No entrabas en mi temario Capítulo 27
63%

Capítulo 27

Lía

—Qué bien huele.

Sonreí al escuchar a Eva. Se puso a mi lado y se inclinó para apoyar los codos en la encima.

Estaba preparando un arroz con marisco y olía de maravilla, a pesar de que todavía quedaba para que estuviera preparado.

—¿Te ayudo en algo? —me preguntó.

—Por aquí lo tengo todo controlado. Habéis tenido suerte, es el único plato que se me da bien cocinar —comenté con diversión.

—Doy fe de ello —dijo Alan, a nuestras espaldas.

Solté una carcajada y cuando miré por encima del hombro, no dije nada al ver a Gael a su lado.

—Mejor uno que ninguno —rio Eva.

—Exacto —estuve de acuerdo.

Me centré en la comida, para remover lo que había en la sartén grande. No era como la que utilizaba en mi piso, pero no había más opción porque había cogido el tamaño más grande para que hubiera para todos.

Vi de reojo cómo Gael iba a la nevera. Sacó un botellín de cerveza para Alan y después nos preguntó a Eva y a mí si queríamos. Al decirle que sí, sacó el suyo y los nuestros y después de abrirlos los tres, nos dejó los botellines delante de cada una.

Intenté disimular la tensión y los nervios que me provocó que Gael se pusiera a mi lado, al contrario de Eva.

Mi amiga estaba muy pendiente de nosotros, pero disimulando. Eva solo sabía lo del primer beso del río, ya que no había encontrado el momento de contarle lo que había sucedido en medio del bosque, después de librarme de tocar una flor venenosa.

Durante el tiempo que estuvimos bañándonos en el río, no nos separamos del grupo, al igual que en todo el recorrido hasta llegar de nuevo a la casa. Al ir con tanta gente alrededor, no me atreví a sacar el tema. Los únicos que lo sabían todo eran Maya y Alan.

Seguí con atención todos los movimientos que hizo Gael, cuando sacó un bol de un armario y de otro ajos y aceite.

Giré la cabeza hacia él.

—Voy a preparar alioli, para quien quiera —me dijo, a modo de explicación.

—Vale.

Con el sitio que había en la encima, estuve por decirle que porque no dejaba más espacio entre nosotros, ya que si quería lo tocaba sin problema. Pero dejé los nervios a un lado porque me gustó mucho lo que me hizo sentir que quisiera estar tan cerca de mí.

Yo continué con el arroz que estaba preparando y Gael haciendo el alioli, mientras Eva se mantenía muy atenta a nosotros.

Un carraspeo a nuestras espaldas hizo que Eva se separara de la encimera y se girara. A mí no me hizo falta para saber que Alan no se había ido y que ese carraspeo había venido de él.

—¿Me acompañas fuera, Eva? —le preguntó mi amigo.

Sentí un vuelco en mi interior, ante una nueva posibilidad de quedarme a solas con Gael que me estaba ofreciendo mi amigo. Aunque los demás estaban por dentro de la casa y en el porche y podían aparecer en cualquier momento. Eso tiró por tierra todo lo que pensé en un instante.

Solté un suspiro, decepcionada con la realidad.

—¿Cansada? —me preguntó Gael—. Si quieres, puedo acabar yo.

—Eh… No. Estoy bien.

Nos quedamos en silencio, escuchando cómo Alan y Eva se iban. Con la necesidad de hacer algo más, levanté la mirada para observar por la ventana.

Al hacerlo, sonreí apretando los labios, porque justo delante aparecieron Eloy y Jon. El primero tenía un brazo por los hombros del segundo, mientras que parecía estar dándole una buena lección a Jon.

Por las expresiones de ambos supe que Eloy estaba llevando a cabo algún plan que había tramado, por lo que le dije del acercamiento entre Eva y Jon. A saber, si lo conseguiría.

—¿Qué tal es Eloy de vecino? ¿Os lleváis muy bien? ¿Os pasáis azúcar, sal y esas cosas?

Giré la cabeza hacia Gael. Me sorprendió el tono de voz que utilizó y, aunque intenté que no se me notara, no lo conseguí mucho.

—Es solo curiosidad —añadió, con la vista fija en lo que hacía.

—Eloy es un vecino perfecto. No da problemas y cuando hace algo que no me gusta, consigo salirme con la mía lanzándole algo a la terraza o golpeando su puerta hasta que lo canso —sonreí.

Sus labios también se curvaron un poco.

No se me había ido de la cabeza el momento en el que lo había visto y escuchado reír a carcajadas. Había sido impactante.

Cuando Lucas y Nadia regresaron sin Gael, decidí ir a echar un vistazo para saber por qué se quedó atrás. Me inventé una excusa para no llamar la atención y fue entonces, cuando me adentré un poco en el bosque, que me encontré con esa imagen de Gael.

Durante un rato no pude apartar la vista de él, como hipnotizada al verlo tan sonriente y risueño. Agradecí que él no me descubriera y me fui antes de que lo hiciera.

—Y sí, me llevo muy bien con Eloy. Al igual que Maya. A Alan no lo incluyo porque todos trabajáis juntos y es evidente cómo os lleváis.

Bajé el fuego y eché en la sartén el caldo que preparé al principio.

—Has acertado —dije con diversión—. Cuando nos hace falta algo porque se nos ha acabado y no nos hemos dado cuenta, recurrimos al piso del otro. Da igual que sea azúcar, sal o papel higiénico —reí.

—Eso está bien —carraspeó.

—Y siempre que coincidimos en la terraza Eloy salta a la mía y estamos un rato juntos —dije pensativa—. Tiene una habilidad increíble porque, aunque lleve la taza con café con leche en una mano, no se le derrama ni una gota.

Cogí por primera vez mi botellín y le di un trago a la cerveza.

—Ay, y ahora que me acuerdo… ¡Eloy! —lo llamé en alto, por la ventana.

Mi amigo y vecino se paró con Jon, al que todavía tenía agarrado por los hombros. Ambos se giraron hacia la casa.

—¿Qué? —me preguntó, alzando la voz.

Noté la mirada de Gael.

—¿Has llamado a Alonso o a Berta?

—Sí —me confirmó con una sonrisa y me hizo un guiño.

Le devolví la sonrisa y asentí, quedándome tranquila.

—Alonso y Berta son nuestros vecinos de rellano —le conté a Gael—. Son mayores y estamos muy pendientes de ellos. Son encantadores y los adoramos. El sentimiento es mutuo porque ellos nos miman con todo lo que tienen —sonreí con cariño, al recordarlos.

Cogí un trapo para limpiarme las manos y después se lo ofrecí a Gael, cuando terminó de lavárselas al acabar el alioli.

—Entre unas cosas y otras se me ha pasado llamar a uno de los dos, para hacerles un poco de compañía a través del teléfono y para comprobar que están bien. Tienen agilidad y llevan muy bien sus años, pero son los que son.

—Entiendo.

—Pero ya me quedo tranquila si Eloy ha hablado con ellos —sonreí—. Perdona —reí—. Te estoy aburriendo.

Negué con la cabeza.

Lanzó el trapo a la encimera, llevó el bol con el alioli a la nevera, tapado, y cuando terminó se paró delante de mí. Las puntas de nuestras deportivas se tocaron.

—No vuelvas a decir por mí lo que me aburre o no —me pidió.

Se inclinó un poco y me mordí el labio inferior. Sus ojos se dirigieron a ese mismo punto y, aunque lo creía imposible, la oscuridad de sus ojos se hizo más densa, más fuerte.

Solté el labio al momento. Lo liberé cuando su mirada volvió a encontrarse con la mía, con una intensidad que me hizo contener la respiración.

—Si te escucho es porque me interesa. Créeme, sabrás cuándo no sea así porque simplemente cortaré la conversación y desapareceré. ¿De acuerdo?

Asentí.

—Sí —le confirmé con palabras.

Gael se acercó tanto que me empujó hacia atrás y choqué despacio con el final de la espalda, en el borde de la encimera. Él apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo, dejándome atrapada.

Solté el aire de golpe, cuando sentí su respiración en el cuello.

—Aquí hay algo que va a consumirse con tanto calor —susurró, erizándome el vello.

—¿Cómo?

Respiré entrecortadamente al notar la punta de su lengua en el lóbulo de la oreja.

—El fuego.

Se apartó de golpe, después de darme un beso en la mejilla.

Gael me dio la espalda y caminó hacia la puerta, por la que desapareció dejándome temblorosa y fuera de juego.

Hasta que reaccioné y me di cuenta a qué se había referido con lo de consumirse con tanto calor y el fuego.

Me giré hacia la sartén donde estaba preparando el arroz y solté un suspiro, al ver que casi se había consumido el caldo que había echado.

Negué con la cabeza, mientras reponía la cantidad. Por suerte, había hecho más que de sobra y lo siguiente era echar el arroz. A partir de ese momento no me despisté y me bebí la cerveza escuchando las risas y las voces de unos y otros.

Fueron varios los que entraron después en la cocina, para decirme que me sustituían, pero yo les quité la intención y los eché rápido.

Cuando el tiempo pasó, miré el contenido de la sartén sonriendo. Lo había conseguido, me había salido un arroz de marisco espectacular. Al menos la pinta la tenía, por lo que cogí un poco para probarlo y me lo llevé a la boca, con cuidado de no quedarme.

—Joder, qué delicia —dije y reí, satisfecha por aportar algo bueno al fin de semana.