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Capítulo 21

Gael

—Hola, hombre solitario.

Sonreí de medio lado y miré por encima del hombro. Nadia caminaba hacia mí contoneando las caderas al ritmo de una de sus canciones imaginarias.

Solía hacerlo mucho y, según fueran sus movimientos, todos los que la conocíamos ya sabíamos lo que tenía en la cabeza.

—¿Qué haces tan temprano despierta? —le pregunté cuando se puso a mi lado.

Al igual que estaba yo, se echó hacia delante para apoyar los brazos en el pasamanos de la baranda del porche.

—¿Y tú?

—Yo he preguntado primero.

Hablábamos en tono bajo, ya que eran las siete y media de la mañana.

—Estaba desvelándome cuando he escuchado movimiento fuera de la habitación.

—No he hecho casi ruido.

—Para escapar de mí debes ser mucho más sigiloso —me dijo con diversión.

—Ya veo. —Negué con la cabeza—. Me he relajado en estas minivacaciones.

—Eso parece —rio sin alzar la voz—. ¿Y tú? ¿Qué haces levantado ya? ¿A qué hora te has despertado?

—Se me han abierto los ojos a las cinco y ya no he sido capaz de cerrarlos.

—Joder. ¿Sabes lo que significa minivacaciones? —preguntó sorprendida—. Tienes que relajarte, aprovechar estos días de desconexión.

—Estoy muy relajado.

—Ya… —Bufó—. ¿Por qué no te has quedado en la cama? Lo mismo te hubieras dormido otra vez.

—Sé que no, por lo que ¿para qué iba a dar vueltas sin sentido?

—Vale —aceptó haciendo una mueca—. ¿Quieres café?

Asentí y me separé de la barandilla. Nadia hizo lo mismo y nos dirigimos al interior de la casa, para ir a la cocina.

En ella, yo me encargué de la cafetera y Nadia de sacar las tazas y las cucharillas.

—Deja de mirarme de reojo —le advertí, atento a la cafetera mientras preparaba los cafés.

—Estaba pensando que hoy podemos hacer algo divertido en el río.

—Ayer Lucas y Eloy encontraron unas colchonetas y una bomba de aire. Pero antes debemos ir a ver el río, porque lo mismo no lleva mucho caudal de agua. También hay que saber la profundidad de la zona en la que estaremos.

—Estoy segura de que cuando vayamos a entrar en el agua, tú y los chicos ya habréis hecho un buen informe del terreno —dijo con diversión.

Sonreí de medio lado, ofreciéndole su taza con el café. Ambos nos echamos la leche a nuestro gusto, de la misma manera que los endulzamos.

Al terminar, volvimos al porche, pero esta vez nos sentamos en el asiento acolchado de uno de los bancos que había junto a una mesa rectangular. También había sillas y unos sillones, para elegir.

Por suerte, todo estaba seco al no llegarle la humedad, ya que el porche estaba a cubierto por el techado que llegaba hasta la barandilla.

Cogí mi taza y me la llevé a los labios, disfrutando del sonido de la naturaleza y de la ausencia de sonidos cuando todo se quedaba en completo silencio.

Era una gozada.

—Me sorprendió que te apuntaras a esta escapada —me dijo al cabo de un rato.

Me miró, pero yo no aparté la vista de delante.

—¿Por qué? ¿No es lo que siempre me decís, que me dé un respiro? —le pregunté.

—Por eso mismo, porque siempre te lo decimos, pero tú nos ignoras y haces lo que te da la gana.

Sonreí de medio lado.

—Lo que me da la gana no, lo que debo hacer —dejé claro, lo que ella ya sabía.

Suspiró.

—No es justo, la temporada que llevas —susurró.

—Eh, ¿qué narices hacéis aquí hablando tan bajo? ¿Os estáis escondiendo?

Ambos miramos hacia la puerta de la corredera, donde se quedó parado Lucas. Sonreímos al verlo frotarse los ojos.

—Si te parece, nos ponemos a chillar para despertar a todos —habló con diversión Nadia.

—Vale. Olvidad lo que he dicho —rio.

—Shhh… —Le pedimos silencio, Nadia y yo, al mismo tiempo.

A Lucas le dio por reír más, pero en esta ocasión más contenido y sin alzar mucho el tono de sus risas.

—Ahora vengo. Voy a hacerme un café.

Nadia y yo volvimos a quedarnos solos.

—Este sí que se ha caído de la cama, con lo que le cuesta siempre levantarse —comentó con diversión.

—De repente, tendrá el oído fino también.

Bebí un sorbo de café, mientras Nadia reía.

Al escuchar pasos en el interior de la casa, acercándose, miré hacia la corredera para ver salir a mi amigo. Pero no fue él solo el que apareció, sino que llegó con Lía, la amiga de Eloy y de Alan.

Ella también llevaba una taza en las manos, como Lucas.

Se había puesto un pantalón vaquero largo y una sudadera que tenía pinta de abrigar bastante. En los pies calzaba unas deportivas.

Nuestros ojos conectaron rápido, en cuanto se giró hacia la mesa donde estábamos Nadia y yo.

Me llevé la taza a los labios, sin apartar la mirada de la suya. Lía me la mantuvo, mientras se acercaban a nosotros. Lucas le hizo un gesto para que se uniera a nuestro grupo y caminaron juntos.

Dejé mi taza cuando ella ocupó una silla frente a Nadia. Lucas lo hizo quedándose justo delante de mí.

—Buenos días —dijo Lía.

—Buenos días, guapa —le correspondió Nadia, animada.

—Hola —fue lo poco que hablé yo.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse y me sonrió como con vergüenza.

—Me he encontrado en la cocina a otra madrugadora que necesitaba un café urgente —comentó Lucas.

—Me acosté pronto y he dormido de seguido. La cama es muy cómoda y la sensación de estar tapada con el nórdico ha sido muy agradable. Tengo la sensación de haber descansado mucho —contó Lía.

—Ya veréis cuando volvamos a la realidad. Estoy por sacar el nórdico ya, aunque me asfixie para dormir —rio Nadia.

—Allí es un poco pronto para eso —le dijo Lía.

—Créela —le pidió Lucas—. Si lo ha dicho es porque no tardará en hacerlo —habló con diversión.

Nadia le hizo un guiño, dándole la razón, y Lía sonrió.

Después de varios comentarios más, se quedaron en silencio y así continuaron durante un rato. Ninguno habló, mientras que todos disfrutábamos de la calma que se respiraba.

Recorría con la mirada la extensión de terreno que estaba a la vista. Los tonos verdes se fusionaban con los marrones. Todo estaba muy vivo, resplandeciente. La hierba brillaba con los primeros rayos del sol, por las gotas menudas del rocío acumulado.

Era un espectáculo.

Al cabo de unos minutos más, en los que continuamos siendo solo los cuatro, me bebí de golpe lo poco que me quedaba de café y me levanté del banco.

Tres pares de ojos me miraron.

—Voy a dar una vuelta por los alrededores —comenté.

—¿Puedo acompañarte?

La pregunta de Lía me sorprendió, ya que lo último que esperaba era que tuviera ganas de quedarse conmigo a solas.

—No sé cuánto voy a andar.

—No pasa nada. —Se encogió de hombros—. Si me canso, vuelvo. A no ser que no quieras tenerme cerca por algún motivo que desconozco.

Arqueé una ceja.

—Uyyy… —dijo Nadia—. ¿Has escuchado eso, Lucas?

—¿El qué, preciosa? —le devolvió la pregunta él, contenido para no reír.

—Algo ha hecho crac y no hemos sido ninguno de nosotros tres.

Se señaló a sí misma y después a Lucas y a Lía. Lucas soltó una carcajada, hasta que Nadia le hizo gestos para que no fuera tan ruidoso. Nuestro amigo se cayó al instante, haciendo un esfuerzo por controlarse.

Sacudí la cabeza, antes de darles la espalda y caminar hacia la pequeña escalera del porche.

—Si vas a venir, es el momento de que te muevas —me dirigí a Lía, bajando los escalones.

No me paré ni miré hacia atrás, continué hacia delante. Sonreí de medio lado sin que nadie me viera, al escuchar arrastrarse una silla.

Lía se despidió hasta más tarde de mis amigos y me siguió.

—¿Tendré frío con la sudadera? —me preguntó.

Seguí en silencio, caminando por la hierba, yendo directo a la arboleda que comenzaba a unos metros de distancia.

—Oye, solo que estoy pidiendo que me digas si tendré frío —volvió a hablar.

Entonces me paré y me giré. Todo casi al mismo tiempo. Lía frenó sus pies de golpe y levantó la mirada hacia mi cara, ya que se quedó cerca.

—¿Cómo voy a saber yo si la sudadera que llevas es suficiente o no? —Elevé las cejas—. No te conozco. No sé si eres friolera o no. Y tampoco tengo ni puñetera idea de qué temperaturas toleras.

—¿Por qué eres tan borde? —me preguntó con el ceño fruncido.

—No lo soy.

—Oh. Sí que lo eres. Y yo no he necesitado más que unos segundos para saberlo.

Ladeé la cabeza.

—Así que soy borde.

—Bastante —me confirmó.

Se cruzó de brazos.

—¿Y sabes una cosa?

—Sorpréndeme —le pedí.

—Que yo también sé ser borde si me lo propongo.

Te puedo asegurar que mucho y sin tener que hacer casi esfuerzos, pero resulta que estamos aquí pasando un fin de semana con amigos.

Esta es una escapada para huir de la rutina y pasarlo bien, así que podrías ser un poco más colaborativo con la causa como tus amigos.

Bufó y arqueé una ceja.

Despacio, me incliné hacia delante. Noté las ganas que tuvo de dar varios pasos hacia atrás, por lo cerca que estábamos, pero su orgullo pudo más y se mantuvo en el sitio. Eso significó que nuestras caras casi se rozaron en ciertas partes.

—Yo no soy mis amigos. Y tampoco quiero ser tu amigo.

Agrandó los ojos.