Capítulo 20
—La tortilla de patata está buenísima —comentó Jon.
—Gracias, guapo —le dijo Nadia—. De parte de Claudia también, las hemos hecho las dos.
—Entran de maravilla —sonrió Eva.
Nadia le hizo un guiño.
En total había tres tortillas de patatas grandes y gordas que tenían una pinta espectacular. Y sí, yo también opinaba que estaban buenísimas.
Me llevé un trozo a la boca, después de beber un sorbo de vino.
Al final nos habíamos decidido por cenar primero porque teníamos hambre y ya era tarde. Al terminar, nos ducharíamos, o quizás alguno optara por hacerlo por la mañana al levantarse. Según las ganas con las que termináramos.
Yo en principio quería ducharme antes de meterme en la cama. En principio, porque todavía podía cambiar muy rápido de pensamiento.
Lo que sí habíamos hecho antes de cenar era subir las mochilas y nuestras cosas a la planta superior, a la habitación que cada uno eligió. Era una pasada porque no teníamos necesidad de compartir habitación. A cada lado de mi habitación tenía a Maya y a Eva.
La conversación en la mesa estaba muy animada. Mis amigos se habían integrado estupendamente y los de Eloy y Alan eran tan espontáneos y naturales que era muy fácil seguirles el ritmo. Ellos también parecían encantados con nosotros.
Para comenzar, estaba muy bien, ya que Lucas continuaba picando de vez en cuando a Maya. A veces era muy sutil, pero mi amiga contraatacaba de todas las maneras. Por sus caras, se lo pasaban genial así. Estaban tanteándose.
Nadia era de armas tomar, pero al mismo tiempo como una mamá osa con todos, sin importar que a los últimos en llegar casi no nos conocía. Las miraditas que veía entre ella y Eloy eran muy interesantes. Mi amigo y vecino no me había hablado de Nadia, al menos que yo supiera o me acordara.
Pero estaba claro que había algo entre ellos y teniendo en cuenta que todos trabajaban juntos…
Sí, estaba rodeada de policías, aunque no tenía ni idea de si algunos de ellos formaban equipo.
Por ejemplo, Alan sabía que no, pero eso no quitaba que fueran compañeros y que se llevaran genial.
A la vista quedaba la confianza que tenían todos.
Se notaba. Se sentía.
Estaba bebiendo de mi copa de vino cuando me encontré con la mirada de Gael. Él era el que menos había hablado desde que nos sentamos a la mesa, había preferido escuchar y estar atento a los demás. Las pocas veces que había respondido alguna pregunta, había sido con poquísimas palabras.
Me había preguntado varias veces si era así de poco hablador o era porque le costaba abrirse a gente nueva. A saber. Dudaba que fuera a descubrirlo en un día y medio, porque el domingo suponía que nos iríamos por la tarde. Yo tenía claro que la noche no me pillaría de nuevo.
Le mantuve la mirada a Gael, mucho más tranquila que la primera vez. Tal vez se debía a que nos separaba una mesa. Estábamos casi enfrente, pero con una buena separación entre nosotros porque era la parte más ancha de la mesa ovalada.
Cuando me separé la copa de los labios, le sonreí amigable, pero él no cambió su expresión.
—¿Quieres?
Agradecí la pregunta de Claudia. Se encontraba sentada a mi izquierda.
—Claro —le contesté.
Me ofreció la bandeja con los langostinos y me serví en mi plato. Me puse cuatro, pero Claudia me dijo que me dejara la bandeja delante de mí, ya que todos habían cogido y no querían más.
No sabía en qué momento lo habían dicho, tal vez cuando yo estaba embobada mirando a Gael.
Me quité las gafas de ver, las dejé a un lado de mi plato, y comencé a pelar el primer langostino con los dedos.
Era un pecado no chuparse los dedos al terminar, pero en esta ocasión era un paso que me saltaría.
Una cosa era hacerlo con personas con las que tenía confianza y otra con desconocidos que podían recordarme por cómo me chupé los dedos comiendo langostinos.
Ese pensamiento me hizo sonreír.
Toda la comida me sentó de lujo, lo mismo que sucedió con el postre. Me comí una tajada pequeña de melón porque me apeteció fresco, recién sacado de la nevera.
—Yo lo siento mucho, pero la ducha la dejo para mañana cuando me levante.
Sonreí al escuchar a Maya. Ahí estaba la primera baja, mientras que yo también estaba planteándome en serio lo mismo. Notaba cómo me estaba dando un bajón de fuerzas.
—¿Dónde está el problema? —le preguntó Alan.
—En ninguna parte. Te lo aseguro —rio ella, haciendo sonreír a más de uno.
—¿Nos sentamos en el sofá para estar más cómodos? —propuso Claudia.
—Buena idea —le dijo Alan, con un guiño.
Un ligero rubor cubrió sus mejillas, al mismo tiempo que le regalaba a él una gran sonrisa.
Nos levantamos de la mesa y la recogimos entre todos, a pesar de que los que llegamos los últimos les pedimos a los demás que descansaran.
Después de que se encargaran de hacer la compra y de preparar la cena, era lo mínimo que podíamos hacer, pero no nos dejaron, diciendo que nosotros estábamos cansados del viaje.
Después de dejar todo recogido y limpio, nos fuimos a los sofás con las copas de vino. Yo no quise que me echaran más vino, con el que tenía era suficiente.
Había tres sofás en total, colocados formando una «u».
El fuego de la chimenea quedó frente a mí cuando me senté en uno de los sofás. Después de beber un sorbo de vino, sin apartar la vista de las llamas que consumían con fuerza la madera, me aislé de todo lo que no fuera la imagen tranquila e hipnotizante.
Hacía tanto tiempo que no estaba frente al fuego de una chimenea…
De esa manera me bebí despacio el vino, mientras escuchaba muy de fondo las voces de los demás. Volví de mi desconexión cuando fui a beber y me encontré con la copa vacía.
Solté un suspiro cansado y me levanté despacio.
—¿Queréis algo de la cocina? —pregunté.
La respuesta de todos fue negativa.
—Pues yo es dejo por hoy —volví a hablar—. Al final, después de pensármelo, voy a darme una ducha. Me sentará bien y dormiré mejor, que es lo que necesito. Cuando acabe, me iré a mi habitación.
—Descansa, preciosa.
Alan fue el primero en decírmelo y en desearme buenas noches. Los demás fueron detrás. Antes de apartarme del sofá, les deseé lo mismo.
Fui a la cocina primero, donde fregué la copa y la dejé escurriendo. Al terminar, me dirigí a la escalera y la subí agarrada del pasamanos.
Una vez arriba, entré directamente en mi habitación. Dejé la puerta abierta porque iba a salir rápido.
Subí la mochila a la cama para abrirla y sacar de ella el pijama de manga y pantalón largo. También cogí una braga y las zapatillas de estar por casa. Me descalcé y me puse las zapatillas en ese momento.
Al final de la cama había dos toallas dobladas, de las que cogí la más grande para ir con lo necesario al baño. Antes de bajar a comer, ya vi dónde estaban los dos de la planta superior. El tercero se encontraba en la planta principal.
Como no iba a lavarme el pelo porque lo tenía limpio, no me preocupé en asegurarme de que hubiera secador. Imaginaba que sí, pero eso lo dejaba para el día siguiente.
Con movimientos más lentos de lo normal, cansada, me desvestí prenda a prenda. La fui dejando doblada sobre la encimera del lavabo, conforme me la quitaba.
Desnuda frente al espejo, me quité la goma que casi siempre me gustaba llevar en la muñeca, para recogerme el pelo en un moño alto.
Sin perder más tiempo, me metí en la bañera y una vez que el agua salió templada tirando a calentita, me puse debajo de ella y empecé a ducharme.
No me entretuve mucho, por lo que salí rápido, secándome. Cuando acabé, me puse la braga y el pijama y tuve una de las sensaciones más buenas que podía sentir al finalizar el día.
Salí de la alfombrilla para ponerme las zapatillas y recogí el baño, para dejarlo perfecto para cuando entrara el siguiente.
En cuanto me quedé satisfecha con el resultado, sin pararme a quitarme el moño, ya que no había cogido el cepillo, agarré el montón de la ropa que me quité y la toalla mojada.
Abrí la puerta con energía, la que no sentía, pero con las ganas que tenía de llegar a mi habitación solo conseguí dar un par de pasos en el pasillo.
Al salir me encontré de frente a Gael, el hombre poco hablador.
Nos quedamos observándonos, como ya había sucedido en varias ocasiones desde que nos habíamos conocido poco tiempo atrás. Ninguno de los dos pareció que tuviéramos la intención de continuar nuestro camino.
Fue en ese instante en el que me di cuenta del silencio que había en la casa.
Miré hacia el hueco de la escalera, viendo la oscuridad que venía de abajo.
—Se han ido todos a dormir. Hemos dejado la chimenea protegida, para que se termine de consumir el poco fuego que quedaba —me dijo Gael.
—Ah. Vale —fue lo más increíble que me vino a la cabeza.
Gael asintió y agradecí que no dijera nada más porque estaba claro que algo me pasaba para no saber reaccionar a tiempo con este hombre.
Él comenzó a caminar por el pasillo, acercándose a mí, y cuando llegó a mi altura tuve que apartarme un poco porque, a pesar de que el pasillo era ancho, pasó cerca de mí.
—Buenas noches, Lía.
Su despedida fue un susurro en forma de caricia que me erizó la piel.
Lo miré por encima del hombro.
—Buenas noches, Gael. Mierda.
Lo último lo dije en un murmullo, ya que llegué demasiado tarde. Gael ya había entrado en su habitación.
Hice una respiración profunda, para después soltar un suspiro. Negué con la cabeza y me dirigí a mi habitación, para terminar de una vez por todas mi noche.
Me extrañó no encontrar a Maya en mi cama, para hablar al menos unos minutos, pero imaginé que hoy era un día raro para todos.
Con las ganas de descansar sin entretenerme en nada más, bajé la mochila al suelo y la dejé apoyada contra la pared. Antes de retirar el nórdico y tumbarme, saqué el libro electrónico del bolso y el móvil.
Estirada en la cama y bien tapada, puse el teléfono en modo avión, después de comprobar que no tenía nada importante. Lo coloqué en la mesita de noche pensando en que al día siguiente quería llamar a mis abuelos.
Y también a mis padres, ya que solo les había enviado un mensaje rápido para avisarlos de que habíamos llegado al destino.
Apagué la luz desde el interruptor que había al lado del cabecero, para iluminar delante de mí con el libro electrónico.
Me acomodé en la cama, cogiendo una buena postura, y cuando la encontré, empecé a leer hasta que el sueño me venciera.