Capítulo 25
—Me lo estoy pasando muy bien —le dije a mi madre.
La había llamado, mientras recorría el camino que mis amigos habían marcado por delante.
—Si me escuchas mal en algún momento es porque estoy en medio del bosque, mamá. No sé si perderé la cobertura.
—Tranquila, cariño.
—Esta mañana temprano he hablado con la abuela. Mañana, cuando llegue a mi piso, volveré a llamarla porque me he quedado con las ganas de hablar con el abuelo. Estaba en la panadería y he colgado antes de que llegara.
—Lo sé, he hablado con ellos hace una hora o así.
Con la mirada hacia delante, busqué al grupo. Me di cuenta entonces de que me quedé muy retrasada, por lo que aceleré el paso.
—Mamá, te dejo porque al final me despisto y me pierdo. Por hoy no quiero más aventuras —reí.
—¿Más? ¿Has hecho otra cosa hoy?
—Ir al río a primera hora de la mañana. Ha estado guay.
No iba a contarle la historia real porque sería preocuparla por algo que ya había quedado atrás.
—Oh, qué bien.
—Sí —sonreí.
—Vale, cariño. Ya hablamos cuando estés de vuelta. Dales besos a todos y por lo que más quieras, no te pierdas que no tienes orientación.
—Gracias, madre, por tu confianza.
Reímos.
—Dale besos a papá. Os quiero.
—En cuanto llegue se los doy. Nosotros también te queremos, cariño. Sigue pasándotelo bien.
Colgué con una sonrisa y no aminoré el paso para alcanzar al grupo lo antes posible. En ello estaba, cuando algo llamó mi atención y me hizo caminar cada vez más despacio, desviándome un poco.
Había una flor preciosa. Me agaché poniéndome de cuclillas, para admirar lo rara que era. La misma rareza que la hacía única y muy llamativa.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y le tomé varias fotografías, antes de alargar la mano para tocarla.
—Yo de ti no lo haría.
Solté un grito y por el susto que me llevé, me caí de culo al suelo. Sentada sobre la hierba, tal como me había quedado, busqué a Gael.
Era él el que me había hablado. Lo encontré apoyado en un árbol, bastante cerca para no haberlo escuchado. Tenía los tobillos cruzados y giraba entre los dedos una rama pequeña.
Solté un bufido.
—No te costaría nada avisar un poco antes y sin asustar, ¿no? —suspiré.
—Lo habría hecho si hubiera querido que te dieras cuenta de que estaba cerca. Mi intención no era esa, sino pasar desapercibido para todos. Pero has tenido que ir a tocar lo que no debías.
Entrecerré los ojos, antes de girar la cabeza hacia la flor.
—¿Por qué me has dicho que no la toque? —pregunté con curiosidad.
—Porque es venenosa —me contestó y agrandé los ojos con sorpresa—.
Si quieres tener granos o ronchas, sentir mucho picor y quemazón, y que se te enrojezca la zona con la que la toques, adelante.
Pero sigo aconsejándote que la mires desde lejos porque no es nada agradable y los efectos pueden complicarse.
—Vale —susurré.
Busqué su mirada de nuevo. Ninguno de los dos nos habíamos movido. Él seguía en el árbol.
—¿Tienes la mala costumbre de atraer a las cosas malas o de perderte? —me preguntó.
—No.
Fruncí el ceño.
—Esta mañana has llegado al río por casualidad y, a saber, cómo habrías vuelto a la casa si no te hubiera seguido desde lejos.
—¿Me seguiste?
—No entraba en mis planes dejar que te perdieras —contestó arqueando una ceja.
—¿Y por qué no apareciste cuando llegó el lobo?
—Cuando llegaste al río, sabía que estarías un rato disfrutando de esa parte y aproveché para recorrer un poco el terreno. Por eso llegué más tarde.
—Ah.
Bajé la mirada a la hierba y para no llevarme ninguna sorpresa desagradable, como tocar otra cosa que me hiciera daño, me levanté despacio.
Me giré hacia donde se suponía que debían estar los últimos del grupo, sin contarme a mí y ahora también a Gael, pero no había rastro de ninguno. Ni siquiera se oían las voces.
—Joder.
—A eso me refería, ya están bastante lejos. Te habrías perdido otra vez.
Me sobresalté tontamente al sentir la voz de Gael a mi espalda. Me volví despacio hacia él y nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos.
—No me he dado cuenta. Solo me he parado un momento.
—Pero ibas alejada cuando lo has hecho, suficiente para perderlos de vista. Y no van a esperarte porque se han apartado de ti para que hables por teléfono. Hasta que se den cuenta, claro, de que no es normal que no aparezcas.
—Qué bien —dije haciendo una mueca.
—Tienes suerte de que yo haya decidido ir por libre.
—Eso parece —susurré—. ¿Cómo sabes lo de la planta? —Señalé la flor.
Primero se encogió de hombros, por último, se decidió a responderme.
—Me gusta estar informado de todo. Tengo una mente inquieta.
—Ah… ¿De plantas también?
—De plantas también —repitió confirmándomelo—. Me gusta mucho todo lo que nos rodea ahora mismo, suelo perderme por la vegetación cada vez que puedo.
Sonreí y volvimos a quedarnos observándonos. Cuando estaba a punto de desviar la vista porque sus ojos me consumían y sentía demasiado su intensidad, Gael hizo algo que me dejó sin palabras.
Elimino la distancia que nos separaba para levantar una mano y acariciarme la mejilla. Fue algo totalmente inesperado, sobre todo, por la delicadeza que me transmitió.
Se me entrecortó la respiración en el momento en el que me rozó el labio inferior.
—Gael…
Su nombre sonó a súplica o a necesidad. De esa manera lo sentía ahora mismo, consumiéndome por dentro por unas pocas caricias.
Sus labios se curvaron ligeramente hacia un lado y me pregunté si alguna vez lo vería sonreír de verdad, de oreja a oreja.
Mi mente se quedó en blanco en cuanto me rodeó la cintura con el brazo libre. Nos quedamos en una posición idéntica a la que tuvimos frente al río con la roca detrás de mí, cuando tiró de mi cuerpo hacia el suyo.
Nuestros pechos chocaron y llevé las manos a su cintura, con la necesidad de tocarlo y mantenerme firme, ya que notaba cómo me debilitaba entre sus brazos.
Si desde que lo conocí, a distancia, me resultaba desconcertante y me descolocaba porque no estaba acostumbrada a lo que me provocaba; con tanto contacto y proximidad me alteraba a unos niveles que me costaba muchísimo gestionar.
Debía aprender a enfrentarme a ello para no perder el control, ya que hasta Gael no me había pasado algo igual. Ni siquiera parecido. Pensar en ello me llevó a hacerme muchas preguntas y a asustarme, ya que no era para menos.
Me repetí en la cabeza que pasara lo que pasara solo sería cosa de este fin de semana, que no podía esperar nada. Tampoco iba a sugerirlo ni algo parecido. Gael seguiría con su vida, al igual que lo haría yo con la mía. Punto.
Pero mientras tanto no era tonta, de manera que…
Subí una mano y lo agarré de la nuca con ella, antes de empujarlo hacia mí. En esta ocasión fui yo la que inicié el beso, uno que no comencé calmado porque Gael estaba preparado para contratacar con más intensidad.
Jadeé en su boca cuando tomó el control, mientras mi mano subía hasta su pelo y lo agarraba de él. Gruñó entre mis labios y aumentó la intensidad de todo. Incliné el cuerpo hacia delante, para que no hubiera ni una mínima separación entre nuestros cuerpos.
La mano que tenía en su cadera la deslicé hacia atrás, para agarrarle de una nalga. El movimiento provocó que se pegara más a mí y que su miembro, que ya había despertado, se clavara en mi barriga por segunda vez en este día.
Gael colocó ambas manos en mis nalgas y en esa posición, tiró de mí hacia arriba. Me quedé rozando el suelo con la punta de las deportivas, mientras él soportaba todo mi peso manteniéndome en alto y pegada a él.
Nuestros labios y lenguas no pararon de buscarse desesperadamente, haciendo el beso más agresivo y necesitado con cada nueva cosa que hacíamos o tocábamos del otro.
Llegó un punto en el que la necesidad era demasiada y quería más, mucho más. Tenía el cuerpo tembloroso y notaba la desesperación por…
—¿Lía?
Cortamos el beso al instante y con las narices casi rozándose, nos quedamos mirando a pocos centímetros.
—¿Lía? —me llamó otra voz.
La primera había sido Maya. El segundo Alan. Un poco más lejano, volví a escuchar mi nombre, pero no reconocí quién era. Debían haberse separado para buscarme, ya que al final, como había adelantado Gael, se habían dado cuenta de que mi tardanza no era normal.
—Mierda —susurré, molesta.
A pesar de que lo entendía y de que una parte de mí agradecía inmensamente que estuvieran buscándome, sentí rabia por la segunda interrupción porque mi momento con Gael se había acabado de nuevo.
Él tenía la mandíbula en tensión y me agarraba con más fuerza de las nalgas, como si se negara a soltarme. Hasta que tuvo que hacerlo.
Me bajó despacio, de la misma manera que apartó las manos de mi trasero. Dio varios pasos hacia atrás caminando de espaldas, mirándome a los ojos, y se giró para desaparecer entre los árboles.
Abrí los labios, pero los cerré de golpe. Gael eligió desaparecer.
Solté un suspiro y me di la vuelta, para ponerme en la dirección que venía Alan. Lo vi a lo lejos y él también me vio a mí cuando levanté los brazos.
—¡Estoy aquí! ¡Lo siento!
Comencé a caminar hacia él, mientras me pasaba los dedos por los labios. No podía hacer nada para eliminar la hinchazón y la rojez que sabía que tenía ahora mismo, por lo que era un momento perfecto para contarle a Alan todo lo que me había pasado hoy, sin excepción. Y de paso actualizar a Maya.