me lo confirmó.