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Capítulo 23

—Mierda, mierda… —susurré.

Al principio no me atreví a moverme, pero al cabo de unos segundos interminables llegué a la conclusión de que tenía que cambiar de postura y prepararme.

¿Para qué? Esperaba que no para lo peor porque era capaz de lanzarme al río, por muy congelada que estuviera el agua. Prefería un millón de veces que mi final me encontrara en el agua que enfrentándome a un perro salvaje grande que estaba gruñendo y enseñándome los dientes, amenazante.

Tragué saliva mientras me esforzaba por encontrar el valor para tomar una decisión. Entretanto, me costó asimilar, por el miedo que se había apoderado de mí, que lo que estaba viendo no era un perro, sino un lobo mucho más grande.

Y por si no había quedado claro, no tenía ganas de ser amistoso. El animal estaba preparado para atacar e intimidándome.

—Joder, joder… —murmuré, cuando dio un paso hacia mí un poco agachado.

Se movió muy despacio, de la misma manera que quise moverme yo.

El gran problema era que yo no tenía su habilidad ni mucho menos la gracia del lobo, por lo que cuando me deslicé en la roca un poco, su gruñido se intensificó como advertencia.

—¿Sabes lo que te digo? Que me importa una mierda tu mala leche o lo que tengas ese cuerpo tan grande —grité—. Que te jodan. Yo no te he hecho nada, eres tú el que ha aparecido con esa cara de querer morderme. Pero, ¿sabes qué? Que me importa otra mierda porque no vas a alcanzarme.

De sueños se vivía y de esperanzas más, porque acababa de soltar alguna que otra mentira que hasta sonó a broma.

Con la respiración descontrolada y el pecho moviéndose acelerado, me preparé para…

—¡Lía! ¡No te muevas!

La orden de Gael me dejó paralizada. Me entraron muchas ganas de llorar al escucharlo, al saber que no estaba sola.

Habíamos terminado en el mismo punto, a pesar de que me separé de él para tomar mi camino sola. Pocas veces me había alegrado tanto de algo, incluso me sentiría igual si me hubiera seguido.

En este momento lo único que quería era que estuviera a mi lado para ayudarme. Mi deseo se hizo realidad cuando Gael apareció entre dos árboles.

Llevaba un palo grande en una mano y miraba fijamente al lobo. El animal lo miró a él también y durante unos segundos se mantuvieron observándose con atención.

—¡Quédate quieta! —insistió Gael, sin apartar la vista del lobo.

Dio un paso hacia delante, moviéndose muy despacio. Después dio otro, de la misma manera. Fueron varios los que caminó, hasta que se paró a unos metros del lobo.

Contuve la respiración, temblando.

—Gael…

Mi voz sonó tan débil que escuchó que lo llamaba.

Miré a mis lados sin girar la cabeza, para encontrar algo muy cerca que pudiera coger para lanzarle al lobo con la intención de asustarlo y que retrocediera.

Dudaba que lo hiciera con la rapidez suficiente, pero, por otro lado, serviría de distracción para que Gael…

No pude controlar moverme para llevarme una mano a la boca, donde mi grito quedó amortiguado al ver a Gael acercarse un paso más al lobo. Se mantuvo firme, erguido y sin rastro de miedo, mostrando una templanza que no sabía cómo podía tener en una situación así.

Se quedaron de esa manera, mientras el animal no dejaba de gruñir y de estar en alerta, dispuesto a saltar hacia su nueva presa.

Para mi gran sorpresa, después de lo que pareció una eternidad, el lobo retrocedió, dejó de enseñar sus fuertes dientes y bajó la cabeza en señal de sumisión.

Solté un jadeo por la impresión y alucinada, vi cómo el animal se alejaba de Gael caminando. Hasta que echó a correr y se perdió entre los árboles y la vegetación.

—Muévete. Estás agarrotada.

Solté un grito al escuchar a Gael muy cerca de mí. ¿Cuándo se había movido tan rápido? ¿Y cómo era tan silencioso?

Tenía razón, estaba rígida, casi formando parte de la dureza de la roca en la que continuaba sentada.

Me costó moverme lo suficiente para quedarme bien sentada mirando hacia delante. Ahí estaba Gael, mirándome con el río a su espalda y con el palo todavía en una mano.

Lo dejó caer al suelo y me ofreció la otra mano, para bajar. Negué con la cabeza, pero no por lo que él interpreto.

Estaba retirando la mano, con el ceño fruncido, cuando se lo aclaré.

—No creo que ahora mismo pueda estar de pie. Me tiembla todo y siento… siento que las piernas me cederían.

Hice una respiración profunda, al faltarme el aire.

Gael ladeó un poco la cabeza y dio el paso que nos separaba. Se quedó tan cerca que mis piernas rozaron su pecho. Por el lado de la roca que había subido a ella, había muy poca distancia del suelo, pero por donde me colgaban las piernas, donde él estaba, había como mínimo un salto de un metro.

Contuve el aliento cuando me rodeó la cintura con un brazo y tiró de mí despacio. Me deslicé por la roca, agarrada a sus hombros, hasta que ambos nos quedamos de pie.

Con el miedo todavía en el cuerpo…

—¡Eres un imbécil! —le grité, golpeándole el pecho con los puños—. ¿Cómo se te ocurre enfrentarte a un lobo? ¿En qué estabas pensando?

—De nada por salvarte.

Elevó las cejas.

—¡No tenías que arriesgarte tanto!

—¿Y cómo pretendías que ahuyentara al lobo? Lo mismo tendría que haberle silbado y decirle que nos íbamos de paseo. O tal vez sentarme con él en el suelo para jugar.

—Oh, cállate. —Bufé—. ¿Y si vuelve?

Giré la cabeza hacia los árboles.

—No va a volver —contestó con seguridad y busqué su mirada.

La oscuridad de sus ojos me dejó inmóvil, al sentir su intensidad. Gael tenía los ojos más diferentes que había visto en mi vida, aunque… me vino un recuerdo fugaz a la cabeza, pero no le di forma y tampoco tuve tiempo para pensar en ello.

—Ahora sabe que tú eres de mi propiedad. Mi comida, mi juguete, mi…

—¿Qué narices dices? —le pregunté con un jadeo.

—Que le he ganado y ha aceptado su derrota de perderte. Eso estoy diciendo —sonrió de medio lado.

No fue una gran sonrisa, más bien fue el inicio de una, pero le sentó de maravilla.

Y sin pensar en lo que hacía ni en lo que podía pensar Gael. Así en cómo podía sentirse… Le rodeé el cuello con los brazos y lo abracé con fuerza, pegando nuestros pechos.

Durante un tiempo él se quedó tan inmóvil como yo me quedé por lo del lobo, pero al cabo de unos segundos reaccionó y el brazo con el que me rodeaba la cintura me apretó más a él.

No me di cuenta de cuándo comencé, pero lloré todo el miedo, la angustia, la ansiedad y los nervios que había pasado. Me aferré a Gael como si fuera mi salvavidas y así lo sentí, mientras él no me dejaba caer.

Como ya sabía, tenía las piernas temblorosas e inestables, por lo que me mantenía en pie gracias a la sujeción de Gael.

Olía tan bien. El calor de su cuerpo me hizo sentir de maravilla y me dejé llevar por eso, mientras descargaba todos mis sentimientos negativos en forma de lágrimas.

Gael no aflojó la fuerza con la que me mantenía pegada a él y se lo agradecí. Debió notar que lo que le había dicho era cierto, por mis temblores.

—Ya está.

Su voz sonó ronca, grave.

—Se terminó.

—Yo solo quería ver el río. Disfrutar de la zona y de la tranquilidad —hablé entrecortadamente, sin poder parar de llorar.

—A lo mejor el lobo quería hacer lo mismo y te has convertido en una amenaza para él.

—¿Una amenaza yo? Era él el que enseñaba muchos dientes.

Noté cómo su cuerpo temblaba y fruncí el ceño.

—¿Estás riéndote?

—No —contestó demasiado deprisa.

Aflojé la fuerza con la que estaba agarrada a su cuello y separé la cabeza de su pecho, para mirarlo a la cara. Le había mojado la sudadera.

Me quedé con los labios entreabiertos, preparada para hablar, pero las palabras se me esfumaron cuando me sorprendió agarrándome la cara con ambas manos.

Para ello, como me soltó de la cintura, pegó mi cuerpo por la espalda a la roca y su cuerpo por delante impidió que me moviera ni un centímetro. Tragué saliva ante tanta cercanía.

Gael me retiró las lágrimas con los pulgares, con una delicadeza que no esperaba de él. Tampoco era que esperara nada. Me estaba dando demasiado.

—No te ha pasado nada, piensa en eso —me pidió, con la misma voz ronca—. He llegado a tiempo.

Cerré los ojos unos segundos, cuando me pasó los dedos por las cejas. Lo hizo varias veces y se sintió tan bien.

—He pasado mucho miedo —susurré.

—Lo sé. Es normal.

Entreabrí los ojos, para entrar en la oscuridad de los suyos.

—Hola —me dijo.

—Hola —volví a susurrar.

—¿Estás mejor?

—Un… poco.

—¿Qué necesitas para estar bien del todo?

—Yo… un poco de tiempo para olvidar —suspiré.

Y Gael hizo algo que tiró por tierra la tranquilidad que había conseguido, al mismo tiempo que me hizo olvidar al instante todo lo anterior.

Jadeé entre sus labios, cuando me atrapó los míos con los suyos.

—Olvídate de todo, menos de esto —me pidió.

Después de tirar de mi labio inferior con un poco de fuerza, me agarré a sus brazos en el momento que profundizó el beso. Gemí y él se pegó más a mi cuerpo, empujándome contra la roca.

Su lengua buscó la mía, mientras nuestros labios se movían con desesperación. Tuve la sensación de que no era suficiente, de que nada de lo que hiciera con este hombre lo sería.

Me besó con más fuerza, haciéndome temblar entre sus brazos. Su erección se clavó en mi barriga.

Con una mano, Gael me agarró del pelo por detrás de la cabeza, protegiéndome de la roca. Me guio como él quería y yo le clavé los dedos en los brazos, por la necesidad contenida y el deseo que había despertado en mí.

Cuando nos separamos para coger aire, con los labios enrojecidos y un poco hinchados, por la fuerza y la intensidad del beso, nos quedamos tan cerca que nuestras narices se rozaban y nuestras respiraciones irregulares se entremezclaban.

Ninguno de los dos habló ni se apartó. Yo no quise romper la magia del momento, porque no quería que terminara tan pronto. Él se mantuvo callado por sus propios motivos, los que me hubiera encantado saber.

Fueron otros los que se encargaron de cortar el momento, ya que escuchamos nuestros nombres de algunos de nuestros amigos.

Solo entonces Gael dio varios pasos atrás, soltándome con cuidado. Después de observarme de los pies a la cabeza con intensidad, me dio la espalda y caminó hacia la orilla del río.

Yo me quedé apoyada en la roca. Eché la cabeza hacia atrás, también para apoyarla. Coloqué las manos extendidas en la fría pared de piedra para tener más estabilidad, mientras escuchaba con más fuerza el nombre de Gael y el mío.

No aparté la vista de él. Se había agachado en la orilla y tenía las manos metidas en el agua.

Yo no pude hablar, pero fue Gael quien, con un silbido que sus amigos debían conocer, les dijo sin palabras que estábamos en la zona.