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Capítulo 18

—¿No crees que nos hemos perdido? —le preguntó Eva a Maya.

La primera iba sentada en los asientos traseros junto a Jon. La segunda a mi lado, en el asiento del copiloto.

Miré a Maya de reojo. No se dio cuenta porque estaba muy concentrada en la pantalla de su móvil, donde activó el GPS cuando pasamos a recoger al último, a Jon.

—Que no, joder. Esto no se equivoca nunca —se quejó Maya.

—Bueno, eso es cuestionable —carraspeó Jon.

—¿Verdad? —le preguntó Eva con entusiasmo, girándose hacia él.

Los vi por el espejo retrovisor.

A Eva hacía tiempo que se le pasó el mosqueo y el malestar por lo de Mariam. Desde hacía semanas estaba como siempre, aunque continuaba ocultando sus sentimientos.

Debido a ello, a que cambió su actitud y volvió a ser como siempre, Jon no llegó a hablar del tema con ella. Una mierda, porque se esfumó una oportunidad perfecta. En fin…

Eva seguía a dieta, a pesar de que Jon y yo le habíamos pedido muchas veces que la dejara y se olvidara. No nos había hecho caso. No del todo, porque por lo menos comía más cantidad y no se saltaba ninguna comida. Algo era algo.

Jon sonrió de medio lado, cuando Eva se quedó hacia él al girarse con efusividad en el asiento.

—Verdad —le dio la razón Jon.

—Una vez puse el GPS para salir de un pueblo y tardé más del doble del tiempo que si hubiera preguntado a alguien —contó Eva y rio—. Me enviaba por carreteras malas y me hacía dar vueltas sin sentido. —Bufó—. Anda que no sudé nada para salir de algunos sitios.

—Pero esta vez no es así —comentó Maya—. No podemos habernos perdido.

—Mujer, por poder, podemos —dijo Jon.

—¡Mierda! —exclamó Maya, agobiada.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Miré bien por los espejos retrovisores y como mi coche era el único que circulaba por la carretera de curvas, me desvié rápido hacia una explanada de tierra que quedaba en sentido contrario al que íbamos nosotros.

Maya me miró haciendo una mueca, cuando paré el motor y puse el freno de mano.

—Déjame ver —le pedí.

Le quité el móvil de las manos y centré la vista en lo que veía.

—¿Pero nos hemos perdido tanto? —preguntó Eva, sorprendida.

—Yo no consigo encontrarme —rio Maya.

—Os recuerdo que no hay prisa. Además, si llegamos muy tarde, los demás ya estarán en la casa esperándonos con todo hecho. No pasa nada —habló Jon, tranquilizador.

—¿Cómo mierda se sale de aquí? —pregunté en voz alta, aunque no esperaba respuesta—. Reinicia el móvil por si acaso, la aplicación ha debido quedarse pillada.

—Estupendo. —Bufó Maya—. Ya podría haberme dado cuenta antes.

—No es culpa tuya —le dijo Eva.

—Alan y Claudia ya han llegado —les informé, al recibir un mensaje de Alan.

—¿Los demás también? —Quiso saber Maya.

—Ahora lo sabremos —dije cuando mi móvil comenzó a sonar al entrar una llamada de mi amigo—. Holaaa… —Lo saludé animada.

No lo estaba mucho porque quería llegar ya. El agobio comenzaba a ser fuerte, pero debía disimular para no contagiarlo.

—Hola, preciosa. ¿Cuánto os queda para llegar?

—Mmm… no lo sé.

—¿No lo marca?

—Eh, sí, claro, pero Maya ha tenido que reiniciar el móvil porque se le ha quedado pillado el GPS. Nos hemos parado un momento.

—Ah. ¿Dónde estáis?

—Mmm… Buena pregunta.

Apreté los labios, mientras recorría con la vista los árboles que nos rodeaban y la carretera a la que debía volver para continuar. Fuese en un sentido u otro porque era la única opción que había.

—¿No lo sabes? —preguntó extrañado. Serio.

—Vale. ¡Ya está! —exclamó muy alto Maya, para que Alan la escuchara.

Y tanto que la escuchó porque me gritó casi al oído, cuando se acercó a mí. Para evitar posibles pérdidas de audición por culpa de mi amiga, puse el altavoz de la llamada.

—Nos hemos perdido, pero estamos encontrándonos —volvió a hablar Maya.

—¡Por supuesto! ¡Esto es una aventura! —alzó la voz Eva.

Jon soltó una carcajada porque no fue lo único que alzó. Eva también levantó los brazos y por muy poco no le dio un golpe en la cara a Jon. Suerte de que tuvo reflejos y se apartó para que su cara no peligrara.

Eva terminó riendo con él en la parte trasera.

—Joder —dijo Alan—. Al menos os lo estáis pasando bien.

Maya y yo también reímos.

—No vamos a ponernos a llorar —comenté, con un suspiro—. Aunque por momentos me entran ganas.

—Ay, ¡no digas eso! ¡Es mi culpa! —Jadeó Maya, colocando las manos en sus mejillas.

—No digas tonterías. Aquí no hay culpables y ya está. —Negué con la cabeza—. Era el GPS el que nos guiaba y si no lo ha hecho bien, no es culpa de nadie.

—Vale —dijo Maya, con un puchero.

—Maya ha reiniciado su móvil y ha vuelto a poner la dirección —informé a Alan.

—Mira —me enseñó la pantalla.

Hice una mueca al ver el tiempo que nos faltaba para llegar. Según eso, claro.

—Pues nada, a no ser que me salte algunas señales de circulación, que las pisotee y las ignore, y que tome algunas curvas como si fueran rectas, pone que nos falta una hora y cuarenta minutos por llegar.

—Eso es mucho tiempo. ¿A dónde mierda os ha llevado?

—Eso me gustaría a mí saber —reí sin ganas—. En fin… Sería estupendo que, siendo tú y Eloy policías, borrarais algunas multillas si acelero más de la cuenta, ¿no?

—Eso no va así —dijo con diversión.

—Ya… siempre excusas —suspiré con dramatismo.

—Te están escuchando todos —me avisó.

—Pues hola —reí—. Sinceramente, ahora me importa un pimiento todo, por no decir otra cosa más clara y concisa. Quiero llegar ya. —Bufé.

—Debéis estar en una carretera de montaña distinta a la que lleva a vuestro destino. Es tanto tiempo porque primero tenéis que recorrerla hasta el primer lugar en el que os podáis desviar —habló Eloy.

—Estupendo.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

—Va, preciosa. Tú puedes con eso y más —me animó.

—Y tanto —siguió Alan—. Además, te encanta conducir y ahí tienes la oportunidad perfecta.

—No me gusta la noche y se nos echará encima —comenté.

—¿Llevas las gafas? —me preguntó Jon y lo miré con diversión.

—¿Tú qué crees? —le pregunté riendo.

—Si no las llevara, se perdería una buena parte del fin de semana —comentó Maya.

—Oye, ¡tampoco te pases! —me quejé.

—Va, ponte en marcha ya —me pidió Alan—. El tiempo corre.

—Sí. Ya voy.

—Lía —me llamó Jon.

—¿Qué?

Lo miré por el espejo retrovisor.

—Lo he mirado. —Levantó el móvil de Maya.

En algún momento se lo había dado la dueña.

—El GPS indica que continuemos por donde íbamos. —Señaló hacia delante con un dedo—. Pero es que, si vamos en dirección contraria, por el camino que ya hemos hecho, tardaremos mucho menos. Así el tramo es más corto para salir de esta carretera.

—Muy bien visto, Jon —le dijo Alan.

—Gracias, amigo.

Sonreí.

—Pues vamos para atrás, a ver si reducimos tiempo —comenté.

En cuanto arranqué, el móvil se conectó por Bluetooth y la llamada se oyó por los altavoces.

Aceleré despacio, hasta que me incorporé a la carretera en sentido contrario al que íbamos antes.

—Y encima no hemos visto a nadie desde que estamos en esta carretera —dije.

—Porque será una secundaria —comentó Alan—. Por la que hemos venido nosotros, era muy cómoda circular y no retrasaba.

—Ya estamos en marcha.

—Vale. Pues te dejo para que te concentres.

—Tranquilo, que llegaremos. ¿A qué hora? Ni puñetera idea —reí sin ganas.

—Si llegamos muy de noche, queremos la cena en la mesa —dijo con diversión Maya.

—Claro que sí. ¿Algo más, princesa? —habló la voz de un hombre que no conocíamos.

—¿Quién es ese?

Oímos una carcajada.

—Ese es Lucas —contestó la voz de una mujer.

Todos nos miramos con curiosidad.

—¿Cuántos sois? —preguntó Eva.

—Hasta que lleguéis seis —respondió Claudia, hablando por primera vez.

—Vaya —dijo Jon.

—Se nos ha sumado una intrusa en el último momento —comentó Eloy.

—¿Algún problema con eso, guapo? —volvió a hablar la mujer.

—Ninguno. Todo lo contrario.

—Pensaba… —rio ella—. Tranquilo, que voy a portarme muy bien para tenerte contento todo el fin de semana.

—Eso quiero verlo —rio Eloy.

—Joder, y yo —volvió a intervenir el hombre que le había dicho lo de princesa a Maya.

—Bueno —dijo Alan, llamando la atención—. Te cuelgo ya, que te quiero concentrada en la carretera.

Sonreí.

—Vale. Hasta dentro de… oh, qué bien. ¡El tiempo se ha reducido! Ahora pone que llegaremos en cincuenta minutos si continúo así —hablé emocionada y más animada.

—Eso es genial.

No pude verlo, pero sabía que Alan estaba sonriendo.

—Ten cuidado. ¿Vale?

—Claro. Nos vemos en un rato.

—Hasta ahora, preciosa.

La llamada se cortó y a mí no se me borró la sonrisa de los labios. Lo mismo les sucedió a mis amigos, aunque en la expresión de Maya también había curiosidad por llegar.

Pronto pudimos darnos cuenta por nosotros mismos de lo acertado que estuvo Jon en lo de cambiar de dirección.

Al salir de la carretera de curvas recorrimos una recta, hasta que llegamos a una rotonda que rodeamos casi entera. Desde ella accedimos a un desvío y llegamos a una carretera ancha y cómoda.

Esta era la que Alan había mencionado. Lo supe y me animé más por ir por el camino correcto.

—Envíale un mensaje a Alan y dile que ya estamos en la carretera que ha dicho, que vamos bien —le pedí a Maya.

—Vale.

Cogió mi móvil e hizo lo que le pedí, mientras dejaba el GPS activo en el suyo.