Capítulo 26
Gael
Frustrado y cansado, solté un bufido.
Estaba hasta las narices de tantas interrupciones, pero no podía esperar otra cosa. No había calculado bien, había actuado por la necesidad y por el impulso de la atracción que sentía por Lía, sin pararme a pensar en las posibles consecuencias.
Algo imperdonable por mi parte. Prueba de ello era el bulto duro que se me marcaba en el bañador.
Me pasé las manos por el pelo, con un agobio impresionante, mientras ponía cada vez más distancia entre nosotros. Necesitaba alejarme lo máximo posible de Lía, al menos hasta que volviera a pensar con claridad.
Ya me había separado lo suficiente como para no verla ni oír las voces, aunque fue después de asegurarme de que se encontraba con sus amigos.
Ahora, con la tranquilidad de que ella volvía a estar con el grupo, continué con el paseo que había interrumpido para acercarme a Lía. Y menos mal, ya que se hubiera arrepentido mucho si hubiera llegado a tocar la flor que le llamó la atención.
Llevaba como media hora a mi rollo, cuando lo escuché. Sonreí de medio lado y seguí sin pararme, hasta que el sonido se oyó de nuevo. No sonó fuerte, en absoluto, pero tenía el oído muy fino y lo supe diferenciar sin problema.
—Ahora eres tú la que estás perdiendo facultades —le dije a Nadia.
—Mierda —se quejó ella.
Lucas, que estaba también cerca, soltó una carcajada.
Me paré y me giré, para verlos venir hacia mí peleándose. O más bien Nadia peleando y Lucas riendo.
—¿Qué me ha delatado? —me preguntó ella, cruzándose de brazos cuando se paró frente a mí.
Agrandé la sonrisa.
—Si te he escuchado hasta yo —le dijo Lucas.
—Oh, cállate. —Bufó ella, enfadada.
Le revolví el pelo, le hice un guiño y les di la espalda para continuar caminando. Mis amigos se pusieron a mis lados.
—¿Te ha sentado bien la desconexión? —me preguntó Lucas.
—Sí. —Fue mi respuesta escueta.
No iba a contarles nada de lo sucedido con Lía, ni en el río ni en el bosque. Si les hablaba de ella, sería cuando estuviéramos de regreso, sin interrupciones y solo nosotros, sin nadie más alrededor. Eloy estaba incluido también. Hasta ese momento, que sacaran sus propias conclusiones.
—Hemos llegado a otra parte del río. Los demás están allí —comentó Nadia—. Ha sido todo un acierto ponernos los trajes de baño cuando hemos ido a la casa, para hacer la caminata.
—Si no nos hubiéramos cambiado de ropa estaríamos todos medio desnudos —rio Lucas.
Así era. Hacía calor, a pesar de que pasábamos por muchas zonas en las que predominaba la sombra. En cuanto volvimos a la casa desde el río, lo primero que hicimos fue desayunar todos juntos. Después, ir a nuestras habitaciones para cambiarnos de ropa.
Nos quitamos la de abrigo. Las sudaderas y los pantalones largos desaparecieron, para sustituirlos por camisetas de mangas cortas o tirantes, y por pantalones cortos o bermudas. Los hombres llevábamos directamente el bañador puesto con camisetas.
—¿Está bien ahí el río para bañarse? —pregunté.
—Sí —confirmó Nadia, sonriendo—. Cuando Lucas y yo nos hemos ido, los demás estaban en el agua.
Asentí.
Me paré de golpe cuando comenzó a sonar mi teléfono. En cuanto lo saqué, fruncí el ceño al ver quién me llamaba.
—No me jodas —se quejó Lucas, con un bufido.
—Si está llamando es por algo importante —comentó Nadia, sin apartar la mirada de la pantalla de mi móvil—. Sabe dónde estamos y lo importante que era para nosotros desconectar de todo.
Buscó mi mirada.
—Sobre todo, para ti —terminó diciendo.
—Por eso mismo, joder. En cuanto descuelgue, serán problemas —suspiró Lucas.
—Adelantaos —les pedí—. Seguro que no es nada y solo quiere saber que no nos hemos perdido o algo peor —sonreí de medio lado.
Lucas puso los ojos en blanco, mientras que Nadia se resistía a la fuerza de Lucas. Él la agarró de los brazos y tiró de ella, para dejarme solo. Ella se resistió, pero al final lo aceptó, haciéndome un gesto de que quería saber pronto qué pasaba.
Negué con la cabeza, al mismo tiempo que descolgaba y me llevaba el teléfono a la oreja.
—Buenos días, jefe —lo saludó.
—Buenos días, Gael, aunque ya podemos decir tardes. Es la una.
—Estoy desconectado de horarios y horas.
—Ya veo. Eso es bueno.
Me apoyé en el árbol que tenía al lado y esperé a que continuara.
—¿Sigues ahí? —me preguntó.
—Claro. Estoy esperando a que me digas el motivo de esta llamada en un fin de semana que era intocable.
Rio al otro lado de la línea.
—Sin amenazas, tranquilo —dijo con diversión.
—No he comenzado a amenazarte. Cuando eso suceda, lo sabrás rápido —le dejé claro y sonreí de medio lado.
—Vale, muchacho.
Noté que él también sonreía.
—¿Qué pasa? —insistí.
—No tienes que preocuparte por nada. Todo está bien.
—¿En serio?
—Sí.
Elevé las cejas, observando lo que me rodeaba.
—Al final va a ser verdad y he acertado al decirle a los chicos que seguro que solo quieres saber cómo estamos. Si nos hemos perdido entre tanto bosque y esas cosas…
—Si tú te pierdes ahí, la humanidad está completamente perdida.
Reí.
Tenía mucha razón porque me había criado en estos bosques y en la casa que este fin de semana nos acogía a todos. Lo conocía todo como la palma de mi mano, a pesar de los pequeños cambios que se habían dado con el paso de los años.
La casa era de mis padres, pero la podía considerar solo mía. Algún día lo sería, aunque esperaba que fueran dentro de muchos años. El tema era que ellos, desde que yo me hice mayor, ya no venían por aquí.
Fui yo el que tuvo la idea de pasar el fin de semana en este sitio, ya que hacía mucho tiempo que tenía ganas de venir y por el trabajo me había sido imposible. Hasta que todo cuadró para llegar a este momento.
En cuanto todos tuvimos un fin de semana libre, el que comenzamos el viernes al mediodía coincidiendo, les propuse escaparnos para venir a este lugar que para mí era sinónimo de paz, tranquilidad y desconexión al máximo.
Lucas ya había estado en alguna ocasión conmigo, solos los dos. Nadia y Eloy no pudieron unirse a nosotros porque, por unas cosas u otras, tenían planes hechos.
Observé de reojo hacia la izquierda, al detectar un movimiento. Evité mirar directamente al espectacular cuerpo de mujer en bikini que estaba a unos metros de distancia.
Lía pensaba que no me daría cuenta, porque no intentó esconderse mientras me observaba fijamente. Distinguí un poco de sorpresa en su expresión y eso solo podía ser por haberme escuchado reír. No había hecho nada más diferente que eso, de manera que…
—¿Entonces de verdad no pasa nada? —le pregunté a mi jefe.
Volví a la conversación, pero sin perderla a ella de vista, sin que fuera consciente de que la vigilaba.
—Te lo aseguro. Solo quería saber cómo os va. Será que os echo de menos.
—Jefe, ¿te has puesto sentimental porque no estamos?
—Muchacho, no tientes a la suerte.
Sonreí de medio lado.
—No te imaginas la alegría que me das —dije pensativo—. Pensaba que había pasado algo gordo por tu llamada y nos haría salir corriendo.
—Joder, lo siento.
—No digas tonterías. No pasa nada. Ahora mismo estoy en medio del bosque y a punto de llegar a la orilla del río que pasa por esta zona. Voy a darme un baño que va a sentarme de maravilla.
Lía se fue y entonces sí que giré la cabeza hacia ella, cuando no podía verme. Me contuve para no reír, cuando la vi caminar con mucho cuidado y mirando por donde pisaba, para no delatarse.
—Eso suena genial.
—Sí —le confirmé—. El fin de semana está siendo bueno y muy interesante.
Estuvimos hablando un poco más, mientras yo volvía a caminar para llegar junto a los demás.
Antes de salir de la arboleda al río, me despedí de mi jefe y me quedé con el móvil en la mano, ya que no iba a tardar en meterme en el agua.
Todos estaban en el agua y mientras me acercaba adónde habían dejado sus ropas, les hice un gesto a Lucas y a Nadia para que supieran que todo estaba bien por la llamada. Se relajaron al instante.
Me quité la camiseta, la dejé en la hierba con el móvil encima y las llaves de la casa que saqué de un bolsillo del bañador, y caminé despacio hacia la orilla, haciendo contacto visual con Lía.
El agua le llegaba por encima del pecho, pero porque estaba agachada. Claudia estaba cerca de ella y de pie, y el agua le llegaba por encima del ombligo.
Me dirigí a una zona en la que no había nadie y me lancé de golpe y de cabeza. El baño me sentó de maravilla. Era lo que necesitaba, refrescarme, y durante un largo rato, cuando salí a la superficie, me quedé flotando bocarriba en el agua.