Capítulo 28
—Menos mal que no nos ha pillado en el bosque —dijo Claudia.
—Pues sí. Nos hemos librado de una buena —comentó Alan, sentado a su lado.
A pesar de que había sitio para todos en los sofás, los que estaban jugando a un juego de mesa se habían sentado sobre cojines rodeando la mesa baja que quedaba en medio de los sofás. En el suelo había una alfombra mullida.
Eva, Eloy y yo éramos los únicos que ocupábamos los sofás, uno cada uno. Estábamos tumbados en ellos. La chimenea estaba encendida, el fuego ardía con fuerza justo delante de mí, por detrás del último de mis amigos.
Se estaba de maravilla, con el calorcito y la comodidad.
Hacía como una hora, mientras comíamos el arroz, que el día se giró y dio un cambio drástico. De hacer un sol increíble, se nubló muy rápido y comenzó a llover en cuestión de poco tiempo.
Se hizo de noche de golpe, por la oscuridad que había fuera.
La lluvia caía con fuerza en el exterior y, debido a la tormenta y a que la luz había hecho amago de irse un par de veces, habíamos sacado todas las velas que habíamos encontrado por los armarios. Las teníamos preparadas para encenderlas en caso de que hiciera falta.
Estiré las piernas, ya que las había tenido flexionadas, y me quedé bocarriba, mirando el techo. Cerré los ojos, concentrada en oír a mis amigos reír y hablar mientras jugaban.
Pensé que me encantaría alargar el tiempo, aunque fuera un poquito. Todavía quedaba el resto del día de hoy, debían de ser las cuatro y media de la tarde, y el siguiente hasta que nos fuéramos, pero me parecía insuficiente para lo bien que se estaba en este lugar.
Solté un suspiro cuando noté una sensación muy agradable sobre las piernas. Alguien me había tapado, pero cuando entreabrí los ojos no encontré a nadie a mi lado.
Eloy se había quedado dormido en el otro sofá y Eva se había levantado del sofá para sentarse entre Jon y Claudia. Ese hueco lo había ocupado hasta hacía poco una persona y me pregunté si había sido él quien…
La mirada de Maya y el gesto que hizo, moviendo la cabeza afirmativamente, me confirmaron que sí, que había sido Gael el que me había tapado.
Ignoré la sonrisilla pícara de mi amiga y miré la manta fina que me cubría la mitad del cuerpo.
Aunque el fuego calentaba mucho, me la subí un poco más y me puse de lado. Me quedé de cara a los demás y sonreí al ver que Claudia se levantaba con cara de sueño y ocupaba el sofá libre. Se dejó caer en él y, aún más sonreí cuando vi a mi amigo Alan seguirla con la mirada.
Qué poquito faltaba, pero cuánto estaban haciéndose de rogar. Con ese pensamiento cerré de nuevo los ojos y me dejé llevar por la sensación tan agradable que sentía.
No llegué a desconectar del todo. A pesar de saber que estaba dormida, no entré en un sueño profundo porque de vez en cuando era muy consciente de mi alrededor. O eso creí, porque cuando los ojos se me abrieron de golpe, al único que vi fue a Gael. Todos los demás habían desaparecido.
Gael estaba de cuclillas frente a la chimenea, metiendo más troncos y avivando el fuego. La casa estaba en completo silencio; los únicos sonidos eran los del fuego y la lluvia, ya que no había dejado de llover.
Gael se levantó despacio, dejó el atizador colgado en su sitio, se sacudió las manos y se giró hacia mí. Nuestras miradas se encontraron al instante.
—Te he despertado —dijo.
—No pasa nada.
Me incorporé, hasta que me quedé sentada en el sofá.
—No he conseguido dormir profundamente. Ha sido raro porque tenía la sensación de que me enteraba de todo, pero al mismo tiempo no.
—Tendrías que haber subido a tu habitación.
—¿Y los demás? —pregunté.
—En las suyas, desde hace poco.
—Ah. —Asentí—. ¿Tú no descansas?
—Ahora iré un rato.
Metió las manos en los bolsillos.
—Bueno…
Tiré de la manta, para quitármela de las piernas, y me levanté despacio.
—Pues yo también me voy a la mía —sonreí—. Seguro que si me tumbo en la cama vuelvo a dormirme.
—Si no te quita el sueño de la noche…
Ladeó un poco la cabeza.
—No lo creo. —Amplié la sonrisa—. Además, será la última noche y no creo que nos acostemos pronto.
Asintió dándome la razón. Nos quedamos en silencio durante unos largos segundos.
—¿Y la chimenea? —le pregunté.
—No pasa nada porque se quede encendida.
Se giró para colocar la pantalla protectora de la chimenea y cuando se aseguró de que no había riesgo de nada, se volvió hacia mí.
—Ya está —aseguró.
—Vale —sonreí.
Gael comenzó a caminar hacia la escalera y yo lo seguí nerviosa. Subimos en silencio y una vez arriba, cuando nos teníamos que separar para ir cada uno a nuestra habitación, nos quedamos quietos.
Lo miré de reojo, a su lado. En el perfil de su cara no varió nada, por lo que fue imposible que supiera que estaba pensando.
Cogí una bocanada de aire y di un paso hacia delante.
—Nos vemos en un rato —le dije, mirándolo por encima del hombro.
—Sí.
Caminé hasta la puerta de mi habitación y en cuanto entré y cerré, apoyé la espalda en la madera, notando la inestabilidad de las piernas.
Después de soltar un suspiro, me dirigí al baño y al terminar, fui directa a la cama. Me quité el pantalón de chándal y el sujetador, para quedarme solo con la braga y la sudadera.
La temperatura había bajado bastante por la lluvia, por lo que hasta ahora no me había sobrado nada de ropa. Ni siquiera cerca de la chimenea.
Me metí en la cama y me tapé bien con el nórdico. Un relámpago iluminó el exterior y giré la cabeza hacia la ventana. El trueno resonó por toda la casa.
Hacía mucho tiempo que no vivía una tormenta tan intensa.
Estaba a punto de girarme hacia la ventana, para relajarme viendo cómo el agua golpeaba el cristal y se deslizaba por él, mientras el sonido me acompañaba, pero no llegué a moverme porque la puerta de mi habitación se abrió de repente.
Entreabrí los labios y agrandé los ojos, al ver a Gael cerrar la puerta y quedarse quieto junto a ella.
La poca claridad que entraba por la ventana era suficiente para ver en la habitación.
—Si quieres que me vaya, ahora es el momento de decirlo —habló.
Tragué saliva, mientras me incorporaba. Me quedé sentada en la cama y apoyé la espalda en el cabecero, al necesitar algo de estabilidad.
Como respuesta, tiré de la parte del nórdico que estaba más cerca de él y lo invité a acercarse, dejando el nórdico abierto.
Gael tardó unos segundos en moverse, pero cuando lo hizo, caminó con decisión hacia la cama. Cuando se paró junto al borde, mis pulsaciones estaban disparadas y mis nervios por todo lo alto.
Respiré profundo, esperando que aceptara la invitación de entrar en mi cama. Este hombre me había vuelto loca por completo, pero como ya era un caso perdido, mejor aprovechar lo que él había provocado.
Tenía muchísimas ganas de continuar por donde lo dejamos las dos veces de esta mañana. Las interrupciones de mis amigos me habían costado muy caras, demasiado.
No me di cuenta de que dejé de respirar hasta que tuve que coger aire y fue en el momento que Gael se quitó el jersey. Se quedó con una camiseta interior de manga corta y después de descalzarse sin apartar los ojos de los míos, se subió a la cama y se puso a mi lado.
Se escuchó otro trueno, este mucho más alto y largo en el tiempo. El centro más fuerte de la tormenta lo teníamos encima, o casi.
La ansiedad porque ocurriera algo rápido me hizo actuar y me moví en la cama. Gael giró la cabeza hacia mí y me siguió en todos mis movimientos. Me acerqué a su cuerpo y me senté a horcajadas sobre él.
Sentada encima, sin que Gael hiciera nada, me asaltaron las dudas.
—Ahora es tu turno para decirme que me he vuelto loca o, por el contrario, para volverme loca del todo —le dije hablando muy bajo.
El tiempo que me hizo esperar me creó más incertidumbre y temí haberme equivocado. Iba a darme algo como me pidiera que me apartara, me enterraría debajo del nórdico y no saldría hasta el día siguiente, para irme de la casa y montarme rápido en mi coche.
Estaba a punto de tirar la toalla, porque Gael no colaboró, cuando colocó las manos a la mitad de mis muslos. El calor del contacto me puso el vello de punta.
Debió notarlo mientras deslizaba las manos hacia arriba.
De mis labios se escapó un jadeo en el momento en el que me agarró de las nalgas y me acercó más hacia él. Fue entonces cuando choqué con su miembro erecto y más lo noté cuando me dejó sentada sobre él, clavándose entre mis piernas a través de la ropa que hacía de barrera.