Capítulo 14
Cerré los ojos unos instantes, cuando apagué el motor del coche y saqué la llave del contacto.
Solté un suspiro, antes de decidirme a bajar.
Bloqueé el vehículo con el mando y metí la llave en el bolso, mientras caminaba hacia la puerta en la que estaba el ascensor para subir a la planta en la que vivía.
Las tapas nos habían sentado de maravilla, pero no más que estar los tres juntos, riendo y haciendo bromas de nuevo. Momentos cotidianos para nosotros.
A la primera que llevé a su piso fue a Maya, ya que era la que vivía más cerca del bar. Hacía unos minutos que había dejado a Alan en su piso y menos tiempo que me envió una foto con el pijama puesto y estirado en la cama, con el mando del televisor en una mano.
Sonreí de oreja a oreja al verlo, sintiendo muchísima paz al saber que estaba bien, de vuelta a la normalidad.
Estaba subiendo en el ascensor cuando Maya me envió por mensaje el contacto de Claudia, la enfermera. Reí, pensando en lo que podía estar tramando la mente de mi amiga.
Miré la hora en el móvil, antes de guardarlo en el bolsillo trasero del pantalón, para no tener que buscarlo más dentro del bolso.
Miré el panel que indicaba el número de planta, cuando se paró en la mía. Salí yendo directa a la puerta de mi piso, pero conforme me acercaba, comencé a caminar cada vez más despacio.
Todo estaba como siempre, aunque había una cosa diferente. Frente a la puerta de mi vecino Eloy había un hombre. Me daba la espalda y parecía estar haciendo algo en la puerta.
Fruncí el ceño y, con el propósito de decir «buenas noches» y entrar rápido a mi piso, para llamar a Eloy, volví a caminar a paso ligero para desaparecer cuanto antes.
—Buenas no…
Solté un jadeo y agrandé los ojos, al verme atrapada contra la puerta de mi piso.
A pesar de la reacción rápida de ese hombre, el que se giró para atacarme por la espalda, sorprendentemente no me di ningún golpe contra la puerta. El contacto fue más suave de lo esperado en una situación como la que estaba viviendo.
—¿Qué…? ¿Qué haces? Solo iba a darte las buenas noches y a desaparecer.
—¿Dónde?
Me estremecí cuando me susurró al oído.
—¿Cómo? —Volví a jadear.
—¿Dónde ibas a desaparecer?
—¿Qué te parece en mi piso? —Bufé, indignada—. Justo al otro lado de esta puerta.
—¿Vives aquí?
—Esto es muy fuerte. ¿Quién narices eres para hacer esas preguntas? Mejor aún… ¿Quién te has creído para asustarme hasta el punto de que casi se me sale el corazón por la boca?
Contuve el aliento cuando el cuerpo a mi espalda se pegó más a mí, por lo que el mío también quedó más aprisionado con la puerta.
Noté el miedo recorrerme de la cabeza a los pies, pero también algo muy diferente que no tocaba en este instante. Jadeé por la sorpresa.
—¿Qué…? ¿Qué haces? —pregunté con voz aguda.
Manteniéndome inmóvil, comenzó a palparme el cuerpo.
Entonces lo entendí. O creí entenderlo. Este hombre debía tener algo que ver con Eloy y su profesión de policía.
—Joder, joder… —susurré, rezando para que no fuese un criminal.
Contuve la respiración cuando me palpó el pantalón por el trasero y después…
—¿Qué te crees que estás… haciendo?
Intenté moverme, nerviosa.
Su mano quedó suspendida por delante del pantalón, justo en uno de los bolsillos delanteros.
—No tengo nada más que el móvil y las llaves del piso en el pantalón —le dije de manera apresurada.
Noté el calor de su mano en mi cadera, como si estuviera pensando si continuar palpándome o no.
Tragué saliva y cerré los ojos.
—Por favor —susurré—. Solo quiero entrar en mi piso y encerrarme en él. No te he visto la cara.
—Sí que me la has visto.
Fruncí el ceño y, durante unos breves segundos, recordé todo lo que había hecho desde que salí del ascensor.
—No. No te la he visto —hablé con seguridad—. Solo te he visto de espaldas y soy muy mala recordando ese tipo de cosas. Al igual que las voces. Dentro de un rato ya no me acordaré de la tuya.
—Abre.
Solté un jadeo, por el miedo que sentí de que me pidiera eso en este momento.
—No.
—¿Ahora no quieres abrir? ¿En qué quedamos? ¿No tenías tantas ganas de entrar a tu piso?
—Sí, pero sola. No te quiero a mi espalda porque si me empujas dentro y…
—Abre.
Tragué saliva y agrandé los ojos, al sentir algo duro en la espalda. Me estremecí al pensar que podía ser algún arma, del tipo que fuera, y me di prisa en sacar la llave del piso de un bolsillo delantero del vaquero.
Las manos me temblaban, por lo que me costó acertar con la llave en la cerradura. Cuando lo conseguí, fue él el que la giró y la abrió.
Solté un jadeo cuando me empujó hacia el interior, pero, para mi sorpresa, lo hizo con más delicadeza de la que esperaba. Y no solo entré yo tropezando, sino que algo cayó cerca de mí antes de escuchar la puerta cerrarse de golpe.
Solté un pequeño grito, girándome rápido, para darme cuenta de que era la única que estaba dentro de mi piso.
Antes de cerrarse la puerta, me pareció escuchar la voz de Alonso, mi otro vecino, y corrí hacia la puerta con miedo por él.
Levanté la chapa de la mirilla y miré a través de ella, tragando saliva y preparada para salir para enfrentarme a lo que fuera. Si ese hombre se atrevía a hacerle algo a mi querido Alonso…
—Buenas noches, muchacho —lo saludó Alonso, tan simpático y adorable como siempre.
Me quedé sin saber qué pensar, cuando escuché la voz del otro hombre que me había asaltado. Él se había asegurado de quedar fuera de mi campo de visión por la mirilla.
—Buenas noches —le dijo a Alonso.
Mi vecino le sonrió agradecido y continuó su camino hasta el ascensor. Solté un suspiro tembloroso y cerré los ojos durante unos segundos, cuando lo vi entrar en el ascensor cargado con una bolsa de basura.
Esperaba que, cuando subiera de tirarla, el rellano estuviera vacío.
Cuando abrí los ojos solté un grito, delatándome, en el momento que una mano tapó la mirilla.
—Mierda… —susurré.
Me di prisa por echar la llave y, una vez segura, di varios pasos hacia atrás, sin perder de vista la puerta.
Boté en el sitio cuando sonaron de repente varios golpes en la puerta. No me moví, tampoco creía que esos golpes fueran de aviso para que lo hiciera.
No supe cuánto tiempo pasé inmóvil a unos metros de la puerta, sin atreverme a moverme y sin apartar los ojos de ella.
Fue cuando escuché el pitido del ascensor, cuando corrí hasta la puerta, para mirar de nuevo por la mirilla.
Alonso salió del ascensor tan tranquilo como siempre y caminó hacia su piso. No saludó a nadie ni miró hacia ningún lado, por lo que era el único que se encontraba en el rellano.
Pude respirar tranquila cuando lo vi entrar en su piso.
Me separé de la mirilla para apoyar la frente en la puerta y cerrar los ojos. Sin fuerzas para nada más, me quedé en esa posición durante otro rato más.
Al cabo de un buen rato, me separé y me giré hacia el salón. Entonces me di cuenta de qué fue lo que cayó al suelo, al mismo tiempo que el hombre me empujó al interior del piso.
—No me lo puedo creer —dije, con los ojos abiertos al máximo—. ¿Eso es lo que me ha puesto en la espalda? —Jadeé.
Y yo pensando que sería un arma, cuando en realidad era mi barra de labios.
Sacudí la cabeza y la recogí del suelo. Me la quedé mirando, pensativa.
Sin que me diera cuenta metió la mano en mi bolso y la cogió.
Fui al sofá y abrí el bolso, para hacer un repaso de todo lo que debía haber dentro. Solté un suspiro de alivio al ver que lo tenía todo, la cartera incluida.
Sintiéndome muy rara, cogí el móvil y busqué el contacto al que debía llamar. Poco me importó que Eloy pudiera estar durmiendo o con alguien.
—Hola, preciosa. Al final voy a acostumbrarme a tus llamadas —dijo con diversión.
—Como si fuera extraño que nos llamáramos… —Negué con la cabeza—. ¿Dónde estás?
—Tomando unas cervezas con un amigo. Es viernes por la noche.
—Ya… pues un tío ha decidido que un viernes por la noche también sería el momento ideal para pararse frente a la puerta de tu piso, para hacer vete a saber qué, porque he llegado yo para interrumpirlo.
—¿Qué dices? —me preguntó serio.
El cambio en él fue evidente. Solté un bufido.
—¿Dónde estás tú? —me preguntó.
—En mi piso.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Llego en un rato.
—No hace falta, Eloy. No quiero chafarte la noche —suspiré—. Lo que ha pasado ya ha terminado, ese tío ha desaparecido.
—No tardo —dijo, ignorando mis palabras.
Puse los ojos en blanco.
Me sentí mal por romperle los planes, pero había sentido que mi llamada era muy necesaria.
¿Y si ese hombre volvía y entraba en el piso de mi vecino? ¿Y si Eloy se lo encontraba dentro? No quería ni pensar en lo que sucedería en ambas situaciones, ni en muchas otras.
Cogí el bolso y caminé hacia el pasillo, para ir a mi habitación.
Como por muy rápido que viniera Eloy, tardaría lo suficiente para que me diera tiempo a darme una ducha, fue lo que hice porque lo necesitaba.
Estaba sudando por los nervios, el miedo y el estrés que había pasado en poco tiempo.
Dejé el móvil encima de la cama y colgué el bolso en la percha. De camino al baño empecé a quitarme la ropa y la metí toda en el cubo de la ropa sucia.
Desnuda, entré en la bañera y cerré los ojos cuando el agua templada cayó sobre mi cabeza, después de regular la temperatura.
Solté un suspiro de alivio, agradeciendo la sensación que me destensó los músculos. La alargué todo lo que pude.