Capítulo 19
—No se ve nada más allá de los faros del coche —comentó Eva.
Hacía un rato que se había acercado al hueco entre los dos asientos delanteros. Jon continuaba sentado cómodamente en el asiento trasero.
—Al final llegamos de noche —dijo Maya.
—Estamos de minivacaciones, chicas —habló Jon—. Da igual que sean las diez y cuarto de la noche, lo importante es que hemos llegado y que ya mismo estaremos cómodos y comiendo.
—Sobre todo lo último —se dirigió a él Eva—. Tu estómago lleva rugiendo durante un buen rato.
—No puedo hacer nada —le dijo él, con un guiño.
Eva rio y volvió a mirar hacia delante.
—Debemos estar cerca —comenté.
Me eché hacia delante, pegando el pecho al volante. Llevaba las gafas puestas, pero la oscuridad era absoluta y la visibilidad a nuestro alrededor, nula.
—El GPS marca que sí, pero aún queda para llegar.
Giré la cabeza hacia Maya, para ver la pantalla de su móvil. Asentí porque con eso me bastó para tranquilizarme. Solo faltaba que nos perdiéramos en un lugar tan solitario en medio de la naturaleza, yendo por un camino de tierra.
—¿Quién reservó la casa? —preguntó con curiosidad Eva.
—No tengo ni idea —le contesté—. Pero sé que nos gustará, aunque esté en el fin del mundo.
Reímos los cuatro.
—Joder, ya te digo. ¿Quién llega aquí?
—Está claro que nosotros y los que ya están en la casa —comentó con diversión Jon.
—Alan nos contó que es una casa muy grande, con muchas habitaciones y que está situada cerca de un rio.
—Ah, mola —habló animada Eva.
—Sí —confirmé.
—Ya veremos si mola o no, cuando comprobemos cómo de fría está el agua —dijo Maya, con diversión.
—Si fuera el mes más caluroso… —dudó Eva.
—Vamos, por el día hace calor —intervino Jon.
—Aquí no lo sabemos, estamos en medio de la naturaleza —dije pensativa.
—Ya os digo yo que sí hará calor durante el día —insistió Jon—. Cuando se notará el fresco será a primera hora de la mañana y cuando se vaya el sol.
—Joder, sí. Parece que hemos pegado un buen salto con la temperatura —comentó Maya.
Todos miramos al indicador del coche que marcaba dieciocho grados fuera.
—Para mí eso es frío —rio Eva.
—Y para mí —estuve de acuerdo, sonriendo—. Imagino que habéis traído alguna ropa de más abrigo.
—Sí —respondieron los tres al mismo tiempo y mi sonrisa se amplió.
—Eh, ¡mirad! —exclamó Maya, señalando hacia delante.
Eva y Maya comenzaron a aplaudir y a dar pequeños saltos en el asiento. A Jon le dio por reír, mientras que yo no me desconcentré el camino, para llegar de una vez por todas a las luces que se veían al fondo.
Conforme nos acercábamos, fui aminorando la velocidad.
—¡Son Alan y Eloy! —dijo Maya.
Mi sonrisa se amplió al ver a mis amigos.
Nos esperaban uno a cada lado de la verja grande que habían abierto para que entráramos.
En cuanto llevé el coche al interior de la propiedad y me alejé lo suficiente para que pudieran cerrar bien la verja, puse el freno de mano y me bajé sin parar el motor.
Todos nos bajamos, con muchas ganas de estirar las piernas, pero también por el reencuentro con las personas que conocíamos. Eva y Jon solo conocían a Alan, pero en breve eso cambiaría.
Eloy y Alan venían hacia nosotros alumbrando con una linterna y cuando nos juntamos nos abrazamos, sin excepción.
—Eloy, ellos son Eva y Jon —los presenté.
—Encantado de conoceros por fin —le dijo él—. Lía me ha hablado mucho de vosotros.
—Igualmente. A nosotros también de ti —se dirigió a él Eva, sin perder la sonrisa.
Jon le hizo un gesto a Eloy y con eso todo quedó perfecto.
—Vamos al coche todos, aunque estemos apretados —nos pidió Alan.
Pasó un brazo por encima de mis hombros y me pegó a él. Con Maya hizo lo mismo.
—Vais a coger frío.
—¿Dime porque estamos aquí y no en un destino paradisiaco? —le pregunté, provocando risas a mi alrededor.
—Porque a nosotros nos gusta el contacto —contestó con descaro y con un guiño.
—Aquí quiero mucho contacto. Sobre todo, ahora —susurré, sintiendo cómo el frío me traspasaba.
Alan nos frotó a Maya y a mí el brazo que quedaba a su alcance y la espalda, para que no nos quedáramos frías. De Eva se encargó Jon por un lado y Eloy por el otro.
Los chicos nos dejaron en el interior del coche, mientras ellos buscaban en el maletero, dentro de nuestras mochilas, la ropa que les dijimos. Tanto Eloy como Alan llevaban puestas sudaderas y pantalones largos.
Fue un gustazo ponerme la sudadera que me dio Alan, la que me alivió bastante del frío.
—Déjame conducir a mí —me pidió de pie frente a la puerta abierta, con una mano apoyada en el coche.
—¿No te fías de mí para los últimos metros? —le pregunté.
Mi amigo rio, al mismo tiempo que me bajó un poco las gafas de ver. Me las coloqué bien, sonriendo, antes de pasarme al asiento del copiloto. Evité salir, por lo que pasé por encima del freno de mano y terminé sentada sobre las piernas de Maya.
Alan se sentó frente al volante y aceleró. Eloy iba detrás con Jon y Eva.
—¿Qué tal, Claudia? —le pregunté a Alan.
—Bien. Le encanta el lugar. Estaba duchándose, ya habrá terminado.
—Vosotros podéis hacerlo ahora o luego, como queráis y más os apetezca. Por esperar un poco más no pasa nada —comentó Eloy—. Claudia ha sido la última, ya estamos todos duchados.
—La suerte es que hay tres baños completos —nos informó Alan.
—Retrasaremos mucho la cena —hablé pensativa.
—Vosotros decidís —dijo Eloy—. Por los de la casa no hay problema, hemos ido picoteando mientras os esperábamos.
—Mientras os esperábamos, unos cuantos han ido a un supermercado del pueblo al que pertenece la propiedad. Está un poco alejado, pero han encontrado todo lo que necesitábamos. La nevera y la despensa están bastante llenas de comida y bebida —nos contó Alan.
—Guay. —Aplaudió Eva, haciéndonos reír.
—Ya haremos cuentas —les dijo Jon.
—Tranquilos. Ahora no penséis en eso —nos pidió Eloy.
—Guau, ¡qué grande! —exclamó Eva, cuando tuvimos la casa delante.
Sí que lo era. Al menos lo parecía porque en la parte de arriba se intuía la silueta, pero como no había ninguna luz encendida en lo que suponía que eran las habitaciones…
—Qué pasada —susurré, pensando en que de día debía impresionar.
Cuando Alan paró el coche en una cochera que no tenía puertas, pero sí que estaba techada y protegía a los vehículos, miré alrededor.
Todo estaba muy oscuro. Lo único que se veía eran pequeños puntos de luces en el suelo que llevaban hasta la casa, ya que habíamos llegado al lateral de la vivienda. La luz que salía de las ventanas estaba en la parte delantera de la planta baja.
Las chicas nos bajamos del coche con los bolsos y todos fuimos hacia el maletero. Cogimos las mochilas grandes y seguimos el camino que hacían los puntos de luz.
—Qué bien se respira aquí —le dije a Alan.
—Te va a encantar cuando mañana veas bien dónde estamos —me aseguró sonriendo—. Tenías ganas de llegar, ¿eh?
—Ufff… Mucho. Estoy cansada y por la noche fuerzo mucho la vista conduciendo.
—Ya puedes relajarte. Os habéis comido unas horas, pero nos quedan dos días intensos aquí. El domingo podemos irnos a la hora que queramos, no hay prisa por dejar la casa.
—¿No?
Negó con la cabeza.
—Como si queremos irnos después de cenar.
—Más noche no, por favor —dije riendo y le contagié las risas.
Sonreí mirando a mi amigo. Se recuperó perfectamente de la segunda intervención que le hicieron de urgencia. Tenía una fina línea rosada en el costado que nos recordaba a todos lo sucedido, sobre todo a él que debía vivir con ella.
Estaba muy orgullosa de él, pero también vivía en constante tensión por su profesión. No era fácil saber que podía volver a pasarle algo parecido o mucho peor. Nada fácil.
Solté un suspiro de alivio cuando giramos en la esquina de la casa, al ver la entrada.
Alan intentó quitarme el peso de la mochila, pero no lo dejé. Los demás cargaban con las suyas y yo no iba a ser diferente. Los cuatro habíamos llegado cansados, era lo que había.
Eso sí, en cuanto entré en la casa y pasé de largo el recibidor, el que me dejó enamorada e impresionada con lo bonito que era de madera, solté en el suelo la mochila grande. La dejé junto a las de mis amigos, ya que las habían soltado para saludar y presentarse. También solté el bolso encima.
Por unos instantes me detuve a admirar la casa. La mayoría era de madera, daba mucha calidez, aparte de que se notaba que había un fuego encendido. El olor era demasiado característico como para no diferenciarlo.
Al cabo de unos largos segundos, la sudadera comenzó a sobrarme del cuerpo porque entré en calor rápido. Y más me sobró cuando fui consciente de que solo quedaba yo para presentarme y saludar a Claudia, que era la única que conocía de antes.
Noté que se me subían los colores, pero la chimenea y el cambio de temperatura fueron mis aliados para tener como excusa.
—Lía.
Miré a Claudia y sonreí.
—Hola, preciosa —la saludé, con un abrazo.
—Por fin aquí. Me alegro.
—No más que yo, te lo puedo asegurar —reí.
Eloy fue el encargado de hacer las presentaciones. Alan se mantuvo apoyado en un pilar grueso y fuerte de madera, observando la escena con una sonrisa. Me hizo un guiño y le devolví la sonrisa.
Conocí a Lucas, el que le dijo princesa a Maya por teléfono. A Nadia, que era la incorporación de última hora y…
—Y él es Gael.
Eloy señaló hacia la zona de los sofás y cuando Lucas y Nadia se movieron, entonces vi al último que faltaba. Era un hombre y estaba sentado en uno de los sofás.
Se levantó despacio, sin apartar la mirada de la mía, y caminó hacia mí.
—Encantado de conocerte, Lía.
Sentí un escalofrío recorrerme al escuchar su voz y su presencia era…
—Igualmente —conseguí decir, sin alargar mucho el silencio.
Asintió, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón del chándal.
Para mi vergüenza, contuve la respiración cuando se inclinó hacia mí, para darme un beso en la mejilla como habían hecho sus amigos. Conseguí devolvérselo rápido y por suerte, después fue él el que se movió para apartarse de mí. Yo me había quedado como pegada al suelo.
¿Cómo podía haberme impactado tanto? Vale, sí. Era guapísimo. Vale, también, era muy, pero que muy atractivo. Pero de ahí a quedarme paralizada y sin palabras…
Lo miré con mucha atención. Con muchísima curiosidad por toda la intensidad que sentía.