Capítulo 16
Cerré el paraguas en cuanto estuve a cubierto en el techado de la entrada de la cafetería de la universidad.
Estaba cayendo una buena tormenta de verano, o de comienzo de cambio de tiempo.
Hoy era una excepción porque había refrescado, ya que hasta el día anterior hacía mucho calor, pero por lo que decían los entendidos, teníamos cerca una variación brusca. ¿Lo que duraría? Ni idea. Tampoco era seguro que se mantuviera el tiempo más fresco, aunque fuera por unos días.
Me quedé unos segundos contemplando cómo caía con fuerza el agua sobre la hierba. Estaba muy oscuro. Levanté la mirada al cielo, cuando se iluminó.
Antes de que me pillara el trueno fuera, entré en la cafetería. Cogí una funda desechable para el paraguas y lo metí en ella, para evitar que goteara en el suelo.
Fui directamente a la barra y, como era muy temprano, no tuve que hacer cola.
—Buenos días —me saludó sonriente Ceci, una de las camareras.
—Buenos días lluviosos, guapa.
—Sí que lo son —sonrió—. Está lloviendo mucho. ¿Qué te pongo?
—Un café con leche y hoy quiero también dos cruasanes pequeños.
A primera hora de la mañana, antes de comenzar las clases, lo normal era que solo me tomara el café con leche.
—Enseguida te lo llevo a la mesa.
—Gracias.
Me alejé de la barra y tomé el camino hasta las mesas que estaban junto a la gran cristalera, y más en un día como hoy. Me encantaba ver llover y escuchar la lluvia.
Pude elegir la mesa porque solo una estaba ocupada. Fui hasta la que se encontraba a la mitad, más o menos, y colgué el paraguas en el respaldo de una silla y la chaqueta vaquera en el de la que ocupé, junto al bolso.
Me senté en la que quedaba pegada a la cristalera. Coloqué los codos en la mesa y apoyé la cara en las manos, dejando la vista perdida en el jardín.
Era hipnotizante. Tan agradable y relajante…
—Aquí tienes.
Al oír a Ceci, giré la cabeza hacia ella y, para mi sorpresa, no estaba sola. Mi compañero y amigo Jon estaba a su lado.
—Mira a quién más ha traído la tormenta —habló con diversión Ceci—. Parece que hoy habéis coincidido ambos en caeros de la cama.
—Eso parece —comenté.
Ceci dejó delante de mí mi café con leche y el platito con los dos cruasanes pequeños, y frente a Jon puso otro café con leche.
—Gracias, preciosa —le dijimos al unísono Jon y yo.
Nos miramos y sonreímos, mientras que Ceci se alejaba riendo.
Mi amigo también eligió la silla junto a la cristalera, frente a mí.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —le pregunté, mientras endulzaba mi café—. ¿Tienes que terminar algo antes de las clases?
Ceci tenía razón, era muy temprano para que ambos estuviéramos en la cafetería de la universidad. Por suerte, esta no cerraba porque había turno de noche para las clases nocturnas, por lo que Ceci terminaría su turno a las ocho y se iría a descansar.
Eran las seis y cuarenta de la mañana, hora en la que todavía debería estar en mi cama. Cualquier otro día la alarma no me habría sonado aún.
Había estado toda la noche inquieta. Me costó conciliar el sueño y cuando lo conseguí, fui desvelándome varias veces durante la noche.
A las cinco y media de la mañana, con los ojos muy abiertos y sin pizca de sueño, me levanté de la cama para comenzar el día, cansada de estar tumbada y de intentar lo imposible.
Me había venido bien llegar tan pronto, por la lluvia. En una hora o quizás un poco más, los atascos serían importantes.
A Jon debía haberle sucedido algo parecido porque estaba muy despierto, como si hiciera bastante tiempo que abrió los ojos.
—Tengo cosas pendientes, pero nada importante. Y mucho menos que me hagan madrugar tanto para estar en la universidad tan temprano. Te aseguro que hasta las ocho menos diez no voy a pisar mi despacho, diez minutos antes del inicio de la primera clase.
—Lo mismo digo. —Le hice un guiño—. ¿Mala noche?
—Horrible. —Negó con la cabeza—. Pesada, cansina, agotadora… Estaba agotado de ver todas las horas pasar. —Bufó.
—¿Y eso?
—Yo qué sé.
—¿Te sientes inquieto?
—Personalmente no tengo ningún motivo para estarlo, pero los cambios de tiempo siempre me han afectado. Debo estar revuelto por dentro por la tormenta. Hacía tiempo que no me afectaba tanto.
—Vale.
Me llevé la taza a los labios, observándolo con atención.
—¿Qué? —me preguntó sonriendo.
—Nada —le devolví la sonrisa.
—¿Y por qué me miras así?
—Debe ser por tu pelo un poco mojado por la lluvia. —Ladeé la cabeza—. Hoy te ves más interesante que de costumbre.
—Anda ya —rio con ganas y terminé uniéndome a él.
—Te advierto desde ya, que tu magnetismo no atraiga hoy a Mariam porque, con lo poco que he dormido, te puedo asegurar que se la lío por la primera barbaridad que suelte por la boca.
Dirigí la vista a la cristalera.
Acababa de lanzarle el cebo, ahora solo debía esperar a que picara. Y lo haría, aunque en este instante estuviera conteniéndose mientras pensaba en cómo sacarme el tema.
Jon era muy listo y sabía que algo estaba cociéndose. El problema era que, cuando se trataba de algo personal suyo, algo que le tocaba directamente a él, le costaba darse de frente con la realidad.
Nos quedamos en silencio durante un buen rato, tomándonos los cafés y observando llover por la cristalera. En la cafetería no se oía casi nada. El espacio era demasiado grande para la poca gente que había en él y las voces se perdían, pasando desapercibidas.
Me llevé la taza a los labios y bebí despacio, antes de desviar la vista a mi amigo.
—¿Qué?
Esta vez fui yo la que le hizo la pregunta.
—Nada. Es tranquilizante verte, por lo relajada que estás.
—Ah —reí—. ¿Quieres?
Le señalé el platito con los dos cruasanes pequeños que todavía no había tocado.
—Con uno no te da tiempo a saborearlo —me dijo divertido.
—Venga, uno cada uno. Los he pedido porque en ese momento me ha apetecido, pero como no estoy acostumbrada a comer nada hasta más tarde, me está costando.
Jon cogió uno y lo levantó, antes de hacerlo desaparecer en su boca. Sonreí al mismo tiempo que asentí.
—¿Quieres el otro?
—No —contestó riendo—. ¿Quieres cebarme?
—Madre mía, ¡qué exagerado!
Puse los ojos en blanco, haciéndolo reír más.
Cogí mi cruasán. Me obligué a ello, a pesar de lo pequeño que era. No tenía ningunas ganas.
Alan me observó con expresión divertida, mientras lo masticaba como si el pobre cruasán me debiera algo.
—¿Has visto qué fácil ha sido? —me preguntó.
—Menos cachondeo.
Mi amigo volvió a reír y cuando paró, estuvimos unos minutos más en silencio.
—Voy a por otro café. ¿Quieres otro?
—Eso sí —le contesté con una gran sonrisa.
—De acuerdo. ¿Has pagado ya?
—No. A principios de semana comuniqué que fueran sumándolo a mi cuenta, para liquidarla los viernes.
—Yo también lo hago de esa manera. Ahora vuelvo.
Lo seguí con la mirada, hasta que se paró en la barra. Desvié la atención y busqué dentro del bolso el móvil. Lo encontré rápido porque siempre lo dejaba en el mismo sitio.
Con él en las manos, lo desbloqueé y me entretuve limpiando las notificaciones y comprobando los correos nuevos. Eliminé los que solo servían para ocupar espacio y al terminar, Jon ya estaba de vuelta.
—Oye… ¿Qué tal la salida de Alan del hospital? Se me ha pasado preguntarte al principio.
Negó con la cabeza.
—No pasa nada —le sonreí—. Fue genial y le ha sentado de maravilla estar en su piso. Ha pasado un fin de semana tranquilo y portándose bien. Maya y yo fuimos a cenar el viernes con él, llevamos la cena.
—Me alegro. Esta tarde lo llamaré.
—Se pondrá contento.
—Lía.
—¿Sí?
Dirigió la vista a la cristalera.
—Es que no sé qué preguntar exactamente o por dónde empezar.
—¿A qué te refieres?
Negó con la cabeza y me miró sonriendo, sabiendo muy bien lo que estaba haciendo yo.
—No vas a ponérmelo fácil, ¿no?
—Si supiera qué quieres preguntarme o qué piensas…
—Ya te vale.
Me lanzó una servilleta y terminamos riendo los dos.
—Es Eva.
—¿Qué pasa con Eva?
Me llevé la taza a los labios.
—Sabes que le pasa algo y también lo que le pasa.
—Es mi amiga, igual que lo eres tú.
—Ya… No quiero que rompas su confianza. Solo quiero saber qué ha cambiado. Desde hace unos días siempre está tensa y seria. Creo que se enfadó conmigo por dejar que Mariam se sentara a nuestra mesa.
—Ahí no estuviste muy avispado, no —le confirmé.
Frunció el ceño.
—Pero yo pensaba que ya tenía olvidado lo que le hizo Mariam. Joder, ella misma nos lo dijo y también que actuáramos con normalidad porque ella pasaba de su cara y no le afectaba nada.
—Sí, lo dijo.
—¿Entonces? ¿Por qué se ha enfadado conmigo por ceder a que se sentara a nuestra mesa? Evité que Mariam hiciera algo que ninguno de los tres queríamos. ¿Tan grave fue?
—Sí y no —le sonreí con cariño—. A ver… No me gusta verte así, tan perdido e indeciso.
—Es que no lo entiendo. ¿Tan mal lo he hecho?
—¿Has hablado con ella?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quería empeorar la situación. Pensaba que dejando pasar los días todo pasaría, pero continúa igual.
Se pasó una mano por el pelo, antes de beber un sorbo de café. Yo también aproveché para beber del mío, pensando hacia dónde llevar la conversación.
—Si aceptas mi consejo, te diría que hablaras con Eva, Jon.
A mí me encantaría meterme para intentar arreglarlo, para ayudar, pero créeme, no sería justo ni para ti ni para ella.
Es algo que debéis hablar tranquilamente entre vosotros porque, tal vez, quizás, haya algo más importante de lo que crees.
Frunció el ceño.
—Me he perdido.
Solté una carcajada.
—Normal —suspiré, negando con la cabeza.
—¿Y te has dado cuenta de que ya no quiere desayunar cuando venimos a hacerlo? Cuanto menos tiempo pase con nosotros, mejor.
—No es por eso. —Bufé.
—¿Y por qué es? —me preguntó con interés.
—Porque está a dieta.
—¿A dieta?
Se sorprendió y con razón.
Eva tenía un cuerpazo y no necesitaba cambiar nada. Cuidarse lo veía bien, todos deberíamos hacerlo por salud, aunque sin olvidar los caprichitos de tanto en tanto. Pero obsesionarse con algo que solo estaba en la cabeza, como era el caso de nuestra amiga…
—No me jodas —reaccionó Jon, soltando el mismo bufido que yo—. ¿A dieta de qué? Si tiene…
—¿Qué? —le pregunté cuando se quedó callado.
Oculté la sonrisa detrás de la taza de café.
—Joder, que tiene un cuerpo espectacular —dijo negando con la cabeza—. No lo entiendo. ¿Para qué va a hacer dieta si va tres veces por semana al gimnasio y tiene unas curvas perfectas e increíbles?
—Por lo visto, desde hace unos días ella no se ve así.
Frunció más el ceño.
—Tenemos que hablar con ella. Una cosa es hacer dieta y otra dejar de comer.
—Yo ya he hablado con ella de eso, por lo que sería bueno que lo hicieras tú por separado. Puede ser el mismo día que le hables de lo otro —le comenté, como quien no quiere la cosa.
Era cierto que yo había hablado con Eva sobre lo de la dieta, incluso Maya la tarde que quedamos, pero tampoco había profundizado mucho en el tema.
Mi intención era esperar unos días más, para ver si a Eva se le quitaba esa tontería o si debía preocuparme. Porque sí, Jon, sin saberlo bien, había dado en el clavo.
Eva estaba dejando de comer. Comía poquísimo y no le daba a su cuerpo la energía que necesitaba para seguir adelante cada día. Eso no era dieta, era hacerse daño y no iba a permitir que se le fuera de las manos.
—Encontraré el momento para hacerlo y tomarme mi tiempo —dijo pensativo, con la mirada fija en su taza.
Cuando buscó mis ojos, vi la determinación en los ojos, lo que me llenó de una gran alegría.
De ahí debía salir algo bueno, buenísimo. Estaba segura de ello porque así quise creerlo.