Capítulo 22
Lía
—Eres insoportable —le dije, cabreada—. Si te piensas que mi intención es ser amiguita tuya, no puedes estar más equivocado.
Entrecerré los ojos.
—Ni loca tendría cerca a una persona tan desagradable como tú.
—Si te parezco tan desagradable, ¿qué haces aquí? Has sido tú la que ha dicho que querías acompañarme.
Elevó las cejas.
—Tienes razón y ha sido un error. A partir de aquí sigo sola, no te necesito para nada.
Con el control de mi cuerpo recuperado, ya que lo perdí con tanto acercamiento, conseguí dar varios pasos hacia atrás. Me aparté lo suficiente para caminar y pasar por su lado caminado.
Sin pararme, me adentré entre los primeros árboles, alejándome de ese impresentable.
—Habrase visto… —dije sorprendida.
Solté un bufido, cabreada conmigo misma por haber tenido la ocurrencia de preguntarle si podía acompañarlo. ¿Quién me mandaría a mí meter en algo así?
—Qué idiota. —Bufé con rabia.
Con la misma rabia daba las pisadas.
Al cabo de un rato miré por encima del hombro hacia todos los lados, para comprobar que estaba sola. Así fue y entonces me relajé por completo.
Saqué el móvil del bolsillo central de la sudadera. Faltaba poco para las ocho y veinte de la mañana y sonreí al desbloquear el teléfono. Busqué el contacto de mi abuela y me llevé el móvil a la oreja, después de marcar.
A esta hora mis abuelos estaban más que despiertos. A madrugadores no les ganaba nadie.
—¡Cariño!
Mi sonrisa se amplió.
—Hola a la mujer más maravillosa y estupenda de todo el mundo.
Rio.
—Como nos oiga tu madre.
—Tu hija me apoyaría y tranquila, que para ella tengo otras reservadas.
Volvió a reír.
—¿Cómo es que me llamas tan temprano un sábado por la mañana?
—Anoche no salí. Me porté muy bien porque me dormí rápido. No me dio tiempo ni a leer un par de páginas.
—De vez en cuando va bien eso también.
Sonreí.
—Sí, pero hay un motivo.
Me paré para observar bien la zona en la que estaba. Como si supiera orientarme y saber hacia dónde ir… ese pensamiento estuvo a punto de hacerme reír.
Tampoco era que tuviera un destino final. Mi único propósito era dar un paseo por la naturaleza, aunque si de paso conseguía llegar al río, mejor que mejor. Me gustaría verlo y estar un rato, aunque eso ya era demasiado pedir.
A no ser que el río se pusiera en mi camino o que yo me acercara tanto a él que pudiera escuchar el sonido característico del agua en movimiento. Eso me facilitaría mucho el asunto.
—¿Lía?
—Sí, sí… Estoy aquí. Es que estaba mirando por dónde ir.
—¿Has salido del piso y no sabes para qué?
Reí y volví a caminar, eligiendo un camino al azar.
—No. Del piso salí ayer por la tarde y no regreso hasta el domingo. Imagino que también por la tarde. Eso te iba a decir, he venido con Maya, Alan, Eloy y otros amigos a una casa aislada en medio de la naturaleza. Ahora mismo estoy dando un paseo por el bosque.
—Oh, qué maravilla.
Sonreí.
—Sí. Es perfecto y hace frío —dije con diversión.
—¿Te has llevado ropa de abrigo?
—No te preocupes. He venido preparada.
—Estupendo. Envíame alguna foto.
—Vale.
—Me alegro de que vayas a pasar un fin de semana diferente.
—Yo también. Se agradece salir de la rutina. ¿Dónde está el abuelo?
—No tardará en llegar, ha ido a por el pan.
—Ay, se me hace la boca agua. ¡Qué injusta es la vida!
Reímos.
—Cuando tú estás siempre llegas con media barra y tengo que enviarte a que compres otra —dijo con diversión, pero también con añoranza.
—Eso solo pasa los primeros días que estoy en el pueblo. Después, los demás, compro dos barras desde el principio.
Volvimos a reír.
—Dales recuerdos a Maya y a Alan.
—De vuestra parte.
—Y a Eloy. A él hace mucho que no lo vemos.
—Porque es muy aburrido y ningún verano acepta venir con nosotros al pueblo.
—Cuando estés con él, llámame y pásamelo. Ya verás cómo después de mi conversación con él te dice cuándo venís.
Solté una carcajada.
—Te quiero, abuela.
—Yo también, cariño.
—Voy a dejarte ya. Más tarde vuelvo a llamar para hablar con el abuelo.
—Claro, hija. Cuando quieras.
Alargamos un poco la despedida y cuando colgué, metí el móvil en el bolsillo central de la sudadera y solté un largo suspiro.
Este año tenía una espinita que no conseguía quitarme. Como cada año en verano, había estado con mis abuelos en el pueblo, pero con la diferencia de que no fue durante todo el mes de agosto. Me fui al pueblo a finales de julio y regresé al final de la primera semana de agosto.
Varió porque mis amigos y yo organizamos un viaje en ese mes, ya que por fechas nos cuadraba a Alan, a Maya y a mí. De ahí que echara tanto de menos a mis abuelos y el tiempo que no había podido disfrutar con ellos.
Y ya, una vez que me metía de lleno en el trabajo, no los vería hasta las fiestas navideñas. Para esa época, mis abuelos siempre viajaban para pasarlas todos juntos y se quedaban tres semanas, como mínimo, en la casa de mis padres.
Aún quedaba para que llegase ese momento.
Me rodeé la cintura con los brazos, cuando me estremecí por la temperatura tan baja que hacía.
Me había adentrado mucho en el bosque. Me encontraba en una parte en la que los primeros rayos del sol del día no se filtraban, ya que las copas de los árboles eran muy espesas y estaban muy juntas las unas de las otras.
Parada entre árboles, giré sobre mí misma, muy despacio, pensando bien hacia dónde dirigirme. Por unos instantes pensé que al final tendría que llamar a Alan o a Eloy para que vinieran a rescatarme. Reí al imaginarlo.
Sacudí la cabeza y en el momento en el que me calmé, quedándome en silencio, fue entonces cuando capté un ligero sonido que me hizo sonreír.
Me giré hacia la dirección de la que creí que venía y no dudé en dirigirme hacia allí.
Fue todo un acierto porque, conforme acortaba la distancia, el sonido fue intensificándose. Al igual que mi sonrisa, porque había encontrado el río.
—Ala —dije sorprendida, al pasar el último árbol.
Frente a mí se presentó un gran río. Su caudal tenía muchos metros de ancho entre ambas orillas. En la parte central se veía con claridad que era donde la corriente arrastraba con más fuerza. En las demás zonas el agua estaba muy calmada.
Me moví para bajar con cuidado por la pequeña pendiente que llevaba hasta abajo, a pie de río. Agarrándome a las raíces que sobresalían y a las rocas grandes que estaban bien enterradas en la tierra, conseguí llegar sin dar ningún resbalón.
—Me gusta lo difícil —dije con diversión, para mí misma.
El motivo fue que me quedó observando que, si hubiera caminado un poco más en el sentido contrario a la corriente del río, habría llegado a una zona plana que daba un acceso cómodo al mismo sitio en el que me encontraba.
Me sacudí las manos y caminé hacia allí, para tener más cerca la salida y porque el terreno estaba más plano y no había tantas rocas.
Cuando llegué, me giré hacia el río, con las manos metidas en el bolsillo central de la sudadera. Durante no supe cuánto tiempo no me moví, disfrutando del sonido y de las vistas.
Pasado un rato, decidí tomarme un poco más de tiempo en el lugar, a pesar de que no tenía ni idea de cuánto me llevaría llegar a la casa, o si llegaría a encontrar el camino después de dar varias vueltas.
Lo mismo me dio porque quería disfrutar de este momento y no pensé en nada más.
Caminé hasta una roca alta, ancha y de superficie lisa, y me subí a ella para sentarme y quedarme con las piernas colgando por el lado del río.
Las vibraciones de mi móvil me sacaron del momento de paz. Solté un suspiro y lo saqué desganada, hasta que vi que Maya había escrito al grupo que compartíamos con Alan.
Maya: ¿Dónde estás y con quién, pillina?
Maya: ¿Cómo puede ser que tenga que enterarme por otras personas de que te has ido con el buenorro de Gael a dar una «vueltecita» entre tanto escondite?
Maya: ¿Qué tipo de vuelta? Espero que sea de las que te dejan temblando, jadeante y con ganas de más. Ja, ja, ja…
Negué sonriendo y le contesté.
Lía: Ahora mismo estoy sentada en una roca frente al río, disfrutando de la paz que hay.
Lía: Y para tu información, estoy sola desde hace bastante tiempo.
Lía: No sé dónde está Gael. Nos hemos ido juntos de la casa, pero no hemos tardado mucho en separarnos.
Lía: Su simpatía era demasiada para ser tan temprano.
Maya: ¿Qué ha pasado?
Lía: Ya te pondré al día. Ahora paso de estropearme este momento. ¿Ya se han levantado todos?
Maya: Sí. Claudia es la única que falta por bajar, pero porque la han llamado para algo del hospital y se ha quedado hablando en su habitación.
Alan: ¿Dónde estás, aventurera?
Lía: Ja, ja, ja… Eso me gustaría a mí saber. No tengo ni idea, pero encontraré sin problema el camino de vuelta.
Lía: Luego hablamos. En un rato estoy ahí.
Alan: Disfruta del momento en soledad. Estaré pendiente del móvil por si tengo que ir a tu rescate.
Maya: Yo tengo la esperanza de que Gael aparezca cual príncipe azul y la saque de donde esté. Ja, ja, ja…
Leí los últimos mensajes sonriendo, antes de salir de la aplicación y bloquear el móvil. Lo devolví al bolsillo de la sudadera y respiré profundo, con la vista perdida en el agua.
Hasta que de repente, escuché un sonido que no tocaba. Para nada debía formar parte de este sitio.
Creyendo que mi imaginación me la estaba jugando o que había creído lo que no era, me giré despacio, sentada en la roca, para mirar lo que tenía hasta hacía poco a mi espalda.
En cuanto lo vi de frente, agrandé los ojos y entreabrí los labios, al faltarme la respiración.